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3º Domingo de Cuaresma

El encuentro de Jesús con la mujer samaritana: “Dame de beber”

Nos encontramos ya en el 3º Domingo de Cuaresma. Desde el principio de esta etapa Jesús nos está llamando e invitando a la reflexión, al perdón, a la conversión, a cambiar de vida, a cambiar de rumbo. Y hoy nos regala un precioso encuentro: una mujer samaritana en su rumbo, en su vida, que se encuentra con la vida verdadera —que es Jesús— y cambia su vida. Vamos a escuchar con atención el texto de Juan, capítulo 4, versículo 5-42, que nos narra descriptivamente todos los detalles de esta escena:

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice «dame de beber», le pedirías tú y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”.

La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?”. Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?”. Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «uno siembra y otra siega».

Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos”.

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”. Jn 4,5-42

¡Qué preciosa es esta escena, Jesús! Tú siempre ofreciéndonos saciar nuestra sed, Tú siempre dándonos todas las oportunidades, Tú siempre a nuestro encuentro. Hoy sales de Judea, vas acompañado con tus discípulos, atraviesas toda la parte de Samaría y a unos pocos kilómetros está Sicar. Allí sabes que está el gran pozo de Jacob —ese pozo muy profundo— y, cansado del camino, tienes sed y no hay nadie que venga a darte agua. Era ya alrededor de mediodía y aparece una mujer, una mujer samaritana, que va a sus preocupaciones diarias, a sacar agua para arreglar sus cosas, su vida, su casa. Y se encuentra contigo allí y Tú le dices que te dé agua. Ella se extraña: “¿cómo este hombre me pide a mí agua sabiendo que Él es judío y yo soy samaritana?”. Pero Tú, Jesús, le respondes:

“Si conocieras el don de Dios y quién te dice ‘Dame de beber’, tú se lo pedirías a Él y te daría agua viva”. 

¡Qué maravilla, le estás mostrando que Tú eres la fuente del agua viva! “Si conocieras el don de Dios…” ¡Qué expresión tan bonita para, querido amigo, pensarla tú y yo! Y Jesús le añade más: “Pero el agua que Yo te daré, esa agua manará de una fuente que salta hasta la vida eterna”. No entiende nada esta mujer. ¿De qué está hablando? Pero de pronto Jesús entra en su vida. Y Jesús va a convertir a esta mujer y le dice: “Ve y llama a tu marido”. Dolida, le dice: “Si no tengo marido”. Jesús entra en el fondo del corazón… El gran encuentro del amor de Dios. Ésta es la conversión de esta mujer: entra en su vida y le cambia. Ella se extraña: “Ya veo que eres profeta. Ya veo que eres distinto. Ya veo que eres otro”. Y esta mujer: “¡Dame de esa agua también!”. Y cambia toda su situación.

En medio de toda esta conversación, en medio de todo esto, Jesús le va diciendo a esta mujer…, le va cambiando y le va llevando a su interior, a su vida, a su vida personal. Éste es Jesús. Una narración donde veo un Jesús que entra en mi propia vida y que me dice que me quiere saciar, porque es el agua viva que es capaz de saciar toda la sed humana que yo pueda tener. Ningún agua me puede quitar la sed. Momentáneamente sí. El éxito, el dinero, el placer, todo eso no me quita la sed. La verdadera sed me la va a quitar Jesús y me va a llenar de su vida y me va a dar todo lo que necesito.

Yo también, Jesús, te doy gracias porque apareces en mi vida. Y soy como esta mujer samaritana, que no entiendo, que busco otras fuentes de felicidad que no eres Tú. Y tengo sed: sed de paz, sed de justicia, sed de felicidad, sed tuya, y Tú me ofreces el agua, pero no me doy cuenta. Ayúdame a aceptar, a beber de tu agua, a beber de tu corazón, porque mi corazón está inquieto, intranquilo.

Necesito de tu agua, de tu paz, de tu gracia, que es la que salta hasta la vida eterna. Quiero ir a tu fuente, a la fuente de la vida que eres Tú, y ahí, en tu manantial, llenarme, saciarme de tu sed, saciarme de tu agua, saciarme de tu vida.

