Publicado en AMOR, CORAZÓN, DIOS, Navidad, VIDA

“¡Feliz Navidad!

 “¡Feliz Navidad! “Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador; alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la Vida”

El Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros para que todos lleguemos a ser hijos de Dios. Nos hemos venido preparando varios domingos para este día, pues acojamos con mucha alegría y gratitud en el pesebre de nuestro corazón el inmenso regalo del nacimiento de Jesús.

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Brisa Andina, desea a todos sus lectores una feliz Navidad. Que reine el amor, la compasión y la alegría en nuestra vida.

Hacemos nuestras las palabras del Papa Francisco para que estos deseos se hagan realidad en nuestra vida:

“La Navidad es, ante todo y sobre todo, alegría. La Navidad es un anuncio de alegría. Es la encarnación y la raíz de la alegría. La Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de luz, de paz. Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay mucha diferencia.

¡Compártelo! La Natividad de Jesucristo fue en la pobreza. La Encarnación fue el ejercicio supremo y sublime de la pobreza de un Dios que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. Nuestra Navidad será más Navidad en la medida en que sea pobre, sencilla, austera, y, sobre todo, solidaria. Y si Navidad es pobreza, que lo es, es también y radical y exigentemente caridad. No existe la Navidad sin la caridad. Navidad fue y es caridad. Y los cristianos no debemos vivir la Navidad sin prácticas y ejercicios concretos de caridad, que, ahora, en medio de la crisis, que no cesa, encuentra tantos y tantos destinatarios”.

Papa Francisco

¡¡¡¡Feliz Navidad!!!!

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Solemnidad de la Natividad del Señor

El regalo de la palabra ‘Jesús’

Querido amigo:

¡Estamos en plena Navidad! Hemos pasado el Adviento y ya se nos da el gran regalo: el regalo del nacimiento de Jesús. Y hoy celebramos esta gran solemnidad, la solemnidad de la Natividad del Señor. Y la Iglesia nos pone un texto un poco difícil, pero es lenguaje humano expresado en lenguaje divino… Y lo hace a través del texto de Juan, capítulo 1, versículo 18. Te invito a escucharlo tranquilamente y con toda atención:

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. 

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: “Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo»”. Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.   Jn 1,1-18

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Cuando oímos este texto, realmente nos resulta difícil. Pero cuando nos ponemos en pleno encuentro con Jesús, nos ponemos en pleno encuentro con Él, comprendemos tantas cosas de este texto… Se repite la palabra ‘palabra’, se repite la expresión ‘palabra’: “existía la Palabra”, “la Palabra era Dios”, “la Palabra era luz”, “la Palabra era vida” … Y se nos muestra un testimonio, una persona que hace de testigo de esta Palabra: Juan. “Y vino la Palabra”, “y esa Palabra no se recibió”, etc., etc. ¡Cuánto nos cuesta entender este texto! Pero en plena Navidad es tan profundo, tan lleno de vida, tan lleno de sentido, que encaja plenamente con el día de hoy: Dios ha nacido, Dios está con nosotros, Jesús está con nosotros. 

Esa Palabra, ese Logos, ese Verbo es Jesús. Y nos dice el texto frases profundas y bellísimas: “en Él estaba la vida”, “era la luz de los hombres” y “esta luz brilla en las tinieblas”, pero los hombres con su oscuridad, con su disipación, “no la recibieron”. “Hubo un hombre llamado Juan, enviado por Dios, que dio ese testimonio de la luz y fue testigo de la luz”. Y ese testimonio nos dijo que esa Palabra —Jesús— era la persona que ilumina la humanidad. Y hay una frase que a mí me impresiona mucho en este texto: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. “Pero a cuantos le recibieron les dio la luz”, les dio potestad, les dio de todo. Qué bonito repetir hoy:  “Y el Verbo se hizo carne”. Y el Verbo, el Logos, Dios, Jesús se hizo ‘yo’, se hizo carne, se hizo debilidad… “y habitó entre nosotros”. ¡Qué grande es esto, Señor!

