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LA ACEPTACIÓN DEL SUFRIMIENTO

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Aceptar las contrariedades

Después de ver la aceptación de uno mismo,  abordamos la aceptación de los acontecimientos. El «principio fundamental» es el mismo: no seremos capaces de transformar eficazmente nuestra vida si no comenzamos por acogerla en su integridad y, en consecuencia, por aceptar cualquier acontecimiento exterior al que nos enfrentemos.

Evidentemente, resulta difícil aceptar lo que no percibimos como bueno, gratificante o positivo. Y es más difícil aún cuando se trata de dificultades y sufrimientos de todo tipo. Nos referiremos a todas esas realidades consideradas negativas con el término de «contrariedades».

El asunto es un poco delicado. No se trata de volverse pasivo y «tragárselo» todo sin pestañear. Pero tenemos la experiencia de que, sean cuales sean nuestros proyectos o nuestra cuidadosa planificación, existen multitud de circunstancias que no podemos dominar y multitud de acontecimientos contrarios a nuestra previsión, nuestras aspiraciones o nuestros deseos, que nos vemos obligados a aceptar.

En este sentido, creo que lo más importante es no contentarse con aceptarlas a regañadientes, sino aceptarlas verdaderamente. No limitarse a «sufrirlas», sino en cierto modo «elegirlas» (incluso cuando no tenemos otra elección, cosa que nos contraría aún más). Aquí elegir significa realizar un acto de libertad que nos lleve, además de a resignarnos, a recibirlas de forma positiva. Cosa nada fácil, sobre todo cuando se trata de pruebas dolorosas, pero sí un buen método que debemos decidirnos a poner en práctica con la mayor frecuencia posible y con una actitud de fe y esperanza. Si tenemos la fe suficiente en Dios para creer que El es capaz de extraer un bien de todo lo que nos ocurre, así lo hará: Que te suceda como has creído, dice en varias ocasiones Jesús en el Evangelio.

Es ésta una verdad absolutamente fundamental: Dios puede sacar provecho de todo, tanto de lo bueno como de lo malo, de lo positivo como de lo negativo. Por eso es Dios, es el «Padre Todopoderoso» que confesamos en el Credo. Sacar un bien de lo bueno no es difícil: cualquiera es capaz de hacerlo. Pero sólo Dios, en su omnipotencia, en su amor y sabiduría, posee la facultad de obtener un bien de un mal. ¿Cómo? No nos corresponde a nosotros demostrarlo ni explicarlo enteramente (ninguna filosofía o reflexión teológica es capaz de ello), pero sí creerlo basándonos en las palabras de la Escritura que nos invitan a esa confianza: Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios. Si lo creemos, así lo experimentaremos. Repasando toda su existencia unos días antes de su muerte, decía Teresita de Lisieux: «Todo es gracia».

Ahora querríamos hacer algunas reflexiones sobre este punto que nos ayuden a adoptar una actitud de fe y de esperanza frente a toda dificultad.

El sufrimiento que más daño hace es aquel que no se acepta

Hay que darse cuenta de una cosa: cuando experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto éste como su rechazo, porque entonces al propio dolor le añadimos otro tormento: el de nuestra oposición, nuestra rebelión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en nosotros. La tensa resistencia que genera en nuestro interior y la no aceptación del sufrimiento hacen que éste aumente. Mientras que, cuando estamos dispuestos a aceptarlo, se vuelve de golpe menos doloroso. «Un sufrimiento sereno deja de ser un sufrimiento», decía el cura de Ars.

Cuando sobreviene el dolor, es perfectamente normal intentar remediarlo en la medida de lo posible. Si me duele la cabeza, tendré que tomarme una aspirina para aliviarme. Pero siempre habrá sufrimientos irremediables que conviene esforzarse en aceptar con tranquilidad. Y esto no es masoquismo, ni gusto por el dolor, sino todo lo contrario, porque la aceptación de un sufrimiento hace éste mucho más soportable que la crispación del rechazo. Una realidad comprobable también en el plano físico: quien se da un golpe estando endurecido y tenso, se hace mucho más daño que el que lo recibe distendido. A veces querer eliminar un sufrimiento a cualquier precio provoca después sufrimientos mucho más difíciles de sobrellevar. Es sorprendente ver lo desgraciados que somos en nuestra vida diaria a causa de la mentalidad hedonista de nuestra sociedad, para la cual cualquier dolor es un mal y hay que evitarlo a toda costa.

