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Sábado santo/CUANDO DIOS CALLA…

Nuestro Dios es un Dios de las palabras, es un Dios de los gestos, es un Dios de los silencios.

El Dios de las palabras sabemos cómo es porque en la Biblia están las palabras de Dios: Dios nos habla, nos busca. El Dios de los gestos es el Dios que va… Y después está el Dios del silencio. Piensen en los grandes silencios de la Biblia: por ejemplo, el silencio en el corazón de Abraham cuando iba a ofrecer en sacrificio a su hijo.

Pero el silencio más grande de Dios fue la Cruz: Jesús sintió el silencio del Padre hasta definirlo ‘abandono’… Y después ocurrió aquel milagro divino, aquella palabra, aquel gesto grandioso que fue la Resurrección.

Nuestro Dios es también el Dios de los silencios y hay silencios de Dios que no pueden explicarse si no se mira al Crucifijo. Por ejemplo ¿por qué sufren los niños? ¿Dónde hay una palabra de Dios que explique por qué sufren los niños? Ese es uno de los grandes silencios de Dios.

Y no digo que el silencio de Dios se pueda ‘entender’, pero podemos acercarnos a los silencios de Dios mirando al Cristo crucificado, al Cristo abandonado desde el Monte de los Olivos hasta la Cruz…

Pero ‘Dios nos ha creado para ser felices’…Sí, es verdad, pero tantas veces calla. Es verdad. Y yo no puedo engañarte diciendo: ‘No, tú ten fe y todo te irá bien, serás feliz, tendrás suerte, tendrás dinero… No, nuestro Dios está también en el silencio”. (Papa Francisco)

Los hermanos sufren, y yo con ellos. No quiero vivir una situación de privilegio.

¡Cómo me gustaría ofrecerte una inteligencia capaz de encontrar fórmulas que alentasen la vida de los seres humanos por el camino de la justicia…! Pero no parece posible. Soy pequeño. Soy un hombre de una inteligencia sencilla, acostumbrada a vivir y a hacer pequeñas cosas.

Me supera este problema del paro y la inseguridad en que viven tantos hermanos. Y quiero perforar la vida para que mi conciencia se alerte, se solidarice, se abra, se espabile, se active. Perforar para que mi corazón no se quede en el lamento fácil, sino para que me ponga en actitud de búsqueda, para que sepa que en medio de la noche nadie debe caminar solo, sino que nos hemos de coger de tu mano.

Perforar para que brote la Fuente, el Manantial de Vida, que se esconde tras un corazón aparentemente frío y apagado. Perforar para que se aproveche bien este momento silencioso, tímido, corto, en medio de otras muchas movidas e inquietudes.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.

Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que  también lo necesitan.

Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.

Amén

 

 

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Viernes Santo /NO HE PERDIDO NINGUNO DE LOS QUE ME HAS CONFIADO

Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?” Jesús le contestó “mi  reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “Conque, ¿tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le dijo: “Y ¿qué es la verdad?”

Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que Tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”.

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Jn 18, 1-19, 42

Jesús sabe lo que va a ocurrirle y da un paso adelante para preguntarles a quién buscaban, sólo para ponerlos al nivel del suelo al identificarse a sí mismo como soy yo, tras la respuesta de que buscaban a «Jesús de Nazaret». Al repetir la fórmula de la revelación de sí mismo (soy yo), informa a sus adversarios de que sus planes sobre Jesús de Nazaret pueden llevarse a cabo si dejan marchar en libertad a los discípulos.

El narrador recuerda las palabras de la oración de Jesús: «No perdí a ninguno de los que me disté» Ni siquiera Judas, el traidor, es excluido de aquellos a los que debe dejarse en libertad. El hecho de que incluso en este contexto hostil no se haga ninguna excepción, «No perdí a ninguno», es un indicio de que este evangelio no emite un juicio final sobre el discípulo Judas. Por muy perversa que haya sido su acción, ahora se le integra en la protección del Padre cuyo magnificiente amor ha sido revelado por Jesús. Judas está «con» los adversarios De Jesús, pero no juega ningún papel activo en el prendimiento.

Jesús rogó por sus discípulos y por quienes han oído la palabra mediante el ministerio de éstos, para que fueran integrados en la unión de amor que existía desde el principio entre el Padre y el Hijo, «para que así el mundo crea que tú me has enviado y les has amado.

