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3 de Pascua – Castidad-

 

“Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo… Ellos le contestaron: … Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel” (Lc 24, 15-21)

Los discípulos de Emaús no reconocían a Jesús porque, en decir de Santo Tomás, Jesús no quería que le reconocieran.

Pero, además, estaban tan ensimismados con sus problemas que, por su parte, tampoco eran capaces de descubrirle. Hoy Jesús quiere darse a conocer a todos, pero ¿por qué muchos que oyen hablar de Él no le conocen, o tienen una idea tan equivocada? Es que, de igual modo que si no se tienen los ojos limpios no se ve el objeto que está delante, hace falta una buena disposición en el alma para descubrir a Dios, y es la pureza interior.

En ocasiones, vivir la castidad supone esfuerzo, una lucha con uno mismo para no ser egoísta, para no pensar, desear o hacer lo que pide el cuerpo; sin embargo, el fruto es maravilloso, pues capacita para ver en las demás personas, no objetos, y es como el requisito imprescindible del amor.

Los discípulos que iban a Emaús esperaban un liberador de Israel. En el fondo, cada uno pone su amor en aquello en lo que pone su esperanza: ése es su tesoro y a eso aspira. Hay quienes no tienen más esperanza que lo que les puede dar una persona, no alcanzan a más. Otros sólo esperan en lo que les reportan el trabajo y los bienes materiales, incluso lo que pueda dar el cuerpo. Son tristes personas, creadas para el amor, para el amor humano y sobre todo para el amor divino, que sólo se contentan con un trozo de materia, que –además lo tiene comprobado– no puede saciarles.

La vida de los santos ha sido y es apasionante, han desarrollado las inmensas capacidades de sus corazones en amar a Quien se merece todo el amor, y desde Dios han amado a todas las criaturas.

Limpia mis ojos, Señor, para que te pueda ver; limpia mi corazón para que me puedas amar mejor y yo te pueda conocer más. Y te pueda reconocer en los demás, imágenes de Ti.

Jesús Martínez García

 

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3º Domingo de Pascua ¡Quédate con nosotros!

Estamos en pleno tiempo de Pascua y hoy se nos ofrece un pasaje evangélico en el que dos discípulos, decepcionados porque depositan su confianza en el Señor, reconocen a Jesús y le reconocen en el gesto de bendecir y partir el pan. Estos discípulos, que están tristes, preocupados y muy decepcionados por lo que le ha pasado a Jesús, al reconocerlo se llenan de asombro y de alegría. Es un texto bellísimo que no [nos] podemos dejar de llenarnos de él y de apreciar todos los detalles. Escuchemos con cariño el texto de san Lucas, capítulo 24, versículo 13-35:

Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”.

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”. Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Lc 24,13-35

Querido amigo, hoy san Lucas nos da un texto bellísimo, uno de los más insuperables de su Evangelio: la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús. Nos situamos y vemos cómo sería ya media tarde del Domingo de Resurrección y por esa calzada que baja de Jerusalén van dos discípulos tristes, desanimados, desconfiados, comentando: “Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel”. Esperaban… Pero ¿cómo podía haber ocurrido esto?, ¿cómo no podría haber sido el liberador y encima ha sido condenado, ha muerto y crucificado? Y van tristes. 

Y así, en esa tristeza, en ese caminar, Jesús nunca abandona a nadie y a estos hombres que tanto creían en Él se acerca, aparece como un caminante más y camina con ellos. Un caminante más, como tantas veces se hacía en esos caminos —ese camino de Emaús largo, de unos once kilómetros—. Y Jesús con ellos, paso a paso, les escucha pacientemente y le preguntan, le interroga[n] las Escrituras, con toda paciencia le[s] explica desde Moisés, los profetas, cómo debía padecer para entrar en la gloria, hasta que estos discípulos van cambiando interiormente, su corazón [se] está empezando a arder, a brotar luz, a brotar fuego.

Y ellos mismos lo confiesan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba así?”. 

