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Domingo de Ramos!

Y al ver la ciudad de Jerusalén, lloró sobre ella
Dicho esto, caminaba delante de ellos subiendo a Jerusalén. Cuando ya estaba cerca de Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos discípulos diciendo: “Id a la aldea de enfrente. Al entrar, encontraréis un borriquillo atado sobre el que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Si alguno os pregunta por qué lo desatáis, le diréis así: «El Señor lo necesita»”. Los enviados fueron y lo encontraron tal como les había dicho. Mientras desataban el borriquillo, sus dueños les dijeron: “¿Por qué desatáis al borriquillo?”. Ellos replicaron: “El Señor lo necesita”. Y lo llevaron a Jesús. Y echando sus mantos sobre el borriquillo, montaron a Jesús. Mientras Él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de  los discípulos, llenos de alegría, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todos los prodigios que habían visto, exclamando: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el Cielo y gloria en las alturas!”. Algunos fariseos de entre la multitud le dijeron: “¡Maestro, reprende a tus discípulos!”. Él respondió: “Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras”. Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella diciendo: “Si supieras también tú en este día lo que te lleva a la paz…Pero ahora está oculto a tus ojos”. Lc 19,28-40

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Hoy, Jesús, comienza tu gran Semana, la gran Semana de prepararte para tu Pasión. Y me impacta cómo lo quieres hacer, cómo vas camino de Jerusalén y cómo lloras sobre esta ciudad. Al verla…, dice el texto que “al ver esta ciudad lloró sobre ella diciendo: «Si supieras tú también en este día lo que te lleva a la paz… Pero ahora está oculto a tus ojos»”. ¿Cómo comprendes que esta multitud que ahora te alaba el Domingo de Ramos, el viernes te aclama: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”? ¡Cómo te duele este “Bendito el que viene en nombre del Señor, bendito el Rey que viene”! Que ahora te aclamen como Rey y que después te crucifiquen. Has hecho tantas cosas en esta ciudad, has hecho tantos milagros, has dado todo ese mensaje de paz, de liberación y de amor y no lo han reconocido. “Si tú supieras lo que en este día te lleva a la paz…”
Me impresiona tu llanto, Jesús, y esta Jerusalén se identifica con mi vida. ¡Cuántas gracias, cuántos dones has hecho sobre mi vida, sobre esta historia tan bonita de amor! ¡Cuántas veces has pasado por ella y te has hecho el encontradizo y la has curado y le has hecho verdaderos milagros! Pero esta Y al ver la ciudad de Jerusalén, lloró sobre ella ciudad, este pobre corazón mío no se da cuenta de tu paso, y al verme, al ver mi vida, lloras. ¿Será así ahora en realidad? ¿Será así, Jesús? Yo no quiero que sea así, yo no quiero…
Veo tu amor tan grande, tu aceptación de mi historia, de mi vida, de todo lo que yo hago, y la poca correspondencia… Hoy te quiero aclamar: “¡Bendito el que viene a mi vida!”. Pero mira, no quiero estar en el Viernes Santo, no quiero aclamarte como toda esta multitud. Te doy gracias de todo corazón. Tú eres mi único Rey. Yo quiero acompañarte a todos los misterios: a Getsemaní, al Cenáculo, al Calvario… Y quiero aclamarte así. Pero también te pido que, al verme, no tengas que llorar sobre mi vida y no tengas que pasar esos ratos de dolor al ver mi propia historia. Quiero vitorearte siempre, pero con amor, con alabanza, con sinceridad.
¿En qué puedes llorar sobre mi historia? ¿En qué? ¿En qué cosas puedes tener ese llanto tan duro que te hace tan triste? ¿Me daré cuenta yo de tu llanto? Sólo te pido que sea consciente de tu mirada y de tu amor y que te pueda proclamar Rey, ¡Rey! Y cuando mires a Jerusalén y mires mi vida, yo despierte y te diga: “¡Bendito eres, Señor, el que viene a mi propia historia y a mi debilidad! ¡Hosanna, hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Y me quedo pensando en qué, dónde y cómo Tú puedes llorar sobre mi vida. Y te aclamaré todos los momentos de hoy: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Pero que —se lo pido a tu Madre— no puedas, al verme, oír esto: “Y al ver la ciudad de Jerusalén, lloró sobre ella”; y al ver mi propia vida, mi propio pensamiento, mis propias acciones, mis propias palabras, llores.
No, Señor. ¡Hosanna! ¡Bendito el que eres, el que estás en mi vida, porque Tú eres mi Señor y Tú eres el Rey de mi vida! Y al ver la ciudad de Jerusalén, Jesús lloró sobre ella.
Que así sea.
FRANCISCA SIERRA GÓMEZ
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José es avisado en sueños!

San Mateo 1,16.18-21.24a
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.” Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
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José es avisado en sueños de que no repudie a María y asuma sin reparos la paternidad del hijo que ella lleva en su seno. Y el signo de su paternidad será imponerle nombre al niño.
La aceptación sumisa de José a esta orden de lo alto ilustra cabalmente lo que ya se dijo de él en el v.19: que era un hombre justo. Y “justo” es en la Biblia el hombre que cree confiadamente, el que escucha y da crédito a la Palabra que Dios le dirige (cf. Gn 15,6). Eso es exactamente lo que ha hecho José. En la narración mateana sobre el origen de Jesús se remarca la figura de José realzando ese aspecto bondadoso y de acogida a la Palabra. No hay en él rebeldía, no hay objeción alguna; cuando despertó hizo lo que el ángel del Señor le había mandado. Y lo hará una y otra vez.
Rescatemos dos hechos de todo cuanto se ha dicho y escrito sobre este pasaje. Primero, los evangelistas Mateo y Lucas presentan cada uno el origen de Jesús, y lo hacen subrayando deliberadamente un aspecto divino y otro humano. Segundo, Mateo realza más que Lucas la figura de José, quien, además de servirle de enlace para emparentar a Jesús con David, emerge de su evangelio como paradigma de fe y de abandono confiado a los designios de Dios.
Si Dios ha hablado, si ha intervenido, nunca será para mal del hombre, sino para su bien; luego, hay que obedecerle desde la fe. Tal es el testimonio primordial que nos queda del humilde José, el silencioso guardián de los más grandes tesoros del Altísimo.
Autor: Padre Juan Alarcón Cámara S.J