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Fiesta del Bautismo de Jesús..

Tú eres mi Hijo. Yo te he engendrado hoy Hace muy pocos días celebrábamos el nacimiento de Jesús, aquel Niño del portal de Belén que era la salvación para el mundo. Dios, en la debilidad de aquel Niño, se ofrecía a los pastores, a los magos. Pero hoy celebramos el bautismo de Jesús. Jesús se nos presenta como una persona adulta, dispuesto a comenzar su misión, iniciada ya en Belén. Su gran noticia quiere hacerla grande y para ello va a las aguas del Jordán, como uno más, a bautizarse. Escuchemos hoy el texto que nos narra el Evangelio de san Mateo, capítulo 3, versículo 13 al 17: Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Mt 3,13-17

Fra Angelico, c. 1425
Fra Angelico, c. 1425

Después de oír este texto, esta preciosa escena del bautismo de Jesús, Jesús sale ya del nido familiar y se lanza a dar la buena noticia y a comunicar el Reino por todos los sitios. Pero antes quiere ser bautizado y se va al Jordán y allí se confunde como uno más, pero Juan lo distingue. La luz del Espíritu, la fuerza del Señor en él le hace reconocer a Jesús. Y Juan se lo impide diciendo: “Pero si yo debo ser bautizado por ti, ¿por qué vienes Tú a mí?”. Jesús le dice con todo cariño: “Deja, déjame ahora, porque entonces se tiene que cumplir todo lo que el Padre quiere de mí”. 

Y Jesús fue bautizado así, con el agua. Pero cuando Él salía ya del agua, Él fue infundido por el Espíritu. Fue la primera imposición de su Padre sobre Él. Y dice el texto que “se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía en figura de paloma y que venía sobre Él y se posaba sobre Él” —la paloma, el símbolo de la paz, de la sencillez, de la fecundidad y del optimismo— y se oyó una voz que decía: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien tengo todas mis complacencias”. Jesús comienza así su misión y comienza con la confirmación de su Padre, con el amor de su Padre y se deja bautizar por Juan, como uno más, pero se llena del Espíritu de su Padre.

La palabra “bautismo” —purificación, amor—, la palabra que nos hace pensar mucho en que el Espíritu entra en cada uno de nosotros. ¡Cómo recordamos nuestro bautismo, aunque sea lejano! Y hoy lo queremos hacer de una manera especial… Las palabras y acciones de Jesús en su vida pública se inician con una purificación, con un cariño, con un amor hacia los demás. Jesús se lanza a la misión, una misión en que está confirmado por la voz de su Padre: “Éste es mi Hijo, el Amado”. Otra manifestación de Jesús a María, a los pastores, a los magos, la estrella… Hoy se nos regala otra manifestación: nuestro bautismo. Pensar, querido amigo, que tú y yo somos consagrados, sellados por Dios, somos predilectos del Señor, que nos elige para una misión y como a Jesús, se nos dice: “Pasa haciendo el bien”. Es verdad. Hoy, día de la purificación, de pensar mucho y de comprender el gozo de ser bautizados. 

¡Cómo Jesús inicia su misión con un gran respeto a los hombres, a los sencillos, a los humildes! “La caña cascada no vacilará, el pábilo vacilante no lo apagará, será una buena noticia”. Los gestos, el mensaje de Jesús nos tiene que llenar de alegría. “Tú eres mi Hijo”. Yo también, querido amigo, contigo, también hemos sido bautizados y hemos oído: “Eres mi hijo. Yo te he engendrado hoy. Eres mi amor. ¡Purifícate, báñate en el río de mi misericordia, llénate de mi amor y que descienda sobre ti la paloma de la paz, la paloma de la alegría!”.

¡Qué oportunidad tenemos hoy, querido amigo, de reflexionar tú y yo sobre nuestro bautismo, sobre nuestra elección! Nos quiere para Él. Saborear que somos perdonados, que somos templos del Espíritu suyo; comprender que estamos bautizados; saborear la alegría de ser hijos suyos. Nuestra condición de bautizados nos tiene que llenar de mucha alegría y ser ese hijo predilecto, como Él, manso, humilde, no grita, es luz, libera, ama. Soy ungido, soy ungida por Dios: esta es la gran riqueza del bautismo. Por eso en este encuentro celebremos esa fiesta con alegría y veamos también nuestra responsabilidad: cómo respondemos como hijos, cómo nos dejamos purificar por Él, cómo nos santificamos con su contacto, cómo provocamos que el Espíritu descienda como una paloma sobre cada uno de nosotros.

