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Corpus Christi// La unión del amor

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56)

Palabras de Jesús profundas, palabras sorprendentes, que algunos no aceptaron y se alejaron de él. Palabras impresionantes para quienes creen. Pero no son sólo palabras, no son sólo promesas que se lleva el viento. Jesús promete y hace. La Eucaristía es la realidad. Ahí, en esas dimensiones, en la rugosidad y dureza de lo que parece pan, y en la liquidez, color y olor de lo que parece vino está Él, Dios escondido, para alimento del que camina en la tierra hacia el cielo. Y de igual modo que si no se come ni se bebe, se desfallece y se puede morir de inanición, si no tomamos este alimento de la Eucaristía la vida espiritual languidece, si es que no está muerta.

Es el amor lo que le ha llevado a Dios a hacerse un trozo de cosa para que podamos comerle. Y es el amor lo que lleva a estar con Él y a comulgar. Te comería a besos, dice la madre al chiquitín, porque el amor lleva a la unión, incluso física; desea ser uno en el otro. Y lo que el amor humano es incapaz de realizar, Dios lo ha hecho a través de un prodigio: poder comer su carne, beber su sangre.

Cuerpo con cuerpo, alma con alma. Mayor unión que la unión (comunión) sacramental no se puede dar entre dos personas.

Sólo quien entienda de amor comprenderá qué significa esto, pues no son maneras de hablar. Son duras estas palabras, pero quien las entienda descubrirá cuánto nos ama Jesús y lo que espera de cada uno: amor.

Diré con el apóstol Pedro, que he creído y, por eso, he conocido la gran verdad que Cristo enseñó al mundo: cuánto nos quiere Dios. Reconozco que estás en la Eucaristía, te adoro, quiero recibirte cada vez con mayor pureza, humildad y devoción para ser digno de Ti, para que te encuentres a gusto.

Madre mía Inmaculada, Ángel de mi Guarda, ayudadme a no distraerme cuando esté conmigo el Amor de mi alma durante esos minutos en que permanece en mí – mientras duran las especies sacramentales– después de comulgar.

Jesús Martínez García

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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo !

Jesús, nuestro pan de vida y de amor.

¡Hoy es un día muy grande, una fiesta para nosotros —los cristianos— solemne! Todo nos recuerda a alimento, a pan, a bebida, a verdadera comida.

Jesús está presente, real, en la Eucaristía y quiere recorrer las calles de nuestras ciudades y de nuestros pueblecitos. Así es Jesús… Es el símbolo del amor. Desde siempre Él ha sido maná, comida; ya desde el pueblo de Israel, el pueblo elegido les alimentaba con el maná, y a la hora de irse nos deja el símbolo del pan y vino como alimento suyo, el signo, el símbolo de la unidad. Este es el pan que nos va a unir. Él quiere comulgar con nuestra vida, Él quiere comulgar con nosotros e instituye la Eucaristía. Hoy es el día de la caridad, el día del amor. 

¡Venid y adoremos al Señor real y presente!

Querido amigo, hoy solo y todo nos invita a la adoración. Pero antes escuchemos con cariño y escuchemos con amor las palabras que Jesús les dirige a sus discípulos y les dirige también a los judíos diciendo que Él es pan de vida y ese pan es el que se da totalmente a los demás. Escuchemos el texto de Juan, capítulo 6, versículo 51-58:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. Disputaban los judíos entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”. Entonces Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre”. Jn 6,51-58

Después de oír las palabras de Jesús que nos dice cómo Él es nuestra vida, nuestro alimento y cómo nos dice que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no tendremos vida en nosotros, que si comemos su carne y bebemos su sangre tendremos vida eterna; que Él habita en nosotros porque es nuestro alimento; después de oír estas palabras, querido amigo, tenemos que empezar a pensar lo que es Jesús para ti y para mí: es alimento, es vida y nuestro homenaje hoy tiene que ser de adoración y de amor. Está real y presente en la Eucaristía, se une a nuestros sentimientos, está en nuestra vida. Así es… Un día de alegría, de agradecimiento, de fuerza. Él nos va a recordar cómo sin Él no tendremos vida. Él es nuestra fuente de vida, Él es el manantial inagotable de amor, Él construye nuestra unidad y nuestro amor. 

¡Venid y adoremos al Señor, porque Él está real y presente en nuestra vida!

“Yo soy el Pan de vida, soy el Pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre”. Todo nos invita a adorar, a cantarle: “Santísimo Sacramento, real y presente”. Nos invita a pensar cómo comemos su pan, cómo comemos, qué hacemos del sacramento que continuamente se nos da. ¡La gran fiesta, el gran banquete del amor! Sacramento de la Eucaristía, Sacramento del amor. ¿Qué hago con mis comuniones? ¿Qué hago en la fracción del pan? ¿Cómo comparto el pan para los demás? Corpus Christi, pan

del cuerpo de Cristo. Día de la fraternidad, día del amor. ¡Cuántas eucaristías, cuántas faltas de adoración entran en nuestra vida! Y también tendremos que darnos cuenta de que tenemos que pedirle perdón por nuestras comuniones estériles, por nuestras eucaristías flojas, por nuestras faltas de fraternidad. Jesús es mi alimento, mi sangre, mi comida, mi comida y bebida, es fuente para mí. Hoy, cuando se pasee, cuando se exponga por las calles, ¡loado sea mi Señor! Y con mi corazón, con mi amor, extenderé mi alfombra de flores de cariño y llenaré todo el camino, regaré de actos de amor.

Querido amigo, entremos en esta liturgia, comamos de este pan y nos demos cuenta de que Él es el verdadero alimento. Todos los alimentos son perecederos, pero Él es el verdadero alimento que me da vida eterna, que me sacia, que me lleva hasta la felicidad. Pensemos un poquito en nuestras eucaristías, en nuestras faltas de amor, en el banquete de cada día. ¿Soy verdaderamente consciente en cada comunión de que Jesús, verdadera vida, entra en mi vida?

¿Comulgo de rutina o de costumbre? ¿Hago algo nuevo para que Jesús sea verdadera vida en mí? ¿Cada día es así? Fiesta del agradecimiento, fiesta del amor. “¡Glorifica al Señor, Jerusalén! ¡Alaba a tu Dios, Sión!”, nos dice el salmo. El pan es Uno si nosotros también somos uno, porque Él forma parte de nuestro cuerpo. Él nos alimenta con flor de harina y nos sacia con miel silvestre: así se nos dice hoy.

Querido amigo, escuchemos a Jesús: “Soy tu pan y el pan que Yo te doy te va a saciar. Te aseguro que, si no comes de mi carne y bebes de mi sangre, vas a ser infeliz, tu vida va a ser estéril. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Gracias, Señor. 

¡Cantemos al Señor!

¡Cantemos al Amor de los amores, porque Él es nuestro Dios y nuestro Rey!

¡Santísimo Sacramento, te adoramos y te bendecimos porque estás real y presente en mi vida!

 Cantemos con nuestro corazón todo lo que sepamos y digamos esa oración tan bonita: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Todo es tuyo, todo es vuestro”. La comunión de tu cuerpo y de tu sangre es nuestra vida porque Tú has dicho que “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él”. Gracias, Señor, por el gran regalo de la Eucaristía. Hoy sembraré todo el día, todas las horas de actos de amor y de adoración.

Querido amigo, delante de Jesús-Eucaristía entremos en la adoración y en la acción de gracias. Venid y adoremos al Rey de amor y al Rey de la paz y de la alegría.

¡Que así sea, querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ –

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Pentecostés!

El sacramento del perdón “Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»” (Jn 20, 22-23)

Qué bien nos conoce Dios. Sabe que somos frágiles como el vidrio y que, aunque tenemos buena voluntad, a veces caemos, y si no nos quebramos del todo, sí nos damos golpes y nos descascarillamos. Él nos quiere santos e inmaculados en su presencia, pero también hemos de querer nosotros volver, una y otra vez, a recomponernos.

Basta que hagamos lo que Él nos dice para que nos pueda hacer santos.

