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Discernir los propios sentimientos!

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El propio conocimiento es un proceso abierto, que no termina nunca, pues la vida es como una sinfonía siempre incompleta, que se está haciendo continuamente, que siempre es superable y exige por tanto una atención constante.
El conocimiento propio
es puerta de la verdad.
Cuando falta, no se puede ser sincero con uno mismo, por mucho que se quiera. Querer ver qué es lo que nos sucede –y quererlo de verdad, con sinceridad plena– es el punto decisivo. Si eso falla, podemos vivir como envueltos por una niebla con la que quizá nuestra propia imaginación enmascara las realidades que nos molestan.
Porque encontrar escapatorias cuando no se quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil del mundo. Siempre existen causas exteriores a las que culpar, y por eso hace falta cierta valentía para aceptar que la culpa, o la responsabilidad, es quizá nuestra, o al menos una buena parte de ella. Esa valentía personal es imprescindible para avanzar con acierto en el camino de la verdad, aunque a veces se trate de un recorrido que puede hacerse muy cuesta arriba.
No percibir con ecuanimidad
los propios sentimientos
supone fácilmente
quedar a su merced.
Hay sentimientos que fluyen de forma casi inconsciente, pero que no por eso dejan de ser importantes. Por ejemplo, una persona que ha tenido un encuentro desagradable puede luego permanecer irritable durante horas, sintiéndose molesto por el menor motivo y respondiendo de mala manera a la menor insinuación. Esa persona puede ser muy poco consciente de su susceptibilidad, e incluso sorprenderse –y molestarse de nuevo– si alguien se lo hace notar, aunque a los demás resulta bien patente que se debe a esos sentimientos que bullen en su interior como consecuencia de aquel encuentro desagradable anterior.
Una buena parte de
nuestra vida emocional
tarda en aflorar a la superficie.
Hay sentimientos que no siempre llegan a cruzar el umbral de la conciencia. Por eso reconocerlos nos permite desplazar la frontera y ampliar el campo de los sentimientos plenamente conscientes, y eso siempre supone un poderoso medio para mejorar.
Una vez que tomamos conciencia de cuáles son los verdaderos sentimientos que pugnan por salir a la superficie de nuestra conciencia, podemos evaluarlos con mayor acierto, decidir dejar a un lado unos y alentar otros, y así actuar sobre nuestra visión de las cosas y nuestro estado de ánimo. En esto se manifiesta, entre otras cosas, que somos seres inteligentes.
Quien se conoce bien,
puede apoyarse en sus puntos fuertes
para actuar sobre sus puntos débiles,
y así corregirlos y mejorarlos.
Es como una intensa luz que ilumina sus vidas y les permite desenvolverse con acierto a la hora de tomar decisiones, tanto las más sencillas de la vida diaria como las verdaderamente importantes.
—¿Y en qué sentido hablabas antes de no querer ver?
Hay muchas formas de eludir la realidad, y casi siempre se producen de modo semiinconsciente para su protagonista.
Algunas personas, por ejemplo, se hacen a sí mismas razonamientos del estilo de «déjame disfrutar de eso, que luego ya veré lo que hago» (donde eso puede ser cualquier muestra de egoísmo, pereza o escape de la realidad). No parecen advertir hasta qué punto ese error va ganando terreno en sus vidas y oscureciendo el escaso alivio que eso les produce.
Hay otros que se engañan con razonamientos como los del niño mimado que prefiere quedarse encerrado en su habitación, aburrido y solo, rumiando sus agravios y las razones de su enfado, aun sabiendo que lo mejor sería superar su orgullo y salir. Prefieren permanecer tristes en su desgracia, con tal de no enfrentarse a su propia obstinación.
Otros son como aquél que persigue ansiosamente el placer, y va viendo cómo éste se hace cada día más pequeño, y sabe que por ese camino no obtendrá un grado de satisfacción alto, pero prefiere seguir tras ese pobre halago insaciable, porque le asusta verse privado de él.
«Nuestro corazón –ha escrito Susanna Tamaro– es como la tierra, que tiene una parte en luz y otra en sombras. Descender para conocerlo bien es muy difícil, muy doloroso, pues siempre es arduo aceptar que una parte de nosotros está en la sombra. Además, contra ese doloroso descubrimiento se oponen en nuestro interior muchas defensas: el orgullo, la presunción de ser amos inapelables de nuestra vida, la convicción de que basta con la razón para arreglarlo todo. El orgullo es quizá el obstáculo más grande: por eso es preciso valentía y humildad para examinarse con hondura.»
Autor: Alfonso Aguiló Pastrana
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¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!

