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Mover una montaña.

Tengan fe en Dios. Les aseguro que el que diga a este cerro:
¡Levántate de ahí y tírate al mar!, si no duda en su corazón
y cree que sucederá como dice, se le concederá.
Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración,
crean que ya lo han recibido y lo tendrán. (Mc 11, 22-24)
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Mover Cambiar una montaña de un lugar a otro es técnicamente posible. Es asunto de costo y de tiempo. Pero Jesús no se refiere a ninguna empresa constructora. Ciertas personas tienen un poder mental muy desarrollado y a distancia pueden mover objetos sin tocarlos. Pero Jesús tampoco alude a ninguna experiencia de telekinesia.
El Maestro quiere enseñarnos el poder de la fe y la fuerza de la oración. Si uno no tiene mucha confianza en Dios, por mucho que le grite al cerro, no pasará nada. Si uno tiene mucha cercanía con Dios, comprenderá que ese Dios Santo no participa en este tipo de jugarretas.
Entonces, ¿es un chiste de Jesús eso de correr los cerros? No. Jesús es un gran maestro: Él sabe usar las imágenes para anclar una verdad y una certeza en nuestra mente. Hay personas, muy confiadas en la gracia de Dios, que logran desplazar montañas de egoísmo en una relación de pareja. Otras mueven montañas de inercia y comodidad para animar una comunidad y ponerla en la onda de Dios.
Los odios forman verdaderas cordilleras que sólo la fe en Dios puede transformar en llanuras. Existen en nuestro corazón imponentes cerros que parecen inamovibles: “¡No voy a cambiar jamás!” Así son la soberbia, la sensualidad, la avaricia, la flojera, el rencor y otros vicios. A estos cerros hay que hablarles firme, con la firmeza misma de la fe y la confianza en Dios.
Mover el corazón humano es a veces más difícil y milagroso que mover toda la Cordillera de los Andes. Mira dentro de ti…
Oración  Salmo 46 (45)
Dios es nuestro refugio y fortaleza,
un socorro oportuno en nuestra angustia.
Por eso, si hay temblor, no temeremos,
o si al fondo del mar caen los montes;
aunque sus aguas hiervan y se agiten
y los montes, a su ímpetu, retiemblen.
Con nosotros está Dios, el Señor,
es el mismo Dios nuestra defensa.
Los pueblos braman,
los reinos se bambolean;
pero Él eleva su voz y la tierra se hunde.
Padre Guido Blanchette B., O.M.I.
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“Cuando hubiereis levantado al Hijo del Hombre, comprenderéis que Yo Soy.” (Jn 8,28)

San Juan 8,21-30
Jesús les dijo también: “Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir”. Los judíos se preguntaban: “¿Pensará matarse para decir: ‘Adonde yo voy, ustedes no pueden ir’?”. Jesús continuó: “Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les he dicho: ‘Ustedes morirán en sus pecados’. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”. Los judíos le preguntaron: “¿Quién eres tú?”. Jesús les respondió: “Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo. De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre. Después les dijo: “Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.
Comentario del Evangelio por : San Atanasio (295_373) obispo de Alejandría, doctor de la Iglesia
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Alguien podría preguntar: Si Cristo tenía que entregar su cuerpo a la muerte ¿por qué no lo hizo como todo hombre, por qué fue tan lejos hasta entregarlo a la muerte de cruz? Uno podría argumentar que hubiera sido más conveniente para él entregarlo en la dignidad, que no padecer el ultraje de una muerte en cruz. Esta objeción es demasiado humana; lo que sucedió al Salvador es verdaderamente divino y digno de su divinidad por varias razones.
Primero, porque la muerte que padecen los hombres les sobreviene a causa de la debilidad de su naturaleza. No pudiendo durar por mucho tiempo, se desgastan con el tiempo. Aparecen las enfermedades y habiendo perdido las fuerzas, mueren. Pero el Señor no es débil, es el poder de Dios, es el Verbo de Dios y es la vida misma. Si hubiera entregado su cuerpo en privado, en una cama, a la manera de los hombres, uno pensaría…que no tenía nada especial, diferente de los otros hombres….El Señor no podía padecer enfermedad, él que curaba las enfermedades de los demás…
¿Entonces, por qué no apartaba la muerte como apartaba las enfermedades? Porque poseía un cuerpo justamente para esto y para no impedir la resurrección… Pero, dirá alguno, hubiera tenido que desbaratar el complot de sus enemigos para conservar su cuerpo inmortal. Éste tal que aprenda, pues, que esto tampoco era conveniente al Señor. Lo mismo que no era digno del Verbo de Dios, siendo la vida, dar muerte a su cuerpo por propia iniciativa, no le era conveniente evitar la muerte que le infligían los otros… Esta actitud no significa en ningún modo una debilidad del Verbo, sino que le da a conocer como Salvador y Vida… El Salvador no venía a consumar su propia muerte sino la de los hombres.