Publicado en CORAZÓN

HOY QUIERO SER.

Hoy quiero ser, para empezar, todo aquello que siempre soñé…y más.

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Coherencia de vida….

La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido.
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Cada hombre ha de esforzarse en conocerse a sí mismo y en buscar sentido a su vida proponiéndose proyectos y metas a las que se siente llamado y que llenan de contenido su existencia.
A partir de cierta edad, todo esto ha de ser ya algo bastante definido, de manera que en cada momento uno pueda saber, con un mínimo de certeza, si lo que hace o se propone hacer le aparta o le acerca de esas metas, le facilita o le dificulta ser fiel a sí mismo.
Se trata de algo asequible a todos. Lo único que hace falta es —si no se ha hecho— tratarlo seriamente con uno mismo: como decía Epícteto, “enseguida te persuadirás: nadie tiene tanto poder para persuadirte a ti como el que tienes tú mismo”.
Para que la vida tenga sentido y merezca la pena ser vivida, es preciso reflexionar con frecuencia, de modo que vayamos eliminando en nosotros los detalles de contradicción o de incoherencia que vayamos detectando, que son obstáculos que nos descaminan de ese itinerario que nos hemos trazado. Si con demasiada frecuencia nos proponemos hacer una cosa y luego hacemos otra, es fácil que estén fallando las pautas que conducen nuestra vida. Muchas veces lo justificaremos diciendo que «ya nos gustaría hacer todo lo que nos proponemos», o que siempre «del dicho al hecho hay mucho trecho», o alguna que otra frase lapidaria que nos excuse un poco de corregir el rumbo y esforzarnos seriamente en ser fieles a nuestro proyecto de vida.

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Es un tema difícil, pero tan difícil como importante. A veces la vida parece tan agitada que no nos da tiempo a pensar qué queremos realmente, o por qué, o cómo podemos conseguirlo. Pero hay que pararse a pensar, sin achacar a la complejidad de la vida —como si fuéramos sus víctimas impotentes— lo que muchas veces no es más que una turbia complicidad con la debilidad que hay en nosotros.
Somos cada uno de nosotros los más interesados en averiguar cuál es el grado de complicidad con todo lo inauténtico que pueda haber en nuestra vida. Si uno aprecia en sí mismo una cierta inconstancia vital, como si anduviera por la vida distraído de sí mismo, como desnortado, sin terminar de tomar las riendas de su existencia—quizá por los problemas que pudiera suponer exigirse coherencia y autenticidad—, parece claro que está en juego su acierto en el vivir y, como consecuencia, una buena parte de la felicidad de quienes le rodean.
Es verdad que las cosas no son siempre sencillas, y que en ocasiones resulta realmente difícil mantenerse fiel al propio proyecto, pues surgen dificultades serias, y a veces el desánimo se hace presente con toda su paralizante fuerza. Pero hay que mantener la confianza en uno mismo, no decir «no puedo», porque no es verdad, porque casi siempre se puede. No podemos olvidar que hay elecciones que son fundamentales en nuestra vida, y que la dispersión, la frivolidad, la renuncia a aquello que vimos con claridad que debíamos hacer, todo eso, termina afectando al propio hombre, despersonalizándolo.

Tomado de// BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

 

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Una vida sin disfraces!!!

