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EL CAMINO DE LA TRANSFORMACIÓN!!

2° Domingo de Cuaresma (Ciclo B)
Hoy estamos ante una espléndida teofanía de Jesús o transfiguración, momento fuerte en la vida de Jesús, que… nosotros vamos a ponernos muy cerca de Él… estar en todo lo que ocurrió… presentes a todo lo que ocurrió en esta escena. Y para ello vamos a escuchar el Evangelio, donde San Marcos nos habla y nos dice lo siguiente:
Seis días después Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los lleva a ellos solos aparte a un monte elevado, y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron resplandecientes y muy blancos, como ningún batanero de la tierra podría blanquearlos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Tomó Pedro la palabra y dijo a Jesús: “Rabí, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, pues no sabía qué decir porque estaban atemorizados. Se formó entonces una nube que los cubrió y desde la nube se oyó una voz: “Éste es mi Hijo amado, escuchadle”. Y echando en el acto una mirada a su alrededor, ya no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Y guardaron estas palabras discutiendo entre ellos qué era aquello de “resucitar de entre los muertos”.
trasfigurazione
Realmente es un texto profundo que nos lleva a estar muy centrados junto a Jesús. Vamos a revivir lo que pasó en aquel momento: Jesús ha estado varios días predicando por Cesarea de Filipo y hacía seis días que había hecho la promesa del primado a Pedro, y quiere hacerle comprender cuál va a ser su destino. Para ello van caminando, llegan al pie del monte, del Monte Tabor, y allí coge a sus discípulos más preferidos, a los que les había puesto el sobrenombre, a los tres, y los lleva aparte, solos, a este monte alto. Este monte —Monte Tabor—, que sabemos que está situado en Galilea y a unos 770 metros sobre el Mar de Galilea; allí ahora se ha construido una hermosa basílica de estilo bizantino.
Y mientras oraba, se transfigura. No cambia de figura, se transforma. Ellos se quedan dormidos, cansados, y cuando despiertan se dan cuenta de que Jesús resplandece como el sol, y su figura es como otra; sus vestidos, blanquísimos. Se asustan y ven que está hablando con Moisés y Elías, hablando de cómo iba a ser su muerte, de cómo iba a ser su resurrección. Y cuando estaban así, Pedro, lleno de alegría y de felicidad, se despierta y dice: “¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas”. Pero de pronto, una nube les cubre y oyen una voz: “Éste es mi Hijo amado.
Escuchadle”. Y al oírla sienten miedo, se asustan, pero Jesús les dice: “No temáis, levantaos y no temáis. Venga, vámonos, pero no digáis nada a nadie de lo que habéis visto y oído”.
¡Qué texto!… estoy ahí viendo… yo no soy digna, no somos dignos de entrar en esta escena… Pero con cariño, con calor, la vamos a ir profundizando, para encontrarnos y tener un momento profundo con Jesús… ¿Qué quería hacer Jesús con esta teofanía? Reafirmarles la fe, enseñarles el camino de la transformación. Pero fijaos, ¿cómo lo hace? Se retira a orar a un alto para contemplar a Dios. Bien, pues nunca podremos orar si no dejamos en la falda del monte todo lo que nos distrae y nos entorpece. Tenemos que subir, ponernos en contacto con lo sagrado, con el Dios de la gloria.
¿Y qué les enseña más? Que la verdadera transformación pasa por la cruz, por las dificultades, por las persecuciones, por los tormentos. Si yo me quiero transformar en ti, Jesús, sé que tengo que pasar por muchos momentos malos, por caminos arduos, por senderos difíciles, pero Tú me transformarás. ¿Y qué les dice más? Que la verdadera transformación sólo está en seguirle y escuchar su voz. ¡Escucharle! Cuando estos discípulos se vieron cubiertos por la nube… —la nube que significaba la presencia de Dios, la gloria de Dios—, cuando nos sentimos envueltos de la gloria de Dios, cuando nos sentimos muy cerca porque nos pegamos a Él, porque nos metemos en su corazón, sentimos: “Escucha, escucha y no tengas miedo”.
Y también ¿qué nos quiere decir Jesús con este encuentro tan precioso? Que no tenemos que temer. No temáis. A pesar de las pequeñeces que tengamos, a pesar de todo lo que nos rodea, a pesar de lo que nos cubre, siempre tenemos esa nube que nos envuelve y nos lleva a decir: “No temas, Yo estoy contigo”. Pero antes tengo que pasar por la cruz, antes tengo que pasar por todo lo difícil, por todo lo que más cueste.
A los discípulos les costó rehacerse, recobrar las fuerzas, y tuvo el Señor que llevarles a ese camino de iluminación para darles aliento. Cuando yo me sienta mal, cuando me sienta sin fuerzas… ¡al Tabor!, al encuentro con el Señor. Allí sentiré la iluminación de Jesús. Pero tengo que escucharle, porque si no es así, resultará desconcertante mi vida, no coincidirá lo que pienso con lo que hago. Y mi escucha tiene que ser sincera y paciente.
Encontrarme con el Señor es descubrirle, es volverle a vivir, y no tener miedo, como el apóstol Pedro que tenía miedo. No. Cuando no entendemos la vida de Jesús, tenemos miedo. Pero ¿cuál es el camino? ¿Cuál es nuestra transformación? La fe, nuestra fe. Por eso hoy le vamos a pedir mucho al Señor que nos haga profundamente fieles en la fe, y que perdamos ya el disfraz de nuestra apariencia. Me recuerda mucho este texto, este encuentro con Jesús… —y le digo muchas veces: “Quítame el disfraz”—, me recuerda a esos típicos carnavales, que van disfrazados y transformados en el exterior; pero todo es apariencia, todo es engaño, todo es disfraz. No, pidamos al Señor que nos quite el disfraz de nuestra vida, que nos quite esa máscara que llevamos, y que vayamos perdiéndolo poco a poco cada vez que nos vayamos encontrando con Él. Y así podemos oír muchas veces con atención: “Éste es mi Hijo amado, escúchalo”.
Ya sabemos el camino: escuchar al Señor, ser fuertes, no tener miedo, tenemos que sufrir… ¡Ánimo!, el Señor está con nosotros. Bien, no nos desprendemos de este momento…, nos quedamos ahí…, escuchamos…, sentimos…, oímos… la voz de Jesús que nos habla y nos dice: “No tengas miedo. Soy Yo. Escúchame”. Pidamos a la Virgen que nos transforme, que nos quite ese disfraz, esa cara que tenemos falsa de la vida; que nos ayude a creer, para que consigamos la verdadera transformación. ¿Dónde? En el Tabor. ¿Con quién? Con Jesús. ¿Cómo? Escuchándolo. Que así sea.
Francisca Sierra Gómez
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Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

