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4 de Cuaresma- Asombrarse ante Dios-

“Dijeron, pues, otra vez al ciego: ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos? Respondió: Que es un profeta. No creyeron los judíos que aquel hombre habiendo sido ciego pudiera haber llegado a ver, incluso llamaron a los padres del que había recibido la vista y les preguntaron” (Jn 9, 17-19)

El universo, al igual que Dios, representa la belleza viva, cuya forma fluctúa constantemente con nuevos encantos. Los cielos estrellados fueron las primeras insinuaciones de la belleza que impregnó el pensamiento de los hombres y de las mujeres primitivos. Apenas tenían bienes materiales, pero poseían la capacidad de la percepción sensorial, que les llevaba al asombro. Durante esas largas noches contemplaban maravillados los movimientos de las estrellas. Debió ser entonces cuando entendieron el significado de la belleza: una insinuación de Dios.

A través de las estrellas supieron que Dios estaba ahí y que era más poderoso que ellas porque Él las creó, las ubicó y las puso en movimiento. Por ello, la belleza guió al hombre hacia Dios, como más tarde razonó Tomás de Aquino.

Y no sólo las estrellas, también el mundo natural que observamos a la luz del día nos habla de Dios. Pero es necesaria una actitud de inocente de asombro y la capacidad de contemplación para descubrirlo.

Cuando Jesús hacía saltar las leyes de la naturaleza con sus milagros, la gente sencilla se admiraba de tales prodigios, y no podía por menos de advertir en Él la mano de Dios. Es bello ver a un ciego que recupera la vista; y es bello el mundo que el ciego descubre después de una noche tan larga. Quizá los ciegos tengan una sensibilidad especial para valorar lo que otros ya estamos acostumbrados a ver. Qué pena si ya no nos asombrásemos, porque todo nos puede hablar de Dios.

Señor, que yo no sea ciego ante las maravillas que has hecho y haces ahora; dame sensibilidad para advertir la belleza que Tú has puesto en la creación, y sobre todo en mi alma en gracia. ¡Qué bello es el mundo que has hecho!, haz que no me cierre a tus obras por mi soberbia. Que vea, Señor, con tus ojos la creación, a los demás y a mí mismo. Y, sobre todo, hazme contemplativo de Ti, belleza infinita, que sacias sin saciar.

Jesús Martínez García

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4º Domingo de Cuaresma…

Jesús da luz a los ojos de un ciego de nacimiento

Querido amigo:

En este 4º Domingo de Cuaresma, caminando hacia la Pascua, vemos que nos faltan muchas cosas necesarias. El domingo pasado veíamos cómo Jesús nos daba agua, colmaba nuestra sed. Hoy necesitamos la luz. Él es la luz que nos ilumina y Él nos ofrece y se nos ofrece como luz. Lo vamos a ver en el texto maravilloso de este milagro tan explicativo y tan narrativo que nos ofrece el Evangelio de san Juan, capítulo 9, versículo 1 al 41:

Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa ‘Enviado’)”. Él fue, se lavó y volvió con vista.

Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ése el que se sentaba a pedir?”. Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece”. Él respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?”. Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No lo sé”.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?”. Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?”. Él contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”. Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.

Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él”.

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntan de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?”. Les contestó: “Os lo he dicho ya y no me habéis hecho caso, ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?”. Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.

Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene”. Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?”. Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”.

Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos”.

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?”. Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ‘vemos’, vuestro pecado permanece”. Jn 9,1-41

El evangelista san Juan nos narra hoy un milagro precioso. Ocurre en sábado: Jesús pasa ante un ciego de nacimiento que pide limosna en el Templo, le mira con compasión; los discípulos se extrañan y le preguntan: “Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Estaban influenciados por esa creencia [de] que cualquier enfermedad era un castigo, era un pecado. Pero Jesús no habla. Hace polvo con su saliva, un poco de barro, se lo unta a los ojos de este ciego y le dice: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.