¡Qué encuentro tan precioso, querido amigo, para tú y yo pensarlo, meternos, ver todas las reacciones de Jesús! “Si conocieras el don de Dios…”. Dos palabras claves para este encuentro: “Dame de beber”. Y otra: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Cuántas veces tendré que oír esto! Sigo peregrinando, andando y no me doy cuenta. Pero yo te quiero pedir hoy: dame agua, dame agua, porque mi corazón está seco con todo lo que ocurre en mi vida, con mis errores, con todo.

Bebo de otras fuentes que me secan la felicidad y tengo que oír: “Si conocieras el don de Dios…”. ¡Dame de tu agua, Jesús! Haz brotar en mi interior la fuente que sacia y no se seca, la fuente que eres Tú, la fuerza que eres Tú. Haz brotar ese amor que necesito para acercarme a ti y escuchar eso: “Si conocieras el don de Dios…”.  Querido amigo, es un encuentro precioso, íntimo, lleno de vida, que nos tiene que saciar a ti y a mí. Y oír: “Si Yo soy el que habla contigo… ¿Qué buscas? ¿El Mesías que va a venir? Soy Yo el que habla contigo”. Y haré como esta mujer: dejaré el cántaro, como ella, y me iré a anunciar: “¡He encontrado a Jesús! ¡Yo mismo le he oído! ¡He encontrado a Jesús!”. Que sea dócil, que vaya a tu fuente para que Tú me apagues la sed, Tú, el dador de vida, la fuente que mana y corre, la fuente que está y que lleva hasta la eternidad. Dame de esa agua, Jesús, para que nunca fenezca, para que nunca muera mi vida.

Le pido a la Virgen que me lleve a la fuente de tu Corazón y que allí me haga llenar mi vida, mi cántaro, mi pobreza, mi barro, del agua que mana y corre, que siempre eres Tú, que siempre es tu amor. “Si conocieras el don de Dios…”. Eres Tú, porque te he visto, porque te he oído y Tú siempre me darás el agua viva.

Gracias, Jesús, me quedo disfrutando de este encuentro y pidiendo que vaya a las fuentes que nunca se secan y que siempre dan paz, amor, alegría, felicidad. Y esa fuente eres Tú, Señor. Contigo me quedo. ¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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ENTRA EN TU INTERIOR

Hoy es un buen día para que, en un momento de silencio interior, te plantees cuál va a ser tu compromiso de cara a este nuevo tiempo de cuaresma que se abre ante ti. Se consciente de todo lo que te preocupa y presenta a Dios todo lo que rodea a tu vida. Valora todo lo que eres, y mira a las personas que tienes a tu alrededor con ojos nuevos de compasión y de fraternidad.

Examina tu estado de ánimo y tu disposición al inicio de esta nueva Cuaresma. Piensa en un gesto de vida que sea “secreto” entre Dios y tú, donde te encontrarás con Él y con las demás personas en este camino hacia la Pascua.

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ORACIÓN 

Concédenos, Señor, al inicio de esta

Cuaresma que queremos vivir de una

forma nueva, hacer camino con pies ligeros

y mirada limpia y misericordiosa,

para que las prácticas exteriores sean

signo visible de la vida que llevamos en

nuestro interior y que estas prácticas se

hagan vida que brote a borbotones para

compartir con quienes nos encontramos

cada día. Amén

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Santo Tomás de Aquino!

Queridos hermanos y hermanas:

Después de algunas catequesis sobre el sacerdocio y mis últimos viajes, volvemos hoy a nuestro tema principal, es decir, a la meditación de algunos grandes pensadores de la Edad Media. Últimamente habíamos visto la gran figura de san Buenaventura, franciscano, y hoy quiero hablar de aquel a quien la Iglesia llama el Doctor communis: se trata de santo Tomás de Aquino. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio recordó que «la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología» (n. 43). No sorprende que, después de san Agustín, entre los escritores eclesiásticos mencionados en el Catecismo de la Iglesia católica, se cite a santo Tomás más que a ningún otro, hasta sesenta y una veces. También se le ha llamado el Doctor Angelicus, quizá por sus virtudes, en particular la sublimidad del pensamiento y la pureza de la vida.