Querido amigo, vamos a pedírselo hoy a Jesús: bautízame, conviérteme, lávame, sáname, quítame todo lo que Tú veas que no está bien para la buena noticia; que mis gestos, que mi mensaje sea para ti, sobre todo que tenga ese amor hacia los demás. “La caña cascada no la quebraré. El pábilo vacilante no lo apagaré”.  Y se lo vamos a pedir de manera especial a la Virgen, a nuestra Madre, que como Madre nos quite, nos purifique, nos lave y que comprendamos la gran riqueza de ser hijos de Dios. Somos consagrados, sellados, predilectos por el Señor, pero para una misión, para una misión que realizar, como Jesús, siempre pasando haciendo el bien, sabiendo que Él está siempre con nosotros. 

Querido amigo, gocemos de este encuentro y disfrutemos de ser hijos de un Padre que nos quiere, que nos ama, y de una Madre que nos cura, nos lava y nos purifica. Le demos gracias así, con toda alegría, por el regalo de nuestro bautismo, el bautismo de Jesús, el bautismo también mío, el día de la purificación, el día del amor.

Querido amigo, nos quedamos en silencio, agradecemos y alabamos y nos comprometemos a la misión tan grande como es dar la buena noticia desde la purificación y desde nuestro bautismo en la misericordia del Señor.  

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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Solemnidad de la Epifanía del Señor

La fiesta de la manifestación de Jesús o la fiesta del regalo!

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Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía de Jesús. Epifanía —como dice la festividad de hoy— significa “manifestación”. Dios se manifiesta, se manifiesta a todos. Y hoy vemos especialmente cómo se manifiesta a estos tres Reyes que vienen de Oriente y buscan a Jesús. Vamos a escuchar con toda atención lo que nos narra el Evangelio de San Mateo, capítulo 2, versículo 1 al 12:

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:  «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel»”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo”. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y de pronto, la estrella que habían visto salir, comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría, entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.  Mt 2,1-12

Realmente, querido amigo, es una escena muy enternecedora: Jesús nace en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, y entonces unos Magos de Oriente —según nos dice el texto— quieren venir a adorarlo. ¿Quiénes eran estos Magos? ¿Quiénes eran ellos? Entonces la palabra “mago” eran sabios, filósofos, que cultivaban la Medicina, la Astrología…; a veces consejeros de los reyes, otras veces ministros del culto, maestros de religión, hombres en búsqueda y que estudiaban todo tipo de estrellas, todo tipo de Astrología. ¿Por qué? Porque la influencia de los astros entonces, en la vida del hombre, y la influencia que los grandes personajes anunciaban a través de las estrellas acontecimientos extraordinarios, era muy importante. 

Y siguen a una estrella. La estrella se para en Jerusalén… La estrella, un camino de luz que se posa y continúa otra vez cuando salen de ahí, de Jerusalén, hasta que llegan a Belén. Ellos han oído que Jesús, que un personaje grande, que el Rey de reyes ha nacido, y le buscan… y le buscan… y vienen de Oriente y van ahí. Y cuando vieron la estrella se llenan de alegría otra vez y ven que se posa en un sitio, en una casa donde estaba María con su Niño y allí, postrándose, le adoraron. Y le ofrecen lo más valioso que tenían entonces: el oro, ese metal regio; el incienso, que se usaba para adorar, para ennoblecer, para incensar a la divinidad; y la mirra, esa resina con la que se embalsamaban los cadáveres. Lo mejor, lo más costoso.

Pero, querido amigo, fijémonos un poco más. Estos magos obedecen con humildad, con prontitud, con todo… No se apartan de la luz, están atentos a lo que ocurre, siguen la estrella, siguen algo que no entienden, ¡pero lo siguen! Y camino… camino… encuentran a Jesús ahí. Cuando leemos este texto pensamos enseguida en lo grande que es Jesús. Es un encuentro de acción de gracias porque Dios se manifiesta a todos, a todos los pueblos, a reyes, a pastores, a toda la gente humilde. Los Magos ¿qué hacen? Siguen la estrella y adoran al Niño. Dios quiere también mostrarse ante todos. 