Este hombre —habría que verlo con sus ojos llenos de barro— con fe va a la piscina, en esas aguas medicinales, en esa agua municipal, y ahí ve cómo se le abren los ojos y se cura. Pero ahora viene una situación todavía más difícil: una vez que este hombre es curado, entran en escena los fariseos —como jueces— y los testigos. Testigos de esto los vecinos, porque era ciego; sus padres, que no se quieren inmiscuir y tener represalias, y dicen: “Sabemos que éste era nuestro hijo y que era ciego, pero no sabemos ahora cómo se ha curado”. Y los fariseos acosan de preguntas a este pobre hombre y él repite una y otra vez: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Y vuelven a preguntarle y a preguntarle, hasta que aparece Jesús, se hace el encontradizo con este hombre y le dice: “Pero ¿tú crees en el Hijo del hombre?”. Y él contesta: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea?”. “El que estás viendo”. “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Un relato precioso de un momento clave de la conversión. Es todo el proceso de conversión. Esta Cuaresma nos viene muy bien preguntarnos por nuestras cegueras. No queremos ver tantas cosas… No queremos ver nuestra propia realidad, no queremos ver nuestros egoísmos, nuestro bienestar. Todo nos ruboriza, pero tiene que aparecer Cristo, que es la luz y que va en nuestra búsqueda para sacarnos de las tinieblas hacia la luz. Jesús es el protagonista principal de esta escena y de mi vida; es Él capaz de iluminar mi oscuridad, mis cegueras; es la respuesta a todos mis interrogantes. ¡Y cómo recobro la luz cuando me encuentro contigo, cómo empieza mi verdadero camino de conversión!

¿Cómo? Yo te pido hoy a través de este relato tan maravilloso que me fije en ti, porque eres mi luz y el que das luz a mi fe; que cuando vea, podré ver todo de otra manera y que veré todo fruto de tu bondad; que, aunque esté ante tantas cosas, ante tantos miedos, que sepa que realmente eres Tú el que me has curado. 

Querido amigo, te invito y me invito a un proceso de conversión como nos narra el texto de hoy. Este ciego quiere ver, no está a gusto con su ceguera.

¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Pedirle a Jesús, pedirte a ti, Jesús, deseo de la luz, deseo de ver. Un segundo paso que también te pido hoy: que yo me deje curar, iluminar; que me deje colocar mi propio barro por ti, para que en mi propio barro me des la luz. Que sepa encontrarme —tercer paso— contigo y que sepa adherirme a tu vida. Y que oiga: “Antes eras tinieblas, antes estabas en tinieblas, pero ahora estás en la luz”.

Te pido hoy, Jesús, que, en este encuentro tan precioso, tan maravilloso, tan bueno, que sepa convertirme en la Cuaresma, que sepa ir a la luz. Dame ese deseo: que me deje iluminar, que no sea rebelde a tus caminos, que sepa recobrar la vista cuando Tú me toques y que vea mis cegueras para que, no viendo, acuda a ti. Jesús, yo te pido hoy: compadécete de mí oscuridad. Tú pasas junto a mí y no te veo. Toca mis ojos con tu mano, llévame a lavarme a la fuente de tu Corazón, permíteme que te sepa contemplar, permíteme que sepa contemplar la vida con la luz de la fe y que abra estos ojos con gozo para sentirte y contemplarte, para que pueda dar testimonio de ti, para que tenga valentía ante todos, para que no tenga excusas y que pueda decir: ¡ahora veo!

¡Gloria a ti, Jesús, por siempre! ¡Gloria a ti! Que te confiese, que te alabe.

Hoy, querido amigo, tú y yo nos preguntamos: ¿dónde están nuestras cegueras? ¿Cuáles son? Te invito a acudir a Jesús agarrados de la mano de María para que nos dé la luz, la fuerza, la alegría y la claridad de la fe. Se lo vamos a pedir con toda intensidad a nuestra Madre, la Virgen, y a Jesús: que nos dejemos curar, que nos dejemos llevar de la luz y que siempre vayamos a ti para que recobremos la vida y la alegría de ver vida de otra manera.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ –

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LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR!!

