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11 de julio. SAN BENITO, ABAD, PATRONO DE EUROPA

 

Con toda razón, el papa Pablo VI, en 1964, nombró a san Benito patrono de Europa. Porque fue muy notable su aportación y la de sus hijos, los monjes y monjas de la familia benedictina, a la cultura y a la fe, en los orígenes de Europa.

Unos años más tarde, en 1980, Juan Pablo II dio el mismo título a los dos hermanos orientales san Cirilo y san Metodio, que recordamos el 14 de febrero. Así, los tres, uno occidental y dos orientales, son copatronos de Europa y se celebran con categoría de fiesta. En octubre de 1999, el mismo Papa, al inicio del Sínodo especial de obispos de Europa, declaró copatronas de Europa a tres santas: una sueca, del siglo XIV, Santa Brígida; otra italiana, también del siglo XIV, santa Catalina de Siena; y otra de Alemania, Edith Stein (santa Teresa Benedicta de la Cruz), del siglo XX Las noticias sobre la vida de san Benito las tenemos de san Gregorio Magno, en el libro de sus Diálogos. Nació en Nursia, en la región italiana de Umbría, y después de estudiar en Roma, se retiró a la vida monástica: primero en solitario, como eremita, y luego fundando comunidades en Subiaco y Montecassino.

Su memoria se celebraba antes el 21 de marzo, porque murió en tal día, el año 547. Para que no coincidiera con la Cuaresma, en el actual Calendario (1969) se ha pasado al 11 de julio, fecha en que tuvo lugar el traslado de sus restos a Fleury de Francia, a orillas del Loira.

Proverbios 2,1-9: “Presta atención a la prudencia ” En el libro de los Proverbios leemos una invitación a la sabiduría y la prudencia, que son un tesoro humano, pero, sobre todo, dones de Dios: “Es el Señor quien da la sabiduría”.

La elección del pasaje no se debe sólo a que san Benito brillara por esta sabiduría divina, sino porque existe un paralelismo evidente entre este pasaje y el inicio de su Regla: “Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponía en práctica”. La página que leemos de los Proverbios empieza: “Hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejos…”.

El salmo responsorial nos hace repetir una breve frase que juega con el nombre de Benito (Bendito): “Bendigo al Señor en todo momento”.

Mateo 19,27-29: “Recibirá el ciento por uno” El seguimiento de Cristo, por parte de los cristianos y, de modo especial, por los que abrazan la vida religiosa y consagrada, tiene sus mejores antecedentes en los apóstoles, que lo dejaron todo y le siguieron.

Pedro, mostrando una sensibilidad no demasiado gratuita, le pregunta al Maestro qué van a recibir a cambio. La respuesta de Jesús es un poco misteriosa: apunta al final de los tiempos, asegurando un lugar privilegiado a sus seguidores, como jueces de las doce tribus y, además, el ciento por uno de lo que han dejado.

San Benito y su familia de seguidores nos dan un ejemplo magnífico de renuncia a los bienes de este mundo para seguir a Cristo y su estilo evangélico de vida. Benito no fue el primer monje occidental, pero sí el que más influencia tuvo en este género de vida cristiana, sobre todo por su célebre Regla, de la que en el Oficio de Lectura leemos parte del Prólogo.

Los cristianos, tanto si nos quedamos en el mundo como imaginábamos la vida monástica o el apostolado activo de las comunidades religiosas, tenemos un buen modelo en san Benito.

La verdadera sabiduría, de la que habla la primera lectura, y el seguimiento generoso del evangelio son actitudes que han adoptado miles y miles de cristianos, sobre todo en la vida religiosa. Seguir a Cristo es el camino mejor para alcanzar los bienes más importantes.

De este santo la historia recuerda, entre otras cualidades, su mesura, su prudencia, su discreción. Invitaba a los suyos a una vida evangélica profundamente vivida y, a la vez, quería que se caracterizaran por un sentido de equilibrio, por ejemplo, en la organización de su vida comunitaria y en los momentos y en la duración de su plegaria y de su descanso.

Nos viene bien recordarlo, porque todos podemos tender a exagerar, a ser un tanto extremistas en nuestras posturas. Incluso para el bien vale la consigna de san Benito: ne quid nimis (no exagerar en nada).

