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Santa Rosa de Lima!

Santa Rosa de Lima fue una santa mística de primer orden, que llevó una vida de grandes penitencias por amor a Dios y a los demás. El amor de Dios inflamaba su espíritu de tal manera que todo su ser respiraba caridad y deseo de ayudar al prójimo por medio de sus oraciones, sufrimientos y colaboración personal. Se esforzó en ayudar económicamente a sus padres, mientras tuvo buena salud, y ayudaba en las iglesias en la decoración de las imágenes.

Su amor a Jesús Eucaristía fue inmenso, al igual que su amor a la Virgen María. Sus santos predilectos fueron santo Domingo y, especialmente, santa Catalina de Siena, a quien trató de imitar y a quien llamaba madre.

santa rosa para colorear

Fue terciaria dominica y, a pesar de buscar siempre la soledad para estar a solas con Dios y no perder tiempo en cosas o conversaciones inútiles, era muy alegre. Por eso podemos llamarla la alegría de Dios. Amaba a los animalitos. Le gustaban mucho las flores y, sobre todo, le gustaba cantar y manifestar su amor a Jesús por medio de sus canciones. Su alegría la expresaba cantando. Su oración muchas veces era cantar o repetir jaculatorias de amor.

Ojalá que su vida nos estimule en el camino de la santidad para poder ser como ella: caritativos con todos, fuertes y generosos ante el dolor y alegres en todo tiempo.

Algo que debemos entender de la vida de santa Rosa es que, a pesar de sus grandes penitencias voluntarias, ofrecidas con amor, era una mujer feliz. Ella podría haber dicho como santa Teresa de Jesús: O sufrir o morir. ¿Por qué? Porque el sufrir con amor o amar sufriendo, es la mejor manera de amar, es el amor elevado a la máxima potencia. Ella quería sufrir y amar para poder así demostrar su amor en plenitud a su esposo Jesús y, de esta manera, obtener inmensas bendiciones para todos.

Ya hemos observado cómo, incluso en vida, obtenía gracias extraordinarias de Dios, como la salud para muchos enfermos, la solución de problemas o la liberación del peligro de los piratas que pensaron asaltar Lima.

Algo importante en su vida fueron las imágenes sagradas. Quería mucho a la Virgen y la honraba en sus imágenes, especialmente en la imagen de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia de Santo Domingo. Ella nos habla de cómo veía cambiar su rostro, cuando la Virgen estaba alegre o triste. Igualmente, amaba tanto al niño Jesús que tenía en su casa una imagen hermosa a quien llamaba el doctorcito y que era su médico celestial para ella y para los demás. La imagen del santo Rostro de Jesús sudó milagrosamente en su presencia. Y le gustaba adornar estas imágenes con ramilletes de flores naturales o artificiales, que ella misma hacía, o con joyas prestadas para que salieran hermosas en las procesiones.

Pero no olvidemos que el centro de su vida era Jesús sacramentado. El día que comulgaba era de gran fiesta para ella, y sentía tal suavidad y alegría que no podía comer hasta la noche y, a veces, ni eso. ¡Cuántas veces veía al niño Jesús que se le aparecía en medio de sus labores y en medio de sus éxtasis para alegrarle el corazón!

También recordemos que amaba mucho a su ángel custodio, a quien veía algunas veces y a quien le cantaba hermosas canciones para demostrarle su cariño. Todas estas experiencias de Rosa alientan y confirman nuestra fe. No son cuentos para niños, pues ella misma las atestigua y podemos creerle, porque la Iglesia la ha canonizado y todos los que la conocieron sabían que nunca mentía. Y, porque los numerosos milagros, que Dios ha realizado por su intercesión, demuestran que su vida fue una vida de amor y santidad.

