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16 tiempo ordinario-Tolerancia

“Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Pero él respondió: No, pues al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega” (Mt 13, 28-30)

La palabra tolerancia indica por sí misma que estamos ante un mal. El bien no se tolera, se defiende, se abraza, se promociona. Toleramos el ruido que hace un niño o los apretujones en el autobús o las excentricidades de alguien. Si lo soportamos es porque evitarlo o suprimirlo nos causaría mayor mal que bien.

Pero tolerancia no significa aprobar. Dios tolera el mal en el mundo y no hace llover fuego y azufre sobre el que se porta mal; por eso no es un motivo para no pecar el temor al castigo divino en esta vida.

Dios no es vengativo ni castiga en ese sentido.

Dios espera, cuenta con el tiempo para que, quien hace el mal, se arrepienta.

Aunque cuando llega la hora de la siega, que es la muerte, cada uno es responsable de sus actos y recibirá el premio merecido.

La vida no se puede vivir como un juego, como que se pudiera pecar pensando que Dios no se entera, o que al pecar no pasa nada. Entre otras cosas porque no sabemos cuándo vamos a morir.

También la Iglesia tolera el mal, incluso dentro de sus fieles, pero no deja de hablar al corazón de las personas para que se conviertan. Más que tomar medidas coercitivas para arrancar el mal de las personas, hay que dar luz, convencer, de modo semejante a cómo actúan los productos que se echan en las plantas para que reaccionen.

Porque tolerar el mal no es aprobarlo, es necesario hacérselo ver a quien lo comete y así uno mismo no acostumbra. ¡Podemos hacer tanto bien! Pero el camino no es echar en cara los errores como consecuencia del enojo, ni la crítica que no ayuda. La prudencia lleva a decir las cosas en el lugar y momento oportuno, y siempre con caridad.

Que no me acostumbre a ver el pecado, como si fuera una simple incorrección, como si fuera algo normal; que lo valore como Tú lo valoras y me duela por Ti y por esas personas. Pero que no sea mi amor propio herido el que me lleve a corregir de modo destemplado. Te pido perdón por los pecados que veo en los demás y en mí; dame fortaleza y paciencia para corregirlos.

Jesús Martínez García

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15º Domingo del Tiempo Ordinario – La parábola de la semilla

 

Hoy Jesús nos regala una gran parábola y clases de tierra para acoger esta semilla: la parábola de la semilla que cae en varios lugares y, o no tiene fruto o tiene fruto; o se muere, o tiene vida y florece. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículo 1 al 23:

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.

Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”. Mt 13,1-23

Hoy Jesús nos regala una gran parábola, la parábola de la semilla o la parábola del sembrador. Vemos cómo Jesús ha terminado esas disputas de los escribas y fariseos y se dirige hacia Cafarnaún rodeado de gente, rodeado de sus discípulos y Él con su infatigable deseo de predicar, comienza su enseñanza con la parábola del sembrador o la parábola de la semilla. Y conocedor de todo el terreno y habiendo visto sembrar un montón de veces —habría visitado todos estos lugares, sabía mucho de cómo era esta tierra, de sembrados, de rocas, de zarzas, de espinos, de laderas, de camino de viandantes—, les explica gráficamente cómo es el mensaje que quiere transmitirles. ¿Y qué pasa con ese mensaje? 

Salió un sembrador a sembrar y al sembrar, parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y comieron la semilla; otra parte de semilla cayó en terreno de piedras, pero como apenas tenía tierra, se secó; otra parte cayó entre zarzas y espinos, estas espinas crecieron y la ahogaron; pero otra parte cayó en tierra buena y dio fruto de ciento, de sesenta, etc. Y Jesús siempre termina sus enseñanzas: “El que tenga oídos, que oiga”. Y le dice mucho más a los discípulos: “A vosotros se os ha concedido todos los secretos del Reino”, y les explica claramente lo que es esta semilla y lo que es el sembrador. 

