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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


El título de «María, Madre de Dios» recuerda el gran debate teológico que apasionaba, cuando no los dividía, a los cristianos de los primeros siglos.

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Aquel debate se centró en la cuestión trinitaria: se trataba de conciliar la fe en la divinidad de Jesús con la fe en la unicidad de Dios. Numerosos teólogos de aquella época se contentaban con subordinar el Hijo al Padre; incluso algunos, como el obispo de Antioquía, Pablo de Samosata, llegaron a afirmar que Jesús no era más que un hombre, en quien había habitado el Verbo «como en un templo». El paladín de esta tendencia fue, indiscutiblemente, Arrio, que no sólo subordinaba el Hijo al Padre, sino que le negaba la naturaleza y los atributos divinos, como la eternidad y la generación divina; para este sacerdote alejandrino, que fue condenado por el concilio de Nicea (325), el Verbo no era más que una criatura.

Los arríanos, por otra parte, no contentos con negar la divinidad del Hijo, mutilaban su humanidad y le negaban un alma humana. De hecho, se inscribían en la corriente gnóstica que devaluaba la materia y, por lo tanto, la humanidad de Cristo, corriente contra la que se había alzado ya el autor de la 1.a Carta de Juan. Ciertamente, en el siglo II Ireneo de Lyon había realizado una primera síntesis y había mostrado que el significado redentor de Cristo provenía del hecho de que éste hubiera recapitulado todas las fases de la existencia humana en una fidelidad absoluta a su Padre. Sin embargo, la síntesis de Ireneo no se conservó íntegramente; si la unidad de la persona de Cristo era generalmente admitida y, consiguientemente, dada por supuesto en el punto de partida, la explicación que de ella se daba era excesivamente unilateral. Occidente era excesivamente racional, mientras que la escuela de Alejandría privilegiaba el aspecto de revelación, interesándose sobre todo en el hecho de que Jesús, en cuanto Palabra, permitía conocer al Padre. Con todo, esta escuela no apreciaba en su justo valor la autenticidad humana de Cristo De hecho, la explicación, que debía hacer resaltar progresivamente todo

el alcance del dogma cristológico, enfrentó entre sí a las escuelas de Alejandría y de Antioquía, en Siria. La teología de Nicea encontró su principal defensor en la persona del obispo alejandrino Atanasio, que consagró su vida a la tarea de intentar que las decisiones conciliares calaran en la vida de la Iglesia. Puso nuevamente de relieve el pensamiento de Ireneo, especialmente la doctrina del «intercambio», según la cual, Dios se hizo plenamente hombre para que, a su vez, el hombre pudiera vivir de manera divina. Defendió la divinidad de Jesús, pero también insistió en que, si éste no hubiera asumido la naturaleza humana en todos sus aspectos, el género humano no estaría auténticamente salvado. Hay que señalar, sin embargo, que Atanasio dejaba en la sombra la actividad humana de Jesús, haciendo de él un ser indudablemente penetrado de Dios, pero meramente pasivo, lo cual provocó la reacción de la escuela de Antioquía, que puso el acento en la humanidad auténtica del Salvador. Al revés que la escuela de Alejandría, que subrayaba con fuerza la unión de las naturalezas humana y divina, la escuela de Antioquía hacía hincapié en la distinción y en la plenitud de ambas. El pretexto para el enfrentamiento lo proporcionó un discípulo de Atanasio, Apolinar de Laodicea, que, presentándose como el portavoz de su maestro, arremetió contra la naturaleza humana de Cristo, lo cual suscitó una violenta réplica por parte de los teólogos de Antioquía Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia, que rechazaban la encarnación propiamente dicha y únicamente admitían una mera inhabitación del Logos en el hombre Jesús. No confesaban el nacimiento del Hijo de Dios, sino el de un hombre en el que habitaba Dios.

La disputa estalló abiertamente cuando un sacerdote, Anastasio, se puso a censurar en sus sermones el título de «Madre de Dios» otorgado a María desde mucho tiempo atrás; ésta, según Anastasio, no podía ser llamada Theotokos (Madre de Dios), sino únicamente Christotokos (Madre de Cristo). Semejante afirmación originó una gran indignación, pues el título mañano criticado por Anastasio gozaba del favor popular. Se crearon entonces dos partidos: el primero, encabezado por Nestorio, nombrado obispo de Constantinopla por merced imperial; el segundo, Dirigido por Cirilo, el muy enérgico obispo de Alejandría.

En realidad, la disputa teológica se duplicaba con una rivalidad político-religiosa, y enfrentaba entre sí a los dos patriarcas más prestigiosos de la Iglesia de Oriente. En el año 431, el emperador Teodosio II, instigado por Nestorio, convocó en Efeso un concilio general cuyo desarrollo fue particularmente agitado.

