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Ven, Espíritu Santo!

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“Les enseñó las manos y el costado… «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo»” (Jn 20, 20-22)

Como una nueva creación, los nuevos adanes reciben el nuevo hálito divino, el Espíritu Santo. Jesús les mostró las señales de su Pasión para que reconocieran que era Él mismo, no otro, y para que supieran que ése tuvo que ser el camino del triunfo, de la salvación. Él había ido por delante, mostrándose a Sí mismo, mostrando el Camino. Y ahora les dice que Él, Dios, les envía, exactamente igual que Él fue enviado por el Padre.

Ellos habrán de ir como Jesús, desde la humildad, pero sin arredrarse ante las dificultades. Desde la humildad pero siendo líderes, pioneros, que muestren el camino mientras lo recorren. Son enviados como Jesús lo fue, sin otro bagaje que la pobreza y llenos del Espíritu Santo. Acudiendo una y otra vez a la ayuda de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, al poder de Dios.

Aunque la evangelización la hemos de hacer nosotros, como manos visibles de Dios, no hay que olvidar que quien remueve los corazones es Él, estamos haciendo una obra suya; es Dios quien la hace. Nosotros tenemos que ir, hablar de Dios con las personas, escribir, lo que haya que hacer en cada momento. Pero sin olvidar que hemos de estar constantemente conectados con Dios. Porque si no, haremos nuestra obra, no la suya. La oración es fundamental, los ratos de oración y la actitud continua de referencia a Él. Es así, además, como iremos cuando Él quiera y adonde Él desee. Para ser Cristo que pasa en nuestra tierra, en nuestro tiempo.

«Ven, ¡Oh Santo Espíritu!; ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos; fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo; inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después… mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh, Espíritu de verdad y de Sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!; quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras quiero cuando quieras…» (San Josemaría Escrivá)

 

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Solemnidad de Pentecostés!

Recibid el Espíritu Santo

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dice: “La paz sea con vosotros”. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. De nuevo les dijo: “La paz sea con vosotros. Como me envió el Padre, así os envío Yo”. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les son perdonados. A quienes se los retengáis, les son retenidos”. Jn 20,19-23

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¡Hoy es una gran fiesta, una gran fiesta del Espíritu, la gran fiesta de Pentecostés, la inundación del Espíritu de Jesús! Por eso hoy te pregunto insistentemente: Jesús, ¿qué me quieres decir con esta gran fiesta?, ¿qué me quieres decir con esta solemnidad? Y empiezo pidiéndote: ¡Ven, Espíritu de Jesús, sobre mí! Ven sobre mi corazón, sobre mis labios, sobre mi mente… ¡Ven!

La fiesta de llenarnos del Espíritu de Dios… ¡Qué grande eres, Señor! A lo largo de la liturgia me das escenas, días, fiestas, para que yo me vaya llenando más de tu fuerza y de tu ilusión y de tu arranque para proclamar y transmitir la Buena Noticia. Y me regalas este texto; este texto que tanto me dice… Entras y los ves —a tus discípulos— con las puertas cerradas de miedo, y lo primero que dices: “Paz, paz a vosotros”. Jesús, hoy también entras en el Cenáculo de mi corazón y me dices: “Paz, ten paz. ¿Por qué te turbas?, ¿por qué tienes miedo?, ¿por qué?”.

Y cuando estoy contigo en esa paz, exhalas tu aliento y me dices, como a los discípulos: “Recibid el Espíritu Santo y proclamad la Buena Nueva”.

Hoy me traes la paz, hoy me traes el sosiego interior, hoy me traes la alegría, hoy me quitas los miedos, hoy me quitas las desconfianzas, hoy me quitas todas mis oscuridades interiores, hoy me quitas todos los tropiezos que imposibilitan verte y ser una buena transmisora de la Buena Noticia. Hoy me llenas de tu Espíritu para ser portadora de tu perdón, de tu amor, para que extienda tu mensaje por todas las partes.

