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19º Domingo del Tiempo Ordinario

¡Señor, sálvame, que me hundo!

Seguimos a Jesús y hoy le vemos que después de la escena de la multiplicación de los panes y los peces, se retira a orar y ve cómo sus discípulos sufren una aventura en el mar y Él les salva. El protagonista va a ser Pedro.

Escuchemos con cariño la escena de Mateo 14,22-33:

Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar.

Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Pedro le contestó: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”. Él le dijo: “Ven”. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “¡Señor, sálvame!”. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”.

Mt 14,22-33

Querido amigo, después de ver la multiplicación de los panes y los peces, Mateo nos sitúa a Jesús que quiere despedir a la gente y retirarse solo, necesita descansar, necesita hablar con su Padre y pasa la noche solo en oración. Es una necesidad vital para Él. Toda su acción, todo nace de una íntima relación con su Padre. No es que rece, necesita hablar, oír —la frecuencia de la oración— para actuar, para ponerse en servicio de los demás. Y ocurre una escena, bonita, que nos ayuda a ti y a mí a tener fe. 

Él ha vivido una jornada llena de emociones y se adentra a encontrarse con su Padre y les dice a los discípulos que se adentren en el mar y ahí ocurre una lucha contra el viento, contra la oscuridad. Los discípulos están asustados, tienen miedo, pero Jesús se les acerca caminando. Pedro duda y tiene miedo: “¡Que me hundo!”, y le gritó: “¡Señor, sálvanos!”. Y Jesús se acerca, como siempre. “Señor, le dice Pedro, si eres Tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Con todo cariño Jesús le dice: “Ven, Pedro”. Y Pedro bajó de la barca y se echó a andar, pero cuando se dio cuenta de la fuerza del viento volvió a tener miedo, se empezó a hundir y volvió a gritar: “¡Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. El viento se calmó y todos decían: “Realmente es el Hijo de Dios”. 

Este es Jesús: en nuestras dudas, en nuestras dificultades, en nuestros miedos, en nuestras tormentas, tenemos que gritarle: “¡Señor, sálvanos!”. Muchas veces tenemos el interior alborotado, tenemos muchas turbulencias y necesitamos que nos dé la mano para que desaparezcan las dudas. ¡Cómo tenemos hoy, querido amigo, que pedirle perdón por tantas dudas, por tanta poca fe, por las tormentas que sufrimos y no pedimos ayuda, por las preocupaciones que tenemos y no pedimos ayuda! Nos pasa como a Pedro: cuando sentimos su mano, cuando sentimos que nos dice: “Ánimo, soy Yo, no tengas miedo”, nos llenamos de fuerza, empezamos a caminar sobre la misma tormenta, pero cuando dejamos de mirar a Jesús, nos hundimos; la fuerza del viento nos hace hundirnos. Pedro fracasa porque pierde de vista a Jesús. 

Querido amigo, fiarnos de Jesús, con todo riesgo, y atrevernos a andar sobre el agua de la vida. Correremos peligros, pero el Señor nos salva. Es la imagen de un Dios que entra en nuestra barca y que nos quita todas las preocupaciones.

Hoy se nos invita a no tener miedo, a creer, a fiarnos de Él, a seguir su camino, a proclamar. Si confiamos en Él, no nos hundiremos nunca en las dificultades.

Tampoco el apóstol Pedro se hundió en las aguas, pero Jesús le dio la mano.

“Mándame ir a ti… ¡mándame ir a ti!”. 

¡Qué texto tan bonito y cómo nos llena de alegría y de fe! Tenemos miedo a todo: interno[s], externo[s]… Los externos y los internos nos paralizan, nos dificultan, pero necesitamos la presencia de Jesús. Miedo a las dificultades, miedo a la sociedad, al ambiente que nos rodea, al futuro, a la libertad… “¡No tengáis miedo!”. “¡Hombres de poca fe!”. “¡Qué poca fe has tenido!”. Entremos en oración, querido amigo, y cuando tengamos el fantasma del miedo le digamos: Tú, Jesús, eres mi todo. Tú entra en mi barca, entra en mi nave, y cuando esté sacudida por las olas, agárrame. Tú serás mi camino y podré andar por encima porque Tú estás conmigo. En las noches, en las soledades quiero fiarme de ti; en el mundo que me rodea quiero fiarme de ti. Tendré que oír más de una vez: “¡Qué poca fe!”. Y cómo le duele a Jesús esto, que yo no tenga fe, una fe superficial, una fe de rutina, una fe de plegarias, pero dudo, todo me muestra desconfianza. “¡Hombre de poca fe!