La unión no se consiguió hasta El 433, en que la unidad de la persona de Cristo fue reconocida como verdad de fe: «Pues se hace la unión de dos naturalezas. Por eso afirmamos un Cristo, un Hijo, un Señor. A causa de esta unión sin confusión, confesamos a la santa Virgen, Madre de Dios».

Números 6,22-27. Se ha observado muchas veces que el título del libro de los Números en las biblias hebreas («En el desierto») le cuadraba perfectamente a la situación de Israel en aquella época. En efecto, el libro abarca el período de formación del pueblo en los desiertos que bordean Palestina al sur y al sureste.

Sin embargo, la bendición de Nm 6,22-27, aunque de formulación arcaica, debió de ser incorporada al libro tardíamente. Efectivamente, esa bendición parece estar reservada a los sacerdotes, mientras que otros documentos revelan que también los reyes bendecían a su pueblo. Por otra parte, toda la teología subyacente es sacerdotal: Yahvé, que no tiene morada en la tierra, habita, sin embargo, en medio de su pueblo gracias a la institución de los sacerdotes y de los levitas.

Recuérdese que algunas variantes textuales escriben los verbos en futuro, lo cual confiere a la bendición un valor profético. Esta disposición fue entendida por algunos Padres de la Iglesia como un anuncio de la venida de Cristo, «paz y reconciliación nuestra» (./. de Vaulx).

El salmo 66, de factura compuesta, une la oración con el género hímnico e invoca el favor del Señor para su pueblo.

Gálatas 4,4-7. En el capítulo precedente ha explicado Pablo el papel que la Ley desempeña en la economía de la salvación: ella ha revelado al hombre su debilidad, aun sin poder por ello liberarlo. No obstante, esa Ley no anulaba la promesa hecha a Abrahán; al contrario, esa promesa iba a cumplirse con la venida de Cristo, cuya encarnación inauguró el tiempo del cumplimiento, comparado por el apóstol con la emancipación del hijo.

Hasta ese momento, el hijo no posee nada propio; no puede entrar en posesión de los bienes que le pertenecen y está sometido a sus tutores. En el fondo, se encuentra en una situación comparable a la del esclavo. Tal era la situación de los judíos, sometidos a la Ley hasta la venida de Cristo, así como la de los gentiles, sometidos a sus pasiones. Para liberar de estas esclavitudes a los hombres envió Dios a su Hijo, nacido de mujer y sujeto a la Ley. Efectivamente, es en lo concreto de su existencia humana donde Jesús libera de sus alienaciones a los hombres.

Lucas 2,16-21. El evangelio de los pastores tiene un cierto sabor pascual. Aquí, como en el libro de los Hechos (2,47), se ve a los creyentes compartir la Buena Noticia con todos aquellos con quienes se encuentran, e incluso celebrar el acontecimiento «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído». Sí, aquellos pastores son ya la Iglesia.

Como ocurre también en los Hechos, María se mantiene en medio de aquella Iglesia misionera y laudatoria. A la manera de los depositarios de los secretos apocalípticos, conserva en su corazón los acontecimientos de los que ha sido testigo privilegiado. Es verdad que esos acontecimientos sólo alcanzarán su sentido último con la Pascua, pero ya en casa de su prima Isabel cantó María la obra del Espíritu. ¿No es el niño del pesebre —Dios-salva— la sonrisa de Dios, como lo fue Isaac?

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***

Hijo de Dios venido en nuestra carne,

hijo de María y hermano de los hombres,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

Rostro del Padre, prenda de paz para el mundo,

mediador entre Dios y los hombres,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

Palabra renovadora, fuente de esperanza,

concebido por el Espíritu, verdadero hombre,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

***

Dios de luz,

bendito seas por cada mañana

y por cada nuevo año,

promesa de vida y de renovación.

Dios de ternura,

bendito seas por el corazón de cada hombre

y por las manos que se abren

en señal de paz.

Dios y Padre de Jesucristo,

bendito seas, más aún,

por la mirada de tu Hijo,

reflejo insondable de tu amor.

¡Bendito, glorificado y santificado seas

por Aquel que abrazó nuestra carne

y nos transfigura en tu luz!

Que con tu Iglesia

te canten los ángeles en los cielos,

pues tú eres el Dios de lo infinito

y el Dios de toda ternura,

y es a Ti a quien aclamamos.

***

Señor Jesucristo,

tu nacimiento fue la aurora de una paz nueva

para los hombres que tú amas.

Mira una vez más el amor

que tú mismo has depositado

en el corazón de tu Iglesia,

y, para que en este nuevo año

pueda ella cantar tu gloria,

dígnate unir nuestras manos

en la unidad y en la alegría.

Quédate con nosotros, Emmanuel,

y danos una paz que dure

por siglos y siglos sin fin.

Marcel Bastin//DIOS CADA DÍA

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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.