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29 de junio. SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES

 

  1. Celebramos hoy, unidos en un entrañable recuerdo, la fiesta de estos dos grandes apóstoles, Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia y testigos -cada uno desde su personalidad propia- de la fe y del amor a Cristo.

Pedro era pescador, de Betsaida. Pablo, un judío de Tarso, en la actual Turquía, de la tribu de Benjamín, de formación farisea. Ambos fueron llamados por Cristo Jesús: el uno, junto al lago de Genesaret; el otro, en el camino de Damasco, donde iba para perseguir a los cristianos. Ambos respondieron con prontitud y se convirtieron en personajes importantísimos en la historia de la primera comunidad.

No murieron juntos. Pedro fue mártir en el circo de la colina del Vaticano, en tiempos de Nerón. Pablo, poco más tarde, en la vía Ostiense, camino del mar. El primero, según una tradición muy antigua, crucificado cabeza abajo, porque no se sentía digno de morir como su Señor y Maestro. El segundo, decapitado. Cada uno de ellos tiene una basílica dedicada en el lugar de su martirio, -en el Vaticano y en la vía Ostiense-, basílicas levantadas en el siglo IV por Constantino, apenas iniciada la era de paz para la Iglesia.

La comunidad les recordó juntos desde muy pronto, por el papel complementario que ambos tuvieron en los orígenes de la Iglesia. Da fe de ello el sermón de san Agustín que leemos en el Oficio de Lectura. Más tarde, se llegó a una separación en la fiesta: el día 29 se recordaba a Pedro y el 30, a Pablo.

En la última reforma del Calendario (1969), se volvieron a reunir en una sola fecha ambas celebraciones. El hecho de que la fiesta de hoy ya no sea día de precepto (en España, desde el 1977) no le resta importancia, dado lo que significa para la vida de la comunidad eclesial y para cada uno de nosotros.

También para esta fiesta, como para la de san Juan, el Leccionario ofrece lecturas propias para la Eucaristía de la vigilia, el 28 de junio por la tarde: Hechos 3,1-10, el primer milagro que hace Pedro, en nombre del Señor Resucitado, curando al paralítico en la puerta del Templo; Gálatas 1,11-20, en que Pablo narra cómo se convirtió de perseguidor en apóstol del evangelio; y Juan 21,15-19, cuando Pedro, después de la resurrección, a orillas del lago, repite su triple profesión de amor a Cristo, siendo confirmado como pastor de su comunidad.

Aquí sólo comentaremos las lecturas de las misas del día 29.

Hechos 12,1-11: “Ahora me doy cuenta de que el Señor me ha librado de las manos de Herodes “

Aquel momento fue de grave crisis para la comunidad cristiana. Tenían problemas con las autoridades religiosas y con las civiles. Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, para agradar a los judíos, empezó a perseguir a la Iglesia y, así como había mandado decapitar a Santiago, encarceló a Pedro y todos temían lo peor.

La comunidad “oraba insistentemente a Dios por él”. Y, en efecto, el ángel lo liberó de un modo milagroso. El mismo Pedro no se lo acababa de creer: “Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme”. La de aquella noche fue una gran experiencia para la comunidad. Lucas dice que era la semana de Pascua: en cierto modo, se repetía el acontecimiento del éxodo liberador del pueblo en Egipto y el de la resurrección de Jesús de entre los muertos. En esta ocasión era Pedro el liberado de la cárcel.

2 Timoteo 4,6-8.17-18: “Ahora me aguarda la corona merecida ” Esta vez es Pablo el que está en la cárcel, prisionero en Roma, como un malhechor, sintiéndose abandonado de todos, sin hacerse ilusiones sobre cuál va a ser el final de su prisión, la condena a muerte: “El momento de mi partida es inminente”.

El que se entregó a Cristo a lo largo de sus trabajos apostólicos, está casi deseando unirse a él con la ofrenda de su propia vida, imitando su sacrificio pascual. Mirando hacia atrás, puede sentirse satisfecho de la labor realizada: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”. Lo que no le abandona es la confianza en Dios: “Me aguarda la corona merecida: el Señor me ayudó y me dio fuerzas; el Señor seguirá librándome de todo mal”.

