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Miércoles de la primera semana.- EL BANQUETE DE LOS POBRES.-

Isaías 25,6-10a. El capítulo 25 forma parte de un conjunto denominado ordinariamente «apocalipsis de Isaías» {ce.24-27), en el que piezas narrativas alternan con elementos líricos. El capítulo 24, que describe la confrontación entre las fuerzas del mal y las del bien, finaliza con el anuncio de la victoria divina. A partir de ésta, Yahvé reina en el monte Sion, en Jerusalén.

Allí dispone un banquete para todos los pueblos. En ese banquete sirve los más suculentos manjares, los que normalmente estaban reservados a la divinidad. En efecto, es una comida de fiesta, como las que se tomaban en compañía de Yahvé en los sacrificios de comunión. Incluso se rasga el velo que cubre los ojos de los paganos, de manera que pueden ver a Dios a cara descubierta. Nos hallamos ante una vieja imagen del simbolismo bíblico, según la cual el alimento y la bebida proporcionan la visión beatífica. Desde ese momento, ¿qué cosa hay más natural que cantar el propio agradecimiento? A la esperanza sucede el júbilo.

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Salmo 22. Originariamente era un salmo de confianza. Pero, después de la Sinagoga, la Iglesia ha hecho de él un canto de entrada en la tierra prometida, evocada por las «verdes praderas». Es verdad que las imágenes del vino, del trigo y del aceite nos orientan hacia la eucaristía.

Mateo 15,29-37. ¡Sí, el Reino de Dios está cerca! Jesús toma a su cargo las enfermedades y las dolencias humanas. Son borrados los pecados y se pone la mesa para todos los hombres; para ocupar un puesto en ella se requiere una sola condición: creer en Jesucristo. Así logró de él la Cananea la curación de su hija.

Jesús preside la mesa del Reino. Como en otro tiempo Yahvé alimentó a su pueblo en el desierto, hoy Jesús da a comer su «carne». Toma unos panes, da gracias y los reparte. En este relato está presente la Pascua entera: Pascua del desierto para las doce tribus y Pascua de la historia, que reúne a todos los hombres.

«¡Venid, todo está preparado para el banquete!» Cuando Dios viene, lo hace para colmar de bienes a los hambrientos, para dar plenitud de vida a los que ardientemente aspiran a ella: ¡cojos, ciegos, lisiados, pobres! Para ellos toma Jesús los siete panes y los multiplica hasta el infinito, a la medida del hambre de aquella gente y de su propia generosidad. Para ellos prepara Dios un banquete digno de las mayores festividades.

¿Os ocurre con frecuencia que asociáis la idea de Dios a la de suculentos manjares y vinos embriagadores? O, lo que es lo mismo, cuando deseáis vivir a fondo, con todo vuestro ser, ¿pensáis en Dios? ¡Es que Dios y la Vida son una misma cosa!

Dios viene para los pobres. Lo decimos muchas veces, pero ¿aceptamos nuestra propia pobreza? No ya la pobreza de ser pecadores, sino esa otra pobreza a más radical de ser lisiados, de haber sido heridos por una vida que exigimos con todo nuestro ser y que nunca se nos da más que a medias.

Una pobreza que nos envuelve como un manto de luto. Aceptar esta pobreza es ponerse a clamar a Dios. Porque Dios viene a transformar nuestro luto en danza, y nuestro desierto en mesa de privilegio. ¿Cómo vamos a encontrar a Dios si no clamamos por la vida como el ciego clama por el sol?

Desear, esperar, y después exultar, comulgar. Estas son las palabras de la pobreza. Jesús ha dispuesto la mesa para los pobres: «¡Si alguno tiene hambre, que venga!». En el camino de nuestros desiertos, la eucaristía es la mesa de la esperanza y la fiesta de los pobres. ¡Dichosos los invitados a ella! ¡Dichoso el que abre las manos con deseo ardiente de vivir! ¡Dichosos los que lloran cuando el Señor viene a enjugar las lágrimas de los rostros!

Este es el gesto de la ternura, el gesto de Cristo cuando toma en sus manos el pan para poner en las nuestras su cuerpo entregado. «¡Sí, ven, Señor Jesús!».

