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LA ACEPTACIÓN DEL SUFRIMIENTO


hombre en jaula

En el mal no sólo hay mal: el lado positivo de las contrariedades

Por penosas que sean las contrariedades, no traen sólo inconvenientes, sino que a menudo contienen muchas ventajas.

La primera de ellas es que nos impiden constituirnos en propietarios de nuestras vidas y de nuestro tiempo, y evitan que nos encerremos en nuestros proyectos, nuestros planes o nuestro juicio personal. La auténtica cárcel que nos aprisiona y de la que debemos liberarmos somos nosotros mismos y nuestra pequeñez de corazón y de entendimiento. Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos, dice la Escritura. En la vida, lo peor que podría sucedemos es que todo fuera de acuerdo con nuestros deseos: eso supondría el fin de todo crecimiento. Para ir adentrándonos poco a poco en la sabiduría divina, que es infinitamente más bella, más rica, más fecunda y más misericordiosa que la nuestra, es necesario que nuestra sabiduría humana se tambalee: no para ser destruida, sino elevada y purificada; para quedar prisionera de sus propios límites, porque siempre se halla marcada por una parte de egoísmo y de orgullo, de faltas de fe y de amor más o menos conscientes. Existe en nosotros mucha estrechez de corazón y de miras que hay que eliminar para poder recibir progresivamente la sabiduría divina y vivir una profunda renovación y un ensanchamiento de nuestras mentalidades. Mientras que el pecado es estrechez, la santidad es amplitud de espíritu y grandeza de alma.

Del señorío al abandono: la purificación de la inteligencia

En circunstancias de prueba, lo que nos suele resultar más difícil no es tanto el dolor como no saber su porqué. El dolor en sí mismo causa a veces menos sufrimiento que el hecho de no entender su sentido. No hay peor prueba que la de la inteligencia cuando ésta se topa con los «porqués» sin respuesta. Por el contrario, si el entendimiento se encuentra satisfecho, es mucho más fácil acoger y soportar el dolor: aunque una medicina que me cura me siente mal, no la rechazaré porque entiendo que es capaz de devolverme la salud.

Todo esto merece una breve reflexión sobre el papel de la inteligencia en la vida espiritual.

Como todas las facultades de que Dios nos ha dotado, la inteligencia es esencialmente buena y útil. Existe en el hombre una sed de verdad, una necesidad de comprender mediante la razón, que forma parte de su dignidad y de su grandeza. Despreciar la inteligencia, sus posibilidades y su papel en la vida humana y espiritual, no sería justo”.

La fe no puede prescindir de la razón y no hay nada más hermoso que la posibilidad dada al hombre de cooperar a la obra de Dios mediante su libertad, su entendimiento y todas sus demás facultades.

Esos momentos de nuestra vida en que la inteligencia aprehende lo que Dios hace, a qué nos llama y cuál es su pedagogía para hacemos crecer, son muy positivos, pues nos permiten aportar -a la obra de la gracia divina toda nuestra cooperación. Una colaboración que se encuentra enteramente en el orden de las cosas queridas por Dios, quien no ha hecho de nosotros marionetas, sino personas libres y responsables llamadas a dar a su amor el consentimiento de su inteligencia y la adhesión de su libertad. De ahí que sea bueno y legítimo querer comprender el sentido de cuanto vivimos.

Pero hemos de reconocer que a veces nuestro imperioso anhelo de comprenderlo todo se halla cargado de ambigüedad y necesita ser purificado. En efecto, el afán de comprender puede estar inspirado por motivaciones, más o menos conscientes, que no siempre son justas. Existe un deseo de comprender que expresa la sed de conocer la verdad para acogerla y conformar nuestra vida según ella, cosa absolutamente legítima; pero existe también un deseo de comprender que representa la voluntad de poder:

Comprender es dominar, aprehender, ser dueño de la situación. Así, todo cuanto hay en nosotros de deseo de dominación o de instinto de propiedad, alimenta, quizá inconscientemente, el deseo de comprender.

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Este último puede también tener su origen, que tampoco es puro, en nuestro fondo de inseguridad. Comprender es reafirmarse, asegurarse mediante el sentimiento de que, una vez comprendido, se estará en condiciones de controlar la situación. Pero es ésta una seguridad humana, frágil y engañosa que, un día u otro, siempre podrá malograrse. Porque la única auténtica seguridad en que debemos apoyarnos en esta vida no es en nuestra capacidad de controlar los acontecimientos mediante la inteligencia, ni en la de preverlos, sino en la certeza de que Dios es fiel y jamás nos puede abandonar, pues su amor de Padre es irrevocable.

En circunstancias de prueba, a menudo nuestra necesidad de comprender lo que ocurre es simplemente la expresión de nuestra incapacidad para abandonarnos en Dios con confianza y de nuestra búsqueda de seguridad humana, es decir, algo de lo que debemos purificamos.

Nadie gozará de una plena libertad interior si no aprende a despojarse del deseo de apoyarse en seguridades humanas para experimentar que sólo Dios es su «roca» tal y como dice la Escritura.

 

Para que nuestra inteligencia consiga desembarazarse de los dos principales defectos que acabamos de describir (voluntad de dominar, necesidad de autoafirmación por falta de abandono), es preciso que atravesemos en nuestras vidas ciertas etapas (sin duda las más penosas) en las que, sea cual sea nuestro esfuerzo, no lleguemos a comprender el porqué de lo que nos ocurre. Y esto es muy doloroso, puesto que -como ya hemos dicho antes- una prueba cuyo significado se comprende resulta fácil de aceptar; pero, si la inteligencia se encuentra como perdida en la noche, la cosa es completamente distinta.

Hay períodos de la existencia en que necesitamos a cualquier precio buscar comprender lo que vivimos (mediante la reflexión, mediante la oración o pidiendo consejo a quien demuestra su prudencia), porque es gracias a esta luz y en cooperación con ella como hemos comprendido que así progresaremos. Pero existen también momentos en que se ha de renunciar a entender: entonces habrá llegado el momento de abandonarse en Dios con confianza ciega. La luz vendrá más tarde: Lo que yo hago, tú ahora no lo entiendes, lo entenderás después, le dice Jesús a Pedro.

En este caso, intentar comprender a toda costa nos haría más mal que bien, aumentaría el dolor en lugar de calmarlo y sólo lograría exacerbar nuestras dudas, nuestras inseguridades, nuestros miedos y nuestros interrogantes, sin darles respuesta.

No se trata ya de satisfacer la inteligencia buscando una respuesta, sino de hacer actos de fe y de abandonarse en Dios. Lo único que puede concedernos sosiego no es contar con la respuesta a nuestras preguntas, sino la oración humilde y confiada, esa actitud expresada por el profeta Jeremías: Bueno es esperar callando el socorro de Yavé”.

*Del libro: “LA LIBERTAD INTERIOR” JACQUES PHILIPPE

 

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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.