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Fe…!

“Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame” (Mt 14, 29-30)

Fiarse de otra persona supone poner el centro de gravedad de la certeza en ella. La fe supone tener certeza porque se apoya en la palabra ajena. El cristiano que vive de la fe vive por encima de las noticias y de los estados de ánimo; vive por encima de sus posibilidades, porque es capaz de realizar empresas que por sí mismo no se hubiera atrevido a emprender, y que incluso realmente le sobrepasaban. La correspondencia a la vocación es un continuo acto de fe; también el apostolado es un ejercicio de la fe en que Dios puede cambiar los corazones a través de nuestras palabras y nuestro esfuerzo. Quien vive de fe vive por encima de sus posibilidades, como el que camina sobre el agua.

Pero puede entrarle el miedo al hombre de fe, ante la fuerza del ambiente, de los ejemplos desedificantes o simplemente porque cuesta hacer un día y otro lo que Dios nos pide, y no acabemos de ver los frutos. En ese momento en el que uno empieza a poner su confianza en sus propias fuerzas, empieza a hundirse; cuando el centro de gravedad ya no está en Dios sino en la visión humana, todo se vuelve sin sentido, ridículo a los ojos de los hombres.

Es la hora de decir, como Pedro, ¡Señor, sálvame!, ¡Señor, no me dejes solo, que no pierda el sentido sobrenatural!

Auméntanos la fe y la esperanza, Señor. La fe en la seguridad de tu palabra, la esperanza de que tu omnipotencia es capaz de sustentar todo. Que si yo quiero (porque Tú quieres) nada se tambaleará, aunque se amotinen las gentes y todo un ejército acampe a mi alrededor (cf. Salmo 2). Que entienda, sobre todo en el momento de la duda o el miedo, que, aunque yo sólo no pueda hacer lo que Tú me pides, contigo sí puedo; y si en otras ocasiones he caminado sobre las aguas o sobre carbones encendidos, hora tampoco se ha abreviado tu mano, Señor (cf. Is 59,1).

Jesús Martínez García

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16 tiempo ordinario-Tolerancia

“Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él respondió: No, pues al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega” (Mt 13, 28-30)

La palabra tolerancia indica por sí misma que estamos ante un mal. El bien no se tolera, se defiende, se abraza, se promociona. Toleramos el ruido que hace un niño o los apretujones en el autobús o las excentricidades de alguien. Si lo soportamos es porque evitarlo o suprimirlo nos causaría mayor mal que bien.

Pero tolerancia no significa aprobar. Dios tolera el mal en el mundo y no hace llover fuego y azufre sobre el que se porta mal; por eso no es un motivo para no pecar el temor al castigo divino en esta vida.

Dios no es vengativo ni castiga en ese sentido.

Dios espera, cuenta con el tiempo para que, quien hace el mal, se arrepienta.

Aunque cuando llega la hora de la siega, que es la muerte, cada uno es responsable de sus actos y recibirá el premio merecido.

La vida no se puede vivir como un juego, como que se pudiera pecar pensando que Dios no se entera, o que al pecar no pasa nada. Entre otras cosas porque no sabemos cuándo vamos a morir.

También la Iglesia tolera el mal, incluso dentro de sus fieles, pero no deja de hablar al corazón de las personas para que se conviertan. Más que tomar medidas coercitivas para arrancar el mal de las personas, hay que dar luz, convencer, de modo semejante a cómo actúan los productos que se echan en las plantas para que reaccionen.

Porque tolerar el mal no es aprobarlo, es necesario hacérselo ver a quien lo comete y así uno mismo no acostumbra. ¡Podemos hacer tanto bien! Pero el camino no es echar en cara los errores como consecuencia del enojo, ni la crítica que no ayuda. La prudencia lleva a decir las cosas en el lugar y momento oportuno, y siempre con caridad.

Que no me acostumbre a ver el pecado, como si fuera una simple incorrección, como si fuera algo normal; que lo valore como Tú lo valoras y me duela por Ti y por esas personas. Pero que no sea mi amor propio herido el que me lleve a corregir de modo destemplado. Te pido perdón por los pecados que veo en los demás y en mí; dame fortaleza y paciencia para corregirlos.

Jesús Martínez García

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15º Domingo del Tiempo Ordinario – La parábola de la semilla

 

Hoy Jesús nos regala una gran parábola y clases de tierra para acoger esta semilla: la parábola de la semilla que cae en varios lugares y, o no tiene fruto o tiene fruto; o se muere, o tiene vida y florece. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículo 1 al 23:

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.

Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”. Mt 13,1-23

Hoy Jesús nos regala una gran parábola, la parábola de la semilla o la parábola del sembrador. Vemos cómo Jesús ha terminado esas disputas de los escribas y fariseos y se dirige hacia Cafarnaún rodeado de gente, rodeado de sus discípulos y Él con su infatigable deseo de predicar, comienza su enseñanza con la parábola del sembrador o la parábola de la semilla. Y conocedor de todo el terreno y habiendo visto sembrar un montón de veces —habría visitado todos estos lugares, sabía mucho de cómo era esta tierra, de sembrados, de rocas, de zarzas, de espinos, de laderas, de camino de viandantes—, les explica gráficamente cómo es el mensaje que quiere transmitirles. ¿Y qué pasa con ese mensaje? 

Salió un sembrador a sembrar y al sembrar, parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y comieron la semilla; otra parte de semilla cayó en terreno de piedras, pero como apenas tenía tierra, se secó; otra parte cayó entre zarzas y espinos, estas espinas crecieron y la ahogaron; pero otra parte cayó en tierra buena y dio fruto de ciento, de sesenta, etc. Y Jesús siempre termina sus enseñanzas: “El que tenga oídos, que oiga”. Y le dice mucho más a los discípulos: “A vosotros se os ha concedido todos los secretos del Reino”, y les explica claramente lo que es esta semilla y lo que es el sembrador. 

Gráficamente, querido amigo, nos lleva a pensar en las actitudes que tenemos ante Jesús y ante su mensaje, el tipo de tierra que podemos ser: tierra espina que ahoga con juicios, con críticas esta palabra; tierra de piedras, que tampoco, como no hay nada no tenemos decisiones, falta de criterio, falta de voluntad, falta de amor, no tiene raíces y se seca; o también tierra-camino, donde pasa todo, donde humanamente todo ahí entra y sale de mi mente, de mi corazón y es imposible que la semilla crezca; o tierra en donde hay una acogida, donde hay una apertura y fructifica, porque mi actitud personal receptiva es una actitud de amor. 

Este encuentro es un encuentro de mucha reflexión y de mucho compromiso, querido amigo. Tenemos que pensar mucho qué hacemos con Jesús, con su palabra, qué agentes externos dominan nuestra vida —o los pájaros, que la comen, o las piedras o las zarzas— y cómo Jesús descubre esto a los pobres, a los sencillos y a los pecadores. ¿Cómo aceptamos a este Jesús? ¿Cómo? Jesús es ese sembrador, ese labrador que echa la semilla al voleo y puede caer en tantas situaciones mías: puedo ser piedra, puedo ser zarza que asfixio todo, puedo ser tierra buena. Nos lleva mucho a la reflexión personal, sobre todo a la actitud de cómo acogemos, qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos, cómo la defendemos. El riesgo que tenemos continuamente de asfixiar esta palabra… 

Hoy tenemos que elevar una oración de petición para que estemos abiertos a lo que Él quiera, a lo que quiera sembrarnos, que estemos pendientes de los labios de Jesús. Jesús, que yo esté pendiente de tus labios, que esté pendiente de tus enseñanzas, que sepa acoger tu palabra. ¡Quita la dureza de mi corazón, quita esas piedras duras, quita esos espinos, quita esas malas hierbas, quita esos caminos que no te gustan y que no son nunca queridos por ti! Siembra, siembra en mí esa palabra tuya y abre mi corazón, a pesar de las dificultades y preocupaciones, que yo comprenda tu vida, comprenda tu mensaje, comprenda tu amor. Cuatro clases de tierra: tierra-camino, tierra-piedra, tierra-zarza y tierra buena. Cómo tenemos que entrar en nuestra reflexión y ahí preguntarle a Jesús: Jesús, ¿qué clase de tierra soy para ti? ¿Qué es lo que impide que Tú no entres en mí?, ¿mi inconstancia?, ¿los afanes que tengo?, ¿la seducción de todo lo que tengo? ¡Entra, Sembrador divino, entra en mi campo y que fructifique en mí tu palabra! Hazme una tierra esponjosa, abonada, querida por ti.

Querido amigo, tú y yo vamos a preguntarnos claramente qué clase de tierra somos, vamos a pedirle al Señor que nos ayude a tener base, que no seamos borde del camino, terreno pedregoso, zarzas, sino tierra buena. Te preguntaré y me preguntaré: “Jesús, lo que siembras en mí, ¿en qué tipo de terreno cae?”.