San Benito, además, supo conjugar en su Regla el trabajo y la oración, la caridad y la liturgia. Pablo VI, en el Breve con que lo nombra patrono de Europa, explica cómo fue Padre y Maestro del Viejo Continente con la cruz, con el libro y con el arado: la oración, la cultura y el trabajo manual.

La cultura era fundamental en unos momentos en que se derrumbaba el antiguo mundo romano y Europa se abría a los nuevos pueblos nórdicos. La vida monástica contribuyó a conservar y difundir la cultura clásica a las generaciones siguientes. También el trabajo fue un lema monástico que se convirtió en base del progreso de los pueblos. El lema de san Benito ora et labora ha sido imitado y adaptado repetidas veces, y ha sido norma de una vida cristiana y monástica equilibrada y lúcida.

Las tres oraciones de la misa hablan del “servicio de Dios”, o sea, de la liturgia. Y es que la familia benedictina supo centrar su espiritualidad en la celebración litúrgica, con la riqueza con que se entendía en aquel siglo VI.

San Benito nos enseñó la primacía del culto divino: no hay que anteponer nada a “la obra de Dios”, que es la oración litúrgica.

Pero este servicio de Dios se relaciona claramente, en las mismas oraciones, con otros aspectos de la vida cristiana, aludiendo cada vez a consignas que san Benito da en su Regla:

– la oración colecta pide avanzar en la línea del amor a Dios con libertad de corazón: “Hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino servicio: concédenos que, prefiriendo tu amor a todas las cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón”;  – en la oración sobre las ofrendas se pide que esta liturgia bien celebrada repercuta en la unidad y la paz comunitaria: “Buscándote a ti solo, como él te buscó, merezcamos encontrar en tu servicio el don de la unidad y de la paz”;

– y en la poscomunión, que la liturgia nos lleve a la caridad fraterna: “Para que nos mantengamos fieles en tu servicio y amemos a nuestros hermanos con caridad ardiente”.

 

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14 tiempo ordinario//Cansados y agobiados

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28-29)

Hay que diferenciar el cansancio físico y tener la cabeza ocupada para intentar resolver los problemas, del hecho de estar enfadados o cargados porque nos apoyamos sólo en nosotros mismos. Hemos de contar con Jesús para descansar. Es cambiar de yugo: dejar el nuestro –nuestras preocupaciones, los motivos humanos– y hacerlo todo con Él y por Él, ofreciéndolo por la Iglesia, por las vocaciones, cargando, como decía san Pablo con el peso de todas las iglesias. Esto no quita que estemos cansados físicamente, pero no estará agotado el fondo de nuestro ser, porque lo que más agota es pensar en uno mismo.

«Cualquier otra carga, decía san Agustín, te oprime y abruma, más la carga de Cristo te alivia el peso. Cualquier otra carga tiene peso, pero la de Cristo tiene alas.

Si a un pájaro le quitas las alas parece que le alivias el peso, pero cuanto más le quites este peso, tanto más le atas a la tierra. Ves en el suelo al que quisiste aliviar de un peso; restitúyele el peso de sus alas y verás cómo vuela» (Sermón 126).

 

Se trata de adquirir la costumbre de ir a la oración y contarle al Señor lo que nos pasa. «¿A quién contaré mis penas, mi lindo amor?, ¿a quién contaré mis penas, sino a vos?», que decía un poeta antiguo. Entenderemos que los problemas no se solucionan por estar más preocupados por ellos, o por dedicarles más tiempo, incluso robándolo a las normas de piedad o al que debemos a los demás, y que lo que realmente es importante es tener una actitud interior de calma y confianza en Dios, de mansedumbre y humildad. Hay que intentar resolver los asuntos, pero hemos de convencernos de que, si no llegamos o no se resuelven, eso no es lo más importante, sino nosotros mismos y los demás. Entonces se disipan los dilemas.

Acepto ahora el peso que llevo y quiero contar contigo para que, entre los dos, lo llevemos. Ayúdame para que nada me turbe, nada me espante; porque si Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan. Recuérdame, María, que vaya a Jesús una y otra vez.