Quien adopta como línea de conducta habitual la huida del dolor, el no aceptar más que lo grato y cómodo rechazando lo demás, antes o después acabará cargando con cruces más pesadas que quien se esfuerza por aceptar de buen grado un sufrimiento que, considerado con realismo, es imposible eliminar.

En la adhesión al dolor encontramos fuerza. ¿No habla la Escritura del «pan de lágrimas»?.  Dios es fiel y siempre da la fuerza necesaria para asumir, un día tras otro, lo más duro y difícil de nuestra vida. Dice Etty Hillesum: «Desde el momento en que me he mostrado dispuesta a afrontarlas, las pruebas siempre se han transformado en belleza». Sin embargo, no disponemos de la misma gracia para soportar el dolor suplementario que nos procuramos a nosotros mismos con nuestro rechazo de las contrariedades normales de la vida.

Añadiremos que el auténtico mal no es tanto el dolor como el miedo al dolor Si lo acogemos con confianza y con paz, el dolor nos hace crecer, nos educa, nos purifica, nos enseña a amar de modo desinteresado, nos hace humildes, mansos y comprensivos con el prójimo. El miedo al dolor, por el contrario, nos endurece, nos encorseta en actitudes protectoras y defensivas, y a menudo nos conduce a decisiones irracionales de nefastas consecuencias. «Los peores sufrimientos del hombre son los que se temen», dice Etty Hillesunill. El sufrimiento malo no es el vivido, sino el «representado», ése que se apodera de la imaginación y nos coloca en situaciones falsas. El problema no está en la realidad, que es esencialmente positiva, incluso en su parte dolorosa, sino en nuestra representación de la realidad.

 Del libro:

“LA LIBERTAD INTERIOR” JACQUES PHILIPPE

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“Esta especie sólo puede salir con oración.”

Evangelio: San Marcos 9,14-29
En aquel tiempo, cuando Jesús y los tres discípulos bajaron de la montaña, al llegar adonde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor, y a unos escribas dicutiendo con ellos. Al ver a Jesús, la gente se sorprendió, y corrió a saludarlo. Él les preguntó: “¿De qué discutís?” Uno le contestó: “Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no le deja hablar y, cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. He pedido a tus discípulos que lo echen, y no han sido capaces.”
Él les contestó: “¡Gente sin fe! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.” Se lo llevaron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; cayó por tierra y se revolcaba, echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: “¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?” Contestó él: “Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua, para acabar con él. Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos.” Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe.” Entonces el padre del muchacho gritó: “Tengo fe, pero dudo; ayúdame.” Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: “Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él.” Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió. El niño se quedó como un cadáver, de modo que la multitud decía que estaba muerto. Pero Jesús lo levantó, cogiéndolo de la mano, y el niño se puso en pie.
Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: “¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?” Él les respondió: “Esta especie sólo puede salir con oración.”
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La sanación del epiléptico en Marcos es bastante diferente de la de los otros sinópticos. Mc, en efecto, se preocupa más del detalle: por ejemplo, de las discusiones entre la muchedumbre y los discípulos, o subraya la importancia dada por Jesús a este milagro. Los detalles contenidos en Marcos evocan en general puntos importantes. Comenzando por el diagnóstico de la enfermedad del niño. Se trata, sin duda, de una epilepsia. Los detalles que aporta Mc evidencian menos de ciencia médica que de la demonología y oscurantismo de su tiempo. Los rasgos con que pinta esta escena son, en efecto, significativos de empresas del enemigo contra el pueblo elegido, al que en este caso representa el niño.
El diagnóstico es así menos el de una enfermedad epiléptica que el de la incredulidad del pueblo. Jesús lo completa designando a la muchedumbre como una “generación incrédula”.
La sanación se produce como una muerte y una resurrección, para señalar que no hay sanación posible más que en la comunión del misterio pascual, liberador pleno del mal.