Entremos en la reflexión, entremos en el encuentro, metidos en el corazón de Dios, pidámosle ser tierra buena, pidámosle empaparnos de su palabra, para que dé fruto, para que nuestra vida no sea vacía, sino que sea crecida, florezca y esté llena de fruto —un fruto de amor, fruto de alegría y fruto de esperanza—. Tú que riegas la tierra y la enriqueces sin medida, Tú que riegas los surcos, Tú que riegas todo, riega mi corazón para que escuche tu palabra y dé fruto a lo que Tú quieras de mí. 

Entremos en el encuentro, en el silencio, en la reflexión y llenemos estos momentos de petición, de alegría y de agradecimiento a un Jesús que siempre está sembrando y que siempre espera mucho de mí. Se lo vamos a pedir por intercesión de la Virgen —ella que acogió tan fuertemente la palabra—, que nos enseñe a abrir nuestro corazón y a acoger su palabra para que seamos tierra buena que dé un fruto del cien por cien.

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA!

El sábado que sigue al segundo domingo después de Pentecostés celebramos, con formulario propio, la memoria (ahora obligatoria) del Inmaculado Corazón de la Virgen María. La única lectura propia es el evangelio, en que Lucas nos dice cómo María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Pero también se puede hacer como primera la lectura de Judit, como hace el Misal mariano, en la misa votiva con esta invocación.

“La expresión “Corazón de la Virgen” se ha de interpretar en sentido bíblico: designa la persona misma de santa María Virgen, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su vida interior, del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor: la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo” (Misas marianas n. 28).

Judit 13,17-20; 15,9: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”

El episodio de una mujer joven, viuda, que con la ayuda de Dios vence al poderoso general enemigo, Holofernes, poniendo en fuga a su ejército, termina, como no era menos de esperar, en grandes alabanzas a esta piadosa y decidida mujer que ha conseguido lo que no podían los dirigentes de su pueblo.

El mensaje fundamental de toda la historia es la confianza que hay que tener en Dios. El libro de Judit está escrito dos siglos antes de Cristo, cuando hacían falta ánimos para seguir luchando contra las tentaciones paganizantes de Antíoco Epífanes, en tiempo de los Macabeos.

En una conmemoración de la Virgen las palabras que leemos más a gusto hoy son las últimas de la lectura, que sus paisanos dirigen a Judit, y nosotros a la Virgen María: “tú eres la gloria de Jerusalén, tú el honor de Israel, tú el orgullo de nuestra raza”.

Como salmo, es lógico que hagamos nuestra la alabanza que María dirige a Dios en su Magníficat.

Lucas 2,41-51: “Conservaba todo esto en su corazón”

El corazón de la Virgen María tuvo, a lo largo de su vida, muchas cosas sobre las que meditar, desde el anuncio y nacimiento de su Hijo, hasta su muerte y resurrección y la venida del Espíritu.

Aquí nos cuenta el evangelista el episodio de la visita de la familia de Nazaret a Jerusalén, con el adolescente Jesús, que pisa por primera vez el Templo, donde años más tarde será protagonista de tantos hechos y discursos, y que se “pierde” voluntariamente entre los doctores.

Al dolor de la momentánea pérdida del hijo, se añade para María y José el de no entender el lenguaje que Jesús emplea para explicar su actuación. María “conservaba estas cosas en su corazón”.

Este corazón de María, meditativo, atento, abierto a Dios y a los demás, se convierte en modelo para nosotros, los seguidores de Jesús.

Las oraciones de esta misa, al hablar del corazón de la Virgen, dicen que es “mansión para el Hijo” y “santuario del Espíritu Santo”, que es un “corazón limpio y dócil”, que sabía “guardar con fidelidad y meditar continuamente las riquezas de la gracia del Hijo”.

El prefacio (propio sobre todo de los Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María), alaba a Dios porque dio a la Virgen María “un corazón sabio y dócil, dispuesto a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo”.

Podemos aprender de la Virgen esta apertura a Dios, esta entereza en la vida, esta profundidad de miras y de entrega. El Corazón de Cristo Jesús, que celebrábamos hace poco, como expresión suprema del amor de Dios a la humanidad, tiene un buen discípulo en el corazón de su Madre. Y debería tenerlo en el nuestro, para que sepamos también nosotros meditar, estar atentos, amar, saber sufrir, entregarnos con generosidad. Es la verdadera sabiduría y la garantía de la felicidad eterna.