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5º Domingo de Pascua – Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida-

 

Nuevamente nos encontramos reunidos en torno a la Pascua de Resurrección y el Señor hoy nos hace algo muy importante, muy interesante. En medio de nuestros trabajos, nuestros quehaceres diarios, nuestras presiones, Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mí, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Vamos a escuchar lo que nos dice en el texto de san Juan, capítulo 14, versículo 1 al 12:

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.

Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”. Tomás le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le replica: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.

¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”. Jn 14,1-12

Querido amigo, el pasaje de este Evangelio nos cambia un poco el ritmo de las escenas de la Pascua y nos lleva a reflexionar en medio de ella. Hoy nos sitúa en el Cenáculo la noche del Jueves Santo. Acaba de tener lugar la institución de la eucaristía, Judas ha salido del Cenáculo hundiéndose en su propia oscuridad, Jesús se siente aliviado y deja que su corazón se desahogue en estas horas. Es la hora de la confidencia. 

Ve a los discípulos asustados, consternados… “No os preocupéis, creed en Dios, creed también en mí”. Su partida les tiene desconcertados y Él les va aliviando, les va consolando: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias, no os preocupéis que Yo voy a prepararos el sitio”. ¡Qué imagen utiliza para decir el lugar de su Padre: “en la casa”, “en el hogar”, “en la intimidad”, “en lo más sagrado de mi Padre ahí estáis vosotros también”! “Cuando Yo me vaya Yo os prepararé porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. 

Y las dos intervenciones de este texto: Tomás siempre piensa algo raro…“¿Se irá a un sitio desconocido?”. Y le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?, ¿cómo vamos a saber el camino?”. Jesús le dice la frase tan preciosa que podemos oír tú y yo, querido amigo: “Yo soy el Camino”. El camino es la vida, el camino es un peregrinaje, el camino es un aminar hacia la casa del Padre.

Pero Él nos dice: “Yo soy, entra en mi camino, no te desconciertes, nadie va al Padre sino por mí”. Cuánto pienso en esta palabra: “camino”, guías extraviados, senderos perdidos, en juicios, en gustos, en preocupaciones; caminos que me llevan a la angustia y a la desesperanza, a la soledad, a la falta de fe, a la tristeza; caminos que cuando no los ando con Jesús van hacia el fracaso, hacia la depresión, hacia la muerte; caminos que no son tuyos. Por eso nos dices: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

¿Y la intervención del apóstol Felipe? “Señor, pues muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le dice: “Felipe, Felipe, hace tiempo que estoy con vosotros ¿y aún no me conoces? Quien me ha visto a mí, conoce al Padre”. ¡Qué frases tan profundas para el encuentro! “Tanto tiempo hace que estoy contigo, ¿y aún no me conoces? ¿Dónde estás? ¿Dónde está tu fe? ¿Qué es lo que haces en tu vida?

¿Qué decisiones tienes? Felipe, Felipe, ¿aún no me conoces?”.

Entramos, querido amigo, en estos profundos y últimos momentos de Jesús, donde anuncia su partida del mundo, pero su vuelta al Padre y donde nos dice que hace mucho tiempo que estamos con Él y no le conocemos. Nos llama a la fe, a la esperanza, a entrar en su camino, a entrar en su verdad, a entrar en su vida.

¡Qué distintos seríamos en tantas situaciones que nos confunden, sabiendo que tenemos una mano amiga que nos agarra y que nos lleva, que nos soluciona los problemas, que nos ayuda en nuestras preocupaciones del trabajo, de la salud, de lo que tenemos entre manos.

