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3º Domingo de Cuaresma

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana: “Dame de beber”

Nos encontramos ya en el 3º Domingo de Cuaresma. Desde el principio de esta etapa Jesús nos está llamando e invitando a la reflexión, al perdón, a la conversión, a cambiar de vida, a cambiar de rumbo. Y hoy nos regala un precioso encuentro: una mujer samaritana en su rumbo, en su vida, que se encuentra con la vida verdadera —que es Jesús— y cambia su vida. Vamos a escuchar con atención el texto de Juan, capítulo 4, versículo 5-42, que nos narra descriptivamente todos los detalles de esta escena:

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”.

La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «uno siembra y otra siega».

Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos”.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Jn 4,5-42

¡Qué preciosa es esta escena, Jesús! Tú siempre ofreciéndonos saciar nuestra sed, Tú siempre dándonos todas las oportunidades, Tú siempre a nuestro encuentro. Hoy sales de Judea, vas acompañado con tus discípulos, atraviesas toda la parte de Samaría y a unos pocos kilómetros está Sicar. Allí sabes que está el gran pozo de Jacob —ese pozo muy profundo— y, cansado del camino, tienes sed y no hay nadie que venga a darte agua. Era ya alrededor de mediodía y aparece una mujer, una mujer samaritana, que va a sus preocupaciones diarias, a sacar agua para arreglar sus cosas, su vida, su casa. Y se encuentra contigo allí y Tú le dices que te dé agua. Ella se extraña: “¿cómo este hombre me pide a mí agua sabiendo que Él es judío y yo soy samaritana?”. Pero Tú, Jesús, le respondes:

“Si conocieras el don de Dios y quién te dice ‘Dame de beber’, tú se lo pedirías a Él y te daría agua viva”. 

¡Qué maravilla, le estás mostrando que Tú eres la fuente del agua viva! “Si conocieras el don de Dios…” ¡Qué expresión tan bonita para, querido amigo, pensarla tú y yo! Y Jesús le añade más: “Pero el agua que Yo te daré, esa agua manará de una fuente que salta hasta la vida eterna”. No entiende nada esta mujer. ¿De qué está hablando? Pero de pronto Jesús entra en su vida. Y Jesús va a convertir a esta mujer y le dice: “Ve y llama a tu marido”. Dolida, le dice: “Si no tengo marido”. Jesús entra en el fondo del corazón… El gran encuentro del amor de Dios. Ésta es la conversión de esta mujer: entra en su vida y le cambia. Ella se extraña: “Ya veo que eres profeta. Ya veo que eres distinto. Ya veo que eres otro”. Y esta mujer: “¡Dame de esa agua también!”. Y cambia toda su situación.

En medio de toda esta conversación, en medio de todo esto, Jesús le va diciendo a esta mujer…, le va cambiando y le va llevando a su interior, a su vida, a su vida personal. Éste es Jesús. Una narración donde veo un Jesús que entra en mi propia vida y que me dice que me quiere saciar, porque es el agua viva que es capaz de saciar toda la sed humana que yo pueda tener. Ningún agua me puede quitar la sed. Momentáneamente sí. El éxito, el dinero, el placer, todo eso no me quita la sed. La verdadera sed me la va a quitar Jesús y me va a llenar de su vida y me va a dar todo lo que necesito.

Yo también, Jesús, te doy gracias porque apareces en mi vida. Y soy como esta mujer samaritana, que no entiendo, que busco otras fuentes de felicidad que no eres Tú. Y tengo sed: sed de paz, sed de justicia, sed de felicidad, sed tuya, y Tú me ofreces el agua, pero no me doy cuenta. Ayúdame a aceptar, a beber de tu agua, a beber de tu corazón, porque mi corazón está inquieto, intranquilo.

Necesito de tu agua, de tu paz, de tu gracia, que es la que salta hasta la vida eterna. Quiero ir a tu fuente, a la fuente de la vida que eres Tú, y ahí, en tu manantial, llenarme, saciarme de tu sed, saciarme de tu agua, saciarme de tu vida.

¡Qué encuentro tan precioso, querido amigo, para tú y yo pensarlo, meternos, ver todas las reacciones de Jesús! “Si conocieras el don de Dios…”. Dos palabras claves para este encuentro: “Dame de beber”. Y otra: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Cuántas veces tendré que oír esto! Sigo peregrinando, andando y no me doy cuenta. Pero yo te quiero pedir hoy: dame agua, dame agua, porque mi corazón está seco con todo lo que ocurre en mi vida, con mis errores, con todo.

