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22 de diciembre- CÁNTICO PARA UNA REVOLUCIÓN-

1 Samuel 1,24—2, la y Cántico de Ana (1 Sam 2,1.4-8 passim). Ana, a la que su esterilidad había hecho perder la esperanza de tener descendencia, había prometido consagrar al Señor el hijo que él tuviera a bien concederle. Así pues, cuando Samuel vino al mundo, su madre subió al templo para entregar a su hijo al anciano sacerdote Eli. Al llegar, cantó Ana su acción de gracias al Dios de la vida. Su canto, que sirvió de inspiración al Magníficat, celebra el vuelco que ha experimentado la situación y del que ha salido beneficiada la mujer estéril. «Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte».

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Lucas 1,46-56, Magníficat, Benedictus, Nunc dimittis. El evangelio de Lucas está salpicado de cánticos cuyo sentido ha descifrado acertadamente L. Monloubou. Aparte de su función estética, que tiene una importancia secundaria, lo importante es la luz que esos cánticos proyectan sobre el acontecimiento con ocasión del cual son entonados. El nacimiento de Jesús está grávido de sentido para la humanidad, pero lo habitual es que los hombres pasen junto a él sin discernir nada, excepto en el caso de algunos privilegiados familiarizados con la palabra divina y visitados por el Espíritu.

Cuando María entró en casa de Isabel, lo primero que escuchó fueron palabras de felicitación. Comprendió el profundo significado de tales parabienes, y sus labios se abrieron para magnificar la obra divina. Reconoció que se cumplía en ella la promesa hecha por Dios a Abrahán y, sobre todo, cantó lo que descubría en la historia de su pueblo: Dios está con nosotros, presente en la vida de los hombres y en sus luchas. «Derriba del trono de los poderosos y exalta a los humildes». Bien sea que se ocupe de liberar a Israel de la esclavitud egipcia, o que envíe profetas a derribar los ídolos, es el mismo Dios el que se resiste a ver alienado al hombre. Lo más probable es que el origen del Magníficat haya que buscarlo entre los «anawim», cuya exaltación final canta María. En efecto, tras de la fe de María y la humildad del Salvador de Belén, se adivina a todos los pobres y hambrientos de la tierra. El Magníficat les dice que Dios se ha puesto de su parte.

Una muchacha entona el canto de la revolución, y el hijo que lleva en sus entrañas será el profeta de semejante conmoción. El himno de los pobres toma cuerpo en María, y el Espíritu repite en ella la conmovedora fidelidad de Dios, que viene a exaltar a los despreciados de la tierra. La santísima Virgen tiene que sufrir de veras con las dulzonas imágenes que hacemos de ella.

Dios se inclina hacia su humilde sierva, ¡y ella no se deshace en excusas de falsa modestia! En adelante, todas las edades la proclamarán bienaventurada… Es verdad que María era muy joven cuando dijo aquello, sin saber muy bien lo que decía; y es que los jóvenes son así de audaces… ¡Pero tanto mejor para Dios, pues es a él a quien María celebra!

¡Escuchadla, pues! «Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes». La lucha está perfectamente entablada: ¡Jesús tendrá a quién salir, cuando golpee a los fariseos en lo más vivo! «Derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes». María conoce los salmos; de ellos se nutre su oración, y está bien que así sea, pues ella nos enseña a orar de un modo que no tenga nada que ver con nuestras lamentaciones de pecadores escasamente convencidos. ¿Queremos ser humildes? ¡Pues aceptemos que Dios nos exalte!

«A los hambrientos los colma de bienes». ¡Ah!, María conoce ese hambre, ese deseo, esa pasión de vivir. Sin embargo, no vayamos a creer que dijo «sí» a Dios porque estuviera cansada de luchar. Todo lo contrario; precisamente porque Dios sabía que iba a encontrar en ella un hambre y una sed suficientes, por eso le pidió que llevara en su seno a su Hijo.

Esta es la revolución de Dios. Y a mí me alegra sobremanera que esta revolución haya empezado por una mujer joven. Porque las revoluciones de Dios van mucho más allá que nuestras pobres luchas de hombres sin aliento.

***

¡Dichosa la que creyó en tu Palabra,

y dichosos los que creen sin haber visto!

Tu Espíritu, Señor, supera siempre nuestras expectativas,

y tu poder es más fuerte que nuestros temores.

Concede una vez más a tu Iglesia la gracia de acogerte,

y que todo suceda para nosotros

como sólo tú puedes hacerlo posible.

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