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2 de Pascua – Dar paz-

 

“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros»” (Jn 20, 19-21)

Muchas veces no se valoran los bienes que se poseen hasta que se pierden y se echan en falta. Por ejemplo, no se valora un pañuelo hasta que uno está acatarrado y no dispone de él en ese momento. La paz social y la paz interior es un bien muy grande. Sólo quien sufre las consecuencias de la guerra valora y ansía la paz.

Evitar la guerra puede no estar en nuestra mano, pero sí el tener paz interior y dar la paz.

«Nada te turbe, nada te espante», porque nada hay que tenga tal importancia que nos deba quitar este bien. Si lo perdemos será porque nos hemos quedado en una visión meramente humana, porque «quien a Dios tiene, nada le falta». Quien cuenta con Dios las cosas no son exactamente tal y como nos las cuentan, las calibramos nosotros o lo aprecian nuestros sentimientos.

Dios sabe todo, y cuenta incluso con lo que nos hace daño.

«Paz y bien» es el saludo en la familia franciscana. Que ese lema de Navidad no sea un simple deseo, sino que demos realmente a los demás ese clima de confianza, de tranquilidad, de orden, de paz. Está en nuestra mano.

«La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro, es preciso que toda familia viva feliz» (Teresa de Calcuta).

Si sufrimos o hacemos sufrir, tal vez sea por nuestra culpa. En cambio, bienaventurados los pacíficos, los que dan paz a su alrededor, seguridad, certeza, porque también ellos se beneficiarán de este don del Espíritu Santo.

Diré con san Francisco:

«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, ponga yo amor; que donde haya ofensa, ponga perdón. Que no busque ser consolado, sino consolar; que no busque ser comprendido, sino comprender; que no busque ser querido, sino amar, porque dando es como se recibe, perdonando es como Tú nos perdonas.»

Jesús Martínez García

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¡Feliz Pascua!

“Resucitó de veras mi amor y mi esperanza…”

Que en esta Pascua podamos sentir en nuestro corazón la Resurrección de Jesús con la alegría de sabernos destinatarios del amor de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Feliz Pascua de resurrección a todos los lectores del blog. Cristo resucitado reine en nuestras vidas y nos resucite con él.

¡Feliz Pascua!

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Domingo de Resurrección -Cristo vive

“Se inclinó (Pedro) y vio allí los lienzos caídos, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó” (Jn 20, 5-8)

No le busquéis entre los muertos, porque su tumba, abierta, está vacía. Jesús ya no está, o por mejor decir, está más presente entre nosotros, pero de otra manera.

No vivo en el recuerdo, como puede estarlo un ser querido o un político admirado que murió. No, ¡Jesús vive! Pero vive de otra manera: su alma volvió a informar su cuerpo; su Cuerpo que es desde ahora glorioso ya no está sujeto al espacio y al tiempo. Juan vio los lienzos vacíos y caídos: Jesús se había marchado y ¿por qué hueco de los lienzos? Por ninguno.

A Juan le bastó ver los lienzos de esa manera para darse cuenta de que Jesús había resucitado. Había vencido a la muerte no por el hecho de no morir, sino por resucitar. ¡Era verdad lo que había predicho! ¡Y era verdad todo lo que había dicho!

Jesús, Señor de la vida y de la muerte había querido padecer todo aquello; había sido Él quien se había entregado, porque, como la semilla de trigo, era necesario morir para dar la vida a los demás.

La resurrección de Jesús sucedió a una hora determinada y en un lugar concreto (un hecho histórico), pero Jesús había resucitado a un modo nuevo de ser, más allá de la historia y del espacio: el cielo no es un lugar físico, una especie de paraíso terrenal.

La resurrección demostraba de una vez por todas que Jesús era Dios, y las suyas eran palabras de vida eterna: había que vivir como Él había enseñado; es más, el cristianismo será vivir como ese Hombre y vivir con Él, porque Jesucristo vive.

Quiero asomarme con la imaginación a aquel sepulcro, quiero hacer un acto de fe en el Resucitado y disfrutar, también yo, de la alegría de la nueva Pascua, porque Tú, Señor, vives, y vives en mí. La muerte –la mía– ya no me da miedo, porque Tú estás conmigo, y porque Tú no sólo puedes resucitar a tus amigos, sino que eres la Resurrección y la Vida. Como Juan aquel día, hoy te digo: ¡creo!

Jesús Martínez García

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Domingo de resurrección/ NO HABÍAN ENTENDIDO QUE TENÍA QUE RESUCITAR DE LA MUERTE

El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro.  Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.

Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.  Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.  Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.  Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Jn 20, 1-9

 

 

¿Dónde buscar al que Vive? La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos.

Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres. María de Magdala, según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha Sido vencida.

Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida. La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por Sus seguidores.

Allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él».

Cf. José Antonio Pagola

ORACIÓN

Siempre esperando ese día de fiesta,

gozo y gracia

que podía transformar nuestra vida

con experiencias extraordinarias.

Hasta que comprendí

que la Pascua de tu resurrección, Jesús

de Nazaret,

el paso de Dios por nuestra historia,

el florido anhelo de toda persona

y de la misma naturaleza, sucedió

pasada la fiesta,

pasado el sábado, el primer día de la

semana.

Un día para el olvido, un día sin historia,

un día de oscuro horizonte, un día

nacido para pocas ilusiones,

En un día así resucitaste Tú, y floreció

nuestra esperanza.

Ahora comprendo por qué cualquier

día, aún el más insospechado,

puede ser día de paso y Pascua.

Y al recordarlo siento que florece la

Buena Nueva

en mi tierra yerma.

¡Bendito seas Tú, Dios de la vida y de la

historia,

que rompes todos nuestros esquemas

y nos llenas de sorpresas y Buenas

Nuevas!

¡Bendito seas Tú, Jesús de Nazaret,

que nos mandaste hacer memoria

para celebrar la vida y la entrega!

¡Bendita seas Tú, Ruan divina,

que nos acompañas a lo largo de la vida

y nos animas a compartir y a hacer

fiesta!

¡Aleluya, con todo mi ser, con mi cuerpo

y alma,

con mis gestos y palabras, con mi canto

y danza,

con mi vida resucitada!