Quiero repetirte muy despacito:

Ven, Espíritu Divino, ¡ven!

Manda tu luz desde el Cielo.

Ven, dulce huésped de mi alma

Ven, descanso de mi esfuerzo.

Ven, brisa en las horas de fuego.

¡Ven!

Y te insisto y te reclamo con fuerza, con esperanza, con necesidad:

Entra hasta el fondo de mi alma.

Enriquéceme, mira mi vacío,

mira cómo estoy

cuando Tú no estás por dentro.

Envíame tu aliento,

riega mi pobre tierra

que está en sequía.

Sana mi corazón enfermo.

Lávame de tantas impurezas,

de tantas manchas.

Dame calor a mi vida,

a veces tan fría,

a veces tan llena de hielo.

Guíame cuando me tuerza,

cuando no sepa por dónde voy,

cuando quiera seguir mi camino fuera de ti.

Reparte todos tus dones.

Lléname de tu bondad y de tu gracia.

¡Sálvame!

Ven, Espíritu, llena mi corazón

y enciéndeme en la llama de tu amor.

Hoy, Jesús, en este ratito contigo, me quedo ahí para que me inundes, para que oiga: “Conviene que Yo me vaya, pero te envío mi Espíritu”. Me quedo contigo para que me llenes de coraje, para que sepa recordar que Tú eres mi Señor, y que eres el único que abres mi corazón y me das fuerza, para que sepa palpar tu presencia, para que sepa darme cuenta de que Tú estás conmigo, para que abra mi corazón y para que tenga coraje para comunicarte en todos los  lugares de la tierra. Hoy te repito: “¡Envía tu Espíritu, Señor, y lléname! Envíame tu Espíritu porque cuando Tú no estás, cuando me retiras tu aliento, soy polvo y no sé hacer nada sin ti. ¡Envía tu Espíritu! Espíritu de Jesús, puebla mi corazón, llena la tierra, que ahora con tu Espíritu ya no tenga miedo, ni tenga motivos para no ser transmisor y testigo de tu mensaje de amor. Gracias por darme tu Espíritu.

Inunda mi ser. Oh, Espíritu… ¡inunda mi ser! Se lo pido también a tu Madre, María, que recibió tu Espíritu y que es mi gran intercesora: que me ayude. Ven, Espíritu Santo, sobre mí. Ven, fuerza del amor, sobre mí. Ven, alegría de mi corazón, sobre mí. Y oiré más de una vez: “Recibid el Espíritu Santo, el Espíritu de amor, el Espíritu de fuego y el Espíritu de fe”.

Y oiré: “Recibe mi Espíritu de fortaleza, de temor, de alegría, de sabiduría y de amor”.

¡Recibe mi Espíritu Santo!

Gracias, Señor… y que así sea.

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

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Como el Padre me ha amado…

Evangelio: San Juan 15,9-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.. Esto os mando: que os améis unos a otros.”
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El centro de este pasaje es, sin lugar a dudas, el amor. Jesús declara que el amor que recibe del Padre es el mismo amor que Él comunica a sus discípulos. Permanecer unido a Jesús como las ramas al tronco es permanecer en su amor. Cumplir sus mandamientos es hacer vida su Palabra. Jesús es la Palabra viva del Padre. Su estrecha vinculación con el Padre tiene que ver necesariamente con la Palabra anunciada y testimoniada por Él mismo. Ahora bien, el amor entre el Padre, Jesús y los discípulos se debe traducir también en el amor entre ellos. En esto radica la verdadera felicidad: en ser capaz de amar intensamente, hasta la entrega radical. El amor verdadero consiste en estar dispuesto a entregar la vida por los que se ama. Jesús lo ha enseñado con su propio testimonio: el dio la vida no sólo por sus discípulos, sino por toda la humanidad. En su entrega tan asombrosamente generosa encuentra la humanidad un camino y una oferta de salvación.