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IV Domingo de Adviento (Ciclo C)


MARÍA, PUESTA AL SERVICIO DE LOS DEMÁS, VISITA A SU PRIMA ISABEL
Querido amigo: Hoy te invito a que juntos los dos contemplemos en pleno encuentro un cuadro maravilloso, delicadamente femenino, muy humano y muy divino, que Lucas nos pinta y nos narra en la escena de la Visitación. Te invito a que entremos en ese contraste de una mujer anciana, que porta al último profeta del Antiguo Testamento —Juan Bautista—, y a María, joven, que porta también a un Jesús encarnado y hecho hombre con la humanidad. El abrazo de estas dos mujeres termina con ese himno, ese homenaje emocionado de Isabel: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que vengas a visitarme?”. Entremos con atención, con calor, con cariño en esta escena tan profunda y tan preciosa que Lucas en el capítulo 1, versículo 39-45, nos describe:
Por aquellos días se puso María en camino y marchó aprisa a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Y exclamó con fuerte voz y dijo: “¡Bendita Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí este bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues tan pronto como tu saludo llegó a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Bienaventurada la que ha creído que se cumplirán las cosas que se le han dicho de parte del Señor”. Pues bien, querido amigo, hoy el personaje central de nuestro encuentro es María, la Madre de Jesús. Y la escena transcurre entre dos mujeres, María e Isabel; estas dos figuras que nos llevan a reconocer la gran humildad y el servicio de una mujer como es María, y la gran humildad y la acogida de una mujer anciana, que es Isabel. Entramos en la escena: vemos a María, que después de la visita del ángel, entiende que tiene que ir aprisa a comunicar el gozo que tiene. No se lo guarda para sí.
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Empujada por esa alegría, por esa gran fuerza que siente dentro, quiere comunicárselo a su prima. Y la vemos, bien sola o acompañada… sube a Jerusalén, al pie de la montaña… la vemos cómo sale de Galilea, atraviesa parte de Judea, hasta que entra en la región montañosa de Judá para llegar al valle de Ain Karem; y allí se encuentra a Zacarías, como dueño de la casa, y a su prima Isabel. En esa casa es donde surgen los dos himnos tan grandes que tenemos, como es el Magnificat y el Benedictus.
Contemplamos el saludo de estas dos mujeres: esta mujer joven, María, saluda a la anciana Isabel. Y cómo nos dice el evangelista que el niño saltó de gozo en el seno de su madre. Ella se llenó del Espíritu y exclamó: “¡Bendita Tú entre las mujeres!”. Dos personas: María e Isabel.
Querido amigo, vamos a entrar a contemplar… En María nos llama la atención su forma de actuar, cómo acoge el mensaje del ángel, cómo se llena del Espíritu Santo, cómo está ya con su Hijo dentro de su seno y qué rápidamente quiere comunicar esa alegría. El texto nos narra unos verbos preciosos: se fue aprisa, entró, saludó. Para mí estos verbos significan una persona puesta al servicio de los demás. Fíjate que no se arredra ante nada, ante todo lo que tiene que caminar. El camino era duro, largo, ingrato —nos dicen los textos que serían como 127 kms. y que le ocuparía como cinco días—. Una mujer joven, sola o acompañada, pero que no se aminora ante todas las dificultades; decidida. Tú y yo tenemos que ser así ante tanta dificultad: entregarnos a los demás, ser personas para los demás. Por eso bien se merece que se le diga: “¡Dichosa Tú porque has creído!”.
Pero ¿qué es lo que le mueve a ser así a María? Su fe, su fe inquebrantable, el fiarse de su Dios. Y esa fe se ha traducido en escucha atenta y en servicio, pero también en escucha atenta a las necesidades de los demás. Por eso Dios la elige con tanta elegancia y por eso Dios la elige con tanta alegría. Y si nos fijamos en Isabel, su prima, también es un testigo profundo de la acción de Dios. Recibe la ayuda de María, sabe leer los acontecimientos de esa acción de Dios que le llena de amor. Y su hijo salta de alegría en su vientre. Viene a su casa el Dios de la alegría, el Dios del gozo, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Ese hacer de esta mujer silencioso pero abierta a todo lo que es de Él.