¡Qué actitudes tan diferentes veo en esa manifestación de Jesús! ¿Qué actitudes? Herodes se entera y se inquieta, le preocupa que le puedan quitar la sombra, que rivalice con su poder. Los sumos sacerdotes y los escribas saben lo que dice la Escritura, pero indiferentes, ellos viven bien, no necesitan a nadie. Los extranjeros, como estos hombres, estos hombres extraños, fuera de lugar, se llenan de inmensa alegría. Los pastores lo oyen, se llenan de alegría y corren y le ofrecen lo que tienen. Y Dios se manifiesta y se manifiesta a cada uno así, y allí, en lo pequeño, en lo sencillo, en lo humilde, en un Niño, como todos los demás…, en un Niño. Y a María la vemos en segundo plano. 

Yo pienso, querido amigo, ¿qué manifestaciones de Dios tenemos en la vida personal de cada uno? ¿Cuántos regalos, cuántas manifestaciones, cuántas estrellas tenemos en el camino? Y me pregunto también si sabremos seguir esta estrella. Fiesta de los niños, la fiesta de la alegría, el día de Reyes, ilusión, emociones, recuerdos… todo. Pero es el día de reconocer que Jesús entra, se me manifiesta, se me regala. Y mi actitud tiene que ser dejarme guiar como ellos por todos los signos que aparezcan en mí, dar acogida en mi vida, ofrecer lo que tengo: riqueza o pobreza, salud o enfermedad, alegrías o preocupaciones. Y sigamos la estrella, querido amigo. Tenemos una estrella y es Jesús, que orienta nuestra propia vida y nos da la alegría ante el sufrimiento, la paz, la ilusión, el amor ante el fracaso… todo.

Vamos a pedirle a María, que está ahí con su Niño, con Jesús, y a estos tres hombres también, que sepamos descubrir esas estrellas del camino, que sepamos llevar y dar esa luz que manifiesta Jesús. Cada uno tenemos una estrella, pero ¿cuál es nuestra estrella? Ante nuestras cruces, nuestros sufrimientos, tenemos una estrella. Vamos a buscarla con amor. Ella nos va a iluminar, nos va a aliviar, nos va a alegrar y nos va a decir el camino verdadero.

 Y se lo vamos a pedir a la Virgen, nuestra Madre, Estrella de la mañana, como muchos le dicen: que hoy orientemos nuestra vida hacia la estrella que nos guía y le ofrezcamos lo que tenemos con gran humildad. Cuando veamos a María o a Jesús en su regazo, le demos todo lo que tengamos. También nosotros queremos adorar con este corazón grande y lleno de amor, con fe, y le daremos nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra, todo lo más que podamos. Pero de manera especial le diremos: ayúdanos a seguir las estrellas que me pones en el camino y gracias por esta solemnidad, gracias por esta fiesta, la fiesta de la manifestación y la fiesta del regalo; que sepamos manifestar también a los demás y ser estrellas para los demás; que sepamos consolar, dar paz, dar alegría y ser estrellas de bondad para los demás; pero antes tenemos que dejarnos guiar por la estrella de Jesús, que ilumina y que llena toda nuestra vida. 

Nos dirigimos a María, Madre de la esperanza, Señora de la mañana, Señora de la estrella: orienta nuestro camino y haz que seamos testimonio de luz en todos los sitios que nos encontremos. Querido amigo, pensemos, reflexionemos y veamos las grandes manifestaciones de Dios en nuestra vida y así podremos celebrar hoy con gozo la fiesta del regalo y la fiesta de la manifestación. Que Jesús sea para ti y para mí la gran manifestación de su amor y que podamos seguir siempre su estrella.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

El título de «María, Madre de Dios» recuerda el gran debate teológico que apasionaba, cuando no los dividía, a los cristianos de los primeros siglos.