Oración

Amado Dios

Toma mi vida

y permíteme vivir serenamente este día.

Abre mi mente a pensamientos positivos.

Saca de mí todo mal sentir hacia los otros.

Haz posible que yo pueda sentir gozo, amor, compasión,

y permíteme sentirme vivo otra vez.

Ayúdame a aceptar las cosas como son,

a aguantar la lengua,

a cumplir con mis tareas diarias,

a dar libertad con amor.

Llévate mis preocupaciones por el futuro.

Que yo pueda darme cuenta de que en Tus manos todo se me provee,

que no tengo control sobre nada sino yo mismo,

que el presente es precioso y pasa muy pronto.

Ayúdame a recordar que

el odio y el dolor dirigidos a mí

son el odio y el dolor que siente la otra persona.

Gracias por aceptar mi carga y por hacerla más liviana.

Amen

 

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4º Domingo de Cuaresma…

Jesús da luz a los ojos de un ciego de nacimiento

Querido amigo:

En este 4º Domingo de Cuaresma, caminando hacia la Pascua, vemos que nos faltan muchas cosas necesarias. El domingo pasado veíamos cómo Jesús nos daba agua, colmaba nuestra sed. Hoy necesitamos la luz. Él es la luz que nos ilumina y Él nos ofrece y se nos ofrece como luz. Lo vamos a ver en el texto maravilloso de este milagro tan explicativo y tan narrativo que nos ofrece el Evangelio de san Juan, capítulo 9, versículo 1 al 41:

Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa ‘Enviado’)”. Él fue, se lavó y volvió con vista.

Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ése el que se sentaba a pedir?”. Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece”. Él respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?”. Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No lo sé”.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?”. Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?”. Él contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”. Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos.

Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él”.

Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntan de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?”. Les contestó: “Os lo he dicho ya y no me habéis hecho caso, ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?”. Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.

Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene”. Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?”. Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”.

Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos”.

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?”. Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís ‘vemos’, vuestro pecado permanece”. Jn 9,1-41

El evangelista san Juan nos narra hoy un milagro precioso. Ocurre en sábado: Jesús pasa ante un ciego de nacimiento que pide limosna en el Templo, le mira con compasión; los discípulos se extrañan y le preguntan: “Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Estaban influenciados por esa creencia [de] que cualquier enfermedad era un castigo, era un pecado. Pero Jesús no habla. Hace polvo con su saliva, un poco de barro, se lo unta a los ojos de este ciego y le dice: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.

Este hombre —habría que verlo con sus ojos llenos de barro— con fe va a la piscina, en esas aguas medicinales, en esa agua municipal, y ahí ve cómo se le abren los ojos y se cura. Pero ahora viene una situación todavía más difícil: una vez que este hombre es curado, entran en escena los fariseos —como jueces— y los testigos. Testigos de esto los vecinos, porque era ciego; sus padres, que no se quieren inmiscuir y tener represalias, y dicen: “Sabemos que éste era nuestro hijo y que era ciego, pero no sabemos ahora cómo se ha curado”. Y los fariseos acosan de preguntas a este pobre hombre y él repite una y otra vez: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Y vuelven a preguntarle y a preguntarle, hasta que aparece Jesús, se hace el encontradizo con este hombre y le dice: “Pero ¿tú crees en el Hijo del hombre?”. Y él contesta: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea?”. “El que estás viendo”. “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Un relato precioso de un momento clave de la conversión. Es todo el proceso de conversión. Esta Cuaresma nos viene muy bien preguntarnos por nuestras cegueras. No queremos ver tantas cosas… No queremos ver nuestra propia realidad, no queremos ver nuestros egoísmos, nuestro bienestar. Todo nos ruboriza, pero tiene que aparecer Cristo, que es la luz y que va en nuestra búsqueda para sacarnos de las tinieblas hacia la luz. Jesús es el protagonista principal de esta escena y de mi vida; es Él capaz de iluminar mi oscuridad, mis cegueras; es la respuesta a todos mis interrogantes. ¡Y cómo recobro la luz cuando me encuentro contigo, cómo empieza mi verdadero camino de conversión!

