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Sábado santo/CUANDO DIOS CALLA…

Nuestro Dios es un Dios de las palabras, es un Dios de los gestos, es un Dios de los silencios.

El Dios de las palabras sabemos cómo es porque en la Biblia están las palabras de Dios: Dios nos habla, nos busca. El Dios de los gestos es el Dios que va… Y después está el Dios del silencio. Piensen en los grandes silencios de la Biblia: por ejemplo, el silencio en el corazón de Abraham cuando iba a ofrecer en sacrificio a su hijo.

Pero el silencio más grande de Dios fue la Cruz: Jesús sintió el silencio del Padre hasta definirlo ‘abandono’… Y después ocurrió aquel milagro divino, aquella palabra, aquel gesto grandioso que fue la Resurrección.

Nuestro Dios es también el Dios de los silencios y hay silencios de Dios que no pueden explicarse si no se mira al Crucifijo. Por ejemplo ¿por qué sufren los niños? ¿Dónde hay una palabra de Dios que explique por qué sufren los niños? Ese es uno de los grandes silencios de Dios.

Y no digo que el silencio de Dios se pueda ‘entender’, pero podemos acercarnos a los silencios de Dios mirando al Cristo crucificado, al Cristo abandonado desde el Monte de los Olivos hasta la Cruz…

Pero ‘Dios nos ha creado para ser felices’…Sí, es verdad, pero tantas veces calla. Es verdad. Y yo no puedo engañarte diciendo: ‘No, tú ten fe y todo te irá bien, serás feliz, tendrás suerte, tendrás dinero… No, nuestro Dios está también en el silencio”. (Papa Francisco)

Los hermanos sufren, y yo con ellos. No quiero vivir una situación de privilegio.

¡Cómo me gustaría ofrecerte una inteligencia capaz de encontrar fórmulas que alentasen la vida de los seres humanos por el camino de la justicia…! Pero no parece posible. Soy pequeño. Soy un hombre de una inteligencia sencilla, acostumbrada a vivir y a hacer pequeñas cosas.

Me supera este problema del paro y la inseguridad en que viven tantos hermanos. Y quiero perforar la vida para que mi conciencia se alerte, se solidarice, se abra, se espabile, se active. Perforar para que mi corazón no se quede en el lamento fácil, sino para que me ponga en actitud de búsqueda, para que sepa que en medio de la noche nadie debe caminar solo, sino que nos hemos de coger de tu mano.

Perforar para que brote la Fuente, el Manantial de Vida, que se esconde tras un corazón aparentemente frío y apagado. Perforar para que se aproveche bien este momento silencioso, tímido, corto, en medio de otras muchas movidas e inquietudes.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos.

Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que  también lo necesitan.

Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia.

Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.

Amén

 

 

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   Domingo de Ramos – ¿A qué has venido?-

 

“Pedro insistió: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré. Todos los discípulos dijeron lo mismo” (Mt 26,35)

Los apóstoles no habían conocido a nadie como Jesús. Estaban entusiasmados y dispuestos a ir con Él a Jerusalén y a morir si hiciera falta. Hoy consideramos en el evangelio de la misa la Pasión de Jesús, y entre esos sucesos, el abandono de sus amigos, porque en su idea del Mesías latía una esperanza de triunfo humano, de pertenecer a un reino temporal, y no querían entender que ese reino supusiera renuncia; no sabían que la salvación pasaba por la muerte de uno mismo, y sobre todo por la muerte del Mesías.

«Amigo, ¿a qué has venido?», preguntó Jesús a Judas cuando le entregaba, ¿por qué me seguías como discípulo?, ¿acaso porque ibas a ser rico y a triunfar? Y la misma pregunta podía haber hecho Jesús a Pedro o a los demás. ¡Qué lejos estaban entonces de no negar a su Maestro y dar sus vidas por Él!