Rosa es nuestra hermana del cielo y quiere ayudarnos en nuestro caminar por la vida. Pidámosle ayuda. En 1881, durante la guerra del Perú con Chile, Lima se salvó del saqueo por intercesión de santa Rosa. El 15 de enero de ese año entraron en Lima las tropas chilenas pacíficamente y en ella permanecieron hasta 1884. Dios se sirvió del contralmirante francés Abel Bergasse Du Petit Thouars, jefe de la escuadra neutral concentrada en el Callao, para poder negociar la rendición pacífica con el general chileno Baquedano.

Así como Rosa salvó a Lima de los piratas y del saqueo, puede seguir salvándonos a nosotros en la medida en que la invoquemos con fe. Ella es peruana y americana. Ella es hermana de todos; y a todos, sin distinción de razas o lugares, quiere ayudar en su camino hacia Dios.

Ella supo darse a Dios por entero, sin reservarse nada. Su sufrimiento, ofrecido con amor, y su amor, empapado de sufrimientos, fueron una constante en su vida; pero, paradójicamente, y, aunque el mundo no pueda entenderlo, fue una persona inmensamente feliz. Su sufrimiento era para ella una fuente de inmensa felicidad personal, porque obtenía innumerables bendiciones para los demás. Podemos decir que santa Rosa fue, y es, una gran bienhechora de la humanidad, pues sus bendiciones no sólo se concretaban a Lima. Su influencia beneficiosa abarcaba y abarca al mundo entero.

Su felicidad la manifestaba cantando, mientras trabajaba y hacía oración. Hasta la naturaleza se unía a su canto y a su alegría. Los mosquitos zumbaban alegres y no le picaban; los árboles inclinaban sus ramas alabando al Señor, las clavelinas aparecían milagrosamente por gracia de Dios en su jardín, y los pájaros se unían a su canto.

Aprendamos como ella a alabar al Señor, amemos mucho a Jesús Eucaristía, a María y al ángel custodio. Hagamos de nuestra vida un canto de gloria y de amor a nuestro Dios para que seamos un regalo de Dios para los demás.

P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

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San Agustín !!

San Agustín fue un incansable buscador de la verdad. Sentía en su corazón un hambre inmensa de ella y de la felicidad. Y buscaba la verdad en los filósofos de su tiempo y buscaba la felicidad en los placeres de la vida, especialmente en el amor carnal. Y no se sentía satisfecho. En su corazón había un vacío profundo que no le dejaba descansar en paz. Él no era de los hombres que se contentan con poco. Buscaba la plenitud, buscaba a Dios sin saberlo y, sólo cuando lo encontró, pudo por fin respirar y decir en las Confesiones:

Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti (Conf. 1, 1).

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Él es un buen ejemplo para tantos hombres de nuestro tiempo que buscan también sinceramente la verdad, pero por caminos equivocados. Al igual que Agustín, quizás desprecian a la Iglesia católica o las santas Escrituras, pero fue por este camino por donde san Agustín llegó a encontrar a Dios y la verdad que tanto anhelaba. Toda la vida de Agustín fue una continua búsqueda. Ni siquiera cuando encontró a Dios en la fe católica, se quedó estancado. Fue un caminante empedernido, siempre quería profundizar más en su fe y compartirla con los demás.

Sentía verdadero celo apostólico para convertir a aquellos que estaban extraviados por los caminos del error como los pelagianos, donatistas, maniqueos, arrianos y paganos. Agustín fue un peregrino por la vida, siempre en camino, que ha dejado a las generaciones futuras la gran noticia de que se puede llegar a conocer la verdad, pues ésta no es una meta imposible; y de que Dios es un Padre, que siempre nos espera y se hace el encontradizo donde menos lo esperamos. Pero sólo lo hallaremos por el camino de la humildad.

A tantos hombres que se quedan estancados o desanimados en el camino, les dice: Somos caminantes, camina siempre, avanza siempre.

Si dices basta, estás perdido.

Canta y camina. No te extravíes, no vuelvas atrás, no te detengas.