***

Te damos gracias, oh Dios, nuestra esperanza,

por Jesucristo, tu Hijo amado,

que vino a reunir a los que se iban,

sin rumbo, al desierto del abandono.

Bendito seas tú,

oh Dios que colmas el deseo del hombre,

Dios que haces brotar la vida

más fuerte que la muerte y

más dulce que las lágrimas.

Ante esta mesa de fiesta,

preanuncio del banquete de tu Reino,

te bendecimos, Dios y Padre de los pobres,

con todos cuantos ponen en ti su esperanza.

Marcel Bastin -DIOS CADA DÍA-

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Martes de la primera semana de Adviento- LOCA ESPERANZA

Isaías 11,1-10. Cuando el rey Ajaz reforzaba el sistema defensivo de Jerusalén, Isaías le invitó a poner su confianza más bien en el endeble signo del Emmanuel. Pero el rey y sus consejeros prestaron oídos sordos a la invitación del profeta, quien por tal motivo renunció a hablar durante algún tiempo.

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¿Se puede identificar, sin más, al Emmanuel con el príncipe Exequias? Todavía hoy siguen estando muy divididos los críticos. En cualquier caso, lo cierto es que, en una época particularmente sombría para la nación, Isaías proclama que Dios «estaba» en todo momento «con» su pueblo.

Por otra parte, el profeta volvió a hablar muchas veces de este tema tan de su gusto; incluso tomó del lenguaje de los escribas los rasgos que le permitían bosquejar el retrato del héroe esperado. Este no sólo dará pruebas de inteligencia y carácter, sino que, atento a cumplir sus deberes sagrados para con Dios y el pueblo, restaurará el viejo ideal monárquico de justicia e integridad. En el fondo, su régimen hará que vuelva la edad de oro del paraíso terrenal, cuando los animales vivían en buena armonía entre ellos y con el hombre. ¡Hasta la serpiente, el enemigo antiguo, se iba a volver inofensiva!

El salmo 71 describe al rey ideal. Es el padre de sus administrados, a los que garantiza bienestar y prosperidad.

Lucas 10,21-24. En realidad, los profetas sólo tuvieron un conocimiento velado de los tiempos mesiánicos; la revelación del misterio estaba destinada a los herederos del Reino, a «la gente sencilla». Jesús puede dar gracias por ser sólo los «pobres de Yahvé» los que leen los signos y tienen acceso cerca de Dios. Por otra parte, su acción de gracias recuerda la bendición de Dan 2,20-23: al igual que los magos de Caldea, los fariseos y los escribas, no obstante, su ciencia, son incapaces de descifrar los signos de la venida del Reino.

Una loca esperanza se apodera de nosotros: «He aquí que vienen días de justicia y de paz». Pero esos días ¿dónde están? ¿Qué es lo que va a cambiar con este Adviento? «¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!» Pero ¿qué es lo que vemos?

Otro tanto sucede con la esperanza: si no tuviera algo de locura, ya no sería esperanza… Los prudentes, los sabios, los jefes de Estado no la necesitan. En cambio, para los pobres, un rayo de sol, una palabra de consuelo, una mano tendida, valen más que mil tratados de paz. Saben descifrar lo invisible, porque están habituados a vivir al nivel de lo imperceptible. Acaso se diga de ellos que son demasiado crédulos, pero con Jesús ¡están en buena compañía!

¿Habéis visto uno de esos árboles que, adelantándose excesivamente a la estación, empiezan a echar brotes demasiado temprano? Si cae una fuerte helada, ese árbol ya no dará fruto… Es verdad; pero su audacia es señal de una primavera que, no obstante, el invierno, al fin llegará. Necesitamos esperanza, ¡aun cuando sea un poco loca!

«Saldrá un vástago del tronco de Jesé…, juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados». Vino Jesús, y vino sin armas, servidor sin corona. Hoy viene al corazón de la gente humilde que le aguarda.

El lobo habitará con el cordero; ¿y el hombre con el hombre? ¿Y por qué no, hermanos? De ti depende que acojas al Espíritu de Dios.