También hoy nos pregunta a cada uno que pensemos a qué hemos venido a la Iglesia, por qué le seguimos; ¿acaso porque nos encontramos bien, porque hay reuniones que nos satisfacen, porque así estamos bien vistos? Pues por esas razones humanas, tarde o temprano acabaremos por separarnos de Él. A veces ser cristiano costará, porque hay que dar la cara, porque hay que hacer cosas que no están de moda, porque no están bien vistos los cristianos entregados. El secreto de los mártires –y todos aquellos apóstoles luego fueron mártires– consistió en seguir a Jesús sin esperar nada, su entrega fue una renuncia a sí mismos. Ser mártir no se improvisa; hace falta haberse ejercitado al cabo de muchos actos de entrega y de mortificación.

Dame, Señor, entender que he de morir contigo a lo mundano, que no he de vivir más que para Ti y para tu gloria, que vale la pena dejarme la vida cada día, aunque algunas veces se haga presente la pena, la Cruz.

Que entienda de qué se trata, que yo Te entienda, y sepa –como Tú– que el Padre no abandona a quien se abandona en Él, y que será después, en el cielo, donde reinaremos contigo.

Jesús Martínez García

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor!!!

Y Jesús… lloró

Querido amigo:

Comenzamos la gran semana mayor, la llamada “Semana Santa”. En esta semana vamos a conmemorar los grandes sucesos de Jesús, todo lo que le sucedió antes de la muerte. Nos va a regalar la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y vamos a ser protagonistas y espectadores de la muerte y resurrección de Jesús. Querido amigo, te invito hoy a entrar y vivir con cariño, con amor y con mucho silencio y oración la gran Semana Santa. Comenzamos así nuestro Domingo de Ramos. Quiero que conmigo me acompañes a seguir a Jesús en todos los pasos de esta semana.

Los textos del Evangelio nos narran la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén y nos narran también la Pasión, pero yo te invito a entrar, a seguir a Jesús, a acompañarle. Vamos, querido amigo, tú y yo, así: vemos cómo a Jesús llega ya su hora de la Pasión y prefiere una entrada triunfal en Jerusalén. No quiere una manifestación popular, quiere consumar ese sacrificio estando al lado de su pueblo y Él mismo organiza todos los detalles para esta entrada solemne, y le vemos que no entra como un general romano, no entra con el triunfo de un rey, sino viene cabalgando sobre un pacífico pollino.

Las grandes lecciones de Jesús hoy: humildad y mansedumbre. Ése es el Reino del amor de Jesús. Y no le acompañan grandes personalidades, su séquito son los pobres, los niños, los enfermos que ha curado, los pecadores que ha perdonado; éste es el cortejo de Jesús. Le vemos cómo sale de Betfagé, vemos cómo pasa por el monte de los Olivos y termina en el recinto del Templo. Le veo montado en este humilde animal y veo cómo muchos tienden mantos en el camino, cortan palmas, ramos de olivos, y otros le gritan “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”. Éste es el cortejo triunfal de Jesús. Así va anunciando que muy prontito va a sufrir su Pasión.

Pero le veo en un contraste muy fuerte: le veo que, al contemplar toda la ciudad de Jerusalén, Jesús llora. Ese llanto de Jesús… “Y Jesús lloró”. Y cómo dice y explica por qué llora: “Si tú también conocieras el mensaje que te traigo de paz… Pero ahora está oculto a tus ojos, porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán, te cercarán, te estrellarán; y tus hijos también. No quedará piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de mi visita”. ¡Qué impresión! Yo pienso muchas veces en este texto… Si Jesús se acercara a mi vida —y se acerca— y si Jesús mirara mi historia, mi forma de actuar, ¿no rompería a llorar otra vez? ¿No lloraría y diría: “Si no has conocido mi paso, si no has conocido que soy el mensajero de tu paz y matas a todo el que te envío? ¿No te das cuenta de la ingratitud que estás teniendo con todo mi amor, con todo el amor que te doy”?

Querido amigo, estamos acompañando a Jesús con ramos de olivo, con palmas, y nuestra palma es el sacrificio, la lucha, la reciedumbre. Y vemos cómo Jesús nos dice que Él es el Rey de paz y de amor. Hoy es un día de mucha alegría, pero también de mucha pena. “¡Hosanna!”, le tenemos que gritar a Jesús; pero también pena: “Jesús lloró… Jesús lloró”. Ese eslogan, esa frase: “Dominus flevit” (y el Señor lloró). Y lloró cuando contempló la ciudad ingrata… Y también llorará cuando contemple mi propia vida.

Querido amigo, es una escena preciosa ver cómo Jesús entra, llega a Betfagé, cruza, coge, se monta en este pollino y cómo camina, ve a la gente… Pero también le duele que le griten así, cuando después le van a decir: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale! No lo queremos como Rey, que se vaya. ¡Muerte!”. Qué dolor para Jesús…

Te invito y me invito a entrar en esta gran semana —la semana del amor—, entrar tú y yo, y acompañar a Jesús. Viene en el nombre de su Padre para darme amor, viene humilde, viene… ¡Salgo a recibirte! Me doy cuenta de tu vida, me doy cuenta de quién eres Tú. ¡Qué encuentros tiene! ¿Llorará Jesús en mi vida? ¿Llorará? Entramos en el silencio del amor, de la contemplación y revivimos esta escena, pero la revivimos en nuestra propia historia y en nuestra propia vida y la revivimos para amarle, para quererle, para darnos cuenta de que Él es el Rey de paz, pero con las cualidades de la humildad, la mansedumbre y el amor.

No nos perdamos ningún momento porque en esta semana empiezan los grandes misterios del amor. ¿Vivirás profundamente esta Semana Santa? ¿Te darás cuenta de que Jesús es para ti el todo y que está en tu vida y te quiere llenar de amor? Éste es el Rey, ésta es la gran lección del amor. ¡Hosanna al Hijo de David! Pero… “Jesús lloró”.

Llenos de amor nos quedamos acompañando a Jesús y pidiéndole que no seamos como esos que gritan: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”.

¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna al Hijo de David!

Que con esta escena de la entrada de Jesús en Jerusalén comencemos con amor, con atención, con silencio, la gran Semana Santa, la semana del amor.

 ¡Hosanna al Hijo de David!

Y Jesús lloró…

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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22 de febrero. -LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO .-

La fiesta de hoy centra nuestra atención en la misión específica que recibió san Pedro en la Iglesia. Jesús se lo fue diciendo con diversas comparaciones e imágenes: “tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “te daré las llaves del reino de los cielos”, “te haré pescador de hombres”, “confirma en la fe a tus hermanos”, “apacienta mis ovejas”…

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La cátedra es la silla del maestro (del “catedrático”) y la sede presidencial del obispo de una diócesis: por eso su iglesia central se llama “catedral”, la que contiene la cátedra del pastor supremo de la comunidad, símbolo de su autoridad y de su misión como maestro, liturgo y pastor de la diócesis.

Antes se celebraban dos fiestas, “la cátedra de san Pedro en Roma”, y otra, “en Antioquía”. Se ha conservado sólo la de hoy, que es la más antigua. Sin especificar dónde fue pastor san Pedro, sino resaltando la misión que recibió de Cristo. Ya en el siglo IV -en el calendario más antiguo que se conserva, el del año 354- aparece esta fiesta de la cátedra de Pedro, y precisamente en este mismo día. Si lo sabemos cantar, hoy sería bueno dedicarle el Tu es Petrus.

1a Pedro 5,1-4: “Presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo “. En esta carta, ya desde el título atribuida al apóstol san Pedro, el autor se presenta como presbítero en y para la comunidad, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe futuro de su gloria: ciertamente, una buena “carta de presentación”.

