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20 de diciembre – LA CASA DEL SILENCIO-

Isaías 7,10-16. Acaz, el rey de Judá, vive uno de los momentos más difíciles de su reinado; sus vecinos, amenazados por la invasión asiría, le presionan para que entre en una alianza defensiva, pero el rey prefiere buscar la protección del invasor. Isaías, que siempre rechazó toda alianza con el extranjero, le exhorta a acudir a Yahvé; sugiere al rey que pida una señal a Dios. Pero el monarca se excusa, pretextando que no quiere tentar a Yahvé; en realidad, Acaz teme confiar.

Después de hacer vivos reproches al rey, el propio Isaías da la señal: la doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre «Emmanuel».

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¿Qué significado tiene exactamente este oráculo? ¿Hay que ver en el niño al príncipe Ezequías y en la doncella a la esposa real, como han pretendido muchos? ¿Qué dice Isaías, sino que la dinastía sobrevivirá a pesar de los graves peligros que la amenazan? En ese sentido, el profeta no hace otra cosa que repetir la ideología en curso en Jerusalén: Yahvé es fiel a las promesas hechas a Natán. Pero el lenguaje empleado por Isaías tiene un innegable sabor mítico: el Emmanuel por nacer es «ese rey maravilloso que esperan, cada uno por su lado, los países del Antiguo Oriente, y más que ninguno Israel, por la promesa que Dios le hizo» (L. Monloubou).

En el fondo, las señales están en el nombre mismo del niño: «Dios-con nosotros». En todas las crisis que su pueblo atravesó, Dios estuvo siempre a Su lado. 

El salmo 23, que muestra cierto parentesco con los cánticos de Sión,señala las condiciones necesarias para acceder a la casa del Señor.

Lucas 1,26-38. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Al dirigirse el ángel a la muchacha de Nazaret, utiliza las palabras con que el profeta Sofonías invitó a Jerusalén a alegrarse, porque Dios le había levantado el castigo y se disponía a vivir dentro del recinto de sus murallas. Pero lo que para la Ciudad santa era sólo un porvenir remoto, para María es el presente inmediato; al convertirse en la madre del Mesías prometido al trono de David, recibe en su persona la visita escatológica anunciada por los profetas.

El Espíritu Santo descenderá sobre ella, y la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra. Por un lado, el Espíritu Santo; por el otro, la nube.

El Espíritu de la primera mañana del mundo, cuando la vida que emergía del caos original se lanzaba a la conquista del universo. La nube del desierto, señal de la presencia del Señor para su pueblo. María es la nueva Arca de la alianza; es la privilegiada de Dios. Mayor que Sara y que Isabel, porque el hijo que lleva en su seno es el Hijo de Dios.

Todo sucedió en el silencio, en el recogimiento del misterio. Dios hace su entrada en el mundo de los hombres, al abrigo de una casa tranquila e ignorada por los circuitos turísticos. Gabriel prescindió del templo construido por los hombres, para hacer que Dios naciera en la casa de David, que sólo Dios conocía. Y, a partir de entonces, esto se hizo costumbre para Dios: su misterio infinito sólo puede manifestarse en la casa del silencio. Las buenas noticias que sus emisarios nos comunican y los frutos que su Espíritu hace brotar en nosotros requieren todo nuestro recogimiento.

María se turbó al oír lo que el ángel le decía. ¿Cómo podría el silencio de su virginidad dar a luz a la Palabra de Dios? ¿Cómo podría la humilde sierva ser la madre del Rey eterno? Las palabras de Dios lo alteran todo, y sólo el silencio permite soportarlas sin morir de temor. Y, sin embargo, las palabras de Dios son verdad y se van a cumplir, pero en el recogimiento interior de una muchacha súbitamente fecunda.

El Espíritu Santo se posesiona de ella, pero esa posesión es apenas una brisa matinal, y nadie conocerá el misterio. El poder de Dios la cubre con su sombra, discretamente, para que el cuerpo del Hijo de Dios se forme en la fragilidad humana.

A partir de aquel momento, el silencio de María se hace aceptación, obediencia y fe. Permitirá que el fruto de Dios crezca en su interior, aportando ella la única participación que Dios puede bendecir: una fe total, humilde y bañada en alegría. David, el antepasado, soñaba con una morada magnífica, gigantesca, digna del Infinito. Pero Dios derriba a los poderosos y despide vacíos a los ricos. Quiere tener su morada entre los pequeños y los humildes.

Confía su palabra a quien ha amado el silencio lo bastante como para no confundir dicha palabra con su propio parloteo. Dios necesita nuestro silencio, porque quiere realizar para nosotros lo imposible. ¿Sabremos nosotros acoger a su Espíritu con tanto recogimiento interior como María, la virgen fiel, cuando dijo: «Hágase en mí según tu palabra»?

Bendito seas, Señor, en María, la Virgen, pues su silencio acogió la inmensidad de tu palabra. Tu Espíritu hizo una alianza con ella, y ella concibió en su corazón al que sostiene el universo.

Disponible al misterio que preparabas desde hacía siglos, ella entregó su vida para servir a tu palabra. Por eso ante ti, oh Dios que exaltas a los humildes, nuestro corazón se desborda de alegría y te bendecimos sin fin.

***

Emmanuel, Dios con nosotros, Jesús Salvador,

quédate con nosotros, Señor.

Hijo de David e Hijo de María,

quédate con nosotros, Señor.

Sol naciente, aurora de paz, germen de justicia,

quédate con nosotros, Señor.

***

Bendito seas, Dios y Salvador nuestro,

pues tu amor engendra al Esperado

y nuestra tierra da su fruto

en Jesús, tu Hijo.

Concédenos conservar estas cosas en nuestros corazones

hasta el día en que podamos darte gracias sin fin

por los siglos de los siglos.

***

¡A ti, Dios santísimo, nuestra alabanza!

Nuestra vida se moría

como tierra reseca,

¡pero tú, oh Dios, te acordaste de nosotros!

Una mujer dio cobijo a la esperanza,

y su carne se estremeció de alegría

al soplo de tu Espíritu,

para que naciera el hijo.

¡Oh Dios, que haces maravillas,

aclamamos tu misericordia!

Marcel Bastin// DIOS CADA DÍA

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