Publicado en AMOR, Comunicación, CONFIANZA, CORAZÓN, DIOS, DOMINGO, ESPERANZA, EVANGELIO, MADRE, MARIA, PERDON, SANACION, TERNURA, TRISTEZA, VIDA

11º Domingo del Tiempo Ordinario.

Mujer, tus pecados te son perdonados

Gesù-e-la-peccatriceUn fariseo le rogó que comiera con Él. Entró en casa del fariseo y se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora, quien al enterarse de que estaba a la mesa en casa del fariseo, tomó un vaso de alabastro con perfume y por detrás se puso a sus pies llorando, y comenzó a regarle los pies con sus lágrimas y a secarlos con sus cabellos. Y besaba sus pies y los ungía con el perfume. Viendo esto, el fariseo que le había invitado se decía para sí: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le toca, pues es una pecadora”. Jesús le respondió: “Simón, tengo que decirte una cosa”. Y él contestó: “Maestro, di”. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le querrá más?”. Simón respondió: “Pienso que aquél a quien más perdonó”. Él le dijo: “Has juzgado bien”. Y vuelto hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el ósculo, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por esto te digo que le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”. Y le dijo a ella: “Tus pecados quedan perdonados”. Y los invitados comenzaron a decir entre sí: “¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?”. Dijo entonces a la mujer: “Tu fe te ha salvado.

Vete en paz”. Lc 7,36-50

Jesús, ¡qué escena tan impresionante me presentas hoy! ¡Qué mujer, qué actitud tuya, qué protagonista tan importante para nuestra propia vida! Hoy la protagonista principal, junto a ti, Jesús, es esta mujer: una mujer de la ciudad, pecadora, anónima, pero señalada negativamente por todos y juzgada como mala y pecadora. Y me emociona, me impresiona el trato que le das, Jesús, el amor exquisito que sientes hacia ella, porque la ves pequeña, necesitada, indigna.

¡Cómo baña con sus lágrimas tus pies y te unge con perfume, cubre tus pies de besos y los unge con perfume! Entra en juego hoy en este rato, Jesús, el arrepentimiento, el amor, el perdón. Son las realidades que Tú juntas y que Tú tienes en tu Corazón y que caminan siempre contigo, que quieres enseñarme en este encuentro, que quieres darme esta gran lección: “Mujer, tus muchos pecados te son perdonados porque tienes mucho amor”.

Choca también la actitud de este hombre que juzga. Pero con qué amor, con qué delicadeza se lo haces ver a este hombre: “Simón, tengo algo que decirte”. Y le pones este ejemplo y le preguntas y le dices: “¿Quién amó más? ¿A quién se le perdonó más?”. Y esas palabras suenan en ti, que nacen de tu Corazón: “Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor”.

¡Qué amplitud de corazón me das hoy! ¡Qué amor! ¡Qué encuentro de amor! Me llenas de confianza, acoges mi perdón. Entiendo tu actuar, Jesús. Si Tú sólo eres amor… Te acercas a la pecadora y le dices: “Tus muchos pecados te son perdonados”. Yo me identifico con esta mujer, una mujer pecadora, una mujer que no es digna de ti. Pero siento que tengo que acercarme a ti y ahí, cerca de ti, llenarme de arrepentimiento, de amor y perdón. Y oiré con todo amor: “Mujer, no tengas miedo. Aunque te sientas juzgada, aunque te sientas mal vista, Yo te amo por tu fe, por tu arrepentimiento, por tu indignidad. Todo lo que tienes, tus muchos pecados, te son perdonados porque tienes mucho amor”.

Jesús, hoy me pregunto: ¿tengo yo este amor?, ¿soy así? Lléname de este amor hacia ti para que sienta tu perdón, para que sienta tu cariño, para que sienta tu amor. El amor y el perdón son las dos caras de tu Corazón. Y es lo más fuerte que tienes. Abre este corazón y este entendimiento, para que con fe y con mucha humildad me ponga a tus pies y que me bañes de tu amor. Dame un corazón limpio y una mirada como la tuya. Que sepa también ser como esta mujer: acercarme, a pesar de todo. No le importó nada: ni ser juzgada ni mal vista, sólo Tú. Y cuando yo esté con tanta miseria y me sienta pecadora y me sienta así, me acercaré a ti, me postraré, te besaré los pies y tendré que oír: “Mujer, estate tranquila, todo está perdonado. Vete en paz. Llénate de más amor”. De corazón, lleno de amor, a un corazón indigno, pecador, pobre, necesitado, que soy yo.

Hoy te pido la fe, el amor, el arrepentimiento, la limpieza de corazón. Y te pido que sepa acercarme a tu mesa para oír: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

Vete en paz”. Y que no me importe nada ni nadie. Nada. ¿Ves a esta mujer? ¿Has juzgado? Se le ha perdonado mucho porque tenía mucho amor.

Jesús, me quedo así, contigo, a tus pies, regándote con las lágrimas de mi cariño y de mi amor y me quedo llena de tu amor y llena de ti. Y oyendo: “Mujer, tus pecados te son perdonados”. Ayúdame a entrar en tu Corazón para bañarme de tu amor y para oír muchas veces: “Tus pecados te son perdonados, tu fe te ha salvado. Vete en paz”. A tu Madre le pido que me lleve ella de la mano a tus pies, que me acerque a ti, para que Tú me cures y que me llenes de la fe que me falta, de la paz que me falta y del amor que me falta. Madre mía del amor, Madre mía de la cercanía a tu Hijo, ayúdame, que aprenda a amar y que aprenda a abrir un corazón duro, como es el mío, para llenarlo de amor. Y oiré: Mujer, tus pecados te son perdonados.