Jesús Martínez García

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14º Domingo del Tiempo Ordinario

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré.

Estamos dentro de este Tiempo Ordinario y hoy se nos regala un texto de mucha paz, de mucha tranquilidad y de mucho bienestar: Jesús nos invita dentro de la sencillez y de la humildad a ir a Él, a todas las preocupaciones que tengamos, entregárselas a Él. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 25-30:

En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.  Mt 11,25-30

Querido amigo, después de escuchar este texto, vemos a Jesús que está contento, feliz, porque han regresado los setenta y dos discípulos —éstos que Él había elegido para su misión— y venían contentos porque todo les había salido bien, todo [lo] habían dominado. Pero este gozo de Jesús entra en una oración de humildad y de sencillez. Como haciendo Él una oración solitaria, entra en un monólogo y ora en alto, contento, lleno de gozo, lleno de alegría, porque todo le ha salido bien a sus queridos discípulos. Da gracias a su Padre: “Te doy gracias, oh Padre, porque has descubierto a los pequeñitos todo. Ése es tu agrado. Todas las cosas las has puesto en mis manos, pero nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien lo quisiere revelar”. Y como invitándoles al descanso, a la liberación, a la tranquilidad, les dice —y nos lo dice a ti y a mí, querido amigo—: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso, porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”.

¡Qué perla de Evangelio, querido amigo, hoy! ¡Es un Evangelio precioso! Mateo nos lo entrega y vemos a un Jesús lleno de gozo, de alegría, porque ve que todo le ha salido bien a estos sencillos discípulos, y se sobrecoge y se llena de alegría porque ve [que] en lo débil está la gran riqueza. Y cómo les dice: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados”. Esta frase nos invita a ti y a mí  a consolarnos en Jesús, a acercarnos, a ver cómo es su bondad, su perdón, su olvido.

Nos invita a todos los que andamos fatigados con tantos jaleos, con tantas incomodidades, con tantas prisas, con tantas penalidades: “Yo os aliviaré”. ¡Qué palabra tan preciosa: “aliviar”! Ser el gozo de la esperanza, aliviar en la soledad, aliviar en el dolor, aliviar… “Pero sólo en mí encontraréis vuestro descanso, en mi corazón, en mis brazos”. Y añade: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿Y cuál es el yugo? Todo su mensaje, todo su Evangelio, todo. “Mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”. No te canses, querido amigo, no nos cansemos, porque el mensaje de Jesús siempre es llevadero. 

Entremos en su corazón, comprendamos su bondad y oigamos: “¡Ven a mí!”. Y yo le tengo que decir: “Jesús, tu corazón está lleno de bondad, rebosa alegría, rebosa paz. Envuélveme en estas olas de amor y que yo lata al mismo ritmo que Tú. Soy pobre, pero comprendo tu invitación”. Me dices: “Si estás cansado y agobiado ¡ven! Estate atento a la vida y a todo, pero ven a mí, porque en mi corazón te saciarás, porque en mi corazón te llenarás”. Es el bálsamo de mi vida, el descanso de mi cansancio, la tranquilidad de mis agobios, la solución de todas mis dificultades.

¡Qué encuentro tan profundo y tan bonito, querido amigo! Desgranemos palabra por palabra y veamos a este Jesús, que en su monólogo habla y nos dice todo lo que es su corazón, nos descubre lo que es su corazón. Así es Jesús, así es Jesús… San Agustín decía: “¿No vale la pena dejarse cortar y quemar un momento para entrar a su corazón?”, porque su yugo es suave y su carga es ligera. 

No podemos seguir hablando más… Entremos en el encuentro, llenémonos de fe, de cariño, y acojamos este regalo que nos deja el Señor y aprendamos también a alejarnos de la soberbia, del orgullo, porque la gran sabiduría, la gran gratuidad de Dios sólo se hace a los humildes y esta gran sabiduría rechaza a los orgullosos y soberbios. Gracias, Jesús, por demostrarnos y abrirnos tu corazón. En mis dudas, en mis cansancios, en mis dificultades iré a ti y escucharé tu gran monólogo, el monólogo del amor. Entremos en el encuentro y con toda profundidad, descubramos cómo es el corazón de Jesús: bueno, cariñoso, deseando quitarnos los cansancios y los agobios. Pongámonos al lado de Él y aprendamos la gran lección de la paz, de la liberación y del amor y entremos en el encuentro, querido amigo.