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Aquel debate se centró en la cuestión trinitaria: se trataba de conciliar la fe en la divinidad de Jesús con la fe en la unicidad de Dios. Numerosos teólogos de aquella época se contentaban con subordinar el Hijo al Padre; incluso algunos, como el obispo de Antioquía, Pablo de Samosata, llegaron a afirmar que Jesús no era más que un hombre, en quien había habitado el Verbo «como en un templo». El paladín de esta tendencia fue, indiscutiblemente, Arrio, que no sólo subordinaba el Hijo al Padre, sino que le negaba la naturaleza y los atributos divinos, como la eternidad y la generación divina; para este sacerdote alejandrino, que fue condenado por el concilio de Nicea (325), el Verbo no era más que una criatura.

Los arríanos, por otra parte, no contentos con negar la divinidad del Hijo, mutilaban su humanidad y le negaban un alma humana. De hecho, se inscribían en la corriente gnóstica que devaluaba la materia y, por lo tanto, la humanidad de Cristo, corriente contra la que se había alzado ya el autor de la 1.a Carta de Juan. Ciertamente, en el siglo II Ireneo de Lyon había realizado una primera síntesis y había mostrado que el significado redentor de Cristo provenía del hecho de que éste hubiera recapitulado todas las fases de la existencia humana en una fidelidad absoluta a su Padre. Sin embargo, la síntesis de Ireneo no se conservó íntegramente; si la unidad de la persona de Cristo era generalmente admitida y, consiguientemente, dada por supuesto en el punto de partida, la explicación que de ella se daba era excesivamente unilateral. Occidente era excesivamente racional, mientras que la escuela de Alejandría privilegiaba el aspecto de revelación, interesándose sobre todo en el hecho de que Jesús, en cuanto Palabra, permitía conocer al Padre. Con todo, esta escuela no apreciaba en su justo valor la autenticidad humana de Cristo De hecho, la explicación, que debía hacer resaltar progresivamente todo

el alcance del dogma cristológico, enfrentó entre sí a las escuelas de Alejandría y de Antioquía, en Siria. La teología de Nicea encontró su principal defensor en la persona del obispo alejandrino Atanasio, que consagró su vida a la tarea de intentar que las decisiones conciliares calaran en la vida de la Iglesia. Puso nuevamente de relieve el pensamiento de Ireneo, especialmente la doctrina del «intercambio», según la cual, Dios se hizo plenamente hombre para que, a su vez, el hombre pudiera vivir de manera divina. Defendió la divinidad de Jesús, pero también insistió en que, si éste no hubiera asumido la naturaleza humana en todos sus aspectos, el género humano no estaría auténticamente salvado. Hay que señalar, sin embargo, que Atanasio dejaba en la sombra la actividad humana de Jesús, haciendo de él un ser indudablemente penetrado de Dios, pero meramente pasivo, lo cual provocó la reacción de la escuela de Antioquía, que puso el acento en la humanidad auténtica del Salvador. Al revés que la escuela de Alejandría, que subrayaba con fuerza la unión de las naturalezas humana y divina, la escuela de Antioquía hacía hincapié en la distinción y en la plenitud de ambas. El pretexto para el enfrentamiento lo proporcionó un discípulo de Atanasio, Apolinar de Laodicea, que, presentándose como el portavoz de su maestro, arremetió contra la naturaleza humana de Cristo, lo cual suscitó una violenta réplica por parte de los teólogos de Antioquía Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia, que rechazaban la encarnación propiamente dicha y únicamente admitían una mera inhabitación del Logos en el hombre Jesús. No confesaban el nacimiento del Hijo de Dios, sino el de un hombre en el que habitaba Dios.

La disputa estalló abiertamente cuando un sacerdote, Anastasio, se puso a censurar en sus sermones el título de «Madre de Dios» otorgado a María desde mucho tiempo atrás; ésta, según Anastasio, no podía ser llamada Theotokos (Madre de Dios), sino únicamente Christotokos (Madre de Cristo). Semejante afirmación originó una gran indignación, pues el título mañano criticado por Anastasio gozaba del favor popular. Se crearon entonces dos partidos: el primero, encabezado por Nestorio, nombrado obispo de Constantinopla por merced imperial; el segundo, Dirigido por Cirilo, el muy enérgico obispo de Alejandría.

