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¡Eres único!

“Dios ha hecho de nosotros lo que somos”… (Efesios 2,10).

Eres único. De un valor inestimable.

 Dios nunca creará a alguien como tú. Has sido creado para cumplir con un fin preciso. No dejes nunca de ser quién eres so pretexto de que quieras parecerte a otro. Mira a tantos los que quieras, pero no copies a nadie. ¿Te das cuenta de la intensidad del amor de Dios por ti?

Puede sucederte que te sientas decepcionado; le has pedido algo y él no ha hecho lo que esperabas de él. En lugar de sentirte mal amado, tómate un poco de alejamiento. ¿No te ha bendecido nunca? ¿No te ha sostenido en los pasos difíciles, incluso los que te parecían más largos?

No te comportes como si tu Padre celestial no te amara, bajo el pretexto que él no responde sin cesar a tus menores deseos. La diversidad es querida por Dios.

Ser diferente no implica ninguna superioridad o inferioridad frente a los demás; tú hubieras sido incapaz de perseverar en la vida como lo has hecho. Otros, no habrían soportado pasar por donde tú has pasado.

Así estás equipado como ningún otro para expandir la bendición a tu alrededor.

La gente será bendecida por ti si eres sincero y disponible para ayudarlos, y no porque seas perfecto.

No te dejes manipular hasta el punto de que pierdas tu individualidad. Los que intentan hacerlo no pueden vivir tu destino, ni representar tu papel. Dios te ha preparado a la vida más bien que preparar la vida para ti.

Que tu vida esté conforme con tus deseos o no, levántate y anuncia: “Listo o no. Señor heme aquí”.

Felipe Santos Campaña

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L’avventura della vita

“Ti piacerebbe correre un’avventura?” Così Peter Pan invita Wendy a incamminarsi verso l’isola-che-non-c’è: chi non resisterebbe a questo invito? neanche chi ha lo spirito dell’avventura innata!… e allora avventuriamoci in questa grande avventura che è la vita…!

Sogni troppo grandi per noi appesantiscono talvolta il nostro cuore: sogni di conquistatori, di santi o di scopritori di nuovi mondi, sogni che furono quelli di un Mermoz, di un Gengis-Kahn o di un Francesco di Assisi.

Non dobbiamo desolarci per il fatto che siamo solamente…quelli che siamo. L’Avventura più prodigiosa è quella della nostra propria vita, e per di più è perfettamente proporzionata a noi.

Avventura breve: trenta, cinquanta, ottanta anni forse, che bisogna superare faticosamente, attrezzati come una nave che faccia vela verso quella Stella in alto mare che rappresenta il nostro unico punto di riferimento e la sola nostra speranza.

Non importano colpi di mare, tempeste o calma di vento, purché ci sia questa stella. Se non ci fosse, non rimarrebbe altro che vomitare anche l’anima e struggersi dalla disperazione.

Ma la sua luce è là, e l’andarne in cerca e il seguirla fanno della vita di un uomo un’avventura più meravigliosa della conquista di un mondo o della corsa di una nebulosa.

E questa avventura non sorpassa le nostre possibilità. Basta che ci dirigiamo verso il nostro Dio per essere adeguati all’Infinito, e questo giustifica tutti i nostri sogni.

(G. De Larigaudie, Stella in alto mare, pp. 41-42)

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Fe…!

“Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame” (Mt 14, 29-30)

Fiarse de otra persona supone poner el centro de gravedad de la certeza en ella. La fe supone tener certeza porque se apoya en la palabra ajena. El cristiano que vive de la fe vive por encima de las noticias y de los estados de ánimo; vive por encima de sus posibilidades, porque es capaz de realizar empresas que por sí mismo no se hubiera atrevido a emprender, y que incluso realmente le sobrepasaban. La correspondencia a la vocación es un continuo acto de fe; también el apostolado es un ejercicio de la fe en que Dios puede cambiar los corazones a través de nuestras palabras y nuestro esfuerzo. Quien vive de fe vive por encima de sus posibilidades, como el que camina sobre el agua.

Pero puede entrarle el miedo al hombre de fe, ante la fuerza del ambiente, de los ejemplos desedificantes o simplemente porque cuesta hacer un día y otro lo que Dios nos pide, y no acabemos de ver los frutos. En ese momento en el que uno empieza a poner su confianza en sus propias fuerzas, empieza a hundirse; cuando el centro de gravedad ya no está en Dios sino en la visión humana, todo se vuelve sin sentido, ridículo a los ojos de los hombres.

Es la hora de decir, como Pedro, ¡Señor, sálvame!, ¡Señor, no me dejes solo, que no pierda el sentido sobrenatural!

Auméntanos la fe y la esperanza, Señor. La fe en la seguridad de tu palabra, la esperanza de que tu omnipotencia es capaz de sustentar todo. Que si yo quiero (porque Tú quieres) nada se tambaleará, aunque se amotinen las gentes y todo un ejército acampe a mi alrededor (cf. Salmo 2). Que entienda, sobre todo en el momento de la duda o el miedo, que, aunque yo sólo no pueda hacer lo que Tú me pides, contigo sí puedo; y si en otras ocasiones he caminado sobre las aguas o sobre carbones encendidos, hora tampoco se ha abreviado tu mano, Señor (cf. Is 59,1).

Jesús Martínez García

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19º Domingo del Tiempo Ordinario

¡Señor, sálvame, que me hundo!