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Tomás nació entre 1224 y 1225 en el castillo que su familia, noble y rica, poseía en Roccasecca, en los alrededores de Aquino, cerca de la célebre abadía de Montecassino, donde sus padres lo enviaron para que recibiera los primeros elementos de su instrucción. Algunos años más tarde se trasladó a la capital del reino de Sicilia, Nápoles, donde Federico II había fundado una prestigiosa universidad. En ella se enseñaba, sin las limitaciones vigentes en otras partes, el pensamiento del filósofo griego Aristóteles, en quien el joven Tomás fue introducido y cuyo gran valor intuyó inmediatamente. Pero, sobre todo, en aquellos años trascurridos en Nápoles nació su vocación dominica. En efecto, Tomás quedó cautivado por el ideal de la Orden que santo Domingo había fundado pocos años antes. Sin embargo, cuando vistió el hábito dominico, su familia se opuso a esa elección, y se vio obligado a dejar el convento y a pasar algún tiempo con su familia.

En 1245, ya mayor de edad, pudo retomar su camino de respuesta a la llamada de Dios. Fue enviado a París para estudiar teología bajo la dirección de otro santo, Alberto Magno, del que hablé recientemente. Alberto y Tomás entablaron una verdadera y profunda amistad, y aprendieron a estimarse y a quererse, hasta tal punto que Alberto quiso que su discípulo lo siguiera también a Colonia, donde los superiores de la Orden lo habían enviado a fundar un estudio teológico. En ese tiempo Tomás entró en contacto con todas las obras de Aristóteles y de sus comentaristas árabes, que Alberto ilustraba y explicaba.

En ese período, la cultura del mundo latino se había visto profundamente estimulada por el encuentro con las obras de Aristóteles, que durante mucho tiempo permanecieron desconocidas. Se trataba de escritos sobre la naturaleza del conocimiento, sobre las ciencias naturales, sobre la metafísica, sobre el alma y sobre la ética, ricas en informaciones e intuiciones que parecían válidas y convincentes. Era una visión completa del mundo desarrollada sin Cristo y antes de Cristo, con la pura razón, y parecía imponerse a la razón como «la» visión misma; por tanto, a los jóvenes les resultaba sumamente atractivo ver y conocer esta filosofía. Muchos acogieron con entusiasmo, más bien, con entusiasmo acrítico, este enorme bagaje del saber antiguo, que parecía poder renovar provechosamente la cultura, abrir totalmente nuevos horizontes. Sin embargo, otros temían que el pensamiento pagano de Aristóteles estuviera en oposición a la fe cristiana, y se negaban a estudiarlo. Se confrontaron dos culturas: la cultura pre-cristiana de Aristóteles, con su racionalidad radical, y la cultura cristiana clásica. Ciertos ambientes se sentían inclinados a rechazar a Aristóteles por la presentación que de ese filósofo habían hecho los comentaristas árabes Avicena y Averroes. De hecho, fueron ellos quienes transmitieron al mundo latino la filosofía aristotélica. Por ejemplo, estos comentaristas habían enseñado que los hombres no disponen de una inteligencia personal, sino que existe un único intelecto universal, una sustancia espiritual común a todos, que actúa en todos como «única»: por tanto, una despersonalización del hombre. Otro punto discutible que transmitieron esos comentaristas árabes era que el mundo es eterno como Dios. Como es comprensible se desencadenaron un sinfín de disputas en el mundo universitario y en el eclesiástico. La filosofía aristotélica se iba difundiendo incluso entre la gente sencilla.

