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Lunes de la primera semana di Adviento-EN EL CORAZÓN DEL MUNDO-


Isaías 4, 2-6 (ciclo A). ¡Después de la lluvia, el buen tiempo! El profeta describe un porvenir rico en promesas. Con todo, aunque el comienzo de su actividad había coincidido con un período de prosperidad en el reino de Judá, ese bienestar había acarreado injusticias de todo tipo que él había denunciado.

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Sin embargo, si la conducta de Judá justificaba sobradamente las desdichas que la afligían, el profeta seguía convencido de que un «resto» sobreviviría. Ese día, Jerusalén recibirá sus atavíos de gloria, no ya lujosas alhajas (ver 3,16-17), sino favores divinos. Ese resto fiel será, a un mismo tiempo, el «germen» de Yahvé y el «fruto de la tierra.

Antes, Yahvé habrá pacificado Jerusalén y sus arrabales con el fuego y el viento, como se separa el grano de la paja. Entonces podrá habitar de nuevo en su ciudad y cubrirla con su sombra. Se renovarán los prodigios del antiguo Éxodo y, como en el Sinaí, se establecerá una alianza bajo el dosel nupcial.

Isaías 2,1-5 (ciclos B y C). Jerusalén, la ciudad santa… Sus piedras, enrojecidas con la sangre de los sacrificios, han visto desfilar multitudes de peregrinos, llegados a ella para aprender de los sacerdotes la alabanza y una norma de vida.

Jerusalén (Ierüshálayim), la ciudad de la paz… La procesión de los pueblos hay que descifrarla a la luz del Apocalipsis; se dirigen a la ciudad «donde nadie tendrá necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará a todos» (Ap 22,5).

Será un reinado universal, cuando todas las naciones acepten el arbitraje de Dios.

Salmo 121. Lo cantaban los peregrinos al abandonar Jerusalén: recordaban los hermosos días pasados en la ciudad y rogaban a Dios que les concediera la paz.

Mateo 8,5-11. Cielos nuevos, tierra nueva: ha llegado el tiempo del cumplimiento. Un centurión romano acude a Jesús para suplicarle que sane a su criado. Con toda delicadeza, le sugiere una curación a distancia: de esa forma no quedaría impuro Jesús, al no tener que tocar a un no-judío.

Pero aquel centurión es, además de militar, hombre de espíritu profundo: como él depende de una autoridad superior, tiene el presentimiento de que la palabra de Jesús pudiera proceder también de un más allá. Por eso Jesús no oculta su admiración ante aquella actitud: los que heredarán el Reino son los verdaderos hijos de Abraham, el creyente.

***

¡Ven, divino Mesías…! El Adviento que empezamos es un grito, una oración y una espera. Sin embargo, ¡no faltan los mesías en nuestros días! ¿Hay que esperar a otro que triunfe donde han sido tantas las esperanzas frustradas? Mesianismos políticos, sociales, económicos, religiosos: siempre se presentan como otras tantas fuerzas, como poderes atractivos, como la solución al marasmo de los hombres.

Todos esos mesianismos reclaman para sí una obediencia total, sin condiciones. Y uno tras otro van derrumbándose, asfixiados por su totalitarismo. Así sucumbió en otro tiempo la soberbia Jerusalén bajo el peso de su prestancia, en el mismo lugar en que los sacerdotes veían llegar la inmensa multitud procedente de todos los pueblos…

Pero el mesianismo cristiano no se apoya en una fuerza humana; tiene sus raíces en la palabra de los profetas, que incansablemente fueron repitiendo: «¡Convertios, volved a vuestro Dios!» El Mesías que nosotros invocamos es el de los pobres y de la paz; Mesías para el hombre que ha experimentado la vanidad del orgullo y de la suficiencia. Mesías que recorre nuestros caminos y viene a salvar lo que estaba perdido. «Señor, no soy digno… pero basta una palabra tuya…»

Siempre hay en el mesianismo una parte de utopía. De nosotros depende que esa utopía se haga realidad: ¿tendremos humildad suficiente para considerarnos pobres, sin derecho, sin poder? De ser así, ese día «¡no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra!».

Sí, te damos gracias,

Dios, justicia nuestra, esperanza del mundo.

Tú creaste al hombre

para que compartiera con sus hermanos

el amor, la paz y la dicha.

Y cuando él se aparta de ti,

preso de las inquietudes de la vida,

tú le das a tu Hijo,

entregado para remisión de los cautivos.

Por eso nosotros alzamos nuestras cabezas

cuando ya el alba se anuncia en el horizonte

y cantamos con todos los santos:

«¡Ven Señor Jesús!»,

y te aclamamos sin cesar.

***

Tú que vienes a traer la paz al corazón del hombre,

Señor, ven a nosotros.

Tú que te cuidas del pobre y del oprimido,

Cristo, quédate con nosotros.

Tú, en quien reposa el Espíritu de fortaleza,

Señor, transfórmanos.

***

Dios y Padre de la vida,

¡bendito sea tu nombre!

Dios de nuestros gritos de alegría

y Dios de nuestras lágrimas,

¡bendito seas!

Tú no has hecho al hombre

para encerrarlo en la muerte;

tú vienes a nuestro encuentro,

y la vida te precede cantando.

Dios de la promesa,

Dios de la esperanza,

nosotros te bendecimos.

Tú conoces el rumbo de nuestros inciertos pasos;

tú no nos abandonas

cuando se frustran nuestras esperanzas;

tú haces que brillen sobre nosotros

la luz y el consuelo:

por eso te damos gracias.

Sí, ya podemos ascender a los collados

y proclamar tu Buena Nueva

cantando.

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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.