San Mateo 8,23-27
En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. De pronto, se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritándole: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!” Él les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma. Ellos se preguntaban admirados: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!”
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Los discípulos que momentos antes manifestaban total adhesión a Jesús se sienten apabullados ante la magnitud de las olas. Todo el ímpetu de sus propuestas y ambiciones cede ante la adversidad de la situación. Esta imagen representa a la pequeña comunidad cristiana después de la muerte de Jesús. Antes, cuando estaban en la orilla segura junto al Maestro se sentían capaces de vencer el mundo, ahora, en medio de las adversidades de la historia, mientras el maestro yace dormido en el fondo de la barca, todos se aterrorizan y claman a grandes voces. Jesús calma el temor y les exige la respuesta de la fe. Grande es el mar, símbolo del imperio del mal, pero más grande es el poder de Dios que se sobrepone a los elementos negativos.
Esta imagen de la barca abatida por las olas la podemos aplicar a las comunidades cristianas. En ciertos momentos de la historia se sienten imponentes, capaces de doblegar el destino; se sienten como los pasajeros del Titanic, en grado de desafiar los elementos adversos del océano porque viajan en ‘el barco más seguro del mundo’. Sin embargo, ante la vastedad y complejidad de la historia, la comunidad eclesial es apenas un trozo de madera que sobrevive más por la gracia de Dios que por la pericia de pilotos y tripulantes. La única tabla de salvación a la que puede recurrir la comunidad en medio de las adversidades de la historia es la experiencia del resucitado que le exige la respuesta de la fe y la fidelidad. La tripulación debe sobreponerse y navegar hasta la otra orilla, hasta la meta del momento y no ceder a la tentación del pánico o de querer retroceder.
Autor: Padre Juan Alarcón Cámara S.J
 
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Solemnidad de San Pedro y San Pablo

