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2 de febrero. LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR!


 

A los cuarenta días del nacimiento de Jesús, celebramos hoy su presentación en el Templo. Jesús es llevado por sus padres, María y José, como hacían todas las familias judías con su primogénito, para ofrecerlo a Dios y luego “rescatarlo” dejando en su lugar, si eran pobres, como es éste el caso, “un par de tórtolas o dos pichones”.

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En el Templo, dos personas mayores, Simeón y Ana, llenas de fe y de Espíritu, saben reconocer en aquel niño al Señor y Mesías, luz y salvación de la humanidad, y alaban gozosos a Dios.

Es una fiesta muy antigua en la Iglesia. La peregrina Egeria, afínales del siglo IV, ya narra cómo se celebraba en Jerusalén.

Los orientales la llaman hypapanté, que en griego quiere decir “encuentro”: en efecto, junto a María y José, aquellos dos ancianos son los representantes del Israel de la fe, que saben salir al encuentro de Dios que viene a salvar a la humanidad. Entre nosotros antes se llamaba “la purificación de Nuestra Señora” o, también, “la Candelaria”, por la procesión con candelas, con las que se simboliza a Cristo, “luz de las naciones”.  

En el Calendario de Pablo VI (1969) ha vuelto a ser considerada, conjuntamente, como fiesta mariana y fiesta del Señor: “la Presentación del Señor en el Templo”. Como dice Pablo VI en la Marialis Cultas, “es la celebración de un misterio que realizó Cristo y al que la Virgen estuvo íntimamente unida como la Madre del Siervo de Yahvé, ejerciendo un deber propio del antiguo Israel y presentándose, a la vez, como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza por el sufrimiento y la persecución” (MC 7).

  • De las dos lecturas que se ofrecen antes del evangelio, se puede escoger la primera, de Malaquías, para los años impares, y la segunda, de Hebreos, para los pares.

Malaquías 3,1-4: “Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis ” El profeta Malaquías, en el siglo V antes de Cristo, anuncia cómo Dios enviará a un mensajero suyo, que “entrará en el santuario” como “mensajero de la alianza”.

El pasaje ha sido elegido precisamente en el día que recordamos cómo Jesús entra por primera vez en el recinto del Templo de Jerusalén. Todavía no con las características de que hablaba el profeta, en plan de purificación y reforma radical, “como un fuego de fundidor que refina la plata” o como “lejía de lavandera”, porque es un niño de pocos días. Pero luego, cuando ya esté actuando en su misión mesiánica, sí entrará con autoridad y palabra profética.

En sintonía con esta entrada solemne del enviado de Dios está el salmo 23: “Portones, alzad los dinteles, va a entrar el Rey de la gloria”. Aunque en el caso de Jesús niño, sólo unas pocas personas reconocen su llegada al Templo como la hora de la salvación esperada desde hacía siglos.

  • Hebreos 2,14-18: “Tenía que parecerse en todo a sus hermanos “

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el verdadero Sacerdote, el mediador auténtico entre Dios y la humanidad. El pasaje que leemos hoy subraya, sobre todo, su cercanía con nosotros, su solidaridad plena: “tenía que parecerse en todo a sus hermanos”, tenía que ser “de la misma carne y sangre” que los demás hijos de Abrahán. Es lógico que esto se recuerde en el día de su presentación en el Templo, cumpliendo lo que hacían todas las

familias judías. Jesús se ha encarnado en la humanidad con todas las consecuencias, para salvarnos desde dentro.

El sorprendente motivo de esta sintonía de Jesús con su pueblo es que así podrá “ser compasivo y pontífice fiel”. Un mediador debe estar en contacto con las dos partes. En este caso, Jesús es el pontífice perfecto, porque es Dios y a la vez es hombre como nosotros, y “como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.

También con esta lectura resuena el salmo 23: Jesús, el sacerdote verdadero, es el que entra ahora por las puertas del Templo como “rey de la gloria”, para ejercer su ministerio de mediador y reconciliarnos con Dios.

Lucas 2,22-40: “Mis ojos han visto a tu Salvador” En esta escena entrañable -que sería bueno leer por entero- Lucas nos cuenta el significativo “encuentro” del Hijo de Dios con unos fieles representantes del pueblo que “esperaban el consuelo de Israel”. María, José, Simeón, Ana: vale la pena recordar sus nombres. No son importantes según las categorías sociales de su pueblo, pero son personas creyentes, abiertas al Espíritu, y han tenido luz en sus ojos para reconocer al Salvador. Son los primeros de tantos y tantos que, a lo largo de los siglos, les han imitado en su fe.