Mateo 16,13-19: “Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos”

A la pregunta de Jesús “¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”, responde impetuoso, como siempre, Pedro, en nombre de los demás. Y recibe por ello no sólo la alabanza de Jesús, sino lo que podríamos llamar “la investidura” en el papel de responsable de la comunidad: le llama Pedro, Piedra (Cefas), y le encomienda las llaves del Reino. Al “tú eres el Mesías” le sigue el “tú eres Pedro”. En otras ocasiones le encomendará ser el pastor de la comunidad, o pescador de hombres.

La fiesta de hoy nos estimula, ante todo, a aumentar nuestra conciencia de Iglesia y, en concreto, de “Iglesia apostólica”. El fundamento de nuestra fe es siempre Cristo Jesús; pero él mismo quiso que Pedro y los demás apóstoles fueran los fundamentos visibles, puntos de referencia de la unidad, de la fe, de la caridad. Como ahora lo sigue siendo el Papa al frente del colegio episcopal, que preside la comunidad desde la caridad y merece nuestro respeto y nuestra aceptación, no tanto por motivos apologéticos, sino teológicos, no porque tiene todas las cualidades y acierta en todo (ojalá sea así), sino porque Cristo ha querido una comunidad eclesial apostólica, basada en el ministerio de los apóstoles y sus sucesores.

No actuamos cada uno por nuestra propia cuenta. Somos Iglesia, comunidad reunida en la fe y el amor. Algunas oraciones piden a Dios que, ya que celebramos a los que son “fundamentos de nuestra fe cristiana”, saquemos la consecuencia: “que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a sus enseñanzas” (oración colecta), o que “perseverando en la fracción del Pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en tu amor” (poscomunión). En esta fiesta recordamos nuestras más sólidas raíces, el ministerio de Pedro y de Pablo, basados ambos en Cristo Jesús.

Al proclamar hoy nuestra fe en el Credo, podemos poner especial énfasis en la frase: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Y lo mismo cuando en la Plegaria Eucarística nombremos, como hacemos siempre, al Papa, al propio Obispo y a todo el Colegio Episcopal.

Es bueno que, al espejarnos en estos dos grandes apóstoles, veamos cómo se puede colaborar en la misión comunitaria desde temperamentos distintos, aprendiendo la lección del pluralismo.

Pedro y Pablo son dos figuras diferentes, pero al servicio del mismo evangelio. Dos apóstoles con carácter propio, con virtudes y defectos, con campos diferentes de actuación, pero ambos enamorados de Cristo y valientes testigos suyos. El prefacio de hoy ofrece estas pinceladas comparativas:

– Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó;

– Pedro fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, Pablo la extendió a todas las naciones.

– De esta forma, por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo,

– y a los dos, coronados por el martirio, celebra hoy la Iglesia con una misma veneración.

No se les puede presentar como símbolos opuestos de “la autoridad” y “el carisma”, entre otras cosas porque también Pedro fue un carismático y Pablo un defensor de la autoridad. Ni se puede decir que uno fue particularista y el otro universalista: fue Pedro el que, antes que Pablo, admitió a la primera familia pagana, la de Cornelio, a la fe de Cristo, un poco en contra del parecer de su comunidad. Son diferentes, pero complementarios. Como dice el prefacio, “por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo”. Pedro con su profesión de fe y Pablo con sus escritos, nos invitan a ser también nosotros evangelizadores incansables en el mundo de hoy. Pedro con su actitud de amor (“tú sabes que te amo”) y Pablo con su total identificación con Cristo (“todo lo puedo en aquel que me conforta”), nos indican dónde está la fuente de nuestra fuerza y de nuestra ilusión apostólica.

Pedro y Pablo nos enseñan a superar con valentía las dificultades que podamos encontrar en nuestro camino. En nuestra vida de cristianos y de testigos de Cristo, seguro que habrá días nublados, de abatimiento y de ansia.

El salmo responsorial lo podemos aplicar a tantos momentos de nuestra historia, eclesial y personal. “El ángel del Señor librará a los que temen a Dios”. Como dice con gozosa confianza el salmista: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Pedro lo experimentó en la noche de la cárcel, en un momento crítico para toda la comunidad. Pablo sintió la ayuda de Dios a lo largo de sus muchas peripecias apostólicas, cuando también él sentía dudas y miedos, y tenía que saltar por encima de obstáculos que parecían insalvables.

La Iglesia lo ha podido constatar a lo largo de dos mil años de existencia.

Ojalá cada uno de nosotros, que seguramente sabe lo que es pasar por momentos de crisis y angustia, pueda experimentar, al recurrir a Dios, cómo nos alcanza su ayuda y su fuerza salvadora: “Y lo salva de sus angustias: me libró de todas mis ansias”.