¿Cuándo comprenderé, cuándo comprenderemos, querido amigo, que Jesús es Médico que nos cura, Maestro que nos saca de todo? Todo es para nosotros, es la Verdad, es la Vida. Hoy tenemos que rechazar tantos caminos que se nos ofrecen al andar por la vida… y elegir sólo a Jesús. Se nos ofrecen demasiadas cosas, demasiadas soluciones falsas, se nos ofrecen muchas variedades de vida, pero Él es la verdadera vida. Le tenemos que pedir hoy mucho al Señor que sepamos entrar en ese corazón amoroso, en esa intimidad, y llenarnos de Él, porque Él es la Verdad, el Camino. Sus palabras nunca nos van a llevar mal. ¡Que no tiemble nuestro corazón! ¿Qué más puedo esperar? Caminaré contigo, mi cruz será tu cruz, mi vida será tu vida, mi sitio será tu sitio, mi compañía será tu compañía. 

Vamos a pensar, querido amigo en estas palabras tan profundas que le dice a Tomás y le dice a Felipe: “Yo soy el Camino, ¿por qué me preguntas que no sabes a dónde voy?”. Y esa de Felipe: “Muéstranos al Padre”. “Pero ¿hace tanto tiempo y no me conoces, Felipe?”. “Muéstranos al Padre”. “Yo soy la Vida, la Verdad y el Camino”. Se lo vamos a pedir a Jesús con todo interés, con toda el alma, con todas las fuerzas y le vamos a decir que nos ayude en nuestro camino; y a la Virgen, nuestra compañera de camino, que no nos deje, que nos lleve de la mano a Jesús. Nos quedamos con estas palabras: “Muéstranos al Padre”. “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”. Y la queja que Jesús [nos] dirige a ti y a mí: “Hace tanto tiempo que estoy contigo ¿y aún no me conoces?”. ¡Dame fuerza, dame alegría, dame esperanza para salir de esta incertidumbre y de esta angustia! Oiré:

“Yo soy para ti todo. ¡Entra en mi camino y tendrás vida!”.

Querido amigo, te invito y me invito a entrar en esa intimidad de Jesús y a saberle comprender y a saber salir de los caminos que no son y que no nos llevan a nada, sino sólo nos llevan hacia la muerte. Que entremos en el camino de la vida, que es Jesús. Gracias por esta intimidad tuya, por este desahogo, Jesús. Te seguiré donde vayas. ¡Danos fuerza!

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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4º Domingo de Pascua – Jesús, buen Pastor: “Conozco a mis ovejas”-

 

Conmemoramos hoy en este 4º Domingo de Pascua de Resurrección a Jesús en la figura del buen Pastor. Hemos pasado tres domingos celebrando la presencia de Jesús resucitado y hoy le recordamos como buen Pastor, el que conoce a todos, el que nos lleva a la consagración, al sacerdocio, a la dedicación misionera: el buen Pastor. El texto de hoy de san Juan, capítulo 10, versículo 1 al 10 nos va a definir cómo es este pastor. Vamos a escucharlo con todo cariño y atención para entrar después en el encuentro y en la experiencia con Él:

“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Jn 10,1-10

Jesús hoy se nos presenta, querido amigo, como el buen Pastor, esta figura que a lo largo de toda la Biblia aparece un montón de veces: Abraham, Isaac, Jacob…, todo son de este tipo de pueblos, este tipo de caudillos de Israel, y esta figura es muy conocida. Jesús aparece hoy como el buen Pastor, sabiendo que Él conocería perfectamente este oficio. Sabía cómo en Palestina se reunían en un mismo aprisco varios rebaños durante la noche, mientras los pastores velaban por turno que no les robaran —ni los lobos, ni los ladrones— a sus ovejas y que el aprisco tiene una sola puerta y que quien no entra por ella no puede, tiene que saltar y entonces es un ladrón. El pastor, cuando amanece el día, saca su rebaño, lo conduce a los pastos, lo cuida… Jesús se presenta como este buen Pastor, como el que abre la puerta: “Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará”, y que ningún otro puede salvar nada más que Él. Aparece así, absolutamente como nuestra puerta, nuestro camino: “Yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan en abundancia”. 