Evangelio según San Mateo 5,43-48.
Jesús dijo a sus discípulos:
Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.
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Leer el comentario del Evangelio por : San Cesáreo de Arles (470_543) monje y obispo
 “Amad a vuestros enemigos” (Mt 5,44)
 Queridos hermanos, nadie puede dispensarse de amar a los enemigos. Alguien me puede decir: “Yo no puedo ayunar, no puedo orar durante la noche.” ¿Se puede decir: no puedo amar? Uno puede decir: “No puedo dar todos mis bienes a los pobres y servir a Dios en un monasterio”, pero no se puede decir: “yo no puedo amar.”
 Tú me dirás: “Yo no me puedo privar de los bienes y de los alimentos.” Yo te lo creo, pero si tú dices que no puedes perdonar a los que te han hecho daño, no te lo creo en absoluto. No tenemos ninguna excusa de no hacerlo porque debemos cumplir esta limosna sacándola no del tesoro de nuestros bienes sino de nuestro corazón. Amemos, pues, no solamente a los amigos sino también a los enemigos…
 Pero tú me dirás: “Mi enemigo me ha hecho tanto mal que de ninguna manera le puedo amar.” Tú miras lo que te hizo este hombre y no miras lo que tú has hecho a Dios. ¡Examina atentamente tu conciencia: tú has cometido sin darte cuenta muchas más faltas contra Dios que un hombre haya cometido contra ti. ¿Con qué osadía esperas, pues, que Dios te perdone lo mucho cuando tú no perdonas lo poco?
 