Bebo de otras fuentes que me secan la felicidad y tengo que oír: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Dame de tu agua, Jesús! Haz brotar en mi interior la fuente que sacia y no se seca, la fuente que eres Tú, la fuerza que eres Tú. Haz brotar ese amor que necesito para acercarme a ti y escuchar eso: “Si conocieras el don de Dios…”.  Querido amigo, es un encuentro precioso, íntimo, lleno de vida, que nos tiene que saciar a ti y a mí. Y oír: “Si Yo soy el que habla contigo… ¿Qué buscas? ¿El Mesías que va a venir? Soy Yo el que habla contigo”. Y haré como esta mujer: dejaré el cántaro, como ella, y me iré a anunciar: “¡He encontrado a Jesús! ¡Yo mismo le he oído! ¡He encontrado a Jesús!”. Que sea dócil, que vaya a tu fuente para que Tú me apagues la sed, Tú, el dador de vida, la fuente que mana y corre, la fuente que está y que lleva hasta la eternidad. Dame de esa agua, Jesús, para que nunca fenezca, para que nunca muera mi vida.

Le pido a la Virgen que me lleve a la fuente de tu Corazón y que allí me haga llenar mi vida, mi cántaro, mi pobreza, mi barro, del agua que mana y corre, que siempre eres Tú, que siempre es tu amor. “Si conocieras el don de Dios…”. Eres Tú, porque te he visto, porque te he oído y Tú siempre me darás el agua viva.

Gracias, Jesús, me quedo disfrutando de este encuentro y pidiendo que vaya a las fuentes que nunca se secan y que siempre dan paz, amor, alegría, felicidad. Y esa fuente eres Tú, Señor. Contigo me quedo. ¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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2 de febrero. LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR!

 

A los cuarenta días del nacimiento de Jesús, celebramos hoy su presentación en el Templo. Jesús es llevado por sus padres, María y José, como hacían todas las familias judías con su primogénito, para ofrecerlo a Dios y luego “rescatarlo” dejando en su lugar, si eran pobres, como es éste el caso, “un par de tórtolas o dos pichones”.

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En el Templo, dos personas mayores, Simeón y Ana, llenas de fe y de Espíritu, saben reconocer en aquel niño al Señor y Mesías, luz y salvación de la humanidad, y alaban gozosos a Dios.

Es una fiesta muy antigua en la Iglesia. La peregrina Egeria, afínales del siglo IV, ya narra cómo se celebraba en Jerusalén.

Los orientales la llaman hypapanté, que en griego quiere decir “encuentro”: en efecto, junto a María y José, aquellos dos ancianos son los representantes del Israel de la fe, que saben salir al encuentro de Dios que viene a salvar a la humanidad. Entre nosotros antes se llamaba “la purificación de Nuestra Señora” o, también, “la Candelaria”, por la procesión con candelas, con las que se simboliza a Cristo, “luz de las naciones”.  

En el Calendario de Pablo VI (1969) ha vuelto a ser considerada, conjuntamente, como fiesta mariana y fiesta del Señor: “la Presentación del Señor en el Templo”. Como dice Pablo VI en la Marialis Cultas, “es la celebración de un misterio que realizó Cristo y al que la Virgen estuvo íntimamente unida como la Madre del Siervo de Yahvé, ejerciendo un deber propio del antiguo Israel y presentándose, a la vez, como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza por el sufrimiento y la persecución” (MC 7).

  • De las dos lecturas que se ofrecen antes del evangelio, se puede escoger la primera, de Malaquías, para los años impares, y la segunda, de Hebreos, para los pares.

Malaquías 3,1-4: “Entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis ” El profeta Malaquías, en el siglo V antes de Cristo, anuncia cómo Dios enviará a un mensajero suyo, que “entrará en el santuario” como “mensajero de la alianza”.

El pasaje ha sido elegido precisamente en el día que recordamos cómo Jesús entra por primera vez en el recinto del Templo de Jerusalén. Todavía no con las características de que hablaba el profeta, en plan de purificación y reforma radical, “como un fuego de fundidor que refina la plata” o como “lejía de lavandera”, porque es un niño de pocos días. Pero luego, cuando ya esté actuando en su misión mesiánica, sí entrará con autoridad y palabra profética.

En sintonía con esta entrada solemne del enviado de Dios está el salmo 23: “Portones, alzad los dinteles, va a entrar el Rey de la gloria”. Aunque en el caso de Jesús niño, sólo unas pocas personas reconocen su llegada al Templo como la hora de la salvación esperada desde hacía siglos.