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. La encarnación del Hijo de Dios es el misterio básico de nuestra fe cristiana. El que profesamos en el Credo diciendo que “por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Hoy sería bueno que leyéramos, a modo de meditación o lectura espiritual, los números que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a este misterio de la Anunciación y la Encarnación.

La celebración de hoy es también, como la de la Presentación del Señor del 2 de febrero, “una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: del Verbo que se hace hijo de María y de la Virgen que se convierte en Madre de Dios. Con relación a Cristo, como memoria del SI salvador del Verbo Encarnado, como conmemoración del principio de la Redención. Con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su sí generoso se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes” (Pablo VI, Marialis Cultus 6). Por eso, si antes hablábamos de la “Anunciación de Nuestra Señora”, ahora llamamos a esta fiesta la “Anunciación del Señor”.

Como no sabemos cuándo sucedió el acontecimiento decisivo de la Encarnación, ya desde muy pronto se pensó celebrarlo nueve meses antes de la Navidad (del 25 de marzo al 25 de diciembre), en una fecha que, además, coincide con el equinoccio de la primavera, que los antiguos creían que había sido también la fecha del inicio de la creación. Estos razonamientos ya los hacía san Agustín.

En la liturgia hispánica se decidió, durante el concilio X de Toledo, el año 656, que era mejor cambiar la fecha, para que no coincidiera con la Cuaresma. Por eso, sin dar importancia a lo de los nueve meses, prefirieron colocar esta celebración unos días antes de la Navidad, el 18 de diciembre.

Isaías 7,10-14: “La Virgen está encinta” El profeta le ofrece al rey Acaz, en el siglo VII antes de Cristo, la ayuda de Dios para la solución de sus problemas. Pero el rey se fía más de su alianza militar con los asirios. Y entonces es cuando el profeta le anuncia un signo: una muchacha -que luego en griego se tradujo por “virgen”- dará a luz a un niño. Este niño pudo ser, históricamente, el hijo de Acaz, Ezequías, pero los judíos lo interpretaron como figura del futuro Mesías, porque Isaías, en este pasaje, ya le llama “Emmanuel”, el “Dios-con-nosotros”.

Hebreos 10,4-10: “Está escrito en el libro: Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” Esta página de la carta a los Hebreos nos ayuda a centrar claramente la fiesta en su protagonista, Cristo Jesús, que “cuando entró en el mundo”, hizo suyos los sentimientos del salmo 39, que se cita y se comenta, y que nos ha servido como salmo de meditación: “Tú no quieres sacrificios ni holocaustos, pero me has dado un cuerpo: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

La Encarnación del Hijo de Dios tiene esta finalidad: con su entrega en la cruz, va a reconciliar a Dios con la humanidad. La de hoy es la ofrenda inicial, que ya apunta a la ofrenda final de la Pascua, de una vez para siempre, en la Cruz.

Lucas 1,26-38: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo” La página de la Anunciación del Señor, tal como nos la cuenta Lucas (que leemos, además, el 20 de diciembre y, también, el domingo IV de Adviento del año B), es de las más expresivas, poéticas y esperanzadoras de nuestra fe cristiana.

Se ve claramente la iniciativa de Dios y la respuesta de una humilde muchacha israelita, como representante de todo el pueblo del Antiguo Testamento y también de todos los que después, durante los ya dos mil años de historia cristiana, responden al plan salvador de Dios. Dios dice su “sí” a la humanidad. Y la humanidad, en la persona de María, le responde con su “sí” de acogida: “Hágase en mí según tu palabra”, que es un eco perfecto de la actitud de Cristo: “Vengo a hacer tu voluntad”.

Del encuentro de estos dos “síes” brota, por obra del Espíritu, el Salvador Jesús, el Dios-con-nosotros que anunciaba el profeta: “y el Verbo se hizo carne”. El Hijo de Dios, su Palabra personificada, tomó naturaleza humana. Sobre todo, en estos años que vivimos en torno al gran Jubileo del año 2000, celebramos con más énfasis esta fiesta, recordando que hace dos mil años que el Hijo de Dios se encarnó en nuestra historia.