Gráficamente, querido amigo, nos lleva a pensar en las actitudes que tenemos ante Jesús y ante su mensaje, el tipo de tierra que podemos ser: tierra espina que ahoga con juicios, con críticas esta palabra; tierra de piedras, que tampoco, como no hay nada no tenemos decisiones, falta de criterio, falta de voluntad, falta de amor, no tiene raíces y se seca; o también tierra-camino, donde pasa todo, donde humanamente todo ahí entra y sale de mi mente, de mi corazón y es imposible que la semilla crezca; o tierra en donde hay una acogida, donde hay una apertura y fructifica, porque mi actitud personal receptiva es una actitud de amor. 

Este encuentro es un encuentro de mucha reflexión y de mucho compromiso, querido amigo. Tenemos que pensar mucho qué hacemos con Jesús, con su palabra, qué agentes externos dominan nuestra vida —o los pájaros, que la comen, o las piedras o las zarzas— y cómo Jesús descubre esto a los pobres, a los sencillos y a los pecadores. ¿Cómo aceptamos a este Jesús? ¿Cómo? Jesús es ese sembrador, ese labrador que echa la semilla al voleo y puede caer en tantas situaciones mías: puedo ser piedra, puedo ser zarza que asfixio todo, puedo ser tierra buena. Nos lleva mucho a la reflexión personal, sobre todo a la actitud de cómo acogemos, qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos, cómo la defendemos. El riesgo que tenemos continuamente de asfixiar esta palabra… 

Hoy tenemos que elevar una oración de petición para que estemos abiertos a lo que Él quiera, a lo que quiera sembrarnos, que estemos pendientes de los labios de Jesús. Jesús, que yo esté pendiente de tus labios, que esté pendiente de tus enseñanzas, que sepa acoger tu palabra. ¡Quita la dureza de mi corazón, quita esas piedras duras, quita esos espinos, quita esas malas hierbas, quita esos caminos que no te gustan y que no son nunca queridos por ti! Siembra, siembra en mí esa palabra tuya y abre mi corazón, a pesar de las dificultades y preocupaciones, que yo comprenda tu vida, comprenda tu mensaje, comprenda tu amor. Cuatro clases de tierra: tierra-camino, tierra-piedra, tierra-zarza y tierra buena. Cómo tenemos que entrar en nuestra reflexión y ahí preguntarle a Jesús: Jesús, ¿qué clase de tierra soy para ti? ¿Qué es lo que impide que Tú no entres en mí?, ¿mi inconstancia?, ¿los afanes que tengo?, ¿la seducción de todo lo que tengo? ¡Entra, Sembrador divino, entra en mi campo y que fructifique en mí tu palabra! Hazme una tierra esponjosa, abonada, querida por ti.

Querido amigo, tú y yo vamos a preguntarnos claramente qué clase de tierra somos, vamos a pedirle al Señor que nos ayude a tener base, que no seamos borde del camino, terreno pedregoso, zarzas, sino tierra buena. Te preguntaré y me preguntaré: “Jesús, lo que siembras en mí, ¿en qué tipo de terreno cae?”.

Entremos en la reflexión, entremos en el encuentro, metidos en el corazón de Dios, pidámosle ser tierra buena, pidámosle empaparnos de su palabra, para que dé fruto, para que nuestra vida no sea vacía, sino que sea crecida, florezca y esté llena de fruto —un fruto de amor, fruto de alegría y fruto de esperanza—. Tú que riegas la tierra y la enriqueces sin medida, Tú que riegas los surcos, Tú que riegas todo, riega mi corazón para que escuche tu palabra y dé fruto a lo que Tú quieras de mí. 

Entremos en el encuentro, en el silencio, en la reflexión y llenemos estos momentos de petición, de alegría y de agradecimiento a un Jesús que siempre está sembrando y que siempre espera mucho de mí. Se lo vamos a pedir por intercesión de la Virgen —ella que acogió tan fuertemente la palabra—, que nos enseñe a abrir nuestro corazón y a acoger su palabra para que seamos tierra buena que dé un fruto del cien por cien.

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA!