Éste es Jesús hoy y es el Pastor de mi vida y me llama por mi nombre, porque Él conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Es el signo del amor, de la confianza, de la alianza conmigo. ¡Qué impresionante es contemplar esta figura de Jesús y este texto del Evangelio! Me conoce por dentro, conoce mi interior, conoce mi nombre, conoce mis hechos, siempre está en un encuentro conmigo, no es cualquier persona, Él conoce mis quejas… todo. 

¡Cuántas gracias tengo que dar hoy en este Evangelio de sentirme tan querida! Esas figuras en que Jesús tiene cogida su ovejita y la cuida y la mima y sólo la conoce Él y sabe cómo es, tal y como es por dentro y por fuera. ¿Oigo su voz? Querido amigo, ¿oímos el latido de su corazón, conocemos a este buen Pastor, su lado fuerte, su lado débil? ¿Le conozco? Él sí me conoce, Él sí me conoce… En mis horas amargas, en mis momentos bajos Él está ahí, me cuida, me coge, yo no soy para Él nada extraño. Él me ha seleccionado, me ha querido, me ha puesto en la vida, pero para que tenga vida, una vida abundante, y Él me la da, camina conmigo, me orienta, me guía, me llama, me defiende por la vida, me saca, me da alimento, me saca a buenos pastos, me da sed para que yo vaya a su corazón, que Él es la puerta, que Él es mi vida. El Pastor siempre marca el camino, pero quien lo recorre con Él es una persona conocida, querida.

Querido amigo, vamos a ver si somos esas ovejas fieles, si sabemos reconocer esa voz cuando nos llama personalmente por nuestro nombre, cuando reconoce nuestras debilidades, nuestros buenos propósitos, pero que no cumplimos; pero siempre somos comprendidos por Él. ¡Felices de seguir a Jesús!

Alégrate conmigo, amigo mío, porque estamos en el redil de su corazón. Él nos va a abrir la puerta, Él nos va a salvar, Él nos va a alimentar, Él nos va a dar todo, una vida para que sea una vida abundante, querida, feliz. 

¡Qué encuentro tan profundo, Jesús, hoy! Gracias por ser mi Pastor, gracias por cargar conmigo amorosamente y llevarme sobre tus hombros, gracias por todo. ¡Ojalá sepa seguirte, ojalá sepa consagrar mi vida para ti, ojalá sepa ir a los pastos que Tú me das! Entra en la experiencia de este amor, de este cariño, de esta acogida, querido amigo, conmigo y con la Virgen, agarradas de ella. De su mano sigamos a este buen Pastor. Él es el que da la vida por ti y por mí y Él es el que realmente nos lleva a buenos pastos. Es nuestro guardián. Por tantas faltas, por tantos desamores, por tanto no seguirle también te digo, querido amigo, que le pidamos también perdón, pero con la esperanza, con la alegría y con la confianza de que Él me va a buscar, me va a cuidar cuando esté herido, cuando esté descarriado. Gracias, Jesús, y gracias, Madre mía, por acompañarme en este camino de la vida donde Tú me llevas a la alegría y al amor de tu corazón.

¡Gracias, buen Pastor!

 Que así sea

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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A LA BELLEZA ETERNA!

¡Oh amadísimo Joven, oh Verbo encarnado! ¿Qué has hecho? Señor: así lo quiero yo.

Señor: cuando vuelves a mí tu mirada de benignidad, descubro tu imagen impresa y copiada en mí.

Me mandas que en esto haga como los hombres del mundo, que, al llegar la noche o al ir a descansar, se quitan los vestidos pomposos, llevados con fastuosidad durante todo el día.

Pero no quieres que en lo restante me adapte a sus costumbres, porque ellos por la mañana los toman de nuevo y con ellos se adornan con el mismo aire de vanidad.