Tu fe te ha salvado. ¡Vete en paz!

Y con la paz de tu amor caminaré en la vida sintiéndome amada por ti.

Que así sea.

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

Anuncios
Publicado en AMOR, Comunicación, CONFIANZA, CORAZÓN, DIOS, DOMINGO, ESPERANZA, EVANGELIO, TERNURA, TRISTEZA, VIDA

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”

Santo Evangelio según San Lucas 7,36-8,3

Un fariseo invitó a Jesús a comer, y Je­sús fue a su casa. Estaba a la mesa, cuando una mujer de mala fama llegó con un fras­co de alabastro lleno de perfume. Lloran­do, se puso junto a los pies de Jesús y co­menzó a bañarlos con sus lágrimas. Luego los secó con sus cabellos, los besó y derra­mó sobre ellos el perfume. Al ver esto, el fariseo pensó: “Si este hombre fuera ver­daderamente un profeta se daría cuenta de qué clase de mujer es esta pecadora que le está tocando.” Entonces Jesús dijo: “Simón, tengo algo que decirte.” “Dos hom­bres debían dinero a un prestamista. Uno quinientos denarios, y el otro cincuenta: pe­ro, como no le podían pagar, el prestamis­ta perdonó la deuda a los dos. Ahora dime: ¿cuál de ellos le amará más?” Simón le con­testó: “Me parece que aquel a quien más perdonó.” Jesús le dijo: “Tienes razón.” Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; en cambio, ella me ha bañado los pies y los ha secado con sus ca­bellos. No me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Por esto te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien poco se perdona, poco amor ma­nifiesta.” Luego dijo a la mujer: “Tus pe­cados te son perdonados.” Los otros invi­tados que estaban allí comenzaron a pre­guntarse: “¿Quién es este que hasta perdo­na pecados?” Después de esto, Jesús anduvo por muchos pueblos anunciando el reino de Dios. Le acompañaban los doce y algu­nas mujeres que él había librado de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaba María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; también Juana, esposa de Cuza, el administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que los ayudaban con lo que tenían.

la_maddalena

“Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor”

El evangelio necesita ser comprendido y vivido desde la fe. Para comprender el evangelio es necesaria la actitud de desear ser “amigo de Dios”, que no es otra cosa que seguir a Jesús. Es necesaria, también, la humildad, es decir, saber mirarse a sí mismo, a los demás y a las cosas como realmente son y no como gustaría que fueran.

Un fariseo y una pecadora. El “justo” y la “pecadora” por excelencia en la sociedad judía. En el centro Jesús.

La mujer ama, llora, busca. Ha arruinado su vida. El pecado es romper la propia vida viviendo del engaño y la frustración. Hacer añicos el proyecto de Dios y destrozar la relación con los demás. El desengaño hace descubrir que se ha malbaratado la propia existencia y, a la vez, arruinado el proyecto de una vida feliz. Por eso la mujer busca una luz, una fuerza.

El fariseo piensa mal. Desprecia a la mujer por su condición y a Jesús por la acogida que le dispensa. Levanta una barrera fría desde su ideología desestimando el arrepentimiento y la acogida que brota del corazón. Desconoce el fondo de las personas, el fracaso de sentirse pecador con la esperanza de recuperar la salvación y la alegría del perdón. No aprecia la apertura incondicional del corazón que se hace comprensión y acogida generosa.

Jesús, que a todos busca, deja que la mujer se explaye con manifestaciones de afecto expresión de un cambio en su vida. Reconoce su equivocación y espera ver la luz de la comprensión y la acogida que será el perdón: “A ella le dijo: Tus pecados están perdonados”. Con el perdón viene la reconciliación y la paz.

Jesús es también la verdad que ilumina proyectando luz sobre las tinieblas de la cerrazón e incomprensión. “Simón, tengo algo que decirte”. El ejemplo es claro y sencillo, y el fariseo lo entiende llegando a juzgar rectamente. Acepta la delicada corrección de Jesús que intenta liberarlo de su rigorismo farisaico. Esa palabra va rompiendo la barrera de la intransigencia atravesada por la luz de la verdad y el amor. “Supongo que aquel a quien le perdonó más”, fue la reacción de Simón iluminado por Jesús.

Frente al pecado es donde el Dios celoso se revela un Dios perdón. El corazón de Dios no es el del hombre. Lejos de querer la muerte del pecador, lo re-crea, purificando y colmando de gozo su corazón contrito y humillado.

El perdón implica una muerte y una nueva creación. El pecado es sumergido en el amor y desaparece como tal pecado. Al mismo tiempo el que fuera pecador resucita a una vida. No se convierte en un “vacío de pecado”, en un “ex-pecador”, sino en una plenitud de gracia, en un “justo”.

Jesús en el centro, perdón para la mujer que regaba con sus lágrimas los pies de Jesús.

Corrección, desde la comprensión y el amor, descubriendo el engaño de una vida atrapada por unrigorismo despiadado.