Tú y yo, querido amigo, nos tenemos que poner a comprender con toda paz, delante del Misterio, delante del Nacimiento, esta gran verdad. Y postrarnos ahí… y adorar… y cantar… y alegrarnos… porque Él se ha hecho hombre y ha venido a los suyos, ha venido a mi vida para darme luz, para darme vida, para darme fuerza. “Y habitó entre nosotros”. “Y en medio del silencio, el Verbo, la Palabra se encarnó”. Que Jesús no pueda decir esto de tu vida y de la mía, querido amigo: “pero vino a los suyos y el mundo no le conoció”, vino a mi vida y yo no le conocí, vino a mi historia y yo no le conocí. 

“Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

“Y en medio del silencio, este Verbo se encarnó”.

Como Hijo de Dios, como Hijo suyo que quiere comunicarme todo, que desea estar conmigo, que quiere entrar en mi vida, más allá del folclore de la Navidad, del mundo de la Navidad, del sentimentalismo que pueda tener, tengo que llenarme de alegría por esta Buena Noticia, porque Dios ha nacido, porque quiere entrar en mi vida, en mi trabajo, en mi calle, en mi ciudad. “Yo soy la luz del mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas”.

Querido amigo, impresionante este texto, uno de los más profundos y uno de los mejores del Evangelio, que indican toda la teología de Jesús, una de las páginas más fuertes del Evangelio. ¿Por qué? Pues porque nos indica toda la esencia de la Historia de la Salvación, ¡toda la esencia! Es un fragmento de una profundidad grandísima y es las entrañas, la médula de toda la Salvación y toda nuestra religión y de todo nuestro cristianismo.

Querido amigo, hoy te invito a la adoración, a la alegría, a cantarle a Jesús: ¡gracias porque has venido a mi vida! Que yo no te cierre la puerta. ¡Ven, ven, Salvador [a] mí! Concédeme la paz que cantaron estos ángeles a los hombres de buena voluntad. Que no te decepcione mi falta de fe; que no te decepcione mi falta de paz; que las preocupaciones, las preparaciones, los alborotos, las algazaras de la Navidad no ahoguen tu venida en mí. 

“¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!”

Mis preparativos serán la oración, la alegría y la paz…

“Y el Verbo se hizo hombre y el Verbo se encarnó”.

 “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.

 “Y el Verbo era luz y el Verbo era vida y el Verbo era alegría”.

Pues tú y yo celebremos con gozo y con alegría el gran regalo de la Navidad, el Dios-conmigo, el Dios-con-nosotros. Pidámosle también perdón por tantas cosas. Nos pongamos al lado de María, con ese cariño, esa mujer tan buena que con su ‘sí’ nos acaba de entregar a su Hijo.

Silencio, adoración, y como un pequeño esclavito, alguien metido en la cueva de Belén, adorar… servir… gozar… alegrar… y darle gracias por su gran regalo de amor: el gran regalo de Jesús. 

“Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”.

“Y en medio del silencio, el Verbo se encarnó”.

Querido amigo, que así sea en tu vida y en la mía.

Silencio, alegría, adoración, gozo y explosión de amor con este Dios que quiere compartir mi vida para llenarla de luz… y de fuerza.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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24 de diciembre DADLE VOZ A LA ALABANZA

2 Samuel 7,1-5.8b-11.16. David conquistó la ciudad santa y mandó construir para él un palacio de madera de cedro; es el rey de Israel y de Judá. Ahora está madurando un gran proyecto: edificar un templo digno del Dios que le sostuvo en sus empresas y centralizar el culto en Jerusalén.

¡Una gran ambición para un gran rey! Pero David no tendrá tiempo para emprender esa construcción que, al fin, realizará su hijo Salomón.