En realidad, la disputa teológica se duplicaba con una rivalidad político-religiosa, y enfrentaba entre sí a los dos patriarcas más prestigiosos de la Iglesia de Oriente. En el año 431, el emperador Teodosio II, instigado por Nestorio, convocó en Efeso un concilio general cuyo desarrollo fue particularmente agitado.

La unión no se consiguió hasta El 433, en que la unidad de la persona de Cristo fue reconocida como verdad de fe: «Pues se hace la unión de dos naturalezas. Por eso afirmamos un Cristo, un Hijo, un Señor. A causa de esta unión sin confusión, confesamos a la santa Virgen, Madre de Dios».

Números 6,22-27. Se ha observado muchas veces que el título del libro de los Números en las biblias hebreas («En el desierto») le cuadraba perfectamente a la situación de Israel en aquella época. En efecto, el libro abarca el período de formación del pueblo en los desiertos que bordean Palestina al sur y al sureste.

Sin embargo, la bendición de Nm 6,22-27, aunque de formulación arcaica, debió de ser incorporada al libro tardíamente. Efectivamente, esa bendición parece estar reservada a los sacerdotes, mientras que otros documentos revelan que también los reyes bendecían a su pueblo. Por otra parte, toda la teología subyacente es sacerdotal: Yahvé, que no tiene morada en la tierra, habita, sin embargo, en medio de su pueblo gracias a la institución de los sacerdotes y de los levitas.

Recuérdese que algunas variantes textuales escriben los verbos en futuro, lo cual confiere a la bendición un valor profético. Esta disposición fue entendida por algunos Padres de la Iglesia como un anuncio de la venida de Cristo, «paz y reconciliación nuestra» (./. de Vaulx).

El salmo 66, de factura compuesta, une la oración con el género hímnico e invoca el favor del Señor para su pueblo.

Gálatas 4,4-7. En el capítulo precedente ha explicado Pablo el papel que la Ley desempeña en la economía de la salvación: ella ha revelado al hombre su debilidad, aun sin poder por ello liberarlo. No obstante, esa Ley no anulaba la promesa hecha a Abrahán; al contrario, esa promesa iba a cumplirse con la venida de Cristo, cuya encarnación inauguró el tiempo del cumplimiento, comparado por el apóstol con la emancipación del hijo.

Hasta ese momento, el hijo no posee nada propio; no puede entrar en posesión de los bienes que le pertenecen y está sometido a sus tutores. En el fondo, se encuentra en una situación comparable a la del esclavo. Tal era la situación de los judíos, sometidos a la Ley hasta la venida de Cristo, así como la de los gentiles, sometidos a sus pasiones. Para liberar de estas esclavitudes a los hombres envió Dios a su Hijo, nacido de mujer y sujeto a la Ley. Efectivamente, es en lo concreto de su existencia humana donde Jesús libera de sus alienaciones a los hombres.

Lucas 2,16-21. El evangelio de los pastores tiene un cierto sabor pascual. Aquí, como en el libro de los Hechos (2,47), se ve a los creyentes compartir la Buena Noticia con todos aquellos con quienes se encuentran, e incluso celebrar el acontecimiento «glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído». Sí, aquellos pastores son ya la Iglesia.

Como ocurre también en los Hechos, María se mantiene en medio de aquella Iglesia misionera y laudatoria. A la manera de los depositarios de los secretos apocalípticos, conserva en su corazón los acontecimientos de los que ha sido testigo privilegiado. Es verdad que esos acontecimientos sólo alcanzarán su sentido último con la Pascua, pero ya en casa de su prima Isabel cantó María la obra del Espíritu. ¿No es el niño del pesebre —Dios-salva— la sonrisa de Dios, como lo fue Isaac?

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***

Hijo de Dios venido en nuestra carne,

hijo de María y hermano de los hombres,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

Rostro del Padre, prenda de paz para el mundo,

mediador entre Dios y los hombres,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

Palabra renovadora, fuente de esperanza,

concebido por el Espíritu, verdadero hombre,

¡ilumina, Señor, nuestros caminos!

***

Dios de luz,

bendito seas por cada mañana

y por cada nuevo año,

promesa de vida y de renovación.