  • Hebreos 2,14-18: “Tenía que parecerse en todo a sus hermanos “

La carta a los Hebreos presenta a Jesús como el verdadero Sacerdote, el mediador auténtico entre Dios y la humanidad. El pasaje que leemos hoy subraya, sobre todo, su cercanía con nosotros, su solidaridad plena: “tenía que parecerse en todo a sus hermanos”, tenía que ser “de la misma carne y sangre” que los demás hijos de Abrahán. Es lógico que esto se recuerde en el día de su presentación en el Templo, cumpliendo lo que hacían todas las

familias judías. Jesús se ha encarnado en la humanidad con todas las consecuencias, para salvarnos desde dentro.

El sorprendente motivo de esta sintonía de Jesús con su pueblo es que así podrá “ser compasivo y pontífice fiel”. Un mediador debe estar en contacto con las dos partes. En este caso, Jesús es el pontífice perfecto, porque es Dios y a la vez es hombre como nosotros, y “como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”.

También con esta lectura resuena el salmo 23: Jesús, el sacerdote verdadero, es el que entra ahora por las puertas del Templo como “rey de la gloria”, para ejercer su ministerio de mediador y reconciliarnos con Dios.

Lucas 2,22-40: “Mis ojos han visto a tu Salvador” En esta escena entrañable -que sería bueno leer por entero- Lucas nos cuenta el significativo “encuentro” del Hijo de Dios con unos fieles representantes del pueblo que “esperaban el consuelo de Israel”. María, José, Simeón, Ana: vale la pena recordar sus nombres. No son importantes según las categorías sociales de su pueblo, pero son personas creyentes, abiertas al Espíritu, y han tenido luz en sus ojos para reconocer al Salvador. Son los primeros de tantos y tantos que, a lo largo de los siglos, les han imitado en su fe.

Simeón prorrumpe en su breve himno Nunc ditnittis, lleno de teología: ve en este niño el cumplimiento de todo el Antiguo Testamento, la luz de las naciones y el destino pascual de su entrega en la cruz. Y exclama gozoso: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”: un himno que hoy podríamos cantar no sólo en Completas, sino también en la Eucaristía, como canto de entrada o después de la comunión. Ana “daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel”. María, la madre, está muy activa hoy, y lo estará también al pie de la cruz, cuando su Hijo se entregue por la humanidad. Mujer experta en dolor, como el anciano Simeón se encarga de anunciarle, porque su Hijo será un signo de contradicción en medio de este mundo. En los textos de la Liturgia de las Horas se acentúa sensiblemente el tono “mariano” de este día, que en la misa es muy escaso.

La fiesta de hoy, en cierto modo, sirve de clausura de la celebración de la Navidad y nos ayuda a entenderla en profundidad.

  • Ante todo, admiramos la sencillez y la solidaridad de Jesús con su pueblo, con nosotros. Dios anuncia los tiempos mesiánicos con un signo entrañable: un niño pequeño que entra en el Templo en brazos de sus padres, gente humilde y sencilla. Es el estilo de Dios. Jesús ha nacido, recorrerá nuestro camino, incluido el de la pobreza y del dolor, y luego morirá, y así podemos tener en él un Mediador comprensivo y cercano. Él es nuestra Luz.

Hoy, popular día “de la Candelaria”, se refleja todavía la luz de la Navidad como consigna de salvación para todos.

  • Por otra parte, la fiesta de hoy se puede decir que abre la puerta al ciclo de la Pascua. Jesús es consagrado a Dios en una primera ofrenda, llevado por sus padres. Más tarde, al final de su vida, se ofrecerá él mismo, en una entrega total, en la cruz, por la salvación de la humanidad. Son dos ofrendas sacrificiales que están relacionadas, la “matutina” y la “vespertina”, y que dan unidad a toda la vida de Jesús.

La Navidad y la Presentación están íntimamente relacionadas con la Pascua de Jesús.

  • Hoy nosotros, como Simeón y Ana y, sobre todo, como María y José, “salimos, Menos de alegría, al encuentro del Salvador” (prefacio) y reconocemos en Jesús la Luz de las naciones, deseando que nos ilumine también a nosotros. Por eso hemos comenzado la misa entrando en procesión con candelas encendidas en nuestras manos y cantando alabanzas a Cristo Jesús.

Hemos imitado a aquella pareja de ancianos -Simeón y Ana-y a aquella otra pareja de jóvenes -José y María- que nos dieron admirable ejemplo de fe y de acogida.

  • A la vez, intentamos imitar su actitud de ofrenda generosa a Dios. En este día 2 de febrero, se está creando la costumbre -sobre todo en Roma- de que los religiosos agradezcan a Dios el don de la vida consagrada y renueven su compromiso de seguir a Cristo en su camino de entrega por los demás, intentando ser signos cada vez más luminosos del evangelio de Jesús para el mundo.