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Todos solemos contemplar con admiración a las personas, las familias o las instituciones que están basadas en principios sólidos y hacen bien las cosas. Nos admira su fuerza, su prestigio o su madurez, y habitualmente nos preguntamos: ¿Cómo lo logran? Tendría que aprender a hacerlo así.
Lo malo es que muchas veces buscamos un consejo que sea una solución rápida y milagrosa a nuestros problemas, como si fuera todo cuestión de una especie de sencilla cosmética de los valores.
Al calor de ese afán humano por los remedios rápidos, ha surgido en los últimos años una extensa literatura dedicada a la efectividad personal, que a menudo parece ignorar el proceso natural de esfuerzo y desarrollo que la hacen posible. Es el esquema del «hágase rico en una semana», «aprenda inglés sin esfuerzo», «cómo ganar un montón de amigos», «cómo causar buena impresión», etc. Lo habitual es que proporcionen una serie de consejos más o menos eficaces para solucionar problemas superficiales, pero dejen de lado las cuestiones de fondo.
Sin embargo, desde los filósofos griegos hasta nuestros días, los autores que han estudiado seriamente la búsqueda humana de las claves del vivir con acierto, se han centrado básicamente en los esfuerzos que el hombre hace por integrar profundamente en su naturaleza ciertos principios y valores como la honestidad, la justicia, la generosidad, el esfuerzo, la paciencia, la humildad, la sencillez, la fidelidad, el valor, la mesura, la lealtad, la veracidad, etc. Y no como una cuestión cosmética sino profunda, que busca cambiar por dentro a la persona, constituir hábitos y rasgos que conformen con hondura el propio carácter.
Podría compararse a las labores del campo. De la misma manera que sería ridículo olvidarse de sembrar en primavera, holgazanear luego durante todo el verano, y pretender al final acudir afanosamente en otoño a recoger la cosecha…, por la misma razón, no se puede pretender cosechar una vida lograda sin haber puesto previamente los medios necesarios.
El campo, como la vida humana, es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo, el proceso natural sigue su curso y —aunque el proceso esté expuesto a incertidumbres— lo normal es que se coseche lo que se siembra. Y, desde luego, si no se siembra, si el campo no se trabaja, lo normal es que no se recojan más que malas hierbas.
En la mayoría de las interacciones humanas breves, se puede salir del paso mediante técnicas superficiales que dan resultado a corto plazo. En esas estrategias se centran los autores que antes hemos mencionado. Y ciertamente se puede lograr producir una impresión favorable en otras personas mediante el encanto y la habilidad personales, o mediante cualquier técnica de persuasión, pero esos rasgos secundarios no tienen ningún valor en relaciones personales prolongadas.
Puedes producir de modo ficticio una buena imagen en un encuentro o un trato más o menos ocasional, pero difícilmente podrás mantener esa imagen en una convivencia de años con tus hijos, tu cónyuge, tus compañeros o tus amigos. Si no hay una integridad personal profunda y un carácter bien formado, tarde o temprano los desafíos de la vida sacan a la superficie los verdaderos motivos, y el fracaso de las relaciones humanas acaba imponiéndose sobre el efímero triunfo anterior.
Hay personas que presentan una imagen exterior de cierta categoría personal, y logran incluso un considerable reconocimiento social de sus supuestos talentos, pero carecen en su vida privada de una verdadera calidad humana. Pienso que antes o después, y de modo inevitable, esa mezquindad personal se traslucirá en su vida social y en todas sus relaciones personales prolongadas.

Tomado de // BIBLIOTECA CATÓLICA DIGITAL

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ECO EN REPETICIÓN…

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Brotan de mi mente bellos pensamientos,
ternuras y afanes, requiebros de amor;
quiero, en mis nostalgias, decir cuanto entiendo
por el gran misterio de la Encarnación.
Palabras eternas oigo en mis adentros,
voces del Dios vivo que, en conversación,
se dan y retornan con dulces amores,
en las contenciones de su perfección.
Soles son los Ojos del Padre sapiente,
lumbreras de fuego que, en su resplandor,
mirando hacia dentro en su poseerse,
sabe en un saberse que le hace ser Dios.
Nada hay tan sencillo, tan dulce y secreto,
como las candentes lumbreras del Sol;
pero hay que entrar dentro del Sancta Sanctorum,
donde, en los arrullos del eterno Amor,
se besa el Inmenso dentro de su entraña
en el gran misterio de su posesión.
Bullen en mi mente tiernos pensamientos,
surgen a raudales de mi contención…
¡Y, por más que digo, no rompo el encierro
de aquello que entiendo cuando me habla Dios!
Él habla a mi alma junto a mi Sagrario,
en ratos callados de contemplación.
Y, en las melodías de unas notas dulces,
entiendo a María en la Encarnación;
penetro su Adviento secreto y silente,
lleno de romances en beso de Dios.
Y en Belén recibo al Dios hecho Niño,
que pide llorando mi retornación;
al mismo que un día, orando en el Huerto
con hondos lamentos en su postración,
se quejó a mi alma, pidiéndome ayuda
en la noche triste de la inmolación.
Junto a mi Sagrario todo queda claro
y comunicado en explicación.
Y sé que, si muere Cristo entre ladrones,
es por la excelencia de su perfección,
que, mostrando amores, dijo cuánto amaba
por su serse Inmenso dándose en amor.
Todo queda dicho junto a mi Sagrario,
que, en tiernos coloquios de silente don,
descorre los velos que oculta el misterio
y va descubriendo su eterna misión.
Que nadie pregunte a mi alma herida
cómo he aprendido o quién me enseñó
todos los misterios de mi Madre Iglesia:
¡Es que soy su Eco en repetición!
Que lo sepan todos, cuando yo me muera:
que, en mis soledades, por la incomprensión,
me mató la pena que envolvió el silencio,
porque mi mensaje no se recibió.
¡Que vengan mis hijos y digan mi canto,
y por qué mi vida siempre fue el dolor;
y es que, en los silencios de un Sagrario en noche,
aprendí adorante por qué Dios murió!
Yo vi que callaba gimiendo en amores,
siéndose Palabra, Luz de eterno Sol.
MADRE  TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA