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Cuando Dios llamó a mi puerta!!

Cuando yo era niño, llamó Dios a la puerta de mi corazón. En aquella temprana etapa vivía tan absorto en los juegos de la infancia que no presté atención a sus palabras lejanas.
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Años después volvió Dios a visitarme. Esta vez golpeó con la fuerza de sus nudillos la puerta de mi corazón. Aún recuerdo su voz, pero me asediaban los problemas de la juventud: mi primer amor, los estudios y el ejercicio de diversas cualidades destacables. También en la madurez vino Dios, pero me resultaba imposible escuchar; no encontraba el momento oportuno para responder a su llamada.
Poco antes de morir, estando sumido en las preocupaciones sobre la inminencia del más allá, abrí la rendija de mi puerta para buscar respuestas ante tanta incertidumbre. Me quedé estupefacto: un hombre de cabellos blancos como la nieve y ojos refulgentes permanecía sentado junto a mi endeble corazón. Me acerqué a él y le pregunté qué deseaba.
Yo soy Dios”, me dijo. “Llevo aquí sentado durante toda tu vida para traerte un mensaje de felicidad”. Entonces, mis manos acogieron una misión maravillosa que pude disfrutar sólo unos momentos antes de morir.
Autor: Padre José Alcázar Godoy
Sitio Web del Padre
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“¿Está permitido curar en sábado o no?”

Evangelio según San Lucas 14,1-6.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.
Delante de él había un hombre enfermo de hidropesía.
Jesús preguntó a los doctores de la Ley y a los fariseos: “¿Está permitido curar en sábado o no?”.
Pero ellos guardaron silencio. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y volviéndose hacia ellos, les dijo: “Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?”.
A esto no pudieron responder nada.
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El reposo del sábado significa para Jesús la revelación de la benevolencia divina con sus criaturas: paz y salvación. Ahora se glorifica Dios a sí mismo en Jesús, que de palabra y de obra lo anuncia como Dios de gracia y de amor, como Dios que da y perdona, como Dios de los pobres y de los afligidos, para los que se proclama un año de gracia. El gozo de que está penetrado el sábado del tiempo final es el júbilo por las grandes gestas de la misericordia divina. Con una reflexión muy llana razona Jesús su proceder en día sábado: la ley de Dios no puede exigir que en día sábado se deje perecer al propio hijo o al propio buey, si tienen necesidad de salvación. La Ley piensa humanitariamente. El reposo sabático fue establecido por la Ley con miras humanitarias y sociales, en consideración de la familia, de la servidumbre y hasta del ganado del amo.
            Padre Juan Alarcón Cámara S.J
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Y Dios tuvo un sueño!!

La “carne inocente y vulnerable de quien no tiene defensa” despierta y atrae el apetito de la cobardía y la mediocridad.

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Y Dios tuvo un sueño de un paraíso con seres humanos viviendo en fraternidad y honrando su Presencia con un culto de amor. Dios tuvo un sueño en el que todas las criaturas tendrían un espacio y libertad de realización. Pero de pronto se encontró con un hombre camino al Calvario, cayendo y levantándose al subir las empedradas calles de Jerusalén con su cruz a cuestas. A empujones y gritos de “crucifícalo”, la misma masa de gente que había comido de los panes multiplicados, se saciaba voraz y sádicamente del espectáculo de un hombre todo hecho golpes y sangrando que luchaba por mantenerse en pie y llegar al lugar de tormento. En Dios no hay tiempo; todo es presente, y al ver frustrado su sueño, su infinito amor lo llevó a entregar a su hijo, tan Dios como Él, a la dimensión contaminada de la muerte por nosotros, los pecadores, y desde aquí realizar el proyecto de una nueva civilización del amor y salvarnos. Encarnarse, el hacerse Dios hombre, implica asumir toda la realidad nuestra menos el pecado, pero sí sus consecuencias, y sufrir, temer, cansarse y llorar, creer y no ver resultados y caminar y caer, volver a empezar, sentirse rechazado y aún así amar y volver a amar. Jesús de Nazareth hecho guiñapos era el centro de diversión de gentes que desahogaban en Él sus frustraciones y odios. Su cara irreconocible por la hinchazón de los puños de sus torturadores, con sangre, sudor y tierra del camino es por un momento acariciada y limpiada por las suaves manos de una joven audaz y valiente que rompió el cerco de los soldados con su candor y vigor. Jesús pudo, gracias a eso, ver con más claridad y observó el rostro inocente de esta mujer y la cara arrogante de los soldados invasores de Israel y las expresiones de odio contra él de la multitud. Pudo reconocer gentes que anteriormente se gozaban de sus enseñanzas y se maravillaban de sus milagros, ahora transformados en furiosos depredadores. La “carne inocente y vulnerable de quien no tiene defensa” despierta y atrae el apetito de la cobardía y la mediocridad. No veía a sus apóstoles; habían huido y solo un grupo de mujeres de Jerusalén que lloraban tras él, entre ellas su madre, lo seguían subiendo las escaleras angostas hacia las murallas.
Y Dios tuvo un sueño donde todos nos ayudaríamos a ser mejores y brindaríamos nuestro servicio desinteresado por amor a los demás. Y vio por las calles de Jerusalén a los fariseos y doctores de la ley y los sacerdotes del templo, orgullosos del trabajo hecho y gozando del suplicio dado a este hombre que “se había creído Dios” y “que era un impostor y loco”. Y vio a Pilato en su palacio tragando vino y diciéndose: “era mi pellejo o su vida… no tenía otro camino”. Y Dios vio a los apóstoles huyendo y escondiéndose por temor a perder la vida, y vio a Judas ahorcándose por no creer en la Misericordia de Dios.
Y Dios tuvo un sueño donde todos sus hijos e hijas nos honraríamos y nos ayudaríamos a levantarnos y crecer; y vio a su Hijo Único siendo levantado en una cruz y colgado del madero, objeto de burla y desprecio. Pero vio a un grupo de mujeres valientes, entre ellas a la madre de Jesús al pie de la Cruz, jugándose la vida y acompañando en esos momentos al Varón de Dolores. Vio a su Hijo elevando su débil voz al cielo y pidiendo perdón para sus asesinos porque “no sabían lo que hacían. Tengo sed… de amor y comprensión, pero no hay quien calme mi sed. Dios mío, ¿por qué me has abandonado?… Ya no te escucho ni te siento, qué lejos estás. No me dejes solo.” Era parte de la pasión experimentar la soledad de los pecadores que se han apartado de Dios. Tenía que pasar por eso y sentirse sólo sin Dios siendo Dios. Y morir y experimentar el Gran Silencio junto con los muertos que desde Adán ansiaban la salvación. Desde allí esperar ser resucitado por su Padre. Es el momento de la total impotencia, de sentir la nada, que eso es ser hombre sin la acción vivificadora de Dios, porque de Él dependemos para ser y existir. El que era y es Dios, el que hizo milagros tan grandes como resucitar a otros, ahora está allí (sin dejar de ser Dios) reducido a la total aniquilación de toda vitalidad y poder. La muerte de Cristo nos revela hasta dónde llega el Amor Misericordioso de Dios que se identifica con nosotros totalmente.
Y Dios tuvo un sueño que tampoco se cumplió porque los poderes dados, que no son más que oportunidades de servicio que se concede a algunos para ayudar a otros, se convirtieron en dioses. El poder religioso del tiempo de Jesús lo condena a muerte “en nombre de Dios”, porque Jesús representaba un cambio total en la concepción religiosa y les hacía tambalear su posición e instalación. Jesús nos hizo ver que Dios no se deja amarrar ni controlar por ritos y espacios sacros, sino que lo podemos encontrar siempre y en cualquier lugar, si somos adoradores en espíritu y verdad. La ley y el templo eran en la práctica más importantes que Dios y estaban al servicio de un minúsculo grupo de estudiosos de la ley y especialistas del rito. El poder político que estaba centrado en el César y en el Imperio Romano vio en Jesús otra amenaza más a la estabilidad y seguridad e inclusive a las divinidades, y por eso hay que hacerlo desaparecer. El poder económico no olvidaba la expulsión de los mercaderes del Templo y la gran posibilidad de que Jesús les arruinara el negocio de “salvación” por compra de animales y su sacrificio. Y el “príncipe de las Tinieblas” se gozaba del espectáculo porque había podido envenenar las mentes de tanta gente y creía que con eso la Maldad había vencido a la Bondad.
Y Dios tuvo un sueño, porque no ha dejado de tenerlos, donde nosotros seguimos al Maestro con nuestra Cruz a cuestas por los caminos de la vida sin los apegos a poderes y estructuras de pecado, siendo los gestores gracias al Espíritu de una nueva humanidad, donde servimos a los demás con amor y vivimos en fraternidad. Donde agradecidos a lo que otros han hecho por nosotros nos alegramos de su felicidad y pagamos con amor nuestras deudas de caridad. Dios tuvo un sueño y la realización del mismo somos nosotros, que también debemos llegar al Calvario y dejarnos colgar en la pasión de la entrega por amor a los demás. En ese sueño, como Jesús, abrimos los brazos y aceptamos ser hermanos de toda la humanidad y entregamos la vida por un mundo mejor. Y gracias al poder de Dios resucitaremos como resucitó Jesús. ¡Somos el sueño de Dios!
Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.
       Sitio web: Un mensaje al corazón
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¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Evangelio según San Lucas 13,31-35.
En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: “Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte”.
El les respondió: “Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado.
Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!
Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
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Las amenazas contra Jesús se van haciendo progresivamente más evidentes en el camino hacia Jerusalén. Algunos de los fariseos, con la mejor intención, le advierten del peligro inminente: el profeta puede estar en peligro por causa de las maquinaciones de los poderosos (Herodes).
La respuesta de Jesús es un desafío a la intimidación. El sabe cuál es su suerte como profeta. Debe enfrentar desde la debilidad del ser humano, sólo y sencillo el inmenso poder de las autoridades que sostienen el orden vigente. Por eso, les repite a los partidarios de Herodes lo que ya Juan le había dicho: Esta dinastía de gobernantes es corrupta, injusta y explotadora. Y renglón seguido, anuncia que su obra proseguirá como ahora, pues no depende de los potentados sino de la voluntad de Dios. Cuando complete su obra, ésta llegará a su término y no cuando los poderosos le impongan límites.
Jesús no teme continuar su camino, pues sabe que su destino es enfrentar toda la abominación que se ha concentrado en Jerusalén alrededor del templo. Por esto, la profecía que lanza contra la capital religiosa y política de la nación (“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas”) es una consigna que señala el fin de su función centralista y nacionalista y la inauguración de una nuevo Pueblo de Dios, abierto y universal. Además, proclama que el antiguo templo “la casa” quedará vacía, pues el nuevo Israel trascenderá los estrechos límites de Israel y abarcará a todo el universo.
Padre Juan Alarcón Cámara S.J