¡Qué poca fe!”.

Querido amigo, recojamos las palabras de Jesús a ti y a mí que nos dice: “¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo, ven, que no te hundes!”. Y yo le tendré que gritar: “¡Señor, sálvame, que soy un pobre pecador! ¡Señor, sálvame, que soy un pobre pecador!”. Y oiré: “¿Por qué dudas?”. Me dejaré agarrar de tu mano y oiré: “¡Qué poca fe!”. Gracias, Jesús, por este encuentro, gracias por tu palabra, gracias por dirigir mi historia, por ir Tú delante, por estar en mi barca. Entro en una oración de agradecimiento, de perdón y de petición. 

Querido amigo, oigamos estas palabras con fuerza: “¡Ánimo, soy Yo, no tengas miedo!”. “Ven, Pedro”. “¡Señor, sálvame!”. “Qué poca fe…”. “¿Por qué has dudado?”. Metámonos en la barca de Jesús, de su corazón y agarrados a su mano, vivamos nuestra historia con paz y con alegría.

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

 

 

 

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NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Hoy celebramos a uno de los santos más extraordinarios, el Precursor de Cristo, el Bautista, san Juan. Se puede decir que a este santo lo “canonizó” Jesús cuando le dedicó repetidas alabanzas: “Es profeta y más que profeta”, “es el mayor de los nacidos de mujer”…

A los demás santos los recordamos en el día de su muerte, su dies natalis.

Sólo de tres personas celebramos el nacimiento: de Jesús, de la Virgen María y de san Juan. También celebramos su muerte como mártir el 29 de agosto.

La fecha del 24 de junio se debe a la distancia de seis meses antes de la Navidad del Señor (25 de diciembre) y de tres meses después de la anunciación a María (25 de marzo). La fiesta de hoy es antiquísima: lo demuestra el interesante sermón de san Agustín sobre el nacimiento de Juan, que leemos en el Oficio de Lectura.

Para la fiesta de hoy, el Leccionario nos ofrece unas lecturas propias para la misa vespertina de la vigilia: Jeremías 1,4-10, con la elección de este profeta como mensajero de Dios, ya antes de su nacimiento; 1 Pedro 1,8-12, donde se nos anuncia que en Jesús se han cumplido todas las profecías del Antiguo Testamento; y Lucas 1,5-17: el ángel anuncia a Zacarías que tendrán un hijo, que irá delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto.

Aquí sólo comentamos las lecturas de las misas del día.

 Isaías 49,1-6: “Te hago luz de las naciones”

Es el segundo canto del Siervo de Yahvé: ese personaje misterioso que ha sido elegido por Dios y a en el seno materno para que sea luego su mensajero, su “espada afilada”, su “flecha preferida”, que utilizará en el momento oportuno para hacer llegar su voz a todos.

Este canto ya prevé que el Siervo tendrá momentos difíciles y de crisis: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no pierde la confianza. Sabe que Dios le ayudará a cumplir esta difícil misión: reunir a Israel y ser luz de todas las naciones.

El Siervo auténtico es Cristo Jesús. Es bueno recordarlo en el día en que celebramos la memoria de Juan, que también ha sido predestinado por Dios para ser Precursor del Mesías.

El salmo 138 prolonga esta convicción: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente; cuando en lo oculto me iba formando, conocías hasta el fondo de mi alma”.

 Hechos 13,22-26: “Juan, antes de que llegara Cristo, predicó”

Leemos hoy parte de un discurso programático de Pablo, el que solía dedicar a los judíos, en las sinagogas de las ciudades que iba recorriendo: esta vez, en Antioquía de Pisidia, en la actual Turquía.

De la descendencia de David ha llegado el Mesías. Y ha habido un último profeta del Antiguo Testamento, Juan, que predicó un bautismo de conversión, preparando la llegada de Jesús, que es el Salvador de Israel.

Lucas 1,57-66.80: “Se va a llamar Juan”

Escuchamos la hermosa escena del nacimiento de Juan y la imposición de nombre el día de su circuncisión. Son páginas que leemos en el Adviento, poco antes de la Navidad, en una serie paralela de lecturas sobre el nacimiento de Juan y de Jesús.