El sábado que sigue al segundo domingo después de Pentecostés celebramos, con formulario propio, la memoria (ahora obligatoria) del Inmaculado Corazón de la Virgen María. La única lectura propia es el evangelio, en que Lucas nos dice cómo María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Pero también se puede hacer como primera la lectura de Judit, como hace el Misal mariano, en la misa votiva con esta invocación.

“La expresión “Corazón de la Virgen” se ha de interpretar en sentido bíblico: designa la persona misma de santa María Virgen, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su vida interior, del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor: la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo” (Misas marianas n. 28).

Judit 13,17-20; 15,9: “Tú eres el orgullo de nuestra raza”

El episodio de una mujer joven, viuda, que con la ayuda de Dios vence al poderoso general enemigo, Holofernes, poniendo en fuga a su ejército, termina, como no era menos de esperar, en grandes alabanzas a esta piadosa y decidida mujer que ha conseguido lo que no podían los dirigentes de su pueblo.

El mensaje fundamental de toda la historia es la confianza que hay que tener en Dios. El libro de Judit está escrito dos siglos antes de Cristo, cuando hacían falta ánimos para seguir luchando contra las tentaciones paganizantes de Antíoco Epífanes, en tiempo de los Macabeos.

En una conmemoración de la Virgen las palabras que leemos más a gusto hoy son las últimas de la lectura, que sus paisanos dirigen a Judit, y nosotros a la Virgen María: “tú eres la gloria de Jerusalén, tú el honor de Israel, tú el orgullo de nuestra raza”.

Como salmo, es lógico que hagamos nuestra la alabanza que María dirige a Dios en su Magníficat.

Lucas 2,41-51: “Conservaba todo esto en su corazón”

El corazón de la Virgen María tuvo, a lo largo de su vida, muchas cosas sobre las que meditar, desde el anuncio y nacimiento de su Hijo, hasta su muerte y resurrección y la venida del Espíritu.

Aquí nos cuenta el evangelista el episodio de la visita de la familia de Nazaret a Jerusalén, con el adolescente Jesús, que pisa por primera vez el Templo, donde años más tarde será protagonista de tantos hechos y discursos, y que se “pierde” voluntariamente entre los doctores.

Al dolor de la momentánea pérdida del hijo, se añade para María y José el de no entender el lenguaje que Jesús emplea para explicar su actuación. María “conservaba estas cosas en su corazón”.

Este corazón de María, meditativo, atento, abierto a Dios y a los demás, se convierte en modelo para nosotros, los seguidores de Jesús.

Las oraciones de esta misa, al hablar del corazón de la Virgen, dicen que es “mansión para el Hijo” y “santuario del Espíritu Santo”, que es un “corazón limpio y dócil”, que sabía “guardar con fidelidad y meditar continuamente las riquezas de la gracia del Hijo”.

El prefacio (propio sobre todo de los Claretianos, Hijos del Corazón Inmaculado de María), alaba a Dios porque dio a la Virgen María “un corazón sabio y dócil, dispuesto a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de su Hijo”.

Podemos aprender de la Virgen esta apertura a Dios, esta entereza en la vida, esta profundidad de miras y de entrega. El Corazón de Cristo Jesús, que celebrábamos hace poco, como expresión suprema del amor de Dios a la humanidad, tiene un buen discípulo en el corazón de su Madre. Y debería tenerlo en el nuestro, para que sepamos también nosotros meditar, estar atentos, amar, saber sufrir, entregarnos con generosidad. Es la verdadera sabiduría y la garantía de la felicidad eterna.

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Solemnidad de Pentecostés.

La fiesta del Espíritu

Hoy la Iglesia celebra una gran solemnidad: el Espíritu de Dios que nos da vida, que llena todo nuestro ser, nos inunda de claridad, de alegría, de fuerza, de testimonio, de fe. ¡Es la gran fiesta del Espíritu, la gran invasión del Espíritu! Un día, querido amigo, fuerte, para vivirlo con alegría, con ilusión y con fuerza. Vamos a escuchar con mucha atención el Evangelio de san Juan, capítulo 20, versículo 19 al 23, que nos habla muy bien de cómo ocurrió toda esta efusión del Espíritu con pocas palabras, pero nos lo dice muy claramente. Escuchemos:

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Jn 20,19-23

Nos dice el texto que, al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en su casa con las puertas cerradas, con el miedo que les caracteriza después de su muerte y lo primero que les dice es: “¡Paz!”. En esta gran fiesta, lo primero que se nos va a decir: “¡Paz!”. Porque sin paz no nos podemos transformar, sin paz nos entran miedos, desesperanzas, dudas, faltas de entusiasmo.