Aún está Jesús enhiesto en cruz, como un estandarte para los pueblos.

Dichoso el que camina poniendo sus pies sobre las pisadas de Jesús para dar consistencia a la esperanza, débil brote en tronco desnudo, aurora de una primavera en medio de la noche ¡que no puede durar siempre!

¿Quién hará justicia al oprimido?

¿Quién resolverá con rectitud

***

en favor del pueblo abandonado?

Señor, tú eres ternura y suavidad,

y tu corazón sabe comprender

las penas de los humildes.

Acuérdate de tu amor

y endereza a quienes se tambalean

por el camino,

porque tú eres nuestro Salvador

por los siglos de los siglos.

Marcel Bastin -DIOS CADA DÍA-

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Lunes de la primera semana di Adviento-EN EL CORAZÓN DEL MUNDO-

Isaías 4, 2-6 (ciclo A). ¡Después de la lluvia, el buen tiempo! El profeta describe un porvenir rico en promesas. Con todo, aunque el comienzo de su actividad había coincidido con un período de prosperidad en el reino de Judá, ese bienestar había acarreado injusticias de todo tipo que él había denunciado.

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Sin embargo, si la conducta de Judá justificaba sobradamente las desdichas que la afligían, el profeta seguía convencido de que un «resto» sobreviviría. Ese día, Jerusalén recibirá sus atavíos de gloria, no ya lujosas alhajas (ver 3,16-17), sino favores divinos. Ese resto fiel será, a un mismo tiempo, el «germen» de Yahvé y el «fruto de la tierra.

Antes, Yahvé habrá pacificado Jerusalén y sus arrabales con el fuego y el viento, como se separa el grano de la paja. Entonces podrá habitar de nuevo en su ciudad y cubrirla con su sombra. Se renovarán los prodigios del antiguo Éxodo y, como en el Sinaí, se establecerá una alianza bajo el dosel nupcial.

Isaías 2,1-5 (ciclos B y C). Jerusalén, la ciudad santa… Sus piedras, enrojecidas con la sangre de los sacrificios, han visto desfilar multitudes de peregrinos, llegados a ella para aprender de los sacerdotes la alabanza y una norma de vida.

Jerusalén (Ierüshálayim), la ciudad de la paz… La procesión de los pueblos hay que descifrarla a la luz del Apocalipsis; se dirigen a la ciudad «donde nadie tendrá necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará a todos» (Ap 22,5).

Será un reinado universal, cuando todas las naciones acepten el arbitraje de Dios.

Salmo 121. Lo cantaban los peregrinos al abandonar Jerusalén: recordaban los hermosos días pasados en la ciudad y rogaban a Dios que les concediera la paz.

Mateo 8,5-11. Cielos nuevos, tierra nueva: ha llegado el tiempo del cumplimiento. Un centurión romano acude a Jesús para suplicarle que sane a su criado. Con toda delicadeza, le sugiere una curación a distancia: de esa forma no quedaría impuro Jesús, al no tener que tocar a un no-judío.

Pero aquel centurión es, además de militar, hombre de espíritu profundo: como él depende de una autoridad superior, tiene el presentimiento de que la palabra de Jesús pudiera proceder también de un más allá. Por eso Jesús no oculta su admiración ante aquella actitud: los que heredarán el Reino son los verdaderos hijos de Abraham, el creyente.

***

¡Ven, divino Mesías…! El Adviento que empezamos es un grito, una oración y una espera. Sin embargo, ¡no faltan los mesías en nuestros días! ¿Hay que esperar a otro que triunfe donde han sido tantas las esperanzas frustradas? Mesianismos políticos, sociales, económicos, religiosos: siempre se presentan como otras tantas fuerzas, como poderes atractivos, como la solución al marasmo de los hombres.