 ¡Y que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Hoy celebramos a uno de los santos más extraordinarios, el Precursor de Cristo, el Bautista, san Juan. Se puede decir que a este santo lo “canonizó” Jesús cuando le dedicó repetidas alabanzas: “Es profeta y más que profeta”, “es el mayor de los nacidos de mujer”…

A los demás santos los recordamos en el día de su muerte, su dies natalis.

Sólo de tres personas celebramos el nacimiento: de Jesús, de la Virgen María y de san Juan. También celebramos su muerte como mártir el 29 de agosto.

La fecha del 24 de junio se debe a la distancia de seis meses antes de la Navidad del Señor (25 de diciembre) y de tres meses después de la anunciación a María (25 de marzo). La fiesta de hoy es antiquísima: lo demuestra el interesante sermón de san Agustín sobre el nacimiento de Juan, que leemos en el Oficio de Lectura.

Para la fiesta de hoy, el Leccionario nos ofrece unas lecturas propias para la misa vespertina de la vigilia: Jeremías 1,4-10, con la elección de este profeta como mensajero de Dios, ya antes de su nacimiento; 1 Pedro 1,8-12, donde se nos anuncia que en Jesús se han cumplido todas las profecías del Antiguo Testamento; y Lucas 1,5-17: el ángel anuncia a Zacarías que tendrán un hijo, que irá delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto.

Aquí sólo comentamos las lecturas de las misas del día.

 Isaías 49,1-6: “Te hago luz de las naciones”

Es el segundo canto del Siervo de Yahvé: ese personaje misterioso que ha sido elegido por Dios y a en el seno materno para que sea luego su mensajero, su “espada afilada”, su “flecha preferida”, que utilizará en el momento oportuno para hacer llegar su voz a todos.

Este canto ya prevé que el Siervo tendrá momentos difíciles y de crisis: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no pierde la confianza. Sabe que Dios le ayudará a cumplir esta difícil misión: reunir a Israel y ser luz de todas las naciones.

El Siervo auténtico es Cristo Jesús. Es bueno recordarlo en el día en que celebramos la memoria de Juan, que también ha sido predestinado por Dios para ser Precursor del Mesías.

El salmo 138 prolonga esta convicción: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente; cuando en lo oculto me iba formando, conocías hasta el fondo de mi alma”.

 Hechos 13,22-26: “Juan, antes de que llegara Cristo, predicó”

Leemos hoy parte de un discurso programático de Pablo, el que solía dedicar a los judíos, en las sinagogas de las ciudades que iba recorriendo: esta vez, en Antioquía de Pisidia, en la actual Turquía.

De la descendencia de David ha llegado el Mesías. Y ha habido un último profeta del Antiguo Testamento, Juan, que predicó un bautismo de conversión, preparando la llegada de Jesús, que es el Salvador de Israel.

Lucas 1,57-66.80: “Se va a llamar Juan”

Escuchamos la hermosa escena del nacimiento de Juan y la imposición de nombre el día de su circuncisión. Son páginas que leemos en el Adviento, poco antes de la Navidad, en una serie paralela de lecturas sobre el nacimiento de Juan y de Jesús.

El nombre “Juan” significa “Dios es misericordioso o compasivo”. No sólo lo es para aquella pareja de ancianos a los que les concede la alegría de la paternidad, sino para el pueblo de Israel y para toda la humanidad, porque Juan es el anticipo del Salvador, la aurora que anuncia el pleno día.

Ya se ve, en esta página, lo grande que va a ser Juan, no por sus propios méritos, sino por la elección de Dios: “¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él”.

La fiesta de hoy, con sus lecturas, nos ayuda a reflexionar en varias direcciones sobre nuestra identidad como cristianos y como testigos del evangelio en el mundo de hoy.

