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La Ascensión del Señor //Proselitismo

“Jesús les dijo: Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 18-20)

Hay dos modos de ser enviados: yéndose a otro lugar o permaneciendo en el mismo sitio, pero de otra manera. A todos nos dice el Señor: Id y predicad para hacer cristianos. En la encíclica Redemptoris missio, Juan Pablo II insistía en que no basta con el buen ejemplo o en dar criterios cristianos, es necesario convertir a las personas, hacer cristianos.

El proselitismo no es una posibilidad conveniente, sino un mandato de Cristo a cada cristiano. Porque es necesario que las personas crean y se bauticen, es decir, conozcan bien la doctrina cristiana y vivan la radicalidad del evangelio. El proselitismo es también necesario para que el Reino de Cristo crezca y todos los hombres de Toda raza, pueblo y barrio alaben a Dios con sus vidas como se debe alabar a Dios.

Pero es también una exigencia de la vida cristiana: si no se llega ahí, al corazón de las personas y se les plantea el sentido profundo de sus vidas, el apostolado será algo superficial, que no compromete del todo a quien lo hace.

El gran obstáculo del proselitismo no son las dificultades exteriores: los doce apóstoles al evangelizar no hicieron encuestas, ni un estudio sociológico del ambiente, sino que hablaron de Cristo sin ambages, sin detenerse ante lo que pudieran decir.

El gran obstáculo del proselitismo está en uno mismo, y es el miedo a tocar temas comprometidos porque se teme que los demás sabrán que uno practica su religión y cómo piensa sobre los grandes temas.

Ese miedo a quedar mal es cobardía y pereza. Triste espectáculo, porque una de las cosas más grandes que podemos hacer en esta vida es acercar a los demás a Cristo para que, conociéndole, le sigan.

Señor, perdona mis cobardías y mis perezas. Desde ahora quiero obedecerte y hablar de Ti a las personas que Tú esperas que hable.

Jesús Martínez García

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Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Hoy nos reunimos para celebrar la fiesta y la gran solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. En esta celebración vemos resumida toda la vida de Jesús: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Pero también nos dice que permanece con nosotros en los sacramentos y nos deja su Evangelio. Hoy nos va a recordar tres cosas muy importantes: la misión, la promesa y la confianza de que Él está siempre, siempre con nosotros. Escuchemos con atención el Evangelio que nos hace san Mateo en el capítulo 28, versículo 16 al 20:

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Lc 1,26-38

Querido amigo, después de resucitar Jesús, de estar con sus discípulos, de darles tranquilidad, de darles fuerza, de insuflarles su Espíritu, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre. Pero sus discípulos no se quedan solos, no van a permanecer huérfanos, más adelante serán bautizados con su Espíritu Santo y les dará fuerza para predicar la buena noticia, el Reino, hasta los confines del mundo.

Es más, les dice que no les abandonará, que nunca estarán solos, que todos los días hasta el fin del mundo estará Él. Hoy, en este texto, se nos recuerda la gran misión que inició Jesús y que quiere que continuemos, quiere que organicemos, que trabajemos por otro tipo de mundo más humano, más cercano, más evangelizado, más llenos de Dios, pero siempre mirando al cielo porque sabemos que Él nunca, nunca nos va a fallar.

San Mateo nos ofrece al final de la vida de Jesús este lugar significativo, Galilea, donde el Señor había comenzado su misión, en un monte, donde siempre se había congregado y allí, para finalizar su misión, reúne a sus discípulos, aunque ya muchos estarían dispersados por la Pasión y por la muerte de Jesús, pero quiere fortalecer su fe vacilante y desconcertada y cuando están allí, les deja la misión, la promesa, el testigo: “Id por el mundo y proclamad todo lo que Yo os he enseñado, consagrando a todos los hombres y bautizándoles”. Esta es la misión, querido amigo, que a ti y a mí nos encomienda Jesús y que se nos presenta con exigencia, con una exigencia de vivir una fe sólida y fuerte en nuestra vida de cristianos.