San Agustín es un hombre siempre actual, el hombre de corazón inquieto y de corazón de fuego, dotado de gran simpatía personal e intenso calor humano. Por eso, decía: Hombre soy y entre los hombres vivo. Mi corazón es un corazón humano. Me gusta reír y disfrutar de la risa. Se ha dicho de él que es el padre espiritual de occidente por la influencia universal de sus escritos en la espiritualidad cristiana de Europa. Si conoces a san Agustín, él te guiará a encontrar a ese Dios amoroso que te sigue esperando en el camino de tu vida.

Pensamientos Pensamientos de San Agustín

  • La amistad amistad

San Agustín tuvo muchos amigos. No era un solitario. Los amigos eran para él como su media alma. No podía vivir sin amigos y era fiel a ellos en todo momento. Cuando estando en Tagaste de profesor muere un amigo, fue tan fuerte el golpe recibido que le parecía que la vida no tenía sentido para él. Sólo se recuperó, yendo a Cartago y consolándose con otros amigos, especialmente con Alipio y Nebridio. Ahora bien, él nos aclara que la verdadera amistad no es una vinculación de intereses comunes o de búsqueda de placeres en común. Para que haya verdadera amistad, ésta debe llevar a Dios. Si nos aparta de Dios, es una mala amistad, de la que hay que huir como del demonio. Por eso, dice: Bienaventurado el que te ama a Ti, Señor, y al enemigo en Ti. Porque no perderá ningún amigo aquel que los ama a todos en Aquel que no puede perderse.

No hay verdadera amistad sino entre aquellos que Vos unís en el amor, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, ama verdaderamente a su amigo quien en su amigo ama a Dios, o porque Dios vive en él o para que Dios viva en él. Si amas por otro motivo, es más odio que amor.

Por ello, el que por amor a un amigo desagrada a Dios, se hace enemigo de sí mismo y de su amigo. Nos dice: ¿Niegas a tu Señor solamente por no desagradar a tu amigo? Estoy viendo lo que te quita tu amigo, muéstrame lo que te va a dar… Ése no sería amigo tuyo… y piensas que es amigo tu enemigo. No se niega a Cristo por agradar al amigo

Perverso.

Sé amigo de Cristo. Él quiere alojarse en tu casa. Hazle sitio. ¿Qué quiere decir hazle sitio? Que no te ames a ti mismo y que lo ames a Él. Si te amas a ti mismo, le cierras la puerta. Si lo amas, le abres.

  • El alma

Es lo más grande que tiene el ser humano, porque el cuerpo quedará un día reducido a un montón de cenizas, mientras que el alma permanecerá para siempre. Sin embargo, debemos cuidar el alma como cuidamos de nuestro cuerpo. Debemos alimentarla con amor, oración, la palabra de Dios y la comunión.

El alma bella debe estar rebosante de amor. El amor embellece el alma, que está hecha para amar y que no puede contentarse con algo menos que el AMOR con mayúscula, es decir, con Dios, que es AMOR. Dios nos ha hecho de tal manera que nuestra alma no puede satisfacerse con las pequeñas cosas de este mundo. Ha sido creada para Dios, ha sido creada para mares sin orillas, para horizontes sin límites, es decir, para el infinito de Dios. De ahí que, además de la oración, de la palabra de Dios y del amor que pongamos en nuestras obras, el mejor alimento para nuestra alma no puede ser otro que el mismo Dios. Por ello, Dios mismo se ha hecho alimento para nuestras almas en la comunión. Comulgar cada día debería ser la meta de cada cristiano que desea amar a Dios con todo su corazón para llegar a la plenitud del amor y de la felicidad en esta vida, en la medida de lo posible, y después por toda la eternidad.