Exhorta a los responsables de la comunidad a que sean buenos pastores, no usando la fuerza, ni siendo ávidos de ganancia, ni déspotas.  Es bueno leer esta página en la fiesta de san Pedro como primer pastor de la Iglesia, quien tuvo que realizar todo un proceso de conversión y de cambio de mentalidad, desde un seguimiento interesado hasta una fe más gratuita y generosa, y desde una cobardía vergonzosa en el momento de la pasión de Jesús, hasta el supremo testimonio de su martirio en Roma. Toda su vida y, por tanto, también su misión, simbolizada por la “cátedra”, es vista desde la perspectiva de Cristo.

Mateo 16,13-19: “Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos”

En el evangelio aparece claramente que la misión de Pedro no fue debida a una decisión suya, ni de la comunidad, sino a la voluntad de Cristo. Pedro responde con decisión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, y merece la alabanza de Cristo y la promesa de “la piedra” sobre la que piensa edificar su comunidad y de “las llaves” que le concederá en la nueva Iglesia que va a fundar. Esa es la misión que recibe: ser la “roca fundacional” de la comunidad y tener la responsabilidad de abrir y cerrar, de atar y desatar, aunque el fundamento de la Iglesia sea Cristo mismo y sea él quien, de verdad, abre y cierra y salva a todos.

Por una parte, hoy es un día en que los pastores de la comunidad deben examinarse acerca del estilo con que están ejerciendo su ministerio en nombre de Cristo y como sucesores de los apóstoles.

En la primera lectura hemos escuchado las consignas de Pedro: deben ser pastores y actuar de buena gana, con generosidad, como modelos de la comunidad. Todos -Pedro y los demás pastores- deben espejarse en Jesús, “el supremo Pastor”, que les premiará con la corona de la gloria. La misión de los pastores de la Iglesia se ve siempre desde Cristo: él ha orado por Pedro, y así podrá éste, a su vez, confirmar en la fe a sus hermanos.

El salmo también dibuja expresivamente lo que hace un buen pastor al servicio de su grey: conduce sus ovejas a buenos pastos, les ayuda a reparar sus fuerzas, las guía por senderos justos, prepara una mesa para todas, las unge y protege, siempre con bondad y misericordia. En el Oficio de Lecturas leemos la explicación que el mismo Pedro hace a la comunidad de Jerusalén de cómo, guiado por el Espíritu, tomó la decisión de admitir en la fe cristiana a la familia pagana de Cornelio: Hch 11.

Por otra parte, hoy es también un día en que todos debemos crecer en nuestro sentido de Iglesia, en nuestros lazos de comunión con el Papa, el sucesor de Pedro, y de los Obispos, sucesores del colegio apostólico convencidos de que su misión viene de la voluntad de Cristo, que es quien ha querido “afianzarnos sobre la roca de la fe apostólica”, como dice la oración de este día.

Estar unidos al Papa y al propio Obispo significa orar por ellos, sobre todo cuando los nombramos en la Plegaria Eucarística, seguir con interés y sinceridad sus orientaciones doctrinales o prácticas, aceptar su presencia y su magisterio, no sólo cuando nos gusta o cuando sigue “nuestra línea”, sino también cuando, por su cargo, ejercen el ministerio profético en direcciones que tal vez no sean de nuestro gusto.

Pertenecemos a una Iglesia “apostólica”, basada en los cimientos de los apóstoles, y ahora de sus sucesores, aunque la piedra angular y fundamental sea Cristo mismo. Siempre celebramos la Eucaristía en comunión con el Papa y los Obispos. Por eso los nombramos cada vez. En el Papa, en concreto, está el centro de la unidad y la coordinación de la comunión entre todas las comunidades cristianas, porque él preside en la caridad a toda la Iglesia de Cristo, como sucesor de Pedro.

 “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo” (Ia lectura)

 “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (evangelio)

 “Tú nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica” (oración)

+José Aldazábal