Tenemos que aceptar la misión que Él nos da: Jesús nos envía al mundo, al mundo donde trabajamos, al mundo donde vivimos, pero no nos retira del mundo, viene Él con nosotros, pero siempre mirando al cielo.

Querido amigo, esta solemnidad de la Ascensión del Señor es un recuerdo gozoso que nos encomienda el Señor: testimoniarle donde estemos. La fiesta del compromiso, la fiesta de la esperanza. Un compromiso de hacer presente a Jesús en nuestra vida, que sea la solución de nuestro entendimiento difícil de lo que nos sobrepasa, que seamos pequeños radios de acción donde estamos en el entorno de cada día, que vivamos con ojos y corazón la espera de Jesús. Esta es la misión y el compromiso de hoy.

¡Cuántas veces tenemos que pedirle al Señor perdón porque no somos ágiles en la misión! Pero le damos gracias porque Él va con nosotros, Él está siempre a nuestro lado, Él quiere que le veamos, que estemos con Él siempre. Y verle en la Transfiguración y verle en la Ascensión. Somos hombres humanos con mirada de cielo. Que no impidamos a nadie llegar a esta vida con nuestro testimonio y que seamos esa bienaventuranza feliz por donde vayamos porque anunciamos el Reino. Cómo hoy dice el salmo: “Portones, ¡alzad los dinteles!, ¡que se alcen las antiguas compuertas! ¡Va a entrar el Rey de la gloria, ese es el Rey del Universo!”. Y en la tierra Tú te quedas para quitarnos nuestras dudas y llenarnos de alegría, quitarnos nuestras tristezas y quitarnos todo lo que nos preocupa.

¡Aclamemos hoy al Señor que sube! Pero tengamos la confianza de que Él está siempre con nosotros. Unámonos al salmo de hoy: “¡Pueblos todos, batid palmas!

Aclamad a Dios con gritos de júbilo, porque Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas. ¡Tocad para Dios, tocad! ¡Tocad para nuestro Rey, tocad!”.

Con gozo, con alegría, entramos en este encuentro y sentimos el compromiso y el deseo de Jesús hoy para que lo vivamos profundamente. Él nos da todo el poder y nos dice: “Id y haced discípulos míos”. Vamos a pedir a la Virgen que nos dé esa fuerza, la Madre de la Esperanza, la Madre de la fuerza, la Madre de la misión. Con ella nos unimos con gozo y… “hombres de Galilea, varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?”. La vida en la tierra, pero los ojos y el corazón en el cielo…

Querido amigo, disfrutemos de esta fiesta y pensemos y reflexionemos en el compromiso de Jesús para poderlo glorificar y para poder ser testigos, como Él quiere, en todos los lugares del mundo donde trabajemos y estemos.

¡Que así sea, querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

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2 de Pascua – Dar paz-

 

“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros»” (Jn 20, 19-21)

Muchas veces no se valoran los bienes que se poseen hasta que se pierden y se echan en falta. Por ejemplo, no se valora un pañuelo hasta que uno está acatarrado y no dispone de él en ese momento. La paz social y la paz interior es un bien muy grande. Sólo quien sufre las consecuencias de la guerra valora y ansía la paz.

Evitar la guerra puede no estar en nuestra mano, pero sí el tener paz interior y dar la paz.

«Nada te turbe, nada te espante», porque nada hay que tenga tal importancia que nos deba quitar este bien. Si lo perdemos será porque nos hemos quedado en una visión meramente humana, porque «quien a Dios tiene, nada le falta». Quien cuenta con Dios las cosas no son exactamente tal y como nos las cuentan, las calibramos nosotros o lo aprecian nuestros sentimientos.

Dios sabe todo, y cuenta incluso con lo que nos hace daño.

«Paz y bien» es el saludo en la familia franciscana. Que ese lema de Navidad no sea un simple deseo, sino que demos realmente a los demás ese clima de confianza, de tranquilidad, de orden, de paz. Está en nuestra mano.

«La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro, es preciso que toda familia viva feliz» (Teresa de Calcuta).