Hoy es uno de los días en que con más sentido podemos rezar el Ángelus: “el ángel de Dios anunció a María…; hágase en mí según tu palabra…; y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

Por una parte, nos llena de alegría la gran noticia -que no aparecerá ciertamente en los medios de comunicación- de que Dios no es un Dios lejano, sino “Dios con nosotros”, que ha querido hacerse hombre para que nosotros podamos unirnos a su vida divina. Y, por otra, nos sentimos animados, por el ejemplo de María, a contestar con nuestro “sí” personal, vital, desde nuestra historia concreta, a ese acercamiento de Dios, superando así los planteamientos más superficiales de la vida a los que podría invitarnos nuestra comodidad o el clima de la sociedad.

Es la fiesta del “sí” y del amor: el de Dios y el nuestro. Si también nosotros respondemos a Dios “hágase en mí según tu Palabra”, como hicieron Cristo desde el primer momento de su existencia y María de Nazaret en el diálogo con el ángel, se volverá a dar, en nuestro mundo, una nueva encarnación de Cristo Jesús. Por obra de su Espíritu seguirá brotando la salvación y la gracia y la alegría de la Buena Noticia.

Y María de Nazaret -la “nueva Eva”, que obedeció a la voz de Dios, al contrario que la primera-, se convertirá en la mejor representante y modelo de los que pertenecemos a la nueva humanidad que Dios ha formado en torno a su Hijo. Una de las preces de Vísperas así lo pide: “dispón nuestros corazones para que reciban a Cristo como la Virgen Madre lo recibió”.

^ “Tú has querido que la Palabra se encarnase en el seno de la Virgen María” (oración)

| “Y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros” (1a lectura)

| “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (2a lectura)

\ “Hágase en mí según tu palabra” (evangelio)

  • “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (aclamación evangelio)
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3 de Cuaresma Remover los corazones

“Entonces le dijo la mujer samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? Pues no se tratan los judíos con los samaritanos.” (Jn 4, 9)

Jesús se acercó a los hombres y habló con unos y con otras, con jóvenes y mayores, con judíos y paganos. Jesús no marginaba a nadie ni por sus creencias ni por ser de otro pueblo, ni por ser mujer.

Él había venido a estar con la gente para interesarse por sus cosas, para ayudarles; para que esas personas acabaran interesándose por las cosas de Dios y, mejorando sus vidas, se acercaran a Él.

La samaritana se queda desconcertada, reconoce que su vida no es recta ante la presencia del que acaba por reconocer como Mesías. Verdaderamente debió quedar fascinada por aquel hombre que le hablaba al corazón. Su encuentro con Jesús le hizo mucho bien. Jesús nos ha enseñado cómo hemos de tratar a todos, incluso a aquellos a los que humanamente nos apetece tratar: hemos de hacerlo siempre con caridad. Por debajo del carácter de cada uno, de sus modales, incluso de sus errores aunque sean graves, hay una bodega donde siempre queda algo de agua pura, como un rastro de la acción creadora de Dios, un poso de bondad, una luz en su conciencia, donde es preciso llegar si queremos ayudarle. Nadie está en este mundo tan corrompido que sea un diablo; cualquiera –aunque haya tenido cinco maridos– puede volver por la contrición hacia Dios. Pero es preciso remover esa fibra de la conciencia, ese Agua oculta, y echar en esa bodega el agua purificadora de la gracia de Dios.

Háblame, Señor, y transfórmame, remueve mi alma para que yo también me entusiasme, para que te reconozca como el valor más importante y ponga todo lo demás en su sitio. Quiero ser instrumento tuyo que, lejos de rechazar a nadie, sirva para Tú remuevas los corazones, hagas que se planteen las grandes preguntas y, desde la humildad, te encuentren a Ti, única verdad y único bien que eres capaz de calmar y colmar el corazón humano.

Jesús Martínez García