Llegan ya con su camino y con su ruta y quieren caminar con Él, pero Él hace un ademán de seguir hacia delante y ellos le ruegan: “Quédate con nosotros porque atardece y el día ya está vencido”. Jesús no desperdicia ninguna ocasión, se sienta con ellos, preparan la mesa, le invitan como si fuese una persona de honor, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió, se lo dio y en ese momento… ¡le reconocieron al partir el pan! Esta es la cena de Emaús, una cena ordinaria, pero una cena extraordinaria. Jesús parte con nosotros nuestra vida, parte su vida y nos da todo.

¡Qué enseñanza tan profunda en este tercer domingo de Pascua, querido amigo! Cuántas veces nosotros también somos estos caminantes de Emaús, pero en el encuentro resucitado que le reconocemos en la palabra y en el partir el pan cambia nuestra vida. Tú y yo nos tenemos que urgir a estos encuentros, tenemos que sentir este pan que Él nos da, tenemos que sentir este vino que nos da fuerza.

Hoy le tenemos que gritar tú y yo: ¡Quédate con nosotros, Señor, como compañero de mi camino, como maestro, como huésped, como amigo, quédate con nosotros porque tenemos muchas noches, noches de incertidumbre, de sufrimiento, de preocupación, noches de soledad, noches de desaliento, crisis de fe! ¡Ven, Señor, a nuestros hogares! ¡Ven a nuestro corazón! ¡Siéntate con nosotros y reparte el pan! Se lo tenemos que pedir hoy mucho. Somos caminantes de Emaús, caminantes que dudan, que dudan, pero Jesús nos sacude el desencanto, nos sacude el desaliento, camina con nosotros, está vivo, está conmigo. Que yo tenga que… y pueda oír esa palabra, que yo no me decepcione nunca y que sea testimonio donde yo esté. El encuentro con Jesús cambia totalmente nuestra vida, simplemente dejarse mirar por Él. Vamos de camino y no entendemos mucho, pero Jesús siempre se hace el encontradizo de nuestra vida.

Querido amigo, vamos a escuchar sus palabras, vamos a sentir su fracción del pan, vamos a sentir fe, volvamos al camino, volvamos a la vida, volvamos al lugar donde vivimos y trabajamos, pero sintamos cómo arde nuestro corazón cuando lo reconocemos. Realmente —nos podemos preguntar—, ¿encontramos así a Jesús en el camino?, ¿le sentimos? Hoy le vamos a repetir muchas veces:

¡Quédate con nosotros, Señor, porque atardece! ¡Quédate con nosotros y comparte nuestra vida! ¡Quédate con nosotros, no nos dejes, no nos abandones!

¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el camino es duro! Gracias por guiarnos, por llevarnos junto a ti y por estar en nuestro camino y ser amor en nuestras dudas, en nuestros desalientos, en mis huidas. Gracias, compañero de camino. Gracias, confidente mío. Gracias, Maestro mío. Gracias, Señor.

Vamos a pedirle también a la Virgen, a la Señora del camino, a la Señora de la huella, a la Señora… la Madre del caminante, nuestra Madre, que no nos abandone y nos acompañe en este camino con Jesús. Quédate con nosotros porque anochece y nuestra vida sin ti es una vida oscura.

¡Quédate con nosotros!

Que así sea

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

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A LA BELLEZA ETERNA!

¡Oh amadísimo Joven, oh Verbo encarnado! ¿Qué has hecho? Señor: así lo quiero yo.

Señor: cuando vuelves a mí tu mirada de benignidad, descubro tu imagen impresa y copiada en mí.

Me mandas que en esto haga como los hombres del mundo, que, al llegar la noche o al ir a descansar, se quitan los vestidos pomposos, llevados con fastuosidad durante todo el día.

Pero no quieres que en lo restante me adapte a sus costumbres, porque ellos por la mañana los toman de nuevo y con ellos se adornan con el mismo aire de vanidad.

Todo lo contrario, me mandas hacer a mí, es decir, que ya no busque más los vestidos que por la noche me quito para volvérmelos a poner a la mañana siguiente. Señor: no me pides cosas pequeñas; comprendo ser tu voluntad que sufra yo todos los trabajos que deberían sufrir mis hijos espