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EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA!

El sábado que sigue al segundo domingo después de Pentecostés celebramos, con formulario propio, la memoria (ahora obligatoria) del Inmaculado Corazón de la Virgen María. La única lectura propia es el evangelio, en que Lucas nos dice cómo María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Pero también se puede hacer como primera la lectura de Judit, como hace el Misal mariano, en la misa votiva con esta invocación.

“La expresión “Corazón de la Virgen” se ha de interpretar en sentido bíblico: designa la persona misma de santa María Virgen, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su vida interior, del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor: la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo” (Misas marianas n. 28).

Judit 13,17-20; 15,9: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”

El episodio de una mujer joven, viuda, que con la ayuda de Dios vence al poderoso general enemigo, Holofernes, poniendo en fuga a su ejército, termina, como no era menos de esperar, en grandes alabanzas a esta piadosa y decidida mujer que ha conseguido lo que no podían los dirigentes de su pueblo.

El mensaje fundamental de toda la historia es la confianza que hay que tener en Dios. El libro de Judit está escrito dos siglos antes de Cristo, cuando hacían falta ánimos para seguir luchando contra las tentaciones paganizantes de Antíoco Epífanes, en tiempo de los Macabeos.

En una conmemoración de la Virgen las palabras que leemos más a gusto hoy son las últimas de la lectura, que sus paisanos dirigen a Judit, y nosotros a la Virgen María: “tú eres la gloria de Jerusalén, tú el honor de Israel, tú el orgullo de nuestra raza”.

Como salmo, es lógico que hagamos nuestra la alabanza que María dirige a Dios en su Magníficat.

Lucas 2,41-51: “Conservaba todo esto en su corazón”

El corazón de la Virgen María tuvo, a lo largo de su vida, muchas cosas sobre las que meditar, desde el anuncio y nacimiento de su Hijo, hasta su muerte y resurrección y la venida del Espíritu.

Aquí nos cuenta el evangelista el episodio de la visita de la familia de Nazaret a Jerusalén, con el adolescente Jesús, que pisa por primera vez el Templo, donde años más tarde será protagonista de tantos hechos y discursos, y que se “pierde” voluntariamente entre los doctores.

Al dolor de la momentánea pérdida del hijo, se añade para María y José el de no entender el lenguaje que Jesús emplea para explicar su actuación. María “conservaba estas cosas en su corazón”.

Este corazón de María, meditativo, atento, abierto a Dios y a los demás, se convierte en modelo para nosotros, los seguidores de Jesús.

Las oraciones de esta misa, al hablar del corazón de la Virgen, dicen que es “mansión para el Hijo” y “santuario del Espíritu Santo”, que es un “corazón limpio y dócil”, que sabía “guardar con fidelidad y meditar continuamente las riquezas de la gracia del Hijo”.

El prefacio (propio sobre todo de los Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María), alaba a Dios porque dio a la Virgen María “un corazón sabio y dócil, dispuesto a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo”.

Podemos aprender de la Virgen esta apertura a Dios, esta entereza en la vida, esta profundidad de miras y de entrega. El Corazón de Cristo Jesús, que celebrábamos hace poco, como expresión suprema del amor de Dios a la humanidad, tiene un buen discípulo en el corazón de su Madre. Y debería tenerlo en el nuestro, para que sepamos también nosotros meditar, estar atentos, amar, saber sufrir, entregarnos con generosidad. Es la verdadera sabiduría y la garantía de la felicidad eterna.

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5º Domingo de Pascua – Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida-

 

Nuevamente nos encontramos reunidos en torno a la Pascua de Resurrección y el Señor hoy nos hace algo muy importante, muy interesante. En medio de nuestros trabajos, nuestros quehaceres diarios, nuestras presiones, Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. No perdáis la calma, creed en Dios, creed también en mí, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Vamos a escuchar lo que nos dice en el texto de san Juan, capítulo 14, versículo 1 al 12:

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.

Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino”. Tomás le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le replica: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.

¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”. Jn 14,1-12

Querido amigo, el pasaje de este Evangelio nos cambia un poco el ritmo de las escenas de la Pascua y nos lleva a reflexionar en medio de ella. Hoy nos sitúa en el Cenáculo la noche del Jueves Santo. Acaba de tener lugar la institución de la eucaristía, Judas ha salido del Cenáculo hundiéndose en su propia oscuridad, Jesús se siente aliviado y deja que su corazón se desahogue en estas horas. Es la hora de la confidencia. 

Ve a los discípulos asustados, consternados… “No os preocupéis, creed en Dios, creed también en mí”. Su partida les tiene desconcertados y Él les va aliviando, les va consolando: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias, no os preocupéis que Yo voy a prepararos el sitio”. ¡Qué imagen utiliza para decir el lugar de su Padre: “en la casa”, “en el hogar”, “en la intimidad”, “en lo más sagrado de mi Padre ahí estáis vosotros también”! “Cuando Yo me vaya Yo os prepararé porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. 

Y las dos intervenciones de este texto: Tomás siempre piensa algo raro…“¿Se irá a un sitio desconocido?”. Y le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?, ¿cómo vamos a saber el camino?”. Jesús le dice la frase tan preciosa que podemos oír tú y yo, querido amigo: “Yo soy el Camino”. El camino es la vida, el camino es un peregrinaje, el camino es un aminar hacia la casa del Padre.

Pero Él nos dice: “Yo soy, entra en mi camino, no te desconciertes, nadie va al Padre sino por mí”. Cuánto pienso en esta palabra: “camino”, guías extraviados, senderos perdidos, en juicios, en gustos, en preocupaciones; caminos que me llevan a la angustia y a la desesperanza, a la soledad, a la falta de fe, a la tristeza; caminos que cuando no los ando con Jesús van hacia el fracaso, hacia la depresión, hacia la muerte; caminos que no son tuyos. Por eso nos dices: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

¿Y la intervención del apóstol Felipe? “Señor, pues muéstranos al Padre y nos basta”. Y Jesús le dice: “Felipe, Felipe, hace tiempo que estoy con vosotros ¿y aún no me conoces? Quien me ha visto a mí, conoce al Padre”. ¡Qué frases tan profundas para el encuentro! “Tanto tiempo hace que estoy contigo, ¿y aún no me conoces? ¿Dónde estás? ¿Dónde está tu fe? ¿Qué es lo que haces en tu vida?

¿Qué decisiones tienes? Felipe, Felipe, ¿aún no me conoces?”.

Entramos, querido amigo, en estos profundos y últimos momentos de Jesús, donde anuncia su partida del mundo, pero su vuelta al Padre y donde nos dice que hace mucho tiempo que estamos con Él y no le conocemos. Nos llama a la fe, a la esperanza, a entrar en su camino, a entrar en su verdad, a entrar en su vida.

¡Qué distintos seríamos en tantas situaciones que nos confunden, sabiendo que tenemos una mano amiga que nos agarra y que nos lleva, que nos soluciona los problemas, que nos ayuda en nuestras preocupaciones del trabajo, de la salud, de lo que tenemos entre manos.

¿Cuándo comprenderé, cuándo comprenderemos, querido amigo, que Jesús es Médico que nos cura, Maestro que nos saca de todo? Todo es para nosotros, es la Verdad, es la Vida. Hoy tenemos que rechazar tantos caminos que se nos ofrecen al andar por la vida… y elegir sólo a Jesús. Se nos ofrecen demasiadas cosas, demasiadas soluciones falsas, se nos ofrecen muchas variedades de vida, pero Él es la verdadera vida. Le tenemos que pedir hoy mucho al Señor que sepamos entrar en ese corazón amoroso, en esa intimidad, y llenarnos de Él, porque Él es la Verdad, el Camino. Sus palabras nunca nos van a llevar mal. ¡Que no tiemble nuestro corazón! ¿Qué más puedo esperar? Caminaré contigo, mi cruz será tu cruz, mi vida será tu vida, mi sitio será tu sitio, mi compañía será tu compañía. 

Vamos a pensar, querido amigo en estas palabras tan profundas que le dice a Tomás y le dice a Felipe: “Yo soy el Camino, ¿por qué me preguntas que no sabes a dónde voy?”. Y esa de Felipe: “Muéstranos al Padre”. “Pero ¿hace tanto tiempo y no me conoces, Felipe?”. “Muéstranos al Padre”. “Yo soy la Vida, la Verdad y el Camino”. Se lo vamos a pedir a Jesús con todo interés, con toda el alma, con todas las fuerzas y le vamos a decir que nos ayude en nuestro camino; y a la Virgen, nuestra compañera de camino, que no nos deje, que nos lleve de la mano a Jesús. Nos quedamos con estas palabras: “Muéstranos al Padre”. “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”. Y la queja que Jesús [nos] dirige a ti y a mí: “Hace tanto tiempo que estoy contigo ¿y aún no me conoces?”. ¡Dame fuerza, dame alegría, dame esperanza para salir de esta incertidumbre y de esta angustia! Oiré:

“Yo soy para ti todo. ¡Entra en mi camino y tendrás vida!”.

Querido amigo, te invito y me invito a entrar en esa intimidad de Jesús y a saberle comprender y a saber salir de los caminos que no son y que no nos llevan a nada, sino sólo nos llevan hacia la muerte. Que entremos en el camino de la vida, que es Jesús. Gracias por esta intimidad tuya, por este desahogo, Jesús. Te seguiré donde vayas. ¡Danos fuerza!

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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4º Domingo de Pascua – Jesús, buen Pastor: “Conozco a mis ovejas”-

 

Conmemoramos hoy en este 4º Domingo de Pascua de Resurrección a Jesús en la figura del buen Pastor. Hemos pasado tres domingos celebrando la presencia de Jesús resucitado y hoy le recordamos como buen Pastor, el que conoce a todos, el que nos lleva a la consagración, al sacerdocio, a la dedicación misionera: el buen Pastor. El texto de hoy de san Juan, capítulo 10, versículo 1 al 10 nos va a definir cómo es este pastor. Vamos a escucharlo con todo cariño y atención para entrar después en el encuentro y en la experiencia con Él:

“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Jn 10,1-10

Jesús hoy se nos presenta, querido amigo, como el buen Pastor, esta figura que a lo largo de toda la Biblia aparece un montón de veces: Abraham, Isaac, Jacob…, todo son de este tipo de pueblos, este tipo de caudillos de Israel, y esta figura es muy conocida. Jesús aparece hoy como el buen Pastor, sabiendo que Él conocería perfectamente este oficio. Sabía cómo en Palestina se reunían en un mismo aprisco varios rebaños durante la noche, mientras los pastores velaban por turno que no les robaran —ni los lobos, ni los ladrones— a sus ovejas y que el aprisco tiene una sola puerta y que quien no entra por ella no puede, tiene que saltar y entonces es un ladrón. El pastor, cuando amanece el día, saca su rebaño, lo conduce a los pastos, lo cuida… Jesús se presenta como este buen Pastor, como el que abre la puerta: “Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará”, y que ningún otro puede salvar nada más que Él. Aparece así, absolutamente como nuestra puerta, nuestro camino: “Yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan en abundancia”. 

Éste es Jesús hoy y es el Pastor de mi vida y me llama por mi nombre, porque Él conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Es el signo del amor, de la confianza, de la alianza conmigo. ¡Qué impresionante es contemplar esta figura de Jesús y este texto del Evangelio! Me conoce por dentro, conoce mi interior, conoce mi nombre, conoce mis hechos, siempre está en un encuentro conmigo, no es cualquier persona, Él conoce mis quejas… todo. 

¡Cuántas gracias tengo que dar hoy en este Evangelio de sentirme tan querida! Esas figuras en que Jesús tiene cogida su ovejita y la cuida y la mima y sólo la conoce Él y sabe cómo es, tal y como es por dentro y por fuera. ¿Oigo su voz? Querido amigo, ¿oímos el latido de su corazón, conocemos a este buen Pastor, su lado fuerte, su lado débil? ¿Le conozco? Él sí me conoce, Él sí me conoce… En mis horas amargas, en mis momentos bajos Él está ahí, me cuida, me coge, yo no soy para Él nada extraño. Él me ha seleccionado, me ha querido, me ha puesto en la vida, pero para que tenga vida, una vida abundante, y Él me la da, camina conmigo, me orienta, me guía, me llama, me defiende por la vida, me saca, me da alimento, me saca a buenos pastos, me da sed para que yo vaya a su corazón, que Él es la puerta, que Él es mi vida. El Pastor siempre marca el camino, pero quien lo recorre con Él es una persona conocida, querida.

Querido amigo, vamos a ver si somos esas ovejas fieles, si sabemos reconocer esa voz cuando nos llama personalmente por nuestro nombre, cuando reconoce nuestras debilidades, nuestros buenos propósitos, pero que no cumplimos; pero siempre somos comprendidos por Él. ¡Felices de seguir a Jesús!

Alégrate conmigo, amigo mío, porque estamos en el redil de su corazón. Él nos va a abrir la puerta, Él nos va a salvar, Él nos va a alimentar, Él nos va a dar todo, una vida para que sea una vida abundante, querida, feliz. 

¡Qué encuentro tan profundo, Jesús, hoy! Gracias por ser mi Pastor, gracias por cargar conmigo amorosamente y llevarme sobre tus hombros, gracias por todo. ¡Ojalá sepa seguirte, ojalá sepa consagrar mi vida para ti, ojalá sepa ir a los pastos que Tú me das! Entra en la experiencia de este amor, de este cariño, de esta acogida, querido amigo, conmigo y con la Virgen, agarradas de ella. De su mano sigamos a este buen Pastor. Él es el que da la vida por ti y por mí y Él es el que realmente nos lleva a buenos pastos. Es nuestro guardián. Por tantas faltas, por tantos desamores, por tanto no seguirle también te digo, querido amigo, que le pidamos también perdón, pero con la esperanza, con la alegría y con la confianza de que Él me va a buscar, me va a cuidar cuando esté herido, cuando esté descarriado. Gracias, Jesús, y gracias, Madre mía, por acompañarme en este camino de la vida donde Tú me llevas a la alegría y al amor de tu corazón.

¡Gracias, buen Pastor!

 Que así sea

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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A LA BELLEZA ETERNA!

¡Oh amadísimo Joven, oh Verbo encarnado! ¿Qué has hecho? Señor: así lo quiero yo.

Señor: cuando vuelves a mí tu mirada de benignidad, descubro tu imagen impresa y copiada en mí.

Me mandas que en esto haga como los hombres del mundo, que, al llegar la noche o al ir a descansar, se quitan los vestidos pomposos, llevados con fastuosidad durante todo el día.

Pero no quieres que en lo restante me adapte a sus costumbres, porque ellos por la mañana los toman de nuevo y con ellos se adornan con el mismo aire de vanidad.

Todo lo contrario, me mandas hacer a mí, es decir, que ya no busque más los vestidos que por la noche me quito para volvérmelos a poner a la mañana siguiente. Señor: no me pides cosas pequeñas; comprendo ser tu voluntad que sufra yo todos los trabajos que deberían sufrir mis hijos espirituales, de la misma manera que tú sufriste las penas y fatigas que nosotros merecimos.

Señor: enséñame un motivo tan eficaz y poderoso que mueva y obligue casi a mi alma a estar siempre unida a ti, sin que jamás pueda separarse.

Señor: te he prometido muchas veces amarte sin cesar, pero no es posible que te ame si no proviene de tu amor, que tan generoso se manifiesta para conmigo. Sin embargo, me esforzaré

y pondré todos los medios que mi espíritu y mi ingenio me proporcionen para hacer lo poco de que sea capaz.

Señor: te doy gracias infinitas porque he recibido de tu bondad todo lo que he deseado y pedido. ¿Quién te ha inducido y persuadido a mostrarte tan benigno conmigo, dándome tantas gracias, como si no advirtieses y conocieses lo que estabas haciendo y a quién dispensabas estos bienes? Porque ¿quién soy yo?

El que me favorezcas y me prevengas con la abundancia de tus gracias no se debe a mí, sino sólo a tu misericordia infinita.

Lo reconozco plenamente, porque todo lo que de ti recibo es puro y gratuito don tuyo; nada bueno encuentro en mí, ni posibilidad de hacer algo bueno o digno de alabanza si tú antes no me infundes la luz y no me enciendes con el ardor de la santa caridad.

SANTA CATALINA DE SIENA