Si sufrimos o hacemos sufrir, tal vez sea por nuestra culpa. En cambio, bienaventurados los pacíficos, los que dan paz a su alrededor, seguridad, certeza, porque también ellos se beneficiarán de este don del Espíritu Santo.

Diré con san Francisco:

«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, ponga yo amor; que donde haya ofensa, ponga perdón. Que no busque ser consolado, sino consolar; que no busque ser comprendido, sino comprender; que no busque ser querido, sino amar, porque dando es como se recibe, perdonando es como Tú nos perdonas.»

Jesús Martínez García

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2º Domingo de Pascua -Vio y creyó-

 

El domingo pasado celebrábamos la resurrección del Señor. Era el día de la Pascua por excelencia, pero el tiempo de Pascua no se acaba con este domingo pasado. Hoy y los restantes domingos son grandes días del Señor, el día en que su resurrección nos reúne para celebrar este gran acontecimiento y compartir el gozo de nuestra fe. Es un día de acción de gracias, de regalos de la Pascua: la muerte y resurrección del Señor nos ha perdonado todo. Renovamos nuestro perdón, nuestro arrepentimiento y nos llenamos del gozo de la resurrección. Hoy tenemos la gran escena de Jesús: cómo se aparece a los discípulos y les da los grandes regalos —la paz, la fuerza, la fe, la alegría y el perdón—. Escuchemos con atención y con gozo el texto de san Juan, capítulo 20, versículo 19-31:  

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Jn 20,19-31

Querido amigo, hoy nos encontramos con una aparición de Jesús y nos situamos y vemos [cómo los discípulos de Emaús, que narran…] a los discípulos, todos, a los otros, que estaban reunidos en el Cenáculo, les narran todo lo que habían visto y oído. Era el mismo día de la resurrección y tenían miedo; y siendo ya tarde, muy tarde, y tenían las puertas cerradas, todos juntos, por ese miedo a los judíos, acababan de cenar, y aparece Jesús en medio. No se puede aguantar verlos tristes, solos. Ha estado años con ellos y quiere recuperarlos. Y lo primero que les dice: “Paz a vosotros”. Es la paz el gran regalo de la Pascua. 

“Yo soy. No temáis. ¿Por qué os turbáis? Yo soy. ¿Por qué tenéis lugar con esos pensamientos tan tristes? Ved mis manos, ved mis pies, que Yo soy”. Quiere que se convenzan, quiere que le vean, que le oigan. “Palpad y ved mi espíritu”.

Con todo amor les muestra las manos y los pies y les llena de alegría. Y además ellos dice el texto que “se llenaron de gozo al ver al Señor”. Pero Jesús les reprende por su incredulidad. ¡Cuántas veces se lo ha dicho! Pero les cuesta creer, les cuesta ver y les da esa fuerza: “Mirad, como el Padre me ha enviado, Yo también os envío”, y les da su soplo, su hálito, su fuerza vivificadora. “Recibid este Espíritu Santo y a todos los que veáis, perdonadlos, y a quienes los retuviereis, retenidos serán sus pecados”. Les quita ese miedo, ese temor. ¡La gran misericordia de Dios!

Y cómo siempre cuando se aparece… el regalo de la paz, el regalo de la paz. Y siempre a la misión.

Pero en este domingo se nos muestra otra escena aparte: Tomás no está.

Pero de pronto aparece también Tomás. No estaba cuando vino Jesús, pero cuando vuelve, otra vez Jesús le ve y ve a Tomás cómo le niega, cómo no quiere saber nada y cómo le dice que, si no viere en sus manos los clavos y no metiere el dedo en ese lugar, en el costado, no cree. Jesús no puede, quiere recuperarlo, quiere quitarle esa negación de fe, quiere quitarle esas condiciones de incredulidad y le muestra el gran milagro del amor: “Ven, apóstol incrédulo, ven, Tomás: mete aquí tu dedo y mira mis manos y trae tu mano y métela en mi costado. ¿Qué es lo que quieres?”. Con qué dulzura le reprendió… “No seas incrédulo sino fiel”. ¡Cómo me impresiona a mí esta palabra! Cuántas veces Jesús tendrá que decirme como a Tomás: “No seas incrédula sino fiel”. 