Todo lo contrario, me mandas hacer a mí, es decir, que ya no busque más los vestidos que por la noche me quito para volvérmelos a poner a la mañana siguiente. Señor: no me pides cosas pequeñas; comprendo ser tu voluntad que sufra yo todos los trabajos que deberían sufrir mis hijos espirituales, de la misma manera que tú sufriste las penas y fatigas que nosotros merecimos.

Señor: enséñame un motivo tan eficaz y poderoso que mueva y obligue casi a mi alma a estar siempre unida a ti, sin que jamás pueda separarse.

Señor: te he prometido muchas veces amarte sin cesar, pero no es posible que te ame si no proviene de tu amor, que tan generoso se manifiesta para conmigo. Sin embargo, me esforzaré

y pondré todos los medios que mi espíritu y mi ingenio me proporcionen para hacer lo poco de que sea capaz.

Señor: te doy gracias infinitas porque he recibido de tu bondad todo lo que he deseado y pedido. ¿Quién te ha inducido y persuadido a mostrarte tan benigno conmigo, dándome tantas gracias, como si no advirtieses y conocieses lo que estabas haciendo y a quién dispensabas estos bienes? Porque ¿quién soy yo?

El que me favorezcas y me prevengas con la abundancia de tus gracias no se debe a mí, sino sólo a tu misericordia infinita.

Lo reconozco plenamente, porque todo lo que de ti recibo es puro y gratuito don tuyo; nada bueno encuentro en mí, ni posibilidad de hacer algo bueno o digno de alabanza si tú antes no me infundes la luz y no me enciendes con el ardor de la santa caridad.

SANTA CATALINA DE SIENA

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3º Domingo de Cuaresma

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana: “Dame de beber”

Nos encontramos ya en el 3º Domingo de Cuaresma. Desde el principio de esta etapa Jesús nos está llamando e invitando a la reflexión, al perdón, a la conversión, a cambiar de vida, a cambiar de rumbo. Y hoy nos regala un precioso encuentro: una mujer samaritana en su rumbo, en su vida, que se encuentra con la vida verdadera —que es Jesús— y cambia su vida. Vamos a escuchar con atención el texto de Juan, capítulo 4, versículo 5-42, que nos narra descriptivamente todos los detalles de esta escena:

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”.

La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «uno siembra y otra siega».

Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos”.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Jn 4,5-42

¡Qué preciosa es esta escena, Jesús! Tú siempre ofreciéndonos saciar nuestra sed, Tú siempre dándonos todas las oportunidades, Tú siempre a nuestro encuentro. Hoy sales de Judea, vas acompañado con tus discípulos, atraviesas toda la parte de Samaría y a unos pocos kilómetros está Sicar. Allí sabes que está el gran pozo de Jacob —ese pozo muy profundo— y, cansado del camino, tienes sed y no hay nadie que venga a darte agua. Era ya alrededor de mediodía y aparece una mujer, una mujer samaritana, que va a sus preocupaciones diarias, a sacar agua para arreglar sus cosas, su vida, su casa. Y se encuentra contigo allí y Tú le dices que te dé agua. Ella se extraña: “¿cómo este hombre me pide a mí agua sabiendo que Él es judío y yo soy samaritana?”. Pero Tú, Jesús, le respondes:

“Si conocieras el don de Dios y quién te dice ‘Dame de beber’, tú se lo pedirías a Él y te daría agua viva”. 

¡Qué maravilla, le estás mostrando que Tú eres la fuente del agua viva! “Si conocieras el don de Dios…” ¡Qué expresión tan bonita para, querido amigo, pensarla tú y yo! Y Jesús le añade más: “Pero el agua que Yo te daré, esa agua manará de una fuente que salta hasta la vida eterna”. No entiende nada esta mujer. ¿De qué está hablando? Pero de pronto Jesús entra en su vida. Y Jesús va a convertir a esta mujer y le dice: “Ve y llama a tu marido”. Dolida, le dice: “Si no tengo marido”. Jesús entra en el fondo del corazón… El gran encuentro del amor de Dios. Ésta es la conversión de esta mujer: entra en su vida y le cambia. Ella se extraña: “Ya veo que eres profeta. Ya veo que eres distinto. Ya veo que eres otro”. Y esta mujer: “¡Dame de esa agua también!”. Y cambia toda su situación.