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EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA!

El sábado que sigue al segundo domingo después de Pentecostés celebramos, con formulario propio, la memoria (ahora obligatoria) del Inmaculado Corazón de la Virgen María. La única lectura propia es el evangelio, en que Lucas nos dice cómo María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Pero también se puede hacer como primera la lectura de Judit, como hace el Misal mariano, en la misa votiva con esta invocación.

“La expresión “Corazón de la Virgen” se ha de interpretar en sentido bíblico: designa la persona misma de santa María Virgen, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su vida interior, del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor: la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo” (Misas marianas n. 28).

Judit 13,17-20; 15,9: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”

El episodio de una mujer joven, viuda, que con la ayuda de Dios vence al poderoso general enemigo, Holofernes, poniendo en fuga a su ejército, termina, como no era menos de esperar, en grandes alabanzas a esta piadosa y decidida mujer que ha conseguido lo que no podían los dirigentes de su pueblo.

El mensaje fundamental de toda la historia es la confianza que hay que tener en Dios. El libro de Judit está escrito dos siglos antes de Cristo, cuando hacían falta ánimos para seguir luchando contra las tentaciones paganizantes de Antíoco Epífanes, en tiempo de los Macabeos.

En una conmemoración de la Virgen las palabras que leemos más a gusto hoy son las últimas de la lectura, que sus paisanos dirigen a Judit, y nosotros a la Virgen María: “tú eres la gloria de Jerusalén, tú el honor de Israel, tú el orgullo de nuestra raza”.

Como salmo, es lógico que hagamos nuestra la alabanza que María dirige a Dios en su Magníficat.

Lucas 2,41-51: “Conservaba todo esto en su corazón”

El corazón de la Virgen María tuvo, a lo largo de su vida, muchas cosas sobre las que meditar, desde el anuncio y nacimiento de su Hijo, hasta su muerte y resurrección y la venida del Espíritu.

Aquí nos cuenta el evangelista el episodio de la visita de la familia de Nazaret a Jerusalén, con el adolescente Jesús, que pisa por primera vez el Templo, donde años más tarde será protagonista de tantos hechos y discursos, y que se “pierde” voluntariamente entre los doctores.

Al dolor de la momentánea pérdida del hijo, se añade para María y José el de no entender el lenguaje que Jesús emplea para explicar su actuación. María “conservaba estas cosas en su corazón”.

Este corazón de María, meditativo, atento, abierto a Dios y a los demás, se convierte en modelo para nosotros, los seguidores de Jesús.

Las oraciones de esta misa, al hablar del corazón de la Virgen, dicen que es “mansión para el Hijo” y “santuario del Espíritu Santo”, que es un “corazón limpio y dócil”, que sabía “guardar con fidelidad y meditar continuamente las riquezas de la gracia del Hijo”.

El prefacio (propio sobre todo de los Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María), alaba a Dios porque dio a la Virgen María “un corazón sabio y dócil, dispuesto a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo”.

Podemos aprender de la Virgen esta apertura a Dios, esta entereza en la vida, esta profundidad de miras y de entrega. El Corazón de Cristo Jesús, que celebrábamos hace poco, como expresión suprema del amor de Dios a la humanidad, tiene un buen discípulo en el corazón de su Madre. Y debería tenerlo en el nuestro, para que sepamos también nosotros meditar, estar atentos, amar, saber sufrir, entregarnos con generosidad. Es la verdadera sabiduría y la garantía de la felicidad eterna.

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NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Hoy celebramos a uno de los santos más extraordinarios, el Precursor de Cristo, el Bautista, san Juan. Se puede decir que a este santo lo “canonizó” Jesús cuando le dedicó repetidas alabanzas: “Es profeta y más que profeta”, “es el mayor de los nacidos de mujer”…

A los demás santos los recordamos en el día de su muerte, su dies natalis.

Sólo de tres personas celebramos el nacimiento: de Jesús, de la Virgen María y de san Juan. También celebramos su muerte como mártir el 29 de agosto.

La fecha del 24 de junio se debe a la distancia de seis meses antes de la Navidad del Señor (25 de diciembre) y de tres meses después de la anunciación a María (25 de marzo). La fiesta de hoy es antiquísima: lo demuestra el interesante sermón de san Agustín sobre el nacimiento de Juan, que leemos en el Oficio de Lectura.