Tomás de Aquino, siguiendo la escuela de Alberto Magno, llevó a cabo una operación de fundamental importancia para la historia de la filosofía y de la teología; yo diría para la historia de la cultura: estudió a fondo a Aristóteles y a sus intérpretes, consiguiendo nuevas traducciones latinas de los textos originales en griego. Así ya no se apoyaba únicamente en los comentaristas árabes, sino que podía leer personalmente los textos originales; y comentó gran parte de las obras aristotélicas, distinguiendo en ellas lo que era válido de lo que era dudoso o de lo que se debía rechazar completamente, mostrando la consonancia con los datos de la Revelación cristiana y utilizando amplia y agudamente el pensamiento aristotélico en la exposición de los escritos teológicos que compuso. En definitiva, Tomás de Aquino mostró que entre fe cristiana y razón subsiste una armonía natural. Esta fue la gran obra de santo Tomás, que en ese momento de enfrentamiento entre dos culturas —un momento en que parecía que la fe debía rendirse ante la razón— mostró que van juntas, que lo que parecía razón incompatible con la fe no era razón, y que lo que se presentaba como fe no era fe, pues se oponía a la verdadera racionalidad; así, creó una nueva síntesis, que ha formado la cultura de los siglos sucesivos.

Por sus excelentes dotes intelectuales, Tomás fue llamado a París como profesor de teología en la cátedra dominicana. Allí comenzó también su producción literaria, que prosiguió hasta la muerte, y que tiene algo de prodigioso: comentarios a la Sagrada Escritura, porque el profesor de teología era sobre todo intérprete de la Escritura; comentarios a los escritos de Aristóteles; obras sistemáticas influyentes, entre las cuales destaca la Summa Theologiae; tratados y discursos sobre varios temas. Para la composición de sus escritos, cooperaban con él algunos secretarios, entre los cuales el hermano Reginaldo de Piperno, quien lo siguió fielmente y al cual lo unía una fraterna y sincera amistad, caracterizada por una gran familiaridad y confianza. Esta es una característica de los santos: cultivan la amistad, porque es una de las manifestaciones más nobles del corazón humano y tiene en sí algo de divino, como el propio santo Tomás explicó en algunas quaestiones de la Summa Theologiae, donde escribe: «La caridad es la amistad del hombre principalmente con Dios, y con los seres que pertenecen a Dios» (II, q. 23, a.1).

No permaneció mucho tiempo ni establemente en París. En 1259 participó en el capítulo general de los dominicos en Valenciennes, donde fue miembro de una comisión que estableció el programa de estudios en la Orden. De 1261 a 1265 Tomás estuvo en Orvieto. El Romano Pontífice Urbano IV, que lo tenía en gran estima, le encargó la composición de los textos litúrgicos para la fiesta del Corpus Christi, que celebraremos mañana, instituida a raíz del milagro eucarístico de Bolsena. Santo Tomás tuvo un alma exquisitamente eucarística. Los bellísimos himnos que la liturgia de la Iglesia canta para celebrar el misterio de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la Eucaristía se atribuyen a su fe y a su sabiduría teológica. Desde 1265 hasta 1268 Tomás residió en Roma, donde, probablemente, dirigía un Studium, es decir, una casa de estudios de la Orden, y donde comenzó a escribir su Summa Theologiae (cf. Jean-Pierre Torrell, Tommaso d’Aquino. L’uomo e il teologo, Casale Monferrato, 1994, pp. 118-184).

En 1269 lo llamaron de nuevo a París para un segundo ciclo de enseñanza. Los estudiantes, como se puede comprender, estaban entusiasmados con sus clases. Uno de sus ex alumnos declaró que era tan grande la multitud de estudiantes que seguía los cursos de Tomás, que a duras penas cabían en las aulas; y añadía, con una anotación personal, que «escucharlo era para él una felicidad profunda». No todos aceptaban la interpretación de Aristóteles que daba Tomás, pero incluso sus adversarios en el campo académico, como Godofredo de Fontaines, por ejemplo, admitían que la doctrina de fray Tomás era superior a otras por utilidad y valor, y servía como correctivo a las de todos los demás doctores. Quizá también por apartarlo de los vivos debates de entonces, sus superiores lo enviaron de nuevo a Nápoles, para que estuviera a disposición del rey Carlos I, que quería reorganizar los estudios universitarios.

