Publicado en Adviento, AMOR, Comunicación, CONFIANZA, CORAZÓN, DIOS, DOMINGO, ESPERANZA, LIBERTAD, MADRE, TERNURA, TRISTEZA, VIDA

21 de diciembre- DANZA PRIMAVERAL-

Cantar 2,8-14. Me gusta esta frase de R. Aqiba: «El mundo entero no vale lo que vale el día en que le fue dado a Israel el Cantar de los Cantares; todos los escritos inspirados son santos, pero el Cantar de los Cantares es el santo de los santos». Colección de cantos para unas nupcias, este libro canta el amor humano, completamente fascinado por su novedad. El joven pide a la muchacha que vaya a reunirse con él, y su deseo es tan ardiente y lozano como la primavera de Palestina. La naturaleza se hace cómplice.

Es la estación de los amores: la tórtola hace oír su arrullo en el campo, mientras el sol madura los frutos. También de un gran enamorado es esta frase: «De todos los textos sagrados, el Cantar de los Cantares es el que más me ha convencido de que la constancia de los amantes acude en auxilio de Dios». En efecto, la impaciencia del joven expresa el celo de Dios por la humanidad. Pues muy pronto se dio al Cantar un sentido alegórico (indicios de ello hay tanto en el Talmud como en los Targum): cantaba las nupcias místicas de Yahvé con Israel.

Pero el Dios de la ternura es también el Dios de la danza. Helo ahí (Sofonías 3,14-18a: lectura ad libitum) pregonando su alegría porque los desterrados vuelven al país. Ría con todo su corazón Jerusalén, porque Yahvé está en medio de ella: «¡Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor!»

Lucas 1,39-45. Alégrese Jerusalén, como cuando David danzaba delante del arca en medio del júbilo de todo un pueblo (2 Sam 6). Danza también tú, Israel, porque tu casa no es una tumba; ¡pronto resonará con los gritos del niño, que de momento retoza de alegría en tu vientre! Danza, María, pues cuentas con el favor de Dios. Corre adonde tu prima y llévale la paz. Entra en su casa; está muy cerca de Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas… ¡Canta, María, porque el sepulcro no podrá retener al Príncipe de la vida!

«Mira, ya ha pasado el invierno, han cesado las lluvias, el tiempo de las canciones ha llegado. ¡Levántate, amada mía!». Se ha levantado sin tardar, y la casa de Isabel desborda de alegría. La mujer estéril se ha quitado los vestidos de luto y, llevada por el hijo que vive dentro de ella y por el Espíritu que la embriaga, se ha puesto a danzar. Ha amanecido.

María saluda a su prima, e Isabel entra en éxtasis. La alegría se desencadena, porque viene del Otro, del que entra en el mundo para hacer que nazca la alegría. María, inspirada por el Espíritu que anima a su hijo, canta; Isabel exulta con la alegría del Precursor que aún no ha nacido. ¡Sí! Juan Bautista expresa ya su alegría, aun antes de nacer, pues la alegría nace de la promesa; la alegría se nos da cuando vamos a la vida, como el hijo nace de la esperanza.

La alegría nace de la promesa. Nos hacer mirar hacia adelante, más lejos, en la fe. La mujer estéril está en su sexto mes: cuando brota la primavera, no hay que pensar más en el invierno. Y María está en medio de nosotros como el icono de la fe, con ambas manos abiertas a cada día que llega. Danzará cada noche el que haya vivido en la gracia de la fe y sentirá cómo se estremecen dentro de sí el Espíritu y la vida, aunque aparentemente todo parezca estéril.

Porque todo creyente lleva en sí a Cristo. La fe sólo tiene sentido si suscita la vida. La virginidad de María es fecunda. Pero existe una fecundidad distinta de la de la carne, un don de la vida que surge en nosotros cuando entregamos sin reserva nuestras vidas al Soplo de Dios. Dichoso aquel en quien habita el Espíritu y un buen día rompe a cantar con fe: «¡Ven, amada mía, muéstrame tu semblante, porque es hermoso!». ¡Dichoso el que danza al son de una belleza que sólo la fe puede revelar!

***

Cuando tú estás con nosotros, Señor,

vibra tu Espíritu en nuestros corazones

y exultan nuestros labios de gozo.

Visítanos, ven a nosotros,

libera nuestras vidas estériles;

haz que podamos recorrer los caminos

e invitar a nuestros hermanos

a sumarse a la danza que ha de prolongarse

por los siglos de los siglos.

Marcel Bastin// DIOS CADA DÍA

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