Para la fiesta de hoy, el Leccionario nos ofrece unas lecturas propias para la misa vespertina de la vigilia: Jeremías 1,4-10, con la elección de este profeta como mensajero de Dios, ya antes de su nacimiento; 1 Pedro 1,8-12, donde se nos anuncia que en Jesús se han cumplido todas las profecías del Antiguo Testamento; y Lucas 1,5-17: el ángel anuncia a Zacarías que tendrán un hijo, que irá delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto.

Aquí sólo comentamos las lecturas de las misas del día.

 Isaías 49,1-6: “Te hago luz de las naciones”

Es el segundo canto del Siervo de Yahvé: ese personaje misterioso que ha sido elegido por Dios y a en el seno materno para que sea luego su mensajero, su “espada afilada”, su “flecha preferida”, que utilizará en el momento oportuno para hacer llegar su voz a todos.

Este canto ya prevé que el Siervo tendrá momentos difíciles y de crisis: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no pierde la confianza. Sabe que Dios le ayudará a cumplir esta difícil misión: reunir a Israel y ser luz de todas las naciones.

El Siervo auténtico es Cristo Jesús. Es bueno recordarlo en el día en que celebramos la memoria de Juan, que también ha sido predestinado por Dios para ser Precursor del Mesías.

El salmo 138 prolonga esta convicción: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente; cuando en lo oculto me iba formando, conocías hasta el fondo de mi alma”.

 Hechos 13,22-26: “Juan, antes de que llegara Cristo, predicó”

Leemos hoy parte de un discurso programático de Pablo, el que solía dedicar a los judíos, en las sinagogas de las ciudades que iba recorriendo: esta vez, en Antioquía de Pisidia, en la actual Turquía.

De la descendencia de David ha llegado el Mesías. Y ha habido un último profeta del Antiguo Testamento, Juan, que predicó un bautismo de conversión, preparando la llegada de Jesús, que es el Salvador de Israel.

Lucas 1,57-66.80: “Se va a llamar Juan”

Escuchamos la hermosa escena del nacimiento de Juan y la imposición de nombre el día de su circuncisión. Son páginas que leemos en el Adviento, poco antes de la Navidad, en una serie paralela de lecturas sobre el nacimiento de Juan y de Jesús.

El nombre “Juan” significa “Dios es misericordioso o compasivo”. No sólo lo es para aquella pareja de ancianos a los que les concede la alegría de la paternidad, sino para el pueblo de Israel y para toda la humanidad, porque Juan es el anticipo del Salvador, la aurora que anuncia el pleno día.

Ya se ve, en esta página, lo grande que va a ser Juan, no por sus propios méritos, sino por la elección de Dios: “¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él”.

La fiesta de hoy, con sus lecturas, nos ayuda a reflexionar en varias direcciones sobre nuestra identidad como cristianos y como testigos del evangelio en el mundo de hoy.

Es Dios quien elige a sus profetas. No se arrogan ellos la misión. Dios los llama ya desde el seno materno: como al Siervo de que habla Isaías, como a Jesús, como a Juan. No estamos celebrando tanto lo grande que fue Juan, sino cómo en él se mostró el plan salvador de Dios, correspondido, eso sí, por Juan con una actitud de fe y de firmeza. En el prefacio decimos a Dios: “Al celebrar hoy la gloria de Juan el Bautista, proclamamos tu grandeza”.

También a nosotros nos ha elegido Dios. Desde nuestro Bautismo y Confirmación, somos personas que tienen en este mundo no sólo la misión de ser fieles a Dios, sino de darlo a conocer y de preparar el camino a Jesús. La salvación no la conseguimos nosotros, sino que nos la da Dios.

La misión del profeta es hermosísima, como la de Juan: preparar al pueblo a la acogida del Mesías, señalarlo ya presente en medio de ellos y mostrar a todos quién es el Cordero que quita el pecado del mundo. O sea, preparar el camino a Jesús, ser su precursor y pregonero.

El prefacio de hoy enumera expresivamente las diversas facetas de san Juan que se deberían reflejar en nuestra vida, cada uno en su ambiente, desde el Papa hasta el último confirmado:

– “Juan el Bautista, precursor de tu Hijo

– y el mayor de los nacidos de mujer…

– El saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos.

– Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes

al Cordero que quita el pecado del mundo.