Es Dios quien elige a sus profetas. No se arrogan ellos la misión. Dios los llama ya desde el seno materno: como al Siervo de que habla Isaías, como a Jesús, como a Juan. No estamos celebrando tanto lo grande que fue Juan, sino cómo en él se mostró el plan salvador de Dios, correspondido, eso sí, por Juan con una actitud de fe y de firmeza. En el prefacio decimos a Dios: “Al celebrar hoy la gloria de Juan el Bautista, proclamamos tu grandeza”.

También a nosotros nos ha elegido Dios. Desde nuestro Bautismo y Confirmación, somos personas que tienen en este mundo no sólo la misión de ser fieles a Dios, sino de darlo a conocer y de preparar el camino a Jesús. La salvación no la conseguimos nosotros, sino que nos la da Dios.

La misión del profeta es hermosísima, como la de Juan: preparar al pueblo a la acogida del Mesías, señalarlo ya presente en medio de ellos y mostrar a todos quién es el Cordero que quita el pecado del mundo. O sea, preparar el camino a Jesús, ser su precursor y pregonero.

El prefacio de hoy enumera expresivamente las diversas facetas de san Juan que se deberían reflejar en nuestra vida, cada uno en su ambiente, desde el Papa hasta el último confirmado:

– “Juan el Bautista, precursor de tu Hijo

– y el mayor de los nacidos de mujer…

– El saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos.

– Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes

al Cordero que quita el pecado del mundo.

– Él bautizó en el Jordán al autor del bautismo

– y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres.

– Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo”.

 El profeta no sustituye a Dios. Juan no era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra, sino el pregonero de la Palabra, a veces en la soledad del desierto. No era el Mesías, sino su “telonero” y preparador. “Yo no soy el que vosotros pensáis, sino que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”. Juan es “el amigo del Esposo”. Es el mayor de entre los nacidos de mujer, pero sólo es Precursor: el Salvador es otro. “Irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Juan supo estar en su sitio y apuntar claramente hacia Cristo. Vio cómo algunos de sus discípulos se pasaban al grupo de Jesús y se alegró. “Conviene que yo disminuya y que él crezca”.

Nosotros, profetas y testigos, no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo. Se puede decir de nosotros lo que uno de los himnos de la Liturgia de las Horas canta de Juan: “Pastor que, sin ser pastor, al buen Cordero muestras; precursor que, sin ser luz, nos dices por dónde llega…”.

Juan fue recio en su testimonio. Asceta en el desierto, humilde ante la aparición del Mesías, decidido y fuerte en el anuncio y en la denuncia cuando su palabra resultaba incómoda, mártir de la verdad que proclamaba.

Experimentamos dificultades en nuestro camino. Sin llegar a ser encarcelados y decapitados, pero sabemos lo que es la fatiga y el desánimo en nuestra misión evangelizadora de este mundo distraído. Podemos pensar como el Siervo del que habla Isaías: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no puede ser esa nuestra última palabra. Debemos seguir adelante, con la confianza puesta en Dios, generosos y firmes, como el Siervo, como Juan, sobre todo como el mismo Jesús, que dio testimonio a lo largo de toda su vida y también en su muerte.

Una última consideración: el nacimiento de Juan fue motivo de alegría para todos. Varias veces las lecturas ponen de relieve esta alegría mesiánica, y lo repiten las oraciones de la misa y de la Liturgia de las Horas. El que parece profeta adusto, el hombre del desierto, el que predica una radical conversión, en el fondo está anunciando la alegría.

¿Somos personas que saben comunicar alegría, y no sólo exigencias y deberes? No se trata de la alegría externa, de la que la fiesta de san Juan está muy llena, por las verbenas y los fuegos del verano que empieza. Si no, sobre todo, de la alegría interior, hecha de fe y de esperanza. La alegría de sabernos salvados por Dios. La oración de este día pide a Dios: “Concede a tu familia el don de la alegría espiritual”.

Al acercarnos a la comunión en la Eucaristía de hoy, pondremos especial atención a las palabras de Juan el Bautista, que siempre se nos recuerdan en este momento, señalando al Jesús a quien vamos a recibir: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, después de comulgar, podríamos rezar serenamente el himno que Lucas pone en labios del padre de Juan, el Benedictus: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo…”.