Ojalá podamos decir con san Agustín: Señor, has herido mi corazón con tu palabra y te he amado (Conf. 10, 6). Por Ti suspiro día y noche (Conf. 7, 10). Mi alma tiene hambre y sed de Ti (Conf. 3, 6). Pero ¡qué triste y fea queda el alma que se ensucia por el pecado y se enferma por dentro! Si la tenemos enferma, Jesús, el gran Médico, nos sanará de toda enfermedad de soberbia, lujuria, ira, gula, envidia, etc. Él nos dice: Sanarás de todas tus enfermedades. Me dices que son muy grandes, pero mayor es el médico. Para el médico omnipotente no hay enfermedad incurable, únicamente ponte en sus manos y déjate curar por él.

  • El amor

El amor es lo que da sentido a nuestra vida. El amor es la gasolina del coche de humildad de nuestra existencia. Sin amor nada vale nada. Todo es tinieblas y vacío. Hemos sido creados por amor y para amar. Dios es amor y nosotros, en  la medida en que participamos de su amor, seremos más felices en esta vida y después por toda la eternidad. Por eso, nos dice san Agustín: Una vida sólo la hace buena el amor y la medida del amor es el amor sin medida. ¿Quieres saber cómo es tu amor? Mira a dónde te lleva. Hermanos y hermanas, estamos de camino, amemos con ternura y caridad y olvidemos todo aquello que se acaba con el tiempo.

¿Cómo es la cara del amor? ¿Cómo es su cuerpo, su estatura, sus pies, sus manos? Nadie puede decirlo, porque el amor, Dios, es invisible. Sin embargo, es verdad que tiene pies: son los que caminan a la iglesia. Tiene manos: son las que se extienden hacia el pobre. Tiene ojos: son los que ven a los necesitados. Tiene oídos: son los que escuchan al Señor.

El amor es la perfección de todas nuestras obras. Allí está el fin… No te atasques en el camino, pues no llegarás al fin. No te detengas en cosa alguna que encuentres en el  camino hasta que logres el fin. ¿Cuál es el fin? Para mí, unirme a Dios. Si te uniste a Dios, terminaste el camino, llegaste a la patria.

Ángel Peña O.A.R.

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Santa Mónica!!

La vida de santa Mónica, la madre del gran san Agustín, es una vida sencilla sin muchos milagros ni maravillas como se dan en la vida de otros santos. Su vida se puede resumir en el fiel cumplimiento de sus obligaciones como esposa, madre y viuda. Cumplió a carta cabal sus obligaciones, siendo una esposa siempre atenta a las necesidades del esposo, sin provocarlo en sus cóleras, sin contradecirlo públicamente y siempre atenta a darle gusto y hacerlo feliz.

santa Monica y san agustin

Como madre, en todo momento estuvo preocupada por sus tres hijos, no solamente en lo material, sino especialmente en lo espiritual. Por eso sufrió tanto al ver a su hijo Agustín extraviarse del buen camino. Lo siguió por tierra y por mar, oró día y noche durante años. Nunca se cansó de rezar y, al final, se cumplió la promesa que el Señor le había hecho en una visión de que lo vería cristiano católico. Cuando llegó ese momento y, viendo a su hijo ya convertido y entregado al servicio de Dios, manifestó su deseo de poder morir en paz, porque ya su misión había terminado en este mundo.

Su misión, es decir, la de salvar a su hijo extraviado. Y no solamente a él, también con sus modales humildes y sencillos, pudo ver convertida a su suegra, a su esposo Patricio, a sus empleadas domésticas y a sus otros dos hijos. Esa fue su misión y la cumplió con trabajo, oraciones y sacrificios.

Todos los historiadores la consideran una mujer inteligente, sensible, decidida y segura de sí misma. No sólo se preocupó de su familia, sino de todos los que la rodeaban, empezando por los amigos y discípulos de su hijo Agustín.

Por eso, el santo habla con frecuencia en sus escritos de nuestra madre. Mónica era la madre de todos, a todos atendía como sierva y a todos ayudaba espiritualmente con sus consejos.

