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29 de diciembre LA CITA


1 Juan 2,3-11. En un segundo momento, Juan opone a la actitud de los fieles que guardan con fidelidad la Palabra, la actitud de los gnósticos, que para liberarse del yugo de los mandamientos se jactan de poseer un «conocimiento superior». Frente a ambas actitudes, saca la conclusión de que estos últimos viven en la mentira, porque, en definitiva, su comportamiento equivale a separar la fe de la vida de cada día.

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Así pues, el verdadero creyente es el que observa la ley; pero aquí, lo mismo que en el cuarto evangelio, esa ley se resume sencillamente en el mandamiento del amor. Este mandamiento es antiguo y nuevo a la vez: antiguo, porque tiene sus raíces en la tradición viva de la Iglesia; nuevo, porque en la cruz enseño Jesús la profundidad con que el hombre está llamado a vivirlo.

El salmo 95 es una invitación a la alabanza. Cuando Dios viene a juzgar al mundo, la creación entera tiembla ante su majestad.

Lucas 2,22-35. «Setenta semanas están fijadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebeldía, para grabar el sello a los pecados, para expiar la iniquidad, para instaurar justicia eterna, para sellar visión y profecía, para ungir al santo de los santos» (Dan 9,24). Hoy ha sonado la hora de la cita. Dios entra en su templo; viene a morar entre los hombres.

Pero es una visita sin tambor y sin trompeta. Yahvé viene como un niño en brazos de su madre. Como un recién nacido consagrado al servicio de Dios, que es también servicio a los hombres. Movido por el Espíritu, Simeón va a su encuentro y bendice a Dios. El anciano contempla la gloria divina, y ahora ya puede morir en paz: es el viejo Israel el que se va para dar paso a la alianza nueva. Pero, aunque Simeón ve la gloria de Dios, la muerte ya se insinúa en el camino de Jerusalén. Dios visita a su pueblo, y comienza el juicio; efectivamente, allí está el niño «para que muchos caigan y se levanten en Israel». Dios viene como una señal, y María, la hija de Sión, se sentirá desgarrada por el drama de su pueblo.

Entre la inmensa muchedumbre que ha acudido al templo, Jesús pasa inadvertido. Los sacerdotes, demasiado ocupados con los ritos que deben realizar, no advierten nada especial. María y José se confunden con la gente de tal manera que Dios puede acudir de incógnito a la cita. Pero un anciano y una anciana esperan discretamente en oración; esperan al Mesías, y esperan con la paciencia infinita de las personas ancianas, a las que nada puede desanimar. Por eso sus ojos medio cerrados reconocieron al Señor. Salieron a su encuentro.

Siempre que Cristo acude a un encuentro, a una cita con nosotros, lo hace sin estruendo. Hoy acude pequeñín, como un recién nacido. Mañana acudirá discreto, como un amigo que llama a la puerta. Al atardecer, mendigará nuestra mirada, cuando lo expongan desnudo en una cruz. Y una vez resucitado, viene de nuevo, se aparece, pero nuestras manos no pueden retenerlo: apenas lo hemos reconocido, y ya ha desaparecido.

Simeón va al encuentro. Movido por el Espíritu, toma en sus brazos a Jesús. No todo es conforme a las normas, pues Simeón no es sacerdote del templo. Pero la religión ha de estar por encima de las normas ya hechas, y el anciano nos da ejemplo. Y es que el Hijo de Dios acude siempre a la cita para que cada cual le tienda los brazos y se funda estrechamente con él; para encontrarse con Dios hay que poner todo el corazón en ello. Y es, sin duda, por haber invitado Jesús a cada hombre a vivir su religión con el corazón, sin remitirse a otros, por lo que la irritada multitud pedirá un día su cabeza.

Frente a Cristo, apenas hay más que dos actitudes posibles: o entro en el amor hasta morir por él (ése es el «mandamiento nuevo»), o rechazo el amor y pido la muerte de Cristo. Las citas con Cristo ponen siempre los corazones al descubierto, a plena luz.

Evidentemente, nuestra fe es una espada cortante que penetra hasta lo más profundo del corazón. Religión de Jesús, venido a hacer la voluntad del Padre. Religión de María, que medita estas cosas y emprende ya el camino del Calvario. Religión de Simeón, el creyente, que entona su «Nunc dimittis». El anciano lleva al niño en sus brazos, pero es el niño el que guía sus pasos. «Si quieres ser mi discípulo, déjalo todo», dice Jesús.

***

Aislado, cada hombre busca en su propia noche;

las tinieblas han cerrado los corazones al amor.

Pero tú, Señor, enciendes

una luz nueva para guiar a todos los pueblos.

Guíanos, Señor, abre nuestros ojos

para que todos tus hijos

podamos caminar a un mismo paso

en la claridad de tu Hijo Jesucristo,

nuestro Señor.

Marcel Bastin//DIOS CADA DÍA

 

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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.