¿Cómo? Yo te pido hoy a través de este relato tan maravilloso que me fije en ti, porque eres mi luz y el que das luz a mi fe; que cuando vea, podré ver todo de otra manera y que veré todo fruto de tu bondad; que, aunque esté ante tantas cosas, ante tantos miedos, que sepa que realmente eres Tú el que me has curado. 

Querido amigo, te invito y me invito a un proceso de conversión como nos narra el texto de hoy. Este ciego quiere ver, no está a gusto con su ceguera.

¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Pedirle a Jesús, pedirte a ti, Jesús, deseo de la luz, deseo de ver. Un segundo paso que también te pido hoy: que yo me deje curar, iluminar; que me deje colocar mi propio barro por ti, para que en mi propio barro me des la luz. Que sepa encontrarme —tercer paso— contigo y que sepa adherirme a tu vida. Y que oiga: “Antes eras tinieblas, antes estabas en tinieblas, pero ahora estás en la luz”.

Te pido hoy, Jesús, que, en este encuentro tan precioso, tan maravilloso, tan bueno, que sepa convertirme en la Cuaresma, que sepa ir a la luz. Dame ese deseo: que me deje iluminar, que no sea rebelde a tus caminos, que sepa recobrar la vista cuando Tú me toques y que vea mis cegueras para que, no viendo, acuda a ti. Jesús, yo te pido hoy: compadécete de mí oscuridad. Tú pasas junto a mí y no te veo. Toca mis ojos con tu mano, llévame a lavarme a la fuente de tu Corazón, permíteme que te sepa contemplar, permíteme que sepa contemplar la vida con la luz de la fe y que abra estos ojos con gozo para sentirte y contemplarte, para que pueda dar testimonio de ti, para que tenga valentía ante todos, para que no tenga excusas y que pueda decir: ¡ahora veo!

¡Gloria a ti, Jesús, por siempre! ¡Gloria a ti! Que te confiese, que te alabe.

Hoy, querido amigo, tú y yo nos preguntamos: ¿dónde están nuestras cegueras? ¿Cuáles son? Te invito a acudir a Jesús agarrados de la mano de María para que nos dé la luz, la fuerza, la alegría y la claridad de la fe. Se lo vamos a pedir con toda intensidad a nuestra Madre, la Virgen, y a Jesús: que nos dejemos curar, que nos dejemos llevar de la luz y que siempre vayamos a ti para que recobremos la vida y la alegría de ver vida de otra manera.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ –

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3º Domingo de Cuaresma

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana: “Dame de beber”

Nos encontramos ya en el 3º Domingo de Cuaresma. Desde el principio de esta etapa Jesús nos está llamando e invitando a la reflexión, al perdón, a la conversión, a cambiar de vida, a cambiar de rumbo. Y hoy nos regala un precioso encuentro: una mujer samaritana en su rumbo, en su vida, que se encuentra con la vida verdadera —que es Jesús— y cambia su vida. Vamos a escuchar con atención el texto de Juan, capítulo 4, versículo 5-42, que nos narra descriptivamente todos los detalles de esta escena:

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”.

La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «uno siembra y otra siega».

Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos”.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Jn 4,5-42

¡Qué preciosa es esta escena, Jesús! Tú siempre ofreciéndonos saciar nuestra sed, Tú siempre dándonos todas las oportunidades, Tú siempre a nuestro encuentro. Hoy sales de Judea, vas acompañado con tus discípulos, atraviesas toda la parte de Samaría y a unos pocos kilómetros está Sicar. Allí sabes que está el gran pozo de Jacob —ese pozo muy profundo— y, cansado del camino, tienes sed y no hay nadie que venga a darte agua. Era ya alrededor de mediodía y aparece una mujer, una mujer samaritana, que va a sus preocupaciones diarias, a sacar agua para arreglar sus cosas, su vida, su casa. Y se encuentra contigo allí y Tú le dices que te dé agua. Ella se extraña: “¿cómo este hombre me pide a mí agua sabiendo que Él es judío y yo soy samaritana?”. Pero Tú, Jesús, le respondes:

“Si conocieras el don de Dios y quién te dice ‘Dame de beber’, tú se lo pedirías a Él y te daría agua viva”. 