La Iglesia la considera como modelo de las madres cristianas, especialmente de las que tienen que orar y llorar por algún familiar extraviado.

A santa Mónica podemos aplicarle las expresiones de la mujer fuerte de que nos habla la Palabra de Dios: Vale más que las joyas. En ella confía el corazón de su marido y no tiene nunca falta de nada. Le da siempre gustos y nunca disgustos todos los días de su vida. Trabaja con sus propias manos…

Todavía de noche se levanta y prepara a su familia la comida y la tarea de sus empleadas… Tiende su mano al pobre y alarga la mano al necesitado. No teme su familia el frío de las nieves, porque todos en su casa tienen vestidos forrados… Se reviste de fortaleza y de gracia y sonríe al porvenir. La sabiduría abre su boca y en su lengua está la ley de la bondad. Vigila a toda su familia y no come su pan de balde. Álzanse sus hijos y la aclaman bienaventurada y su marido la ensalza. Engañosa es la gracia, fugaz la belleza, la mujer que ama al Señor ésa es de alabar (Proverbios 31,10-31).

San Agustín reconoció su inteligencia y le dice: Te excluiría de estas pláticas, si no amases la sabiduría; te admitiría a ellas, aun cuando tibiamente la amases, mucho más al ver que la amas tanto como yo. Ahora bien, como la amas más que a mí mismo, y yo sé cuánto me amas, por esto tengo motivos para ser discípulo de tu escuela…Se mostró fuerte, cuando no quiso recibirlo en su casa, siendo él ya maniqueo, para no hacerla un centro de propaganda de la herejía.

San Agustín dice de ella que tenía traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana. Afirma que las ardientes súplicas y cotidianas oraciones de mi buena madre, evitaron mi perdición. Ella iba dos veces al día, mañana y tarde, a la iglesia, sin fallar nunca.  Me había llorado durante tantos años para que yo viviera ante tus ojos. En una palabra, era una santa mujer 119, que regaba día tras día con las lágrimas de sus ojos la tierra donde reclinaba su frente.

Y la alabó su hijo Agustín, sus hijos Navigio y Perpetua, su esposo Patricio y todos cuanto la conocieron. Cualquiera que la conocía te alababa, Señor, te honraba y amaba mucho en ella ¡Bendita santa Mónica, madre de Agustín y madre nuestra, que tantas bendiciones nos has conseguido con tu intercesión! ¡Seas bendita por los siglos de los siglos. Amén!

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22º Domingo del Tiempo Ordinario!!

Lecciones de humildad y de hospitalidad

Al entrar un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, ellos le estaban acechando. Al observar cómo elegían los invitados los primeros puestos, les propuso una parábola: “Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te coloques en el primer puesto, no sea que haya sido invitado por aquél otro más distinguido que tú y el que os invitó a ti y a él te diga: «Cede el sitio a éste», y entonces tengas que ir lleno de vergüenza a ocupar el último lugar. Al contrario, cuando seas invitado ve a sentarte en el último lugar, para que cuando venga quien te invitó, te diga: «Amigo, sube más arriba». Esto será para ti un honor ante todos los comensales, porque todo el que se exalta será humillado y el que se humilla será exaltado”. Dijo también al que le había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que también ellos te inviten y recibas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, llama a los pobres, a los tullidos, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso porque ellos no pueden corresponderte. Se te recompensará en la resurrección de los justos”. Lc 14,1-7.7-14

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¡Qué grandes actitudes me propones hoy, Jesús: humildad y hospitalidad! Y me lo dices de una forma natural, en una escena tuya, cuando entras a comer, cuando te espían los fariseos, cuando te vigilan, cuando te supervisan los fariseos.