Dios de ternura,

bendito seas por el corazón de cada hombre

y por las manos que se abren

en señal de paz.

Dios y Padre de Jesucristo,

bendito seas, más aún,

por la mirada de tu Hijo,

reflejo insondable de tu amor.

¡Bendito, glorificado y santificado seas

por Aquel que abrazó nuestra carne

y nos transfigura en tu luz!

Que con tu Iglesia

te canten los ángeles en los cielos,

pues tú eres el Dios de lo infinito

y el Dios de toda ternura,

y es a Ti a quien aclamamos.

***

Señor Jesucristo,

tu nacimiento fue la aurora de una paz nueva

para los hombres que tú amas.

Mira una vez más el amor

que tú mismo has depositado

en el corazón de tu Iglesia,

y, para que en este nuevo año

pueda ella cantar tu gloria,

dígnate unir nuestras manos

en la unidad y en la alegría.

Quédate con nosotros, Emmanuel,

y danos una paz que dure

por siglos y siglos sin fin.

Marcel Bastin//DIOS CADA DÍA

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12 propósitos de año nuevo!!

Una nueva etapa de la mano de Jesús Propongámonos en este inicio de año hacer un cambio, un verdadero cambio interno, individual, comencemos cada uno por nosotros mismos. Hagamos un análisis de este año y en base a ello, propongamos como será el año venidero, siempre en compañía de Papá Dios, pues creo yo, solo así lograremos la felicidad que tanto anhelamos.

Llegamos al término de un año y al inicio de otro, y como todos los seres humanos, que somos cíclicos por naturaleza, esta etapa significa muchas cosas para cada uno. Para algunos es la nostalgia de un año que se va, las personas que no volveremos a ver, el trabajo o el estudio que dejamos atrás, quizá un amor perdido, o tal vez un año más en que no hicimos algo productivo con nuestras vidas.

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Para otros, sin embargo, puede ser la recapitulación de un año de logros, del nacimiento  nuevas amistades y consolidación de otras, de renovación con la familia, de crecimiento intelectual, espiritual, físico o emocional. Incluso puede ser el año en que encontramos al verdadero amor, el año en donde superamos enfermedades, crisis económicas, conflictos familiares, problemas emocionales, situaciones de estudio, de trabajo o de apostolado.

Pero como todo ciclo, el final de una etapa significa el comienzo de otra. Es el inicio de un nuevo provenir, que muchas veces crea sensaciones como son inseguridad, anhelo, esperanza, emoción, desconcierto, pero sobre todo mucha expectativa, por conocer que es lo que lograremos en el año venidero.

Para mí en lo personal, es el término de un ciclo que encierra muchas cosas en mi vida. Y como cada año, realizo algo que un amigo sacerdote me enseño desde los 14 años: cerrar círculos. Esto es, analizar que es lo que paso en mi vida durante este año, lo bueno, lo malo, lo positivo, lo productivo y lo negativo. Entonces decido que personas me han hecho feliz, han contribuido a mi santidad y yo a la de ellos, y les permito seguir siendo parte de mi vida. Mientras que, cuando la gente con sus hipocrecías, mentiras e intereses egoístas, se anteponen a su propia santidad y a la mía, es mejor sacarlos de mi vida, de una vez y para siempre.

En éste año la misericordia de Dios, ha estado más que presente en cada paso del camino, pues a pesar de la enfermedad de mi padre, la situación familiar se ha fortalecido, al igual que la relación con mis amigos de toda la vida. En el ámbito profesional he podido compartir mi cristianismo con colegas abogados e incluso con médicos, al igual que he podido hacerlo con mis alumnos seminaristas como profesor del Seminario Palafoxiano, y como escritor de varios medios de comunicación católicos y no católicos. 

