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Viernes Santo. Pasión del Señor!!


Jesús sufre y muere por ti y por mí!
Hoy, Jesús, te quiero acompañar en todo. Has terminado de pasar todo el sufrimiento, toda la angustia en Getsemaní y comienzas tu Pasión. Me fijo en los tribunales por los que pasas: pasas por Anás y Caifás, el primero; los tribunales de la corrupción. Te observo, te miro. Tú, la inocencia, la bondad, ante estos hombres. Los mirarías con misericordia, con amor y con pena. “¿Por qué me interrogas a mí?”, dices. Pero antes de los tribunales has pasado dos momentos muy fuertes: el beso de Judas —“¿Con un beso, amigo mío, entregas al Hijo del hombre?”—, el dolor de la traición. ¡Qué sufrimiento sería para ti, Jesús! Y me uno también a cuántas veces, como humanos, sufrimos traiciones, desengaños, desánimos de amistad… y nos duele. ¡Cómo te dolería a ti, Jesús, que te traiciona hasta la muerte! ¡Te vende!
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Pero continúo en estos tribunales: el tribunal de Anás, Caifás y Herodes; maliciosos… Pero Tú, ¡qué silencio!, ¡qué amor!, ¡qué escucha ante estos hombres! Y pasas a otro tribunal: el tribunal del miedo a que le quiten el poder —Pilatos—. “¿Eres Tú el Rey?”. Te da pena también de Pilato. Un hombre débil, un hombre que no quiere llevarte a la muerte, ¡pero que teme tanto que le quiten el poder!… El orgullo, la soberbia, esa avaricia del poder, esa desazón, anulan todo. ¡Otro sufrimiento para ti!
¡Qué tribunales pasas! Y otro, el que más te duele: el de la multitud que te grita: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”. Esa multitud, esas personas [a las] que Tú has hecho tanto bien, que han acudido a ti en todos los momentos, que les has curado, les has llenado de amor, les has dado pan, les has alimentado. Y ahora… ¡qué agradecimiento! “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”.
Me quedo pensando en todos estos tribunales y muchas veces yo también soy uno de ellos, de los que te crucifican, Jesús. Tengo miedo, soy orgullosa, pero ¡qué bueno eres! Tú callas, me observas y me amas. Y comienza tu calvario, comienza tu camino hacia la cruz.
¡Cuántas veces medito este via crucis y me lleno de amor, de perdón de tu corazón! Esos personajes que te acompañaron: tu Madre, cómo te consoló y cómo salió a verte cómo ibas, coronado de espinas, débil, ya muy mal, Jesús. ¿Y la Verónica? ¡Cuántas veces tengo que ser Verónica y recibiré ese rostro tuyo! ¿Y el Cirineo? Ayudar a los demás… ¡Te ayudó! Que aprenda yo también a ser Verónica y a ser Cirineo. Y esas caídas tuyas que me ayudan a recibir ese ejemplo de cuando esté mal, esté triste, esté caída, levantarme como Tú, tener la fuerza. Jesús, ayúdame también en tantas caídas como tengo. Y esas mujeres, que van con ese llanto, pero que Jesús dice: “Cuidad de la vida que lleváis, cuidad del ejemplo que dais a vuestros hijos”.
Y ya en tu cruz, clavado, coronado de espinas, sufriendo lo último de tu vida por el gran amor que nos tienes, todas esas palabras que nos dejaste: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, —le dices a este ladrón—.
“Todo está cumplido”.
Nos dejas a tu Madre: “Ahí tienes a tu Madre”. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
Y la gran palabra que a mí me impresiona, me exige diariamente tanto: “Tengo sed”… “Tengo sed”
Éste es tu camino, ésta es tu muerte, ésta es tu entrega hasta el fin. “Y un soldado con la lanza traspasó el costado y al punto salió sangre y agua”.
La Pasión tuya sólo es para contemplarla en silencio, recorrerla una y mil veces contigo. Que yo aprenda las grandes lecciones de tu Pasión, que aprenda a callar ante la acusación, que aprenda a amar ante todo lo duro, que aprenda también a ser tu Madre, tu Verónica, tu Cirineo.
Y no permitas que sea esa multitud que te crucifica, que yo no diga: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”, sino al contrario: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.
Silencio y más silencio… Acompañarte y no perder ni un gesto, ni una expresión, ni un movimiento tuyo. Pero me gusta vivir la Pasión junto con tu Madre. ¡Qué dolor para tu Madre! Te pido, Jesús, te pido también a ti, María, que aprenda las grandes lecciones de tu Hijo: la lección del silencio, la lección del esfuerzo, de la lucha, de levantarme ante las caídas, la lección de agradecimiento ante la Verónica, ante el Cirineo. Y la lección del amor: “Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. Contemplo… escucho… amo… y estoy presente al gran misterio y a la gran historia de la Pasión, porque…Jesús sufre y muere por ti y por mí.
Me quedo contigo y a tu lado. ¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ
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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.