Todos esos mesianismos reclaman para sí una obediencia total, sin condiciones. Y uno tras otro van derrumbándose, asfixiados por su totalitarismo. Así sucumbió en otro tiempo la soberbia Jerusalén bajo el peso de su prestancia, en el mismo lugar en que los sacerdotes veían llegar la inmensa multitud procedente de todos los pueblos…

Pero el mesianismo cristiano no se apoya en una fuerza humana; tiene sus raíces en la palabra de los profetas, que incansablemente fueron repitiendo: «¡Convertios, volved a vuestro Dios!» El Mesías que nosotros invocamos es el de los pobres y de la paz; Mesías para el hombre que ha experimentado la vanidad del orgullo y de la suficiencia. Mesías que recorre nuestros caminos y viene a salvar lo que estaba perdido. «Señor, no soy digno… pero basta una palabra tuya…»

Siempre hay en el mesianismo una parte de utopía. De nosotros depende que esa utopía se haga realidad: ¿tendremos humildad suficiente para considerarnos pobres, sin derecho, sin poder? De ser así, ese día «¡no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra!».

Sí, te damos gracias,

Dios, justicia nuestra, esperanza del mundo.

Tú creaste al hombre

para que compartiera con sus hermanos

el amor, la paz y la dicha.

Y cuando él se aparta de ti,

preso de las inquietudes de la vida,

tú le das a tu Hijo,

entregado para remisión de los cautivos.

Por eso nosotros alzamos nuestras cabezas

cuando ya el alba se anuncia en el horizonte

y cantamos con todos los santos:

«¡Ven Señor Jesús!»,

y te aclamamos sin cesar.

***

Tú que vienes a traer la paz al corazón del hombre,

Señor, ven a nosotros.

Tú que te cuidas del pobre y del oprimido,

Cristo, quédate con nosotros.

Tú, en quien reposa el Espíritu de fortaleza,

Señor, transfórmanos.

***

Dios y Padre de la vida,

¡bendito sea tu nombre!

Dios de nuestros gritos de alegría

y Dios de nuestras lágrimas,

¡bendito seas!

Tú no has hecho al hombre

para encerrarlo en la muerte;

tú vienes a nuestro encuentro,

y la vida te precede cantando.

Dios de la promesa,

Dios de la esperanza,

nosotros te bendecimos.

Tú conoces el rumbo de nuestros inciertos pasos;

tú no nos abandonas

cuando se frustran nuestras esperanzas;

tú haces que brillen sobre nosotros

la luz y el consuelo:

por eso te damos gracias.

Sí, ya podemos ascender a los collados

y proclamar tu Buena Nueva

cantando.

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EL TIEMPO DE ADVIENTO!

«Dime cuál es tu esperanza»

«La más fuerte es la esperanza…» Y Juana de Arco se extingue, abrasada en el fuego del amor. (Oratorio «Juana en la hoguera», de Honneger). Para el hombre que en este tiempo de Adviento se abisma en la Palabra de Dios, en todas partes está presente la esperanza, frágil y fuerte, niña desprovista de armadura, porvenir en continuo renacer. La esperanza…

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«La esperanza hace vivir…», afirman algunos que están a punto de morir, mientras otros, con Péguy, descubren que Dios dice: «¡la fe que yo prefiero es la esperanza!». Una esperanza que es todo lo opuesto a la resignación. El itinerario del Adviento, es decir, de la venida, del advenimiento, es como una obra de paciencia en la que el hombre tiene que descender a profundidades cada vez mayores para descubrir la semilla escondida que tantos frutos ha producido ya en la tierra que es el hombre.

Desde Jerusalén en ruinas hasta el humilde nacimiento en Belén, desde el desierto de los desterrados hasta el del bautismo, todo nos está incitando a ir más allá.

En este itinerario se perfilan tres etapas. Tiempo por venir, en el que la voz de Isaías no cesará de proclamar la llamada del Dios que se acuerda. Tiempo del precursor, en el que el profeta nos convocará al desierto para señalarnos al Esposo, al Dios de la Alianza. Tiempo de los alumbramientos, en el que el Espíritu envuelve a la Virgen y a la estéril para alumbrar el manantial que estaba prometido a nuestra esperanza. Se abre el Adviento con unos oráculos de restauración política, y se cierra con la contemplación de un rey manso y humilde de corazón. Pero entretanto habremos seguido a Juan, la señal de que «Dios se ha compadecido».