El nombre “Juan” significa “Dios es misericordioso o compasivo”. No sólo lo es para aquella pareja de ancianos a los que les concede la alegría de la paternidad, sino para el pueblo de Israel y para toda la humanidad, porque Juan es el anticipo del Salvador, la aurora que anuncia el pleno día.

Ya se ve, en esta página, lo grande que va a ser Juan, no por sus propios méritos, sino por la elección de Dios: “¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él”.

La fiesta de hoy, con sus lecturas, nos ayuda a reflexionar en varias direcciones sobre nuestra identidad como cristianos y como testigos del evangelio en el mundo de hoy.

Es Dios quien elige a sus profetas. No se arrogan ellos la misión. Dios los llama ya desde el seno materno: como al Siervo de que habla Isaías, como a Jesús, como a Juan. No estamos celebrando tanto lo grande que fue Juan, sino cómo en él se mostró el plan salvador de Dios, correspondido, eso sí, por Juan con una actitud de fe y de firmeza. En el prefacio decimos a Dios: “Al celebrar hoy la gloria de Juan el Bautista, proclamamos tu grandeza”.

También a nosotros nos ha elegido Dios. Desde nuestro Bautismo y Confirmación, somos personas que tienen en este mundo no sólo la misión de ser fieles a Dios, sino de darlo a conocer y de preparar el camino a Jesús. La salvación no la conseguimos nosotros, sino que nos la da Dios.

La misión del profeta es hermosísima, como la de Juan: preparar al pueblo a la acogida del Mesías, señalarlo ya presente en medio de ellos y mostrar a todos quién es el Cordero que quita el pecado del mundo. O sea, preparar el camino a Jesús, ser su precursor y pregonero.

El prefacio de hoy enumera expresivamente las diversas facetas de san Juan que se deberían reflejar en nuestra vida, cada uno en su ambiente, desde el Papa hasta el último confirmado:

– “Juan el Bautista, precursor de tu Hijo

– y el mayor de los nacidos de mujer…

– El saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos.

– Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes

al Cordero que quita el pecado del mundo.

– Él bautizó en el Jordán al autor del bautismo

– y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres.

– Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo”.

 El profeta no sustituye a Dios. Juan no era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra, sino el pregonero de la Palabra, a veces en la soledad del desierto. No era el Mesías, sino su “telonero” y preparador. “Yo no soy el que vosotros pensáis, sino que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”. Juan es “el amigo del Esposo”. Es el mayor de entre los nacidos de mujer, pero sólo es Precursor: el Salvador es otro. “Irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Juan supo estar en su sitio y apuntar claramente hacia Cristo. Vio cómo algunos de sus discípulos se pasaban al grupo de Jesús y se alegró. “Conviene que yo disminuya y que él crezca”.

Nosotros, profetas y testigos, no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo. Se puede decir de nosotros lo que uno de los himnos de la Liturgia de las Horas canta de Juan: “Pastor que, sin ser pastor, al buen Cordero muestras; precursor que, sin ser luz, nos dices por dónde llega…”.

Juan fue recio en su testimonio. Asceta en el desierto, humilde ante la aparición del Mesías, decidido y fuerte en el anuncio y en la denuncia cuando su palabra resultaba incómoda, mártir de la verdad que proclamaba.

Experimentamos dificultades en nuestro camino. Sin llegar a ser encarcelados y decapitados, pero sabemos lo que es la fatiga y el desánimo en nuestra misión evangelizadora de este mundo distraído. Podemos pensar como el Siervo del que habla Isaías: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no puede ser esa nuestra última palabra. Debemos seguir adelante, con la confianza puesta en Dios, generosos y firmes, como el Siervo, como Juan, sobre todo como el mismo Jesús, que dio testimonio a lo largo de toda su vida y también en su muerte.

Una última consideración: el nacimiento de Juan fue motivo de alegría para todos. Varias veces las lecturas ponen de relieve esta alegría mesiánica, y lo repiten las oraciones de la misa y de la Liturgia de las Horas. El que parece profeta adusto, el hombre del desierto, el que predica una radical conversión, en el fondo está anunciando la alegría.