Querido amigo, oigamos estas palabras también, llenémonos de emoción, de arrepentimiento y respondamos: “¡Señor mío y Dios mío!”. Y oigamos que Jesús con amor nos dice: “Porque has visto, Tomás, ¿crees? Felices, bienaventurados los que no vieron y creyeron”. ¡Cuánta fe nos falta, cuánto miedo a la vida, cuánta desesperanza, cuánto temor! Si no veo, no creo… Qué bonito cuando dice el texto: “Vio y creyó”. Pero qué triste la queja del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Hoy, como los discípulos, nos reunimos también y Jesús aparece en nuestra vida, en este domingo aparece en nuestra vida y se ofrece, como nosotros, y nos dice: “Ven, ¡mete tu mano! Ven, ¡mírame!”. Vivimos en un mundo en que todo se mide, todo se palpa, todo se pesa, que se demuestre todo, si no lo vemos, no creemos. Y éste es el medidor de nuestra fe. Hace poco leí un texto que era y preguntaba: “¿Y cuál es el medidor de la fe? ¿Cómo sé yo que tengo fe?”. Y el único medidor es el agradecimiento. Si tú y yo sabemos agradecer todo, todo, toda esa hermandad, ese amor de Dios en el mundo, tendremos fe. Pero nos falta mucho… Pero el Señor nos da el ánimo, nos insufla, nos da su Espíritu.

Querido amigo, recojamos hoy los grandes dones de la resurrección: la paz, que tanta falta nos hace en nuestras manifestaciones, en nuestra vida; la fe, creer sin ver (¿puede decir Jesús de ti y de mí eso: “dichoso eres porque crees sin ver”?); la alegría de saber que Tú estás con nosotros. Esa postura de Tomás personal, ¡cuántas veces la tenemos! Nos olvidamos de Jesús y nos olvidamos de lo que dice: “Dichosos los que crean sin haber visto, porque tendrán vida en mi nombre”. Y nos tiene que confirmar y tenemos que pasar por esta experiencia pascual y no vivir en una vida fantástica, metódica, llena de mis ideas. Me tengo que dejar encontrar por Jesús, mi gran Maestro, mi gran Medidor de la fe.

Querido amigo, te invito y me invito a entrar en esta experiencia pascual de fe, a sentirme resucitado, a oír esa buena noticia de Jesús, a dejarme querer por Él y a saber aprovechar, vivir, los grandes regalos de la Pascua: la paz —“dichosos”—; el perdón —“a quienes perdonéis los pecados, quedan perdonados”—; la alegría —“se llenaron de alegría al ver al Señor”—. ¡Qué elenco de dones tiene Jesús! Qué dones más preciosos, ¡qué dones! Éste es el gran don de la Pascua. Vamos, te invito a hacer una oración a Jesús conmigo: Jesús, que tu amor jamás, nunca nos abandone, que tu amor esté siempre con nosotros, porque sé que Tú has venido para darme paz, amor y alegría. Concédeme el don de la fe, el don de la paz, el don del amor y ten compasión de mi poca fe, ayuda a mi incredulidad para que sea testimonio de ti en los demás, insúflame, dame tu aliento, dame tu Espíritu para que me vuelva a reanimar en la alegría de tu Pascua.

Te reconozco y te doy gracias por tu gran misericordia. Te lo pido por intercesión de tu Madre, la gran Maestra de la fe, la gran Maestra de la vida: ayúdanos, Madre mía, a llenarnos de fe y amor; que podamos decir: “Vio y creyó.

Dichosos los que creen sin haber visto”. Querido amigo, entremos en esta escena, dejemos entrar a Jesús y oír todo lo que le dice a Tomás y a los discípulos para llenarnos de la alegría de la Pascua. Es lo que mejor deseo en este encuentro.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