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Dio: sorgente d’amore

Dio ha posto nel cuore di ogni uomo la chiamata a condividere con lui, Creatore e Padre, la fecondità dell’amore.

Siamo fatti per amare. L’amore dà la vita e vince la morte: “Se c’è in me una certezza incrollabile, essa è quella che un mondo che viene abbandonato dall’amore deve sprofondare nella morte, ma che là dove l’amore perdura, dove trionfa su tutto ciò che vorrebbe avvilire, la morte è definitivamente vinta” (Gabriel Marcel). Ne siamo consapevoli, anche quando le parole che pronunciamo e i fatti di cui è intessuta la nostra esistenza non sono in grado di esprimere quello che abbiamo intuito e che desideriamo. Ci fanno paura le persone aride, spente nella voglia di amare e di essere amate. (cf lettera ai ricercatori di Dio)

L’uomo come immagine di Dio, deve riconoscere nell’amore del Padre Eterno, più di ogni altra cosa, che è chiamato a testimoniare quest’amore: “Carissimi, amiamoci gli uni gli altri, perché l’amore è da Dio e chiunque ama è generato da Dio e conosce Dio. Chi non ama non ha conosciuto Dio, perché Dio è amore” (1GV 4,7-8).

Un amore che è desiderio infinito, un amore che è chiamato da sempre, un amore di eterna comunione. Tale è l’amore del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo. L’amore è irradiante, contagioso, origine prima e sempre nuova della vita. Per amore siamo nati. Per amore viviamo. Essere amati è gioia. Senza amore la vita resta triste e vuota.

L’amore è uscito coraggioso da sé, per andare verso gli altri e accogliere il dono della loro diversità dal nostro io, superando nell’incontro l’incertezza della nostra identità e la solitudine delle nostre sicurezze: “Nessuno dica: non so che cosa amare. Ami il fratello e amerà l’amore stesso. Infatti, conosce meglio l’amore con cui ama che il fratello che ama. Ed ecco che allora Dio gli sarà più noto del fratello: più noto, perché più presente, più noto, perché più interiore, più noto, perché più certo. Abbraccia Dio amore, ma abbraccialo con l’amore”. (S. Agostino)

Questo amore nasce nell’incontro con il Dio vivente, che chiama e svela il suo amore. Trasformati da questo amore, riceviamo occhi nuovi, sperimentiamo che in esso c’è una grande promessa di pienezza e si apre a noi lo sguardo del futuro.

Sì: c’è in noi un immenso bisogno di amare e di essere amati. Davvero, “è l’amore che fa esistere” (Maurice Blondel). È l’amore che vince la morte: “Amare qualcuno significa dirgli: tu non morirai!” (Gabriel Marcel). Eugenio Montale esprime intensamente questo bisogno, che è insieme nostalgia, desiderio e attesa, nei versi scritti dopo la morte della moglie, dove è proprio l’assenza della persona amata a far percepire l’importanza dell’amore, che vive al di là di ogni fragilità e interruzione:

 Ho sceso, dandoti il braccio,

 almeno un milione di scale

 e ora che non ci sei è il vuoto ad ogni gradino.

 Anche così è stato breve il nostro lungo viaggio.

 Il mio dura tuttora, né più mi occorrono

 le coincidenze, le prenotazioni,

 le trappole, gli scorni di chi crede

 che la realtà sia quella che si vede.

 Ho sceso milioni di scale dandoti il braccio

 non già perché con quattr’occhi forse si vede di più.

 Con te le ho scese perché sapevo che di noi due

 le sole vere pupille, sebbene tanto offuscate,

 erano le tue.

 

In questo bisogno di rinascere sempre di nuovo nell’amore ci sembra riconoscibile una nostalgia: quella di un amore infinito…!!

 

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Jueves Santo – LA CENA DEL SEÑOR-

 

Convenientemente fue instituido en la cena el sacramento del Cuerpo del Señor.

  • Por razón del contenido de este sacramento. Pues en él se contiene el mismo Cristo. Antes de separarse de los discípulos en su forma propia, se queda con ellos bajo la forma sacramental, como en la ausencia de un emperador se presenta su imagen.

Por eso dice San Eusebio: Como debía quitar de los ojos corporales el cuerpo que había tomado, y llevarlo a los cielos, era necesario que el día de la cena consagrase para nosotros el sacramento de su cuerpo y sangre, para que se pudiese honrar perpetuamente por el misterio lo que una sola vez se ofrecía como precio (de nuestro rescate).

  • Porque sin la fe en la Pasión nunca pudo existir salvación. Por lo tanto, fue necesario que en todo tiempo existiese entre los hombres algo que representase la Pasión del Señor, cuya principal figura en el testamento antiguo fue el cordero pascual.

En el testamento nuevo reemplazó al cordero pascual el sacramento de la Eucaristía; que es un memorial de la Pasión del Señor, realizada en el pasado, como aquél fue figura de la Pasión futura.

Fue, por lo tanto, conveniente que, en vísperas de la Pasión, y celebrado el anterior sacramento, se instituyese el nuevo.

  • Porque las cosas que dicen los amigos al separarse para siempre se graban más en la memoria, principalmente porque entonces se inflama más el amor a los amigos; y las cosas que más impresionan se graban más profundamente en el alma.

Ahora bien, porque entre los sacrificios nada puede ser mayor que el cuerpo y la sangre de Cristo, ni más poderoso que esta oblación, por eso, para que fuese tenida en mayor veneración, el Señor instituyó este sacramento la víspera de separarse de sus discípulos. Esto mismo es lo que dice San Agustín:  “El Salvador, a fin de recomendar más intensamente la grandeza de aquel misterio, quiso fijarlo el último en los corazones y en la memoria de los discípulos, de los cuales había de separarse por la Pasión.”