Todos, religiosos y no religiosos, como cristianos, hemos empezado nuestro camino con Jesús el día de nuestro bautismo, nos hemos consagrado a él, y día tras día renovamos nuestra entrega, cada uno en su género de vida. Y esperamos terminarlo, en la hora de nuestra muerte, con la luz de nuestra fe y de nuestro amor todavía encendida, siendo entonces nosotros los que seremos “presentados” en el Templo del cielo. Lo pediremos a Dios al final de nuestra Eucaristía: “así como a Simeón no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna”.

“De nuestra carne y sangre participó también Jesús”

“Luz para alumbrar a las naciones”

“Concédenos caminar por la senda del bien, para que podamos

llegar a la luz eterna” {bendición de las candelas)

“Salimos, llenos de alegría, al encuentro del Salvador” (prefacio)

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24 de diciembre DADLE VOZ A LA ALABANZA

2 Samuel 7,1-5.8b-11.16. David conquistó la ciudad santa y mandó construir para él un palacio de madera de cedro; es el rey de Israel y de Judá. Ahora está madurando un gran proyecto: edificar un templo digno del Dios que le sostuvo en sus empresas y centralizar el culto en Jerusalén.

¡Una gran ambición para un gran rey! Pero David no tendrá tiempo para emprender esa construcción que, al fin, realizará su hijo Salomón.

En lo que se refiere a la dinastía que él fundaba, el rey fue más afortunado. Natán, el profeta oficial de la corte, será no sólo el artífice de la ascensión de Salomón al trono, sino el intérprete ante el rey del favor divino. Así, aunque David, que todo se lo debía a Dios, no pudo edificar el templo, Yahvé consolidará más tarde su trono.

El salmo 88, salmo real, celebra la promesa de Dios a David en lo referente a su descendencia. Es posible que su objetivo sea acreditar la idea dinástica en un momento de crisis, quizá con ocasión de la división del reino.

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Lucas 1,67-79. Nueve meses de silencio: tiempo para que la palabra divina madure en el corazón de Zacarías, y tiempo también para que el sacerdote se abra a la gracia.

Originariamente, el Benedictus cantaba sin duda al Mesías, e hizo falta toda la astucia de Lucas para aplicarlo a Juan Bautista. Pero ¿qué importa eso, si lo que el poema canta es la salvación en marcha? En efecto, el niño que acaba de nacer es como el anticipo del otro niño, del que lleva María y en el que se cumplirá la antigua promesa hecha a Abrahán. En él, Sol de lo alto, serán bendecidas todas las naciones. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz intensa: habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló» (Is 9,1). Aquí se alude a todas las naciones: las provincias separadas de Jerusalén y sometidas entonces al yugo asirio; los pueblos paganos que Lucas tiene la satisfacción de ver entrar en el concierto de las Iglesias.

«Inmediatamente se le soltó la lengua a Zacarías y empezó a hablar bendiciendo a Dios». La duda y el miedo dejan paralizado al hombre en su sitio, presa de un mutismo que no es el silencio del recogimiento, sino la incapacidad para el Espíritu de abrirse camino. Zacarías, que no era más que un simple anciano, quería que se le diera una señal; había olvidado la lección de Abrahán… No quería ponerse en marcha sin estar seguro de encontrarse en el buen camino. Y se le dio una señal: nueve meses de reclusión, el tiempo para poder Dios realizar su obra y crear a un hombre que fuera el signo de su gracia.

¡Pero Dios únicamente condena para liberar mejor! Pacientemente, ha transformado el mutismo del anciano sacerdote en un silencio interior en el que la Palabra se prepara, germina y se desarrolla. Durante nueve meses ha rumiado Zacarías la palabra; ha leído el acontecimiento, como se diría hoy, a la luz de las Escrituras. Por eso, una vez que ha nacido el niño, ya no tiene nada más que buscar: se convierte en sacerdote de la nueva alianza.

Su papel ya no consiste en ofrecer sacrificios interminables, sino en dar voz a la palabra de todo un pueblo. ¡Oídle cómo da gracias a Dios!

«¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo!».

Hoy ha venido la salvación a esta casa. ¡Ha liberado mi palabra, ha liberado su gracia! El tiempo se ha cumplido: Dios ha suscitado su fuerza en la casa de David, acordándose de sus promesas y de su fidelidad. Ha recordado su santa alianza, el juramento que hizo a nuestro padre Abrahán para los que pusieran en él su fe.