Querido amigo, yo creo que tú y yo no nos podemos perder esta escena y tenemos que entrar en una contemplación, poniéndonos y acompañando a María en ese camino duro que lleva. Acompañándola y viendo todo lo que hace, y pidiéndole ser como Ella y pidiéndole también saber actuar como Ella, aprender a servir. Iría a Ain Karem y haría las faenas más humildes de la casa, como las de entonces. Ésta es María, una figura que la tenemos muy cuadriculada en estatuas… con miradas… No, es una mujer sencilla pero sobrenatural, llena de gozo, de amabilidad, de espíritu de servicio, porque se siente esclava del Señor, porque se siente criada del Señor, pero a la vez servidora de Isabel. Pidámosle a María que nos enseñe a ser humildes, llenarnos de fe, llenarnos de servicio como Ella.
¡Qué bonita es esta escena para contemplarla! Quédate conmigo en silencio contemplando a María en todos sus gestos y en todas sus actitudes. Y a la vez le hablemos y le pidamos que sepamos estar en servicio, que seamos portadores de la Buena Noticia de Dios, que seamos personas que llevan la alegría a los demás, que comparten la fe. La visita de María empieza por la fe y termina por la caridad. Y ésta es María, los rasgos fundamentales de Ella. Y también apreciar a Isabel, esa mujer acogedora al encuentro con el Señor.
Cuántas veces nosotros nos sumimos en nuestro egoísmo, en nuestra vida, en nuestras cosas, en nuestro trabajo y nos cuesta servir, y nos cuesta entregarnos, y nos cuesta darnos a los demás. Pero aprendamos de María, pero aprendamos de dónde le nace el servicio: de la fe. Y sepamos compartir todo con Ella y como Ella. María es el gran personaje del Adviento porque es el modelo de sencillez, de fe profunda y de caridad. Es la morada de Dios entre nosotros porque ha creído, pero es la primera transmisora. Es la primera transmisora.
Querido amigo, cuando yo pienso en esta escena me viene un pensamiento profundo en mi interior que me llena de alegría y de asombro: veo a Jesús en el vientre de María llevado como un sagrario viviente en su seno y que va con presteza a Nazaret, a Ain Karem, pero va para hacerse uno con el hombre. Es la primera visita que realiza Jesús a los hombres llevado en ese sagrario viviente que es María. Cada vez que contemplamos esta escena nos llenamos de gozo, de alegría y de asombro.
Hoy en este encuentro observando, gozándonos, admirándonos y asombrándonos, aprendemos de María a servir, a entregarnos y a comunicar a Jesús, a tener esa faceta en nuestra vida de un servicio abierto, de un servicio profundamente humano y sobrenatural; un servicio gozoso y lleno de amor. La lección del servicio, la gran lección del servicio: María visita a Isabel. Es el foco de luz profundo del Adviento: María. Como Ella nadie nos puede ayudar a prepararnos para la inminente venida de Jesús. Como Ella, con ese amor que espera a su Hijo, aprendamos también y llenémonos de ese amor para esperar y recibir a Jesús. Aprendamos la fe en lo que el Señor le dice: “Dichosa Tú porque has creído”. Ojalá se nos pueda decir de cada uno de nosotros “dichosos porque hemos creído”, y nacerá en nosotros la alegría, el servicio por amor, el servicio a los demás. Esto realmente es lo más fuerte en este encuentro.
Querido amigo, quedémonos en silencio asombrándonos del gran misterio de María y aprendamos esa lección: la lección del servicio en la figura de María, que deja todo, toda su intimidad y quiere compartir el gozo con los demás. Ella es nuestra fuerza en nuestra fragilidad y nuestra fuerza en nuestra falta de esperanza.
Terminemos nuestro encuentro pidiéndole a Ella que sepamos escuchar todos los momentos que el Señor nos pone. Que sepamos vivir este Adviento, pero que nos llenemos de servicio, de gozo, de fe. Vamos a recitarle a Ella una oración: “Madre mía, María, haz que de una vez sepamos compartir la alegría con los demás; sepamos tener espíritu de acogida, de generosidad; sepamos entregarnos a los demás; sepamos darnos; sepamos tener fe. María, Madre del servicio, ruega por nosotros”.
Querido amigo, que así sea. ¡Disfrutemos de este encuentro!
Francisca Sierra Gómez
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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.