¡Qué maravilla, le estás mostrando que Tú eres la fuente del agua viva! “Si conocieras el don de Dios…” ¡Qué expresión tan bonita para, querido amigo, pensarla tú y yo! Y Jesús le añade más: “Pero el agua que Yo te daré, esa agua manará de una fuente que salta hasta la vida eterna”. No entiende nada esta mujer. ¿De qué está hablando? Pero de pronto Jesús entra en su vida. Y Jesús va a convertir a esta mujer y le dice: “Ve y llama a tu marido”. Dolida, le dice: “Si no tengo marido”. Jesús entra en el fondo del corazón… El gran encuentro del amor de Dios. Ésta es la conversión de esta mujer: entra en su vida y le cambia. Ella se extraña: “Ya veo que eres profeta. Ya veo que eres distinto. Ya veo que eres otro”. Y esta mujer: “¡Dame de esa agua también!”. Y cambia toda su situación.

En medio de toda esta conversación, en medio de todo esto, Jesús le va diciendo a esta mujer…, le va cambiando y le va llevando a su interior, a su vida, a su vida personal. Éste es Jesús. Una narración donde veo un Jesús que entra en mi propia vida y que me dice que me quiere saciar, porque es el agua viva que es capaz de saciar toda la sed humana que yo pueda tener. Ningún agua me puede quitar la sed. Momentáneamente sí. El éxito, el dinero, el placer, todo eso no me quita la sed. La verdadera sed me la va a quitar Jesús y me va a llenar de su vida y me va a dar todo lo que necesito.

Yo también, Jesús, te doy gracias porque apareces en mi vida. Y soy como esta mujer samaritana, que no entiendo, que busco otras fuentes de felicidad que no eres Tú. Y tengo sed: sed de paz, sed de justicia, sed de felicidad, sed tuya, y Tú me ofreces el agua, pero no me doy cuenta. Ayúdame a aceptar, a beber de tu agua, a beber de tu corazón, porque mi corazón está inquieto, intranquilo.

Necesito de tu agua, de tu paz, de tu gracia, que es la que salta hasta la vida eterna. Quiero ir a tu fuente, a la fuente de la vida que eres Tú, y ahí, en tu manantial, llenarme, saciarme de tu sed, saciarme de tu agua, saciarme de tu vida.

¡Qué encuentro tan precioso, querido amigo, para tú y yo pensarlo, meternos, ver todas las reacciones de Jesús! “Si conocieras el don de Dios…”. Dos palabras claves para este encuentro: “Dame de beber”. Y otra: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Cuántas veces tendré que oír esto! Sigo peregrinando, andando y no me doy cuenta. Pero yo te quiero pedir hoy: dame agua, dame agua, porque mi corazón está seco con todo lo que ocurre en mi vida, con mis errores, con todo.

Bebo de otras fuentes que me secan la felicidad y tengo que oír: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Dame de tu agua, Jesús! Haz brotar en mi interior la fuente que sacia y no se seca, la fuente que eres Tú, la fuerza que eres Tú. Haz brotar ese amor que necesito para acercarme a ti y escuchar eso: “Si conocieras el don de Dios…”.  Querido amigo, es un encuentro precioso, íntimo, lleno de vida, que nos tiene que saciar a ti y a mí. Y oír: “Si Yo soy el que habla contigo… ¿Qué buscas? ¿El Mesías que va a venir? Soy Yo el que habla contigo”. Y haré como esta mujer: dejaré el cántaro, como ella, y me iré a anunciar: “¡He encontrado a Jesús! ¡Yo mismo le he oído! ¡He encontrado a Jesús!”. Que sea dócil, que vaya a tu fuente para que Tú me apagues la sed, Tú, el dador de vida, la fuente que mana y corre, la fuente que está y que lleva hasta la eternidad. Dame de esa agua, Jesús, para que nunca fenezca, para que nunca muera mi vida.

Le pido a la Virgen que me lleve a la fuente de tu Corazón y que allí me haga llenar mi vida, mi cántaro, mi pobreza, mi barro, del agua que mana y corre, que siempre eres Tú, que siempre es tu amor. “Si conocieras el don de Dios…”. Eres Tú, porque te he visto, porque te he oído y Tú siempre me darás el agua viva.

Gracias, Jesús, me quedo disfrutando de este encuentro y pidiendo que vaya a las fuentes que nunca se secan y que siempre dan paz, amor, alegría, felicidad. Y esa fuente eres Tú, Señor. Contigo me quedo. ¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