Tomás no sólo se dedicó al estudio y a la enseñanza, sino también a la predicación al pueblo. Y el pueblo de buen grado iba a escucharle. Es verdaderamente una gran gracia cuando los teólogos saben hablar con sencillez y fervor a los fieles. El ministerio de la predicación, por otra parte, ayuda a los mismos estudiosos de teología a un sano realismo pastoral, y enriquece su investigación con fuertes estímulos.

Los últimos meses de la vida terrena de Tomás están rodeados por un clima especial, incluso diría misterioso. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle la decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la misa había comprendido, mediante una revelación sobrenatural, que lo que había escrito hasta entonces era sólo «un montón de paja». Se trata de un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo lo que logramos pensar y decir sobre la fe, por más elevado y puro que sea, es superado infinitamente por la grandeza y la belleza de Dios, que se nos revelará plenamente en el Paraíso. Unos meses después, cada vez más absorto en una profunda meditación, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, a donde se dirigía para participar en el concilio ecuménico convocado por el Papa Gregorio x. Se apagó en la abadía cisterciense de Fossanova, después de haber recibido el viático con sentimientos de gran piedad.

La vida y las enseñanzas de santo Tomás de Aquino se podrían resumir en un episodio transmitido por los antiguos biógrafos. Mientras el Santo, como acostumbraba, oraba ante el crucifijo por la mañana temprana en la capilla de San Nicolás, en Nápoles, Domenico da Caserta, el sacristán de la iglesia, oyó un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: «Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?». Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: «¡Nada más que tú, Señor!» (ib., p. 320).

BENEDICTO XVI

Audiencia del miércoles 2 de junio de 2010

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26 de enero. SANTOS TIMOTEO Y TITO, OBISPOS!

 

Ayer celebrábamos la conversión de san Pablo, el gran apóstol de las naciones. Hoy unimos, en nuestro recuerdo, a dos discípulos y colaboradores suyos, Timoteo y Tito.

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Al primero lo nombró Pablo responsable principal -hoy diríamos obispo- de la comunidad de Éfeso. Al segundo, de la de Creta. A ambos les escribió unas cartas “pastorales” -dos a Timoteo y una a Tito-, con recomendaciones muy detalladas sobre la manera de llevar y animar una comunidad. De las dos lecturas que se ofrecen antes del evangelio, podríamos leer la primera (la de Timoteo) en los años impares, y la segunda (la de Tito) los pares.

De los salmos posibles (del común de santos pastores), elegimos el 95, por su tono misionero, y como evangelio, el de Lucas 10,1-9, por el encargo misionero de Jesús a setenta y dos de sus discípulos.

a) 2a Timoteo 1,1-8: “He sabido de tu fe sincera “Pablo escribe esta segunda carta a su discípulo Timoteo desde la cárcel. Le muestra mucho cariño. Le llama “hijo querido” y le recuerda a su abuela Loida y a su madre Eunice. Timoteo era de Listra de Licaonia, de padre griego y de madre judía. Eunice se había convertido al cristianismo. Pablo, al ver los buenos informes que de él daban sus hermanos de comunidad, lo eligió para que fuera compañero suyo en varios de sus viajes apostólicos, le tuvo muy cerca en sus momentos de prisión y le encomendó varias misiones.

Finalmente, lo puso como responsable de la comunidad de Éfeso. Pablo le dedica alabanzas muy expresivas por su “fe sincera” y le anima a que “avive el fuego de la gracia de Dios” que recibió en su ordenación, cuando “le impuso las manos”. Sobre todo, le invita a no tener miedo, a no acobardarse en ningún momento ante las dificultades, sino a dejarse llevar por “un espíritu de energía, amor y buen juicio”, siempre dispuesto a “dar la cara por nuestro Señor”. Porque le avisa que, como pastor, no va a tener una misión fácil, sino que le esperan los “duros trabajos del Evangelio”.

b) Tito 1,1-5: “Tito, verdadero hijo mío en la fe que compartimos” Tito, convertido a la fe por la predicación de Pablo en su primer viaje apostólico, fue después uno de sus hombres de confianza. Hoy le llama, en su carta, “verdadero hijo en la fe que compartimos”, y otras veces “mi hermano” (2 Co 2,13). Le encomendó misiones tan difíciles como la de intermediario con la comunidad de Corinto, y finalmente lo puso como responsable de la comunidad cristiana de Creta, isla del Mediterráneo.