– Él bautizó en el Jordán al autor del bautismo

– y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres.

– Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo”.

 El profeta no sustituye a Dios. Juan no era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra, sino el pregonero de la Palabra, a veces en la soledad del desierto. No era el Mesías, sino su “telonero” y preparador. “Yo no soy el que vosotros pensáis, sino que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”. Juan es “el amigo del Esposo”. Es el mayor de entre los nacidos de mujer, pero sólo es Precursor: el Salvador es otro. “Irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Juan supo estar en su sitio y apuntar claramente hacia Cristo. Vio cómo algunos de sus discípulos se pasaban al grupo de Jesús y se alegró. “Conviene que yo disminuya y que él crezca”.

Nosotros, profetas y testigos, no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo. Se puede decir de nosotros lo que uno de los himnos de la Liturgia de las Horas canta de Juan: “Pastor que, sin ser pastor, al buen Cordero muestras; precursor que, sin ser luz, nos dices por dónde llega…”.

Juan fue recio en su testimonio. Asceta en el desierto, humilde ante la aparición del Mesías, decidido y fuerte en el anuncio y en la denuncia cuando su palabra resultaba incómoda, mártir de la verdad que proclamaba.

Experimentamos dificultades en nuestro camino. Sin llegar a ser encarcelados y decapitados, pero sabemos lo que es la fatiga y el desánimo en nuestra misión evangelizadora de este mundo distraído. Podemos pensar como el Siervo del que habla Isaías: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no puede ser esa nuestra última palabra. Debemos seguir adelante, con la confianza puesta en Dios, generosos y firmes, como el Siervo, como Juan, sobre todo como el mismo Jesús, que dio testimonio a lo largo de toda su vida y también en su muerte.

Una última consideración: el nacimiento de Juan fue motivo de alegría para todos. Varias veces las lecturas ponen de relieve esta alegría mesiánica, y lo repiten las oraciones de la misa y de la Liturgia de las Horas. El que parece profeta adusto, el hombre del desierto, el que predica una radical conversión, en el fondo está anunciando la alegría.

¿Somos personas que saben comunicar alegría, y no sólo exigencias y deberes? No se trata de la alegría externa, de la que la fiesta de san Juan está muy llena, por las verbenas y los fuegos del verano que empieza. Si no, sobre todo, de la alegría interior, hecha de fe y de esperanza. La alegría de sabernos salvados por Dios. La oración de este día pide a Dios: “Concede a tu familia el don de la alegría espiritual”.

Al acercarnos a la comunión en la Eucaristía de hoy, pondremos especial atención a las palabras de Juan el Bautista, que siempre se nos recuerdan en este momento, señalando al Jesús a quien vamos a recibir: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, después de comulgar, podríamos rezar serenamente el himno que Lucas pone en labios del padre de Juan, el Benedictus: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo…”.

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SOLEMNIDAD EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS!

 

La fiesta que hoy celebramos, con categoría de “solemnidad” y con lecturas diferentes para cada uno de los tres años del ciclo dominical, es relativamente reciente en el calendario.

Fue en el siglo XVII cuando se empezó a celebrar en Francia, con san Juan Eudes y santa Margarita María Alacoque como promotores principales.

Hasta entonces se puede decir que se celebraba en el conjunto del misterio pascual de Cristo. El amor de Dios y el de Cristo se nos manifiesta desde la Navidad hasta la Pascua y sobre todo en el Triduo Pascual de la muerte salvadora de Jesús. Pero se creyó conveniente dedicar un día a esta dimensión básica del misterio cristiano: el amor de Dios.

El corazón, que entre nosotros se ha convertido en símbolo de toda la persona -decimos de alguien que tiene un gran corazón, que es todo corazón-, en la Biblia se aplica a Dios y, luego, a Cristo, en el mismo sentido del amor y de la cercanía misericordiosa. Hoy celebramos “los beneficios de su amor por nosotros” (oración) y los “infinitos tesoros de caridad” que hay en el corazón de Cristo.

Deuteronomio 7,6-11: “El Señor se enamoró de vosotros y os eligió”

Moisés intenta convencer a su pueblo de que tienen que ser fieles a la Alianza que habían pactado con Dios. Su gran argumento es el amor que Dios les ha mostrado. Lo dice con palabras muy expresivas: “Dios se enamoró de vosotros y os eligió”, y es “el Dios fiel que mantiene su alianza”. Es el amor del novio o del esposo para con el pueblo de Israel, la novia. Hay que responder a ese amor con el nuestro, manteniéndonos fieles a esa alianza y cumpliendo sus exigencias.