En medio de toda esta conversación, en medio de todo esto, Jesús le va diciendo a esta mujer…, le va cambiando y le va llevando a su interior, a su vida, a su vida personal. Éste es Jesús. Una narración donde veo un Jesús que entra en mi propia vida y que me dice que me quiere saciar, porque es el agua viva que es capaz de saciar toda la sed humana que yo pueda tener. Ningún agua me puede quitar la sed. Momentáneamente sí. El éxito, el dinero, el placer, todo eso no me quita la sed. La verdadera sed me la va a quitar Jesús y me va a llenar de su vida y me va a dar todo lo que necesito.

Yo también, Jesús, te doy gracias porque apareces en mi vida. Y soy como esta mujer samaritana, que no entiendo, que busco otras fuentes de felicidad que no eres Tú. Y tengo sed: sed de paz, sed de justicia, sed de felicidad, sed tuya, y Tú me ofreces el agua, pero no me doy cuenta. Ayúdame a aceptar, a beber de tu agua, a beber de tu corazón, porque mi corazón está inquieto, intranquilo.

Necesito de tu agua, de tu paz, de tu gracia, que es la que salta hasta la vida eterna. Quiero ir a tu fuente, a la fuente de la vida que eres Tú, y ahí, en tu manantial, llenarme, saciarme de tu sed, saciarme de tu agua, saciarme de tu vida.

¡Qué encuentro tan precioso, querido amigo, para tú y yo pensarlo, meternos, ver todas las reacciones de Jesús! “Si conocieras el don de Dios…”. Dos palabras claves para este encuentro: “Dame de beber”. Y otra: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Cuántas veces tendré que oír esto! Sigo peregrinando, andando y no me doy cuenta. Pero yo te quiero pedir hoy: dame agua, dame agua, porque mi corazón está seco con todo lo que ocurre en mi vida, con mis errores, con todo.

Bebo de otras fuentes que me secan la felicidad y tengo que oír: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Dame de tu agua, Jesús! Haz brotar en mi interior la fuente que sacia y no se seca, la fuente que eres Tú, la fuerza que eres Tú. Haz brotar ese amor que necesito para acercarme a ti y escuchar eso: “Si conocieras el don de Dios…”.  Querido amigo, es un encuentro precioso, íntimo, lleno de vida, que nos tiene que saciar a ti y a mí. Y oír: “Si Yo soy el que habla contigo… ¿Qué buscas? ¿El Mesías que va a venir? Soy Yo el que habla contigo”. Y haré como esta mujer: dejaré el cántaro, como ella, y me iré a anunciar: “¡He encontrado a Jesús! ¡Yo mismo le he oído! ¡He encontrado a Jesús!”. Que sea dócil, que vaya a tu fuente para que Tú me apagues la sed, Tú, el dador de vida, la fuente que mana y corre, la fuente que está y que lleva hasta la eternidad. Dame de esa agua, Jesús, para que nunca fenezca, para que nunca muera mi vida.

Le pido a la Virgen que me lleve a la fuente de tu Corazón y que allí me haga llenar mi vida, mi cántaro, mi pobreza, mi barro, del agua que mana y corre, que siempre eres Tú, que siempre es tu amor. “Si conocieras el don de Dios…”. Eres Tú, porque te he visto, porque te he oído y Tú siempre me darás el agua viva.

Gracias, Jesús, me quedo disfrutando de este encuentro y pidiendo que vaya a las fuentes que nunca se secan y que siempre dan paz, amor, alegría, felicidad. Y esa fuente eres Tú, Señor. Contigo me quedo. ¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