¿Somos personas que saben comunicar alegría, y no sólo exigencias y deberes? No se trata de la alegría externa, de la que la fiesta de san Juan está muy llena, por las verbenas y los fuegos del verano que empieza. Si no, sobre todo, de la alegría interior, hecha de fe y de esperanza. La alegría de sabernos salvados por Dios. La oración de este día pide a Dios: “Concede a tu familia el don de la alegría espiritual”.

Al acercarnos a la comunión en la Eucaristía de hoy, pondremos especial atención a las palabras de Juan el Bautista, que siempre se nos recuerdan en este momento, señalando al Jesús a quien vamos a recibir: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, después de comulgar, podríamos rezar serenamente el himno que Lucas pone en labios del padre de Juan, el Benedictus: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo…”.

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3º Domingo de Pascua ¡Quédate con nosotros!

Estamos en pleno tiempo de Pascua y hoy se nos ofrece un pasaje evangélico en el que dos discípulos, decepcionados porque depositan su confianza en el Señor, reconocen a Jesús y le reconocen en el gesto de bendecir y partir el pan. Estos discípulos, que están tristes, preocupados y muy decepcionados por lo que le ha pasado a Jesús, al reconocerlo se llenan de asombro y de alegría. Es un texto bellísimo que no [nos] podemos dejar de llenarnos de él y de apreciar todos los detalles. Escuchemos con cariño el texto de san Lucas, capítulo 24, versículo 13-35:

Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”.

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”. Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Lc 24,13-35

Querido amigo, hoy san Lucas nos da un texto bellísimo, uno de los más insuperables de su Evangelio: la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús. Nos situamos y vemos cómo sería ya media tarde del Domingo de Resurrección y por esa calzada que baja de Jerusalén van dos discípulos tristes, desanimados, desconfiados, comentando: “Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel”. Esperaban… Pero ¿cómo podía haber ocurrido esto?, ¿cómo no podría haber sido el liberador y encima ha sido condenado, ha muerto y crucificado? Y van tristes. 

Y así, en esa tristeza, en ese caminar, Jesús nunca abandona a nadie y a estos hombres que tanto creían en Él se acerca, aparece como un caminante más y camina con ellos. Un caminante más, como tantas veces se hacía en esos caminos —ese camino de Emaús largo, de unos once kilómetros—. Y Jesús con ellos, paso a paso, les escucha pacientemente y le preguntan, le interroga[n] las Escrituras, con toda paciencia le[s] explica desde Moisés, los profetas, cómo debía padecer para entrar en la gloria, hasta que estos discípulos van cambiando interiormente, su corazón [se] está empezando a arder, a brotar luz, a brotar fuego.

Y ellos mismos lo confiesan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba así?”. 

Llegan ya con su camino y con su ruta y quieren caminar con Él, pero Él hace un ademán de seguir hacia delante y ellos le ruegan: “Quédate con nosotros porque atardece y el día ya está vencido”. Jesús no desperdicia ninguna ocasión, se sienta con ellos, preparan la mesa, le invitan como si fuese una persona de honor, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió, se lo dio y en ese momento… ¡le reconocieron al partir el pan! Esta es la cena de Emaús, una cena ordinaria, pero una cena extraordinaria. Jesús parte con nosotros nuestra vida, parte su vida y nos da todo.

¡Qué enseñanza tan profunda en este tercer domingo de Pascua, querido amigo! Cuántas veces nosotros también somos estos caminantes de Emaús, pero en el encuentro resucitado que le reconocemos en la palabra y en el partir el pan cambia nuestra vida. Tú y yo nos tenemos que urgir a estos encuentros, tenemos que sentir este pan que Él nos da, tenemos que sentir este vino que nos da fuerza.

Hoy le tenemos que gritar tú y yo: ¡Quédate con nosotros, Señor, como compañero de mi camino, como maestro, como huésped, como amigo, quédate con nosotros porque tenemos muchas noches, noches de incertidumbre, de sufrimiento, de preocupación, noches de soledad, noches de desaliento, crisis de fe! ¡Ven, Señor, a nuestros hogares! ¡Ven a nuestro corazón! ¡Siéntate con nosotros y reparte el pan! Se lo tenemos que pedir hoy mucho. Somos caminantes de Emaús, caminantes que dudan, que dudan, pero Jesús nos sacude el desencanto, nos sacude el desaliento, camina con nosotros, está vivo, está conmigo. Que yo tenga que… y pueda oír esa palabra, que yo no me decepcione nunca y que sea testimonio donde yo esté. El encuentro con Jesús cambia totalmente nuestra vida, simplemente dejarse mirar por Él. Vamos de camino y no entendemos mucho, pero Jesús siempre se hace el encontradizo de nuestra vida.