Simeón prorrumpe en su breve himno Nunc ditnittis, lleno de teología: ve en este niño el cumplimiento de todo el Antiguo Testamento, la luz de las naciones y el destino pascual de su entrega en la cruz. Y exclama gozoso: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”: un himno que hoy podríamos cantar no sólo en Completas, sino también en la Eucaristía, como canto de entrada o después de la comunión. Ana “daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. María, la madre, está muy activa hoy, y lo estará también al pie de la cruz, cuando su Hijo se entregue por la humanidad. Mujer experta en dolor, como el anciano Simeón se encarga de anunciarle, porque su Hijo será un signo de contradicción en medio de este mundo. En los textos de la Liturgia de las Horas se acentúa sensiblemente el tono “mariano” de este día, que en la misa es muy escaso.

La fiesta de hoy, en cierto modo, sirve de clausura de la celebración de la Navidad y nos ayuda a entenderla en profundidad.

  • Ante todo, admiramos la sencillez y la solidaridad de Jesús con su pueblo, con nosotros. Dios anuncia los tiempos mesiánicos con un signo entrañable: un niño pequeño que entra en el Templo en brazos de sus padres, gente humilde y sencilla. Es el estilo de Dios. Jesús ha nacido, recorrerá nuestro camino, incluido el de la pobreza y del dolor, y luego morirá, y así podemos tener en él un Mediador comprensivo y cercano. Él es nuestra Luz.

Hoy, popular día “de la Candelaria”, se refleja todavía la luz de la Navidad como consigna de salvación para todos.

  • Por otra parte, la fiesta de hoy se puede decir que abre la puerta al ciclo de la Pascua. Jesús es consagrado a Dios en una primera ofrenda, llevado por sus padres. Más tarde, al final de su vida, se ofrecerá él mismo, en una entrega total, en la cruz, por la salvación de la humanidad. Son dos ofrendas sacrificiales que están relacionadas, la “matutina” y la “vespertina”, y que dan unidad a toda la vida de Jesús.

La Navidad y la Presentación están íntimamente relacionadas con la Pascua de Jesús.

  • Hoy nosotros, como Simeón y Ana y, sobre todo, como María y José, “salimos, Menos de alegría, al encuentro del Salvador” (prefacio) y reconocemos en Jesús la Luz de las naciones, deseando que nos ilumine también a nosotros. Por eso hemos comenzado la misa entrando en procesión con candelas encendidas en nuestras manos y cantando alabanzas a Cristo Jesús.

Hemos imitado a aquella pareja de ancianos -Simeón y Ana-y a aquella otra pareja de jóvenes -José y María- que nos dieron admirable ejemplo de fe y de acogida.

  • A la vez, intentamos imitar su actitud de ofrenda generosa a Dios. En este día 2 de febrero, se está creando la costumbre -sobre todo en Roma- de que los religiosos agradezcan a Dios el don de la vida consagrada y renueven su compromiso de seguir a Cristo en su camino de entrega por los demás, intentando ser signos cada vez más luminosos del evangelio de Jesús para el mundo.

Todos, religiosos y no religiosos, como cristianos, hemos empezado nuestro camino con Jesús el día de nuestro bautismo, nos hemos consagrado a él, y día tras día renovamos nuestra entrega, cada uno en su género de vida. Y esperamos terminarlo, en la hora de nuestra muerte, con la luz de nuestra fe y de nuestro amor todavía encendida, siendo entonces nosotros los que seremos “presentados” en el Templo del cielo. Lo pediremos a Dios al final de nuestra Eucaristía: “así como a Simeón no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna”.

“De nuestra carne y sangre participó también Jesús”

“Luz para alumbrar a las naciones”

“Concédenos caminar por la senda del bien, para que podamos

llegar a la luz eterna” {bendición de las candelas)

“Salimos, llenos de alegría, al encuentro del Salvador” (prefacio)

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Autor:

Mi nombre es Maria Dilma. Con este Blog, quiero compartir mis experiencias. Me sirvo de LA PALABRA escrita, por medio de frases cortas y bien pensadas, que surgen del sentimiento más profundo de mi ser. Cada pensamiento será producto del momento y las circunstancias en las que se dan. Soy consciente de que todo mensaje responderá a quién y desde dónde se diga, y esto puede dañar, ensalzar, difamar, informar o desinformar a las personas. Sin embargo, quiero que junt@s "nos conozcamos a nosotros mismos, seamos lo que debemos ser". Aquí encontrarás temas Espirituales en la vida cotidiana y, sobre todo, temas psicológicos. Espero que sea de tu agrado y que Dios -PALABRA VIVIENTE- me ayude a llegar a ti por medio de mis reflexiones y a no perder de vista el fin propuesto. Seas BIENVENIDO/A.