Pero Él sabe que esta paz es sumamente frágil y se nos va… y se nos va… Por eso hoy nos regala la gran fuerza de su Espíritu, que lleva consigo todos los dones, para poder vivir bien en esa apertura de amor, como Él quiere.

Un acontecimiento que nos va a cambiar la vida: va a convertir el miedo en paz, la tristeza en alegría, el egoísmo en generosidad, el odio en perdón… Es un lenguaje totalmente diferente. ¡Pentecostés es un grito de esperanza, de unidad, de amor! Pero, querido amigo, todos estamos llamados, todos estamos llamados a participar en este festival del Espíritu, tenemos que abandonar los miedos y empezar a vivir el Evangelio de la buena noticia. Es un mensaje precioso el de hoy: nos infunde todos sus dones y lo hace junto a María, la Madre de Jesús, con toda clase de riqueza. Él no se puede callar, Él se ha ido, pero nos tiene que dar esa fuerza, ese poder nuevo y nos dice: “Como el Padre me envió, así os envío Yo”. Querido amigo, preparémonos para recibir estas frases: “¡Recibid el Espíritu Santo, mi Espíritu, mi Logos, mi Amor!”. Con la Iglesia tenemos que celebrar este gran acontecimiento y que resuenen en nuestros oídos las estrofas del himno de hoy:

¡Ven, Espíritu divino!

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre,

don en tus dones espléndido,

luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo,

entra hasta el fondo del alma.

Divina luz, ¡enriquécenos!

Mira el vacío del hombre

si Tú le faltas por dentro.

Mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.

Con alegría tengamos este gran encuentro, con alegría pongámonos junto al Señor, junto a su corazón, para que Él nos forme y nos reforme todo lo que no le gusta a Él. Le tenemos que decir: “Riega mi tierra, sana ese corazón enfermo, lávame de las manchas, doma este espíritu indómito, guíame, guíame…”. Y con alegría decirle: “¡Bendice alma mía al Señor! ¡Qué grande eres! ¡Gloria y honor a ti!

¡Gloria y honor a ti!”.

Querido amigo, entremos en el camino del Espíritu, dejémonos invadir de este torrente de amor y de paz, de esa [como] ventolera que arrastra todo, pero que nos llena de alegría. Tú nos envías por el mundo en tu nombre, haznos libres, fuertes, grandes, para recibir tu Espíritu y con Él, démosle gracias por todo y pidámosle que sepamos abrir este corazón y repitámosle mucho hoy: “¡Ven, Espíritu Santo, llena este corazón y enciéndelo del fuego de tu amor! ¡Ven sobre mi vida, ven sobre mí!”.

Nos unimos a María y con ella, que haga ella la súplica por nosotros para que nos invada este gran Espíritu: Espíritu de temor, Espíritu de fe, Espíritu de paciencia, Espíritu de amor, de sabiduría, Espíritu de fortaleza. Gracias, Señor, por esta gran solemnidad. Gracias, Señor, por este gran Pentecostés. Gracias, Señor, porque nos haces nuevos. Gracias, Señor, porque tu acción secunda todo y porque tu acción entra como una experiencia fuerte en mi corazón, que me consuela, que me refuerza, que me quita de tanta superficialidad. Gracias, Señor.

¡Espíritu Santo, ven! ¡Ven, Espíritu Santo sobre mí y enciende nuestros corazones! 

Querido amigo, repitamos mucho el himno del Espíritu Santo y llenémonos de su calor y de su amor y con alegría celebremos la gran fiesta de Pentecostés, el gran festival del amor.

A esto te invito, querido amigo

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