PIETRO E PAOLO

Al llegar la festividad de San Pedro y de San Pablo sale a flote los primeros pasos de nuestra era cristiana y toma cuerpo en dos personas que fueron cimientos y resorte de los primeros tiempos de la evangelización cristiana.
Era la hora de la verdad:
-De dar razón de las palabras de Jesús hasta los últimos confines de la tierra
-De pasar del dicho al hecho…..incluso dando la sangre
-De no seguir con miradas perdidas en el cielo
-De probar la verdad o la fragilidad de la fe en el discipulado
SAN PEDRO Y SAN PABLO
-Son columnas de ese gran edificio espiritual que es nuestra Iglesia
-Son testimonio de un Cristo vivo de, aquellos, que lo supieron escribir con sangre
-Son, tan distintos, que fueron capaces de unirse en lo esencial: ¡por encima de todo el afán evangelizador!
-Son punto de referencia a la hora de tomar un camino u otro en nuestra vida cristiana. Como San Pedro…a veces corremos el riesgo de quedarnos “con y en los nuestros”. Como San Pablo….qué bien nos vendría si Dios nos tirase de nuestro particular y personal caballo (orgullo, hipocresía, mentira, debilidad, falsos prejuicios, cobardía…..) para aventurarnos a lo nuevo sin miedo.
SAN PEDRO Y SAN PABLO
-En uno Jesús puso la familiaridad y la cercanía, el compañerismo y….hasta le leyó de antemano las contradicciones en las que caería en los aledaños de la Pascua.
-Con el otro, Dios, quiso saltar las fronteras de una Fe que podía haberse quedado encerrada en las cuatro puertas de Palestina
-En uno sobresale aquello de “ser amigo de sus amigos”. No le acompañó precisamente ni la ciencia ni las letras…..pero tuvo la virtud de ser sencillo como una paloma y noble como el oro. Jesús…le hizo entrega de las llaves de esa gran familia que es nuestra Iglesia.
-Con el otro….Dios hizo el milagro de la conversión radical. Pasó de ser adversario a ser “fan” y propagandista de Jesús. Se sintió derribado de sus esquemas y de sus acepciones, de su sabiduría y de su altanería. Todo lo estimó en basura…cuando lo comparaba con el amor/riqueza de Cristo. Pasó de la vehemencia a la docilidad ante su Dios.
Dios no quiere a superhombres para llevar a cabo su Reino. Dios quiere respuestas. Pedro le falló en las horas más decisivas de la Pasión de Jesús. Pablo se convirtió en uno de los más sangrientos perseguidores. Pero, después, con un “sí” uno pasó de ser pescador en Galilea a ser pescador de almas. El otro, de ser un incrédulo, guerrero e intelectual, pasó a ser un enamorado de la causa de Jesús.
Dos personas distintas con un mismo denominador común: JESÚS….¡TODO POR JESÚS!
LOS NUEVOS “PEDRO” Y LOS NUEVOS “PABLO”
Aún con nuestras historias (buenas o malas), limitaciones (que son otras tantas), con los caminos emprendidos (a veces contrarios a la fe), aún siendo como somos (y mira que somos complicados)……Dios sigue contando con nosotros: pone el tesoro de su Reino en nuestras manos aún a sabiendas que siempre serán eternas y constantes vasijas de barro.
En esa carne (débil y pecadora) que somos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, Dios va manifestándose todos y cada uno de los días. Ojalá seamos capaces de ofrecer a DIOS nuestra vida de tal manera que nos sintamos “menos superhombres” y “más amigos de Dios”
Con todo ello, en este día de los pilares de la iglesia, tenemos un recuerdo y oración especial por ese testigo del evangelio que entrado en años guarda una juventud radiante y misteriosa en el corazón: PAPA FRANCISCO
Feliz día de San Pedro y de San Pablo
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“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

San Mateo 16,13-19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.
 
Leer el comentario del Evangelio por : Elredo de Rielvaux (1110_1167) monje cisterciense
“SobrNueva-imagen1e esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18)
Columnas de la tierra (Sal 75,4): todos los apóstoles lo son, pero en primer lugar los dos cuya fiesta celebramos hoy. Son las dos columnas que sostienen la Iglesia por su doctrina, su oración y el ejemplo de su constancia. El Señor mismo ha afianzado estas columnas. Al principio eran débiles y no se sostenían, ni ellos mismos ni a otros. Aquí se manifiesta el gran designio del Señor: si hubiesen sido fuertes siempre, se podría pensar que la fuerza les venía de ellos mismos. Por esto, antes de afianzarlos ha querido mostrar de qué eran capaces, para que todo el mundo supiera que la fuerza viene de Dios.
El Señor ha afianzado sus columnas en la tierra, es decir, en su santa Iglesia. Por esto hacemos bien en alabar y bendecir a nuestros Padres en la fe que han soportado tantas penas por amor al Señor y que han perseverado con tanta fortaleza. No es difícil perseverar en la alegría, en la prosperidad y en la paciencia. Pero lo que es admirable es perseverar cuando uno es lapidado, flagelado, golpeado por Cristo, y en todo esto, permanecer fiel a Cristo (2Cor 4,12_13)… ¿Y qué decir de Pedro? Incluso si no hubiese padecido nada por Cristo, sería suficiente para honrarlo hoy en su fiesta, el hecho de haber sido crucificado por él. La cruz fue su camino…