«Y tú, niño, serás profeta; prepararás el camino del Señor, guiarás a su pueblo en la luz que procede de lo alto. Fuiste concebido por la bondad de nuestro Dios; llevarás la paz a los que vagan en las sombras de la muerte».

Sí, ha nacido el día. El astro de la mañana viene a visitarnos. La luz de un nuevo día ilumina nuestros desiertos. Juan marchará pronto al desierto, y allí permanecerá hasta el día en que haga su aparición el que es para los hombres la luz verdadera, la vida y la esperanza.

***

He aquí la ternura del corazón de nuestro Dios:

de lo alto del cielo

ha bajado un astro a visitarnos.

Guía, Señor, nuestros pasos,

hasta la luz de tu gracia,

Jesucristo, tu hijo, tu rostro.

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23 de diciembre -DIOS SE COMPADECE-

Malaquías 3,1-4; 4,5-6. Sucede que la historia es un constante comenzar de nuevo. Malaquías ejerció su ministerio hacia el año 450 antes de Jesucristo. En aquella época, Israel ha regresado del exilio y ha reconstruido el templo. Pero el pueblo no ha tardado en reincidir en sus antiguas faltas; en Jerusalén, el culto sufre una continua degradación. Entonces se alza el profeta y pone a cada cual frente a sus respectivas responsabilidades. Anuncia la visita de Yahvé y su juicio «grande y terrible». El Señor vendrá en persona a su templo para purificar a los sacerdotes, descendientes de Leví.

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Su venida estará precedida de la de Elías, cuya misión será preparar los corazones para la irrupción del Reino. Jesús atestiguará ante sus discípulos que ese papel fue desempeñado efectivamente por Juan Bautista.

El salmo 24 suele ser considerado como una queja de carácter individual; está escrito alfabéticamente y muestra el antagonismo que separa al justo del pecador. Suplica al Señor que muestre el camino recto a aquel a quien él protege desde su juventud.

Lucas 1,57-66. Yókánan, «Dios-se-ha-compadecido»: éste es el nombre que, sin haberse puesto de acuerdo previamente, impusieron a su hijo Zacarías e Isabel. ¡Maravilloso programa para el que un día descubrirá al Mesías entre sus discípulos! Con Juan nace un mundo nuevo. ¿Podía sospecharlo la montaña de Judá cuando reflejaba los ecos de los festejos lugareños celebrados en torno a Isabel, la mujer bendecida por Dios?

Nueve meses hacía que su anciana madre le llevaba en su seno, y en los tres últimos no dejaba de repetir «¿De dónde a mí esta dicha?». El niño había saltado de gozo dentro de ella, y su presencia, cada día más evidente, era el signo del Dios que obra maravillas. Zacarías continuaba mudo, pero su mutismo había ido transformándose paulatinamente en admiración. A lo largo de los días, meditaba las palabras recibidas en el silencio del Santuario: «Le pondrás por nombre Juan…: ¡Dios se compadece!».

«A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo». Ocho días más tarde, fiesta grande: se circuncida al niño y se le va a poner un nombre. La imposición del nombre es privilegio del padre. Todos esperan que se le llame Zacarías, para perpetuar el nombre del padre, entrado ya en años. Así, el niño quedará inscrito en un linaje; más tarde, también él será sacerdote. Su nombre garantizará su porvenir. ¡Zacarías… como su padre!

¡No! Se llamará Juan. Llamado por gracia, llevará el nombre de la gracia, «para anunciar a su pueblo la salvación». Su nombre no significará un linaje, sino un futuro inesperado. ¡Dios viene! ¡Dios se compadece! «¡Sol naciente que viene a visitarnos!». Dios no está en el pasado, sino que abre el futuro. El nacimiento no es una perpetuación de lo que era, sino la audacia de la fe en el porvenir. La gracia de Dios se renueva sin cesar. Juan será el precursor de la gracia, llamando a los hombres a superarse para ir al encuentro de la aventura. Viene nuestro Dios… Para acudir a su cita es preciso ir más lejos.

***

Oh Dios que te compadeces,

bendito seas, pues renuevas todas las cosas.

Concédenos poder acceder a la fiesta que viene

como quien acoge un nacimiento

que lleva en sí la aurora de un futuro nuevo.

Oh Señor, que jamás reniegas de tu Alianza,

te damos gracias con todos los profetas

que esperaron el día de tu venida.

Te damos gracias con Juan Bautista,

que nos señaló al Cordero de Dios

y preparó en el desierto el camino de tu cita.

Por eso, en comunión con la Iglesia de todos los tiempos,

aclamamos incesantes tu amor.