Y cómo dices: “Cuando te conviden, no te sientes en el puesto principal. Tú entra siempre en el último puesto y te dirán: «Amigo, sube más arriba»”. Y la gran frase: “porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Gracias, Jesús, por esta lección. Lo humano, lo natural, lo mío es buscar siempre lo mejor, el ser considerado, lo más fácil, la fama, tantas cosas… Y todo esto lleva en el fondo un germen, una actitud de orgullo, de soberbia, que dificulta todo eso; dificulta el camino profesional, dificulta el camino comunitario, todo. Cómo Tú, Jesús, insistes en esta lección: “Sé humilde”. Y ser humilde implica mucho; y ser humilde implica ceder el puesto a los demás; ser humilde significa estar abierto al otro; ser humilde significa compartir, tener misericordia; ser humilde significa no querer ser y avasallar al otro; significa no tener orgullo. ¡Cuántas veces, Jesús, me dejo llevar de mis orgullos, de mis prepotencias, que se me considere, que se me agradezca! ¡Cuántas veces entro en este camino! Pero Tú me lo dices claramente: “El que se enaltece, será humillado”, “Amigo, sube más arriba, porque te has humillado”.

Otra actitud que a mí me sobrepasa mucho, Jesús, en este encuentro contigo es la actitud de acoger al otro, de la hospitalidad. Pero qué claro lo dices en este texto: no al rico, no al bien vestido, no, sino que en mi corazón, en el banquete de mi vida entre el pobre, el lisiado, el cojo, el ciego, el que no me gusta, el que no tiene buena forma, el que decanta con mi forma de ser, el que no es como yo, el que no tiene prestigio, el que nadie se entera de él… ¡Qué cambio de vida, Jesús! Tus valores son la humildad, la acogida, la sencillez, el servicio desinteresado, la predilección por los más pobres, el vivir sin esperar nada a cambio, el estar con el corazón puesto en ti.

Jesús, yo te quiero pedir también esta gran lección… que se cumpla en mi vida. Quiero que me dé cuenta de mis orgullos, del hacerme superior a los demás; quiero que me dé cuenta de mis limitaciones. Concédeme la humildad, concédeme el don de ser capaz de bajar de mi nube, de bajar de mis orgullos, de tener los pies en el suelo y encontrar la verdad. Que sepa ser agradecida, que abra el corazón y los ojos y mi puerta para acoger a los que son desvalidos, a los que nadie les tiene importancia, a los que no tienen ni forma, ni cariz ante los demás. Que aprenda los valores de la humildad, de la sencillez, del servicio desinteresado. Y que aprenda a vivir así… Y frente al orgullo y a la soberbia, dame Señor la humildad; y frente a la selección de acoger en mi corazón, dame Señor la hospitalidad de los pobres, de los que no tienen apariencia, de los no interesados.

Tú, María, que fuiste la mujer más humilde, que no te hiciste notar, que nadie te dio importancia y que tu vida era tan sencilla y tan oscura, ayúdame a ser humilde, concédeme que aprenda esos valores que me enseña tu Hijo, enséñame a no tener más ambición que el estar en el Corazón y en el amor de tu Hijo. Ábreme los ojos, ábreme el corazón y líbrame de todos los deseos y de todos mis afanes de ser notado y de sobresalir. Madre mía de la humildad, ayúdame a ser como tú, ayúdame a tener una relación contigo desde ese corazón humilde, sencillo. Que pueda oír: “Amigo, sube más arriba”. Y que pueda oír tu explicación: “Trabájate así… Ayúdate así…”. Que pueda oír la explicación de tu Hijo: “El que se enaltece, será humillado”. ¡Qué grandes lecciones me das hoy! Las grandes lecciones de la humildad y de la hospitalidad, la no-ambición, la no-soberbia.

Enséñame esta gran lección: que sea humilde y acogedora, porque “el que se enaltece, será humillado y el que se humilla, será enaltecido”.

Gracias, Jesús, por estas dos grandes lecciones. Las acojo en mi corazón y las reflexiono contigo. Que así sea.

Francisca Sierra Gómez.