Es un error tremendo pensar que no tenemos arreglo, como si estuviéramos corrompidos del todo, porque Dios sí puede mejorarnos. Pero también es falso que basta con dejar pasar el tiempo para que no nos remuerda la conciencia, como si nos fuéramos recomponiendo nosotros mismos sin necesidad de acudir a Dios.

El sacramento del Perdón es el medio establecido por Dios, y supone varios actos de humildad: reconocer que hemos pecado, pedir perdón a Dios y tener que exteriorizar nuestros pecados al sacerdote.

Qué bien nos conoce Dios que pide un acto de humildad al que pecó por soberbia, un acto de obediencia al que le desobedeció.

Y quien se acusa contrito y recibe la absolución que da el confesor tiene la seguridad de haber sido perdonado por Dios.

Los protestantes no creen en el perdón de Dios porque piensan que no tenemos arreglo, y dicen que Dios no mira los pecados del que cree en Él; ¿pero, quién les da esa seguridad?

Nosotros tenemos la seguridad del perdón porque Jesús así lo enseñó.

Señor, gracias porque te tomas interés por mí y estás dispuesto a perdonarme todas las veces que acuda a Ti contrito. Gracias por tus sacerdotes, que entregan su vida para que Tú puedas dar la santidad a tus fieles. Gracias porque siempre que me confieso pecador Tú me renuevas, me limpias, me santificas.

¡Oh Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, ilumina mi entendimiento para que en mi examen de conciencia vea qué he hecho mal, y lo valore como el único y mayor mal que me puede suceder, porque me separa de Ti.

   Jesús Martínez García

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Sábado santo/CUANDO DIOS CALLA…

Nuestro Dios es un Dios de las palabras, es un Dios de los gestos, es un Dios de los silencios.

El Dios de las palabras sabemos cómo es porque en la Biblia están las palabras de Dios: Dios nos habla, nos busca. El Dios de los gestos es el Dios que va… Y después está el Dios del silencio. Piensen en los grandes silencios de la Biblia: por ejemplo, el silencio en el corazón de Abraham cuando iba a ofrecer en sacrificio a su hijo.

Pero el silencio más grande de Dios fue la Cruz: Jesús sintió el silencio del Padre hasta definirlo ‘abandono’… Y después ocurrió aquel milagro divino, aquella palabra, aquel gesto grandioso que fue la Resurrección.

Nuestro Dios es también el Dios de los silencios y hay silencios de Dios que no pueden explicarse si no se mira al Crucifijo. Por ejemplo ¿por qué sufren los niños? ¿Dónde hay una palabra de Dios que explique por qué sufren los niños? Ese es uno de los grandes silencios de Dios.

Y no digo que el silencio de Dios se pueda ‘entender’, pero podemos acercarnos a los silencios de Dios mirando al Cristo crucificado, al Cristo abandonado desde el Monte de los Olivos hasta la Cruz…

Pero ‘Dios nos ha creado para ser felices’…Sí, es verdad, pero tantas veces calla. Es verdad. Y yo no puedo engañarte diciendo: ‘No, tú ten fe y todo te irá bien, serás feliz, tendrás suerte, tendrás dinero… No, nuestro Dios está también en el silencio”. (Papa Francisco)

Los hermanos sufren, y yo con ellos. No quiero vivir una situación de privilegio.

¡Cómo me gustaría ofrecerte una inteligencia capaz de encontrar fórmulas que alentasen la vida de los seres humanos por el camino de la justicia…! Pero no parece posible. Soy pequeño. Soy un hombre de una inteligencia sencilla, acostumbrada a vivir y a hacer pequeñas cosas.

Me supera este problema del paro y la inseguridad en que viven tantos hermanos. Y quiero perforar la vida para que mi conciencia se alerte, se solidarice, se abra, se espabile, se active. Perforar para que mi corazón no se quede en el lamento fácil, sino para que me ponga en actitud de búsqueda, para que sepa que en medio de la noche nadie debe caminar solo, sino que nos hemos de coger de tu mano.

Perforar para que brote la Fuente, el Manantial de Vida, que se esconde tras un corazón aparentemente frío y apagado. Perforar para que se aproveche bien este momento silencioso, tímido, corto, en medio de otras muchas movidas e inquietudes.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.

Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que  también lo necesitan.

Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.

Amén