Seguimos a Jesús y hoy le vemos que después de la escena de la multiplicación de los panes y los peces, se retira a orar y ve cómo sus discípulos sufren una aventura en el mar y Él les salva. El protagonista va a ser Pedro.

Escuchemos con cariño la escena de Mateo 14,22-33:

Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar.

Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “¡Señor, sálvame!”. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”.

Mt 14,22-33

Querido amigo, después de ver la multiplicación de los panes y los peces, Mateo nos sitúa a Jesús que quiere despedir a la gente y retirarse solo, necesita descansar, necesita hablar con su Padre y pasa la noche solo en oración. Es una necesidad vital para Él. Toda su acción, todo nace de una íntima relación con su Padre. No es que rece, necesita hablar, oír —la frecuencia de la oración— para actuar, para ponerse en servicio de los demás. Y ocurre una escena, bonita, que nos ayuda a ti y a mí a tener fe. 

Él ha vivido una jornada llena de emociones y se adentra a encontrarse con su Padre y les dice a los discípulos que se adentren en el mar y ahí ocurre una lucha contra el viento, contra la oscuridad. Los discípulos están asustados, tienen miedo, pero Jesús se les acerca caminando. Pedro duda y tiene miedo: “¡Que me hundo!”, y le gritó: “¡Señor, sálvanos!”. Y Jesús se acerca, como siempre. “Señor, le dice Pedro, si eres Tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Con todo cariño Jesús le dice: “Ven, Pedro”. Y Pedro bajó de la barca y se echó a andar, pero cuando se dio cuenta de la fuerza del viento volvió a tener miedo, se empezó a hundir y volvió a gritar: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. El viento se calmó y todos decían: “Realmente es el Hijo de Dios”. 

Este es Jesús: en nuestras dudas, en nuestras dificultades, en nuestros miedos, en nuestras tormentas, tenemos que gritarle: “¡Señor, sálvanos!”. Muchas veces tenemos el interior alborotado, tenemos muchas turbulencias y necesitamos que nos dé la mano para que desaparezcan las dudas. ¡Cómo tenemos hoy, querido amigo, que pedirle perdón por tantas dudas, por tanta poca fe, por las tormentas que sufrimos y no pedimos ayuda, por las preocupaciones que tenemos y no pedimos ayuda! Nos pasa como a Pedro: cuando sentimos su mano, cuando sentimos que nos dice: “Ánimo, soy Yo, no tengas miedo”, nos llenamos de fuerza, empezamos a caminar sobre la misma tormenta, pero cuando dejamos de mirar a Jesús, nos hundimos; la fuerza del viento nos hace hundirnos. Pedro fracasa porque pierde de vista a Jesús. 

Querido amigo, fiarnos de Jesús, con todo riesgo, y atrevernos a andar sobre el agua de la vida. Correremos peligros, pero el Señor nos salva. Es la imagen de un Dios que entra en nuestra barca y que nos quita todas las preocupaciones.

Hoy se nos invita a no tener miedo, a creer, a fiarnos de Él, a seguir su camino, a proclamar. Si confiamos en Él, no nos hundiremos nunca en las dificultades.

Tampoco el apóstol Pedro se hundió en las aguas, pero Jesús le dio la mano.

“Mándame ir a ti… ¡mándame ir a ti!”. 

¡Qué texto tan bonito y cómo nos llena de alegría y de fe! Tenemos miedo a todo: interno[s], externo[s]… Los externos y los internos nos paralizan, nos dificultan, pero necesitamos la presencia de Jesús. Miedo a las dificultades, miedo a la sociedad, al ambiente que nos rodea, al futuro, a la libertad… “¡No tengáis miedo!”. “¡Hombres de poca fe!”. “¡Qué poca fe has tenido!”. Entremos en oración, querido amigo, y cuando tengamos el fantasma del miedo le digamos: Tú, Jesús, eres mi todo. Tú entra en mi barca, entra en mi nave, y cuando esté sacudida por las olas, agárrame. Tú serás mi camino y podré andar por encima porque Tú estás conmigo. En las noches, en las soledades quiero fiarme de ti; en el mundo que me rodea quiero fiarme de ti. Tendré que oír más de una vez: “¡Qué poca fe!”. Y cómo le duele a Jesús esto, que yo no tenga fe, una fe superficial, una fe de rutina, una fe de plegarias, pero dudo, todo me muestra desconfianza. “¡Hombre de poca fe!

¡Qué poca fe!”.

Querido amigo, recojamos las palabras de Jesús a ti y a mí que nos dice: “¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo, ven, que no te hundes!”. Y yo le tendré que gritar: “¡Señor, sálvame, que soy un pobre pecador! ¡Señor, sálvame, que soy un pobre pecador!”. Y oiré: “¿Por qué dudas?”. Me dejaré agarrar de tu mano y oiré: “¡Qué poca fe!”. Gracias, Jesús, por este encuentro, gracias por tu palabra, gracias por dirigir mi historia, por ir Tú delante, por estar en mi barca. Entro en una oración de agradecimiento, de perdón y de petición. 

Querido amigo, oigamos estas palabras con fuerza: “¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo!”. “Ven, Pedro”. “¡Señor, sálvame!”. “Qué poca fe…”. “¿Por qué has dudado?”. Metámonos en la barca de Jesús, de su corazón y agarrados a su mano, vivamos nuestra historia con paz y con alegría.

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