Publicado en CORAZÓN

Solemnidad de Pentecostés!!

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”
enciende-02La semana anterior celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor, que expresa el sentido del Misterio Pascual de Cristo; la obra redentora del Mesías Salvador que da cumplimiento a las promesas hechas a nuestros antiguos padres por parte de Dios. Hoy, Solemnidad de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende con potencia sobre los apóstoles; de este modo se inicia la vida de la Iglesia con un mandato: anunciar a todo el mundo la verdad salvífica de Cristo y el amor misericordioso del Padre; la Iglesia sin la misión no puede concebirse: la Iglesia siempre está en misión. Jesús mismo preparó a los once para la misión al aparecérseles en varias ocasiones después de la resurrección. El Papa Benedicto XVI nos dice al respecto: «… Pentecostés es, de manera especial, el bautismo de la Iglesia que emprende su misión universal, comenzando por las calles de Jerusalén, con la prodigiosa predicación en los diferentes idiomas de la humanidad. En este bautismo de Espíritu Santo son inseparables la dimensión personal y la comunitaria, el «yo» del discípulo y el «nosotros» de la Iglesia. El Espíritu consagra a la persona y hace de ella, al mismo tiempo, miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo, partícipe de la misión de testimoniar su amor…» (Benedicto XVI, Ángelus, 11 de mayo de 2008). En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, se nos recuerda lo que sucedió en Jerusalén cincuenta días después de la Pascua. Cristo, antes de subir al cielo, encomienda a los Apóstoles una misión: «…Id (…) y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado…». También había prometido que, después de su partida, recibirían «…otro Consolador…», que les enseñaría todo. Esta promesa llega a su cumplimiento en el día de Pentecostés: el Espíritu, bajando sobre los Apóstoles, les da la luz y la fuerza necesaria para hacer discípulos a todas las gentes, para salir a los diversos lugares del mundo a anunciar el evangelio de Cristo. Entonces en el momento en que el Espíritu desciende en Pentecostés sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, se da comienzo a un doble testimonio: el del Espíritu Santo y el de los Apóstoles. El testimonio del Espíritu Santo proviene de la profundidad del misterio de la Trinidad, y el testimonio de los Apóstoles que es humano transmite, a la luz de la revelación, su experiencia de vida o sea como dice San Pablo en la Carta a los Romanos. «…quien nos separará del amor de Dios: la angustia, la persecución, el hambre (…) si todo lo vencemos por aquel que nos amó…» (Rom.8,35-37).

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San Pablo en la segunda lectura dice: «…En realidad todos nosotros estamos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo Cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres; todos hemos bebido del mismo Espíritu…». De esta manera en la Iglesia hay solamente hermanos y hermanas en Jesucristo libres. El viento y el fuego del Espíritu Santo derriban todas las barreras que entre los hombres y las mujeres continuamente se construyen para permitirnos pasar desde la cerrazón o dureza de corazón al Pentecostés, es decir abrirnos a la gracia del amor misericordioso del Padre y anunciarlo con nuestra vida. Es importante remarcar que en la Revelación cristiana el soplo de Dios no es solamente una fuerza que transforma al hombre: es una persona divina que penetra al interno del hombre, y hace del hombre lo que Cristo dice en el Evangelio de San Juan: «… Yo y el Padre haremos morada en él…». Por eso, todo el amor divino que ha inspirado el diseño de la salvación, se comunica a la humanidad a través de la persona del Espíritu Santo. Este nuevo soplo que hace surgir a la Iglesia en el día de Pentecostés es un soplo de amor. Mediante el Espíritu Santo la comunidad cristiana se ve animada por la vida divina y el amor divino, recibiendo también la fuerza para amar: «…como Cristo nos ha amado…». El Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a un amor universal por los hombres, a semejanza del amor de Cristo Buen Pastor. Un amor que conforma a la comunidad en la unidad, que no la lleva a encerrarse en sí misma, sino que la estimula a la apertura y a la acogida.
7_dones_E.S. El Espíritu inspira el deseo de comunicar a todos el don de la vida de Cristo. Festejar Pentecostés significa, por tanto, abrirse a este viento transformador que nos comunica la Gracia ganada por Cristo, el Mesías, nuestro Salvador-Redentor. En este día de Pentecostés la Iglesia Peregrina en este mundo, no es guiada ya por una columna de nube (día) o columna de fuego (noche), como el pueblo de Israel cuando peregrinaba por el desierto. Hoy la Iglesia pueblo de Dios es guiada por el Espíritu Santo, donde en cada creyente que es revestido del hombre nuevo vive la profecía de Jeremías 30, 33: «… pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…». El Papa Benedicto XVI nos ha dicho: «…el Espíritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los límites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el océano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador…» (Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de Pentecostés, 31 de mayo de 2009). ( Pbro. Oscar Balcázar Balcázar)
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