Dentro del apostolado entrar al aspirantado de laicos vicentinos ha sido uno de los pasos que más me han marcado, especialmente en mi relación con María Santísima. Pero lo más importante es, que no importa todo lo que hago o dejo de hacer, sino que, nada de esto sería posible sin la presencia de Jesús en mi vida. Extrañamente no todos nos damos cuenta de ello, y creemos que nuestros logros son por mérito propio, o incluso que pudimos lograrlo por supercherías, amuletos o, incluso, hasta brujerías. Por ejemplo, conozco ha cierta familia, que año con año, en la víspera de año nuevo, sacan las maletas y le dan vueltas a su casa, para que salgan de vacaciones en el año. O barren su casa para alejar los problemas e incluso usan ropa interior de colores para atraer el amor. Pero nunca en todo el año se paran en la Iglesia, ni se acercan a la reconciliación y mucho menos a la oración. Entonces ¿de qué sirve tanta parafernalia? ¿Cómo esperan experimentar el amor y la paz, si depositan su confianza en supersticiones?

Otra cosa que también acostumbramos erróneamente es hacer propósitos de año nuevo, que no solo no cumpliremos, sino que al final de año, ni siquiera recordamos. El clásico “tengo que bajar de peso”, o “tengo que conseguir un mejor trabajo” o incluso “me hago de carro o casa nueva”. Pero ¿qué hay de la parte familiar, espiritual y emocional? ¿Por qué no proponernos cosas tangibles? Como compartir tiempo de calidad con la familia, o tal vez orar juntos. Acercarnos a la Iglesia y conocerla en lugar de criticar a sus sacerdotes y al Papa Juan Pablo II. ¿Por qué no, en lugar de desear cosas materiales, deseamos cosas espirituales? ¿Por qué no nos proponemos sanar viejas heridas, perdonar a las personas que no han hecho daño, borrar rencores que solo nos matan por dentro, dejar de ambicionar lo que el otro tiene o dejar de quejarnos de nuestras enfermedades o padecimientos? Y compartir la alegría de vivir, de conocer a Jesús.

Por tanto ¿por qué no? dentro de nuestros propósitos de año nuevo nos proponemos los siguientes doce puntos y al final de año revisamos que tanto cumplimos con ellos, para saber donde fallamos y donde tenemos que trabajar más, así como para ver que puntos no contemplados en ésta lista también pudimos realizar.

  1. Conocer a Dios a través de la oración
  2. Agradecer por todo lo bueno de nuestra vida y consagrarlo a Dios (familia, amigos, trabajo, estudio, noviazgo, etc.).
  3. Ofrecer todo lo malo de nuestra vida (enfermedades, problemas económicos, legales, etc.) y buscar un acompañante espiritual que nos guíe hacia Dios.
  4. Orar junto con la familia todos los días, para agradecer, alabar o pedir algo a Dios.
  5. Acercarse más a la eucaristía y la confesión, pero no por obligación sino por convicción.
  6. Unirse más a María Santísima en la oración, para que ella nos lleve a su hijo Jesús.
  7. Conocer un poco más sobre nuestra fe a través de algún curso, taller o platica en alguna parroquia o centro de evangelización.
  8. Anunciar a un Dios vivo y maravilloso en todos lados con nuestras actitudes de servicio y apoyo (familia, trabajo, amistad, noviazgo, etc.).
  9. Iniciarnos en algún apostolado, grupo, comunidad o movimiento, para servir por medio de este a Dios y nuestros hermanos.
  10. Orar por las necesidades de los demás, de los jóvenes para que conozcan a Jesús y en especial por nuestros sacerdotes y religiosos que tanto lo necesitan.
  11. Hacer alguna obra de caridad, cooperar con el diezmo, con algún orfanato, asilo o misión, pero no por deber sino por amor.
  12. Y el más importante con todo esto y con nuestro testimonio de vida: amar a Dios sobre todas las cosas.

Dice el dicho: “año nuevo, vida nueva”, pero solo Jesús ha venido para darnos vida y vida en abundancia, es Él, quien puede liberarnos del pecado y de su paga que es la muerte. ¿De qué sirve un año nuevo, con los mismo pecados? Propongámonos en este inicio de año hacer un cambio, un verdadero cambio interno, individual, comencemos cada uno por nosotros mismos. Hagamos un análisis de este año y en base a ello, propongamos como será el año venidero, siempre en compañía de Papá Dios, pues creo yo, solo así lograremos la felicidad que tanto anhelamos. Feliz Año Nuevo.

Otra historia más de nuestro Éxodo contemporáneo…

Autor: Roberth Phoenix