Isaías, El destierro, La restauración. Hoy, el clima de crisis hace que los hombres retornen, como de modo espontáneo, a un vocabulario profético: hay que posibilitar el porvenir, preparar un mundo nuevo, hacer frente…

¿Para qué negarlo? Los grandes textos de los profetas están cargados de compromiso político; quizás, incluso son los únicos que formulan el sentido de una política que no queda atascada en las arenas de la desesperación, ya que hablan de un mundo según Dios. Si leyéramos a Isaías manteniéndonos ajenos a la miseria, la injusticia y la tortura que asolan el mundo de hoy, nuestro Adviento quedaría reducido a una oración inútil. La esperanza sólo es digna de fe cuando recoge el clamor de los desgraciados.

La esperanza que nosotros celebramos es la esperanza de un pueblo, pues la liturgia nunca es un acto individual. Pero sucede que lloramos como lloraron nuestros padres desterrados a orillas de los ríos de Babilonia… En otro tiempo, estábamos sólidamente anclados en la Ciudad…

Hoy somos un pequeño resto… Para este pequeño «resto» proclama el profeta la Buena Noticia. Si la esperanza pretendiera apoyarse en la fuerza de los poderosos, ya no sería esperanza. Hoy hemos descubierto que la llamada al desierto es algo muy distinto de una poesía sin alma para turistas apresurados.

Si en la Biblia se estrecha continuamente el camino para llevar a Jesús, es que Jesús viene al corazón de los pobres, en pleno desierto, fuera de las murallas. Sorprende la actualidad de Juan Bautista: hubo un hombre enviado por Dios para proclamar la necesidad de la conversión y señalar al verdadero Mesías, sin ocupar el lugar de éste. Juan, un hombre humilde, como tiene que serlo la esperanza.

En el desierto, Juan tiene la ambición de reconstruir el Pueblo de Dios.

Renace una comunidad; una Iglesia despojada del barniz fariseo y de las solemnidades sacerdotales; una Iglesia con la mira puesta en el advenimiento.

Con el Bautista, la antigua Alianza culmina en un extraordinario golpe de efecto: «¡Viene nuestro Dios!». Pero esta cara visible del profeta no puede ocultar la otra, que es frágil y está tan próxima a nuestras preguntas: «¿Eres tú el que ha de venir?» Dramático interrogante éste, marcado por el temor a comprometerse a favor de un Mesías cuya ternura parece carecer de armas eficaces para derrotar al adversario. Eso no es un obstáculo; Juan es para nosotros el dedo que señala al Cordero de Dios. Sus dos manos, extendidas en ademán de ofrecerse, reciben la alegría del Esposo. En esta actitud le representa la iconografía oriental.

Viene… Nuestro itinerario se va estrechando y convergiendo hacia unas viviendas humildes, unas mujeres en estado y unas personas desplazadas. El Espíritu, que también sabe soplar huracanadamente, se hace discreta brisa mañanera.

El Magníficat puede ser muy bien un canto de revolución; la ardorosa danza de la Visitación puede recordar el reencuentro con el Arca recuperada; ¡nada puede impedir a aquellas mujeres, María e Isabel, cantar y danzar, exultantes de gozo por unos hijos recién concebidos!

La esperanza es una niña que necesita que la lleven de la mano… ¡Pero es ella la que os lleva a vosotros! El Adviento acabará al llegar la Navidad.

Nosotros iremos hasta el lugar de cita de los pastores, Dichoso el que cree en el nacimiento, es decir, en el futuro siempre posible. Isaías había anunciado: «la virgen da a luz un hijo…» El destino de los profetas es ése: ¡hablar sin saber! El nombre de Emmanuel canta dentro de nosotros como una esperanza loca. Dios está con nosotros con rostro de niño, pues los niños son los únicos que saben lo que quiere Dios.

«La justicia y la paz se besan… El lobo y el cordero se llevan bien». Se diría que es un juego de niños. Pero ¿no consiste la esperanza en vivir lo imposible como quien juega? ¿No nos dice Dios que construyamos el mundo sin tener más manual que nuestra imaginación? Además, no deberíamos impedir a los niños jugar…

Marcel Bastin- DIOS CADA DÍA-