En lo que se refiere a la dinastía que él fundaba, el rey fue más afortunado. Natán, el profeta oficial de la corte, será no sólo el artífice de la ascensión de Salomón al trono, sino el intérprete ante el rey del favor divino. Así, aunque David, que todo se lo debía a Dios, no pudo edificar el templo, Yahvé consolidará más tarde su trono.

El salmo 88, salmo real, celebra la promesa de Dios a David en lo referente a su descendencia. Es posible que su objetivo sea acreditar la idea dinástica en un momento de crisis, quizá con ocasión de la división del reino.

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Lucas 1,67-79. Nueve meses de silencio: tiempo para que la palabra divina madure en el corazón de Zacarías, y tiempo también para que el sacerdote se abra a la gracia.

Originariamente, el Benedictus cantaba sin duda al Mesías, e hizo falta toda la astucia de Lucas para aplicarlo a Juan Bautista. Pero ¿qué importa eso, si lo que el poema canta es la salvación en marcha? En efecto, el niño que acaba de nacer es como el anticipo del otro niño, del que lleva María y en el que se cumplirá la antigua promesa hecha a Abrahán. En él, Sol de lo alto, serán bendecidas todas las naciones. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz intensa: habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1). Aquí se alude a todas las naciones: las provincias separadas de Jerusalén y sometidas entonces al yugo asirio; los pueblos paganos que Lucas tiene la satisfacción de ver entrar en el concierto de las Iglesias.

«Inmediatamente se le soltó la lengua a Zacarías y empezó a hablar bendiciendo a Dios». La duda y el miedo dejan paralizado al hombre en su sitio, presa de un mutismo que no es el silencio del recogimiento, sino la incapacidad para el Espíritu de abrirse camino. Zacarías, que no era más que un simple anciano, quería que se le diera una señal; había olvidado la lección de Abrahán… No quería ponerse en marcha sin estar seguro de encontrarse en el buen camino. Y se le dio una señal: nueve meses de reclusión, el tiempo para poder Dios realizar su obra y crear a un hombre que fuera el signo de su gracia.

¡Pero Dios únicamente condena para liberar mejor! Pacientemente, ha transformado el mutismo del anciano sacerdote en un silencio interior en el que la Palabra se prepara, germina y se desarrolla. Durante nueve meses ha rumiado Zacarías la palabra; ha leído el acontecimiento, como se diría hoy, a la luz de las Escrituras. Por eso, una vez que ha nacido el niño, ya no tiene nada más que buscar: se convierte en sacerdote de la nueva alianza.

Su papel ya no consiste en ofrecer sacrificios interminables, sino en dar voz a la palabra de todo un pueblo. ¡Oídle cómo da gracias a Dios!

«¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo!».

Hoy ha venido la salvación a esta casa. ¡Ha liberado mi palabra, ha liberado su gracia! El tiempo se ha cumplido: Dios ha suscitado su fuerza en la casa de David, acordándose de sus promesas y de su fidelidad. Ha recordado su santa alianza, el juramento que hizo a nuestro padre Abrahán para los que pusieran en él su fe.

«Y tú, niño, serás profeta; prepararás el camino del Señor, guiarás a su pueblo en la luz que procede de lo alto. Fuiste concebido por la bondad de nuestro Dios; llevarás la paz a los que vagan en las sombras de la muerte».

Sí, ha nacido el día. El astro de la mañana viene a visitarnos. La luz de un nuevo día ilumina nuestros desiertos. Juan marchará pronto al desierto, y allí permanecerá hasta el día en que haga su aparición el que es para los hombres la luz verdadera, la vida y la esperanza.

***

He aquí la ternura del corazón de nuestro Dios:

de lo alto del cielo

ha bajado un astro a visitarnos.

Guía, Señor, nuestros pasos,

hasta la luz de tu gracia,

Jesucristo, tu hijo, tu rostro.