Querido amigo, vamos a escuchar sus palabras, vamos a sentir su fracción del pan, vamos a sentir fe, volvamos al camino, volvamos a la vida, volvamos al lugar donde vivimos y trabajamos, pero sintamos cómo arde nuestro corazón cuando lo reconocemos. Realmente —nos podemos preguntar—, ¿encontramos así a Jesús en el camino?, ¿le sentimos? Hoy le vamos a repetir muchas veces:

¡Quédate con nosotros, Señor, porque atardece! ¡Quédate con nosotros y comparte nuestra vida! ¡Quédate con nosotros, no nos dejes, no nos abandones!

¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el camino es duro! Gracias por guiarnos, por llevarnos junto a ti y por estar en nuestro camino y ser amor en nuestras dudas, en nuestros desalientos, en mis huidas. Gracias, compañero de camino. Gracias, confidente mío. Gracias, Maestro mío. Gracias, Señor.

Vamos a pedirle también a la Virgen, a la Señora del camino, a la Señora de la huella, a la Señora… la Madre del caminante, nuestra Madre, que no nos abandone y nos acompañe en este camino con Jesús. Quédate con nosotros porque anochece y nuestra vida sin ti es una vida oscura.

¡Quédate con nosotros!

Que así sea

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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Sábado santo/CUANDO DIOS CALLA…

Nuestro Dios es un Dios de las palabras, es un Dios de los gestos, es un Dios de los silencios.

El Dios de las palabras sabemos cómo es porque en la Biblia están las palabras de Dios: Dios nos habla, nos busca. El Dios de los gestos es el Dios que va… Y después está el Dios del silencio. Piensen en los grandes silencios de la Biblia: por ejemplo, el silencio en el corazón de Abraham cuando iba a ofrecer en sacrificio a su hijo.

Pero el silencio más grande de Dios fue la Cruz: Jesús sintió el silencio del Padre hasta definirlo ‘abandono’… Y después ocurrió aquel milagro divino, aquella palabra, aquel gesto grandioso que fue la Resurrección.

Nuestro Dios es también el Dios de los silencios y hay silencios de Dios que no pueden explicarse si no se mira al Crucifijo. Por ejemplo ¿por qué sufren los niños? ¿Dónde hay una palabra de Dios que explique por qué sufren los niños? Ese es uno de los grandes silencios de Dios.

Y no digo que el silencio de Dios se pueda ‘entender’, pero podemos acercarnos a los silencios de Dios mirando al Cristo crucificado, al Cristo abandonado desde el Monte de los Olivos hasta la Cruz…

Pero ‘Dios nos ha creado para ser felices’…Sí, es verdad, pero tantas veces calla. Es verdad. Y yo no puedo engañarte diciendo: ‘No, tú ten fe y todo te irá bien, serás feliz, tendrás suerte, tendrás dinero… No, nuestro Dios está también en el silencio”. (Papa Francisco)

Los hermanos sufren, y yo con ellos. No quiero vivir una situación de privilegio.

¡Cómo me gustaría ofrecerte una inteligencia capaz de encontrar fórmulas que alentasen la vida de los seres humanos por el camino de la justicia…! Pero no parece posible. Soy pequeño. Soy un hombre de una inteligencia sencilla, acostumbrada a vivir y a hacer pequeñas cosas.

Me supera este problema del paro y la inseguridad en que viven tantos hermanos. Y quiero perforar la vida para que mi conciencia se alerte, se solidarice, se abra, se espabile, se active. Perforar para que mi corazón no se quede en el lamento fácil, sino para que me ponga en actitud de búsqueda, para que sepa que en medio de la noche nadie debe caminar solo, sino que nos hemos de coger de tu mano.

Perforar para que brote la Fuente, el Manantial de Vida, que se esconde tras un corazón aparentemente frío y apagado. Perforar para que se aproveche bien este momento silencioso, tímido, corto, en medio de otras muchas movidas e inquietudes.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.

Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que  también lo necesitan.

Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.

Amén