Pero debe advertirse que este sacramento tiene una triple significación.

  • Respecto al pasado, esto es, en cuanto es conmemorativo de la Pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, y por esto se llama sacrificio.
  • Respecto a la realidad presente, esto es, a la unidad de la Iglesia, y para que los hombres se unan estrechamente por este sacramento; y por esto se llama comunión.

Dice San Juan Damasceno que se llama comunión porque por él comunicamos con Cristo, y participamos de su carne y divinidad, y por él nos comunicamos y unimos recíprocamente.

  • Respecto al futuro, por cuanto es prefigurativo del goce de Dios, que tendrá lugar en la patria celestial; y por eso se llama viático, pues nos ofrece el medio de llegar allá. Bajo este aspecto se llama asimismo Eucaristía, esto es, buena gracia, pues la gracia de Dios es vida perdurable (Rom 6, 23), o porque contiene realmente a Cristo, que está lleno de gracia.

También se llama en griego metalipsis, es decir, asunción, porque por él tomamos la divinidad del hijo de Dios.

Meditación entresacada de las obras de Santo Tomás de Aquino

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Fe…!

“Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame” (Mt 14, 29-30)

Fiarse de otra persona supone poner el centro de gravedad de la certeza en ella. La fe supone tener certeza porque se apoya en la palabra ajena. El cristiano que vive de la fe vive por encima de las noticias y de los estados de ánimo; vive por encima de sus posibilidades, porque es capaz de realizar empresas que por sí mismo no se hubiera atrevido a emprender, y que incluso realmente le sobrepasaban. La correspondencia a la vocación es un continuo acto de fe; también el apostolado es un ejercicio de la fe en que Dios puede cambiar los corazones a través de nuestras palabras y nuestro esfuerzo. Quien vive de fe vive por encima de sus posibilidades, como el que camina sobre el agua.

Pero puede entrarle el miedo al hombre de fe, ante la fuerza del ambiente, de los ejemplos desedificantes o simplemente porque cuesta hacer un día y otro lo que Dios nos pide, y no acabemos de ver los frutos. En ese momento en el que uno empieza a poner su confianza en sus propias fuerzas, empieza a hundirse; cuando el centro de gravedad ya no está en Dios sino en la visión humana, todo se vuelve sin sentido, ridículo a los ojos de los hombres.

Es la hora de decir, como Pedro, ¡Señor, sálvame!, ¡Señor, no me dejes solo, que no pierda el sentido sobrenatural!

Auméntanos la fe y la esperanza, Señor. La fe en la seguridad de tu palabra, la esperanza de que tu omnipotencia es capaz de sustentar todo. Que si yo quiero (porque Tú quieres) nada se tambaleará, aunque se amotinen las gentes y todo un ejército acampe a mi alrededor (cf. Salmo 2). Que entienda, sobre todo en el momento de la duda o el miedo, que, aunque yo sólo no pueda hacer lo que Tú me pides, contigo sí puedo; y si en otras ocasiones he caminado sobre las aguas o sobre carbones encendidos, hora tampoco se ha abreviado tu mano, Señor (cf. Is 59,1).

Jesús Martínez García

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16 tiempo ordinario-Tolerancia

“Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él respondió: No, pues al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega” (Mt 13, 28-30)

La palabra tolerancia indica por sí misma que estamos ante un mal. El bien no se tolera, se defiende, se abraza, se promociona. Toleramos el ruido que hace un niño o los apretujones en el autobús o las excentricidades de alguien. Si lo soportamos es porque evitarlo o suprimirlo nos causaría mayor mal que bien.

Pero tolerancia no significa aprobar. Dios tolera el mal en el mundo y no hace llover fuego y azufre sobre el que se porta mal; por eso no es un motivo para no pecar el temor al castigo divino en esta vida.

Dios no es vengativo ni castiga en ese sentido.

Dios espera, cuenta con el tiempo para que, quien hace el mal, se arrepienta.

Aunque cuando llega la hora de la siega, que es la muerte, cada uno es responsable de sus actos y recibirá el premio merecido.

La vida no se puede vivir como un juego, como que se pudiera pecar pensando que Dios no se entera, o que al pecar no pasa nada. Entre otras cosas porque no sabemos cuándo vamos a morir.

También la Iglesia tolera el mal, incluso dentro de sus fieles, pero no deja de hablar al corazón de las personas para que se conviertan. Más que tomar medidas coercitivas para arrancar el mal de las personas, hay que dar luz, convencer, de modo semejante a cómo actúan los productos que se echan en las plantas para que reaccionen.

Porque tolerar el mal no es aprobarlo, es necesario hacérselo ver a quien lo comete y así uno mismo no acostumbra. ¡Podemos hacer tanto bien! Pero el camino no es echar en cara los errores como consecuencia del enojo, ni la crítica que no ayuda. La prudencia lleva a decir las cosas en el lugar y momento oportuno, y siempre con caridad.

Que no me acostumbre a ver el pecado, como si fuera una simple incorrección, como si fuera algo normal; que lo valore como Tú lo valoras y me duela por Ti y por esas personas. Pero que no sea mi amor propio herido el que me lleve a corregir de modo destemplado. Te pido perdón por los pecados que veo en los demás y en mí; dame fortaleza y paciencia para corregirlos.

Jesús Martínez García