En la fiesta de hoy, esta lectura centra nuestra atención en el amor que Dios nos tiene.

El salmo 102 es un magnífico himno a su misericordia: “El Señor es compasivo y misericordioso, la misericordia del Señor dura siempre”. Y nos invita a alegrarnos de ese amor y a bendecirle de corazón: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios”.

Juan 4,7-16: “Él nos amó”. Esta carta de Juan -que leemos casi entera durante el tiempo de Navidad- tiene como tema fundamental el amor. La sucesión de afirmaciones tiene una lógica entrañable:

a) Dios nos ha amado el primero, b) lo ha demostrado, sobre todo, enviándonos a su Hijo para comunicarnos su vida, c) y nosotros, testigos de ese amor de Dios que se ha manifestado en Jesús, debemos amarnos los unos a los otros. Parecería que la conclusión debía ser “luego nosotros también le tenemos que amar a él”, pero la carta concreta nuestra respuesta en el amor fraterno.

Es lo que hoy celebramos: el amor que nos ha mostrado Dios en su Hijo, y que nos mueve a vivir también nosotros en el amor.

Mateo 11,25-30: “Soy manso y humilde de corazón”

Jesús nos hace caer en la cuenta de que Dios tiene predilección por las personas de corazón sencillo y humilde, las que no están llenas de sí mismas, sino que saben abrirse a él.

Y añade unas palabras que hoy recordamos de un modo especial: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que soy manso y humilde de corazón”. En el modo de actuar de Jesús, en su trato con los enfermos, los pobres y los que sufren, hemos podido reconocer el gran amor de Dios. “Yo os aliviaré”. En él encontraremos alivio y descanso. No porque su estilo de vida no sea exigente, sino porque nos comunica fuerza y ayuda para cargar con su yugo y seguir caminando con él.

Lo que celebramos hoy es el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús.

El amor que nos tiene Dios ya desde el Antiguo Testamento, pero que se mostró más plenamente en la vida y la muerte de su Hijo, el que fue radicalmente “el-por-los-demás”. Es lo que nos ayudan a entender las lecturas de la misa, que resuenan también en los textos de la Liturgia de las Horas.

Si Moisés, Oseas y Ezequiel, en sus respectivas lecturas, pudieron argumentar ante el pueblo de Israel a partir del gran amor que Dios les había mostrado, pidiéndoles una respuesta más clara de fidelidad, nosotros, después del acontecimiento de Cristo, tenemos muchos más motivos para creer en ese amor y dejarnos envolver por él.

Jesús representó a su Padre, y a sí mismo, en la figura del buen pastor que cuida de todas las ovejas, especialmente de las descarriadas. Su amor se muestra en la alegría de la recuperación: “Cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; ¡felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”

Si no somos exactamente ovejas descarriadas, seguro que sí entramos en el número de los que están cansados y agobiados, preocupados por mil problemas. Y Jesús nos dice: “Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón”.

En la fiesta de hoy se nos invita a mirar hacia Dios y agradecer su amor misericordioso. A mirar hacia Cristo y ver la seriedad de su amor, que le llevó a entregarse en la cruz por nosotros. A mirar al Espíritu, el Amor de Dios que ha sido infundido en nuestros corazones. Y a vivir así envueltos en el amor del Dios Trino. Es la mejor clave para vivir nuestro camino con ánimos. El amor “trasciende toda filosofía” y nos da fuerzas para seguir adelante.

Esto, por una parte, nos da ánimos a nosotros. Y, por otra, nos estimula a ser transmisores de ese mismo amor a los demás en la catequesis, en la predicación, en el trato con los demás: si creemos en el amor de Dios, se tiene que notar que vivimos en esperanza y que presentamos a un Dios lleno de amor. La oración poscomunión nos invita a pedirle ambas cosas: “Enciende en nosotros el fuego de la caridad, que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos”.

En cada Eucaristía comulgamos con ese Cristo que nos ofrece “su Cuerpo por vosotros” y “su Sangre derramada por vosotros”. Éste es por excelencia el sacramento del amor, el que nos hace presente y nos comunica la vida que emana de la Cruz salvadora de Jesús, el acontecimiento en el que se nos mostró con mayor intensidad el amor de Dios.