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Entonces entenderás un poco más a Dios…

20140406190441d8582fQuizás es una de las dimensiones más profundas de la vida. Experimentar la vulnerabilidad. Herir a quien amas. Fallarle a quien se fia de ti. Saber que no hay marcha atrás, que los gestos, o las palabras, o las acciones, ya han desencadenado huracanes…Y, sin embargo, descubrir la otra lógica. No la del rencor y la venganza. No la del agravio sin salida. No la del reproche definitivo. Sino la disposición para ayudar a sanar. La de mantener los puentes tendidos. La de amar o ser amado. Si alguna vez le has fallado a quien quieres sabes de qué te hablo. Entonces comprendes lo que es el dolor por las acciones. Entonces te das cuenta de lo humano que es el arrepentimiento. No sé, hoy en día hay muchas personas que siempre se reafirman en sus seguridades, no se arrepienten de nada, no lamentan nada…
Pero créeme, si alguna vez hieres a quien te importa, por tu propio egoísmo, entonces entenderás lo que es el pecado, y lo que es la necesidad de perdón…Y si alguna vez experimentas el perdón anhelado. Si alguien que podría cerrarte la puerta la mantiene abierta. Si quien conoce tu fragilidad y tu barro sigue mirándote con aprecio.
Si quien comparte tu historia lo hace más allá de la noche y el día. Si quien podría juzgarte con dureza te mira con misericordia, entonces entenderás un poco más a Dios… y su evangelio.
Aquí estoy Señor,
doblado
como un signo
de interrogación
que espera
la respuesta
al ritmo urgente
del deseo tan tirano.
Endereza mi pregunta
y hazla un signo
de admiración agradecida.
Aquí estoy Señor,
hueco
como la palma de la mano,
hecha un cuenco
para recibir el agua
sin demora.
Distiende mis dedos
de mendigo ansioso
en un ágil gesto
de baile y alabanza.
Aquí estoy Señor,
curvado
como un anzuelo
que busca afilado
con su seguridad de acero
la presa tangible
como pago justo
a su esfuerzo tenso.
Ablanda mi rigidez
en el suave mecerse
del sedal sobre las olas.
Aquí estoy, Señor,
acogiendo tu don,
la alegría y la paz
de tu misterio.
 
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Reconciliarte con tu hermano…

Evangelio según San Mateo 5,20-26.
Jesús dijo a sus discípulos:
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
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Jesús continúa colocando el dedo en la llaga. Frente a la ley de la retaliación plantea la actitud de reconciliación. La reconciliación es criterio fundamental para hacer parte del proyecto del Reino de Dios. De nada sirve el culto, la oración, la ofrenda o los actos de piedad si el corazón esta lleno de soberbia, venganza, odio, resentimiento o agresividad. Es necesario, entonces, reconstruir la comunión fraterna quebrada por el conflicto.
Pero es claro que para Jesús la reconciliación exige reciprocidad. Quien da el primer paso necesita bajarse de sus prejuicios y orgullos fundados o infundados. Quién es destinatario de la reconciliación necesita abrirse a una actitud misericordiosa, acogedora y comprensiva. La reconciliación también exige reparación del daño causado o de lo contrario sería legitimar la impunidad y eso no es evangélico.
Tanto las relaciones interpersonales, familiares o internacionales está plagadas por ese virus de la soberbia y la venganza. El Papa Juan Pablo Segundo ha llamado insistentemente a la paz con justicia y reconciliación verdadera y profunda. Solo una humanidad reconciliada logrará transformar el corazón de las personas y de las instituciones. ¿Qué haces tu y tu comunidad para crear un ambiente propicio a la reconciliación?
Autor: Padre Juan Alarcón Cámara S.J