Las comunidades las ha fundado Pablo, apóstol itinerante, pero luego va dejando en cada una a alguien encargado de “poner en regla lo que falta y establecer, a su vez, presbíteros en cada ciudad”. Tito comparte con Pablo, en continuo contacto con él y siguiendo sus instrucciones, la misión de evangelizar, o sea, de “promover la fe y el conocimiento de la verdad y la esperanza de la vida eterna”.

Lucas 10,1-9: “La mies es abundante y los obreros pocos” Jesús se hace ayudar en su tarea misionera: envía a setenta y dos discípulos para que vayan de dos en dos a prepararle el camino.

Ante todo, quiere que recen a Dios, pidiéndole que envíe obreros a su campo, porque “la mies es abundante y los obreros pocos”. El campo está preparado para la siega, pero faltan braceros que quieran trabajaren la proclamación del evangelio. Y que lo hagan con el estilo que él les enseña: dispuestos a ser fieles a su encargo, tanto si son bien recibidos como si no. Lo importante es que estén llenos de la misión a la que se les envía: anunciar a todos que “está cerca el Reino de Dios”.

Es bueno que hoy se nos recuerde este mandato misionero de Jesús, precisamente cuando celebramos la memoria de Timoteo y Tito, los dos valientes colaboradores de Pablo en los inicios de la Iglesia.

a) Los cristianos hemos recibido el encargo, no sólo de ser buenas personas o de salvarnos nosotros mismos cumpliendo la voluntad de Dios, sino, además, de ser, de alguna manera, apóstoles en el mundo, testigos de la verdad y de la buena noticia de la salvación.

Esa fue la misión provisional que Jesús dio a sus discípulos y, también, su testamento final: “Id y haced discípulos, bautizándolos, enseñándoles a guardar lo que os he mandado”. Hace dos mil años que su comunidad lo está cumpliendo, empezando por los apóstoles y sus colaboradores, y siguiendo por generaciones y generaciones de cristianos valientes, hasta nuestros días.

Es lo que nos invitaba a hacer el salmo: “Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor”. Si en el Antiguo Testamento ya se podía anunciar esa buena noticia de la victoria y de la fidelidad de Dios, nosotros tenemos motivos más válidos todavía, después del acontecimiento de Cristo y su Pascua salvadora. Nuestro ideal debería ser que todos conozcan a Cristo Jesús y crean en él y así se pongan en el camino de la salvación.

b) Seguramente un cristiano -sea pastor o simple fiel- encontrará en su tarea las mismas dificultades que encontraron Timoteo y Tito. Anunciar la buena noticia de Jesús en medio de un mundo distraído y hasta hostil, no resulta fácil. Pueden presentarse persecuciones desde fuera, o fatiga y desánimo desde dentro.

Nos viene bien escuchar las palabras de ánimo de Pablo a Timoteo: “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor… toma parte en los duros trabajos del Evangelio”. Nos había avisado también Jesús: “Poneos en camino: mirad que os mando como corderos en medio de lobos”. Pero, a la vez, sus últimas palabras fueron de ánimo, asegurándonos que las fuerzas para esta misión nos vendrán de su presencia, como Resucitado, en medio de nosotros, aunque no le veamos: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

La luz de su Palabra y el alimento de su Eucaristía nos deben ayudar a perseverar, durante la jornada de hoy, en nuestro seguimiento de Jesús y en nuestro empeño misionero en el ambiente en que vivimos.

“No tengas miedo de dar la cara | por nuestro Señor” (Ia lectura a)

Si “Siervo de Dios y apóstol | para promover la fe y el conocimiento de la verdad” (Ia lectura b)

“Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor” (salmo)

“La mies es abundante y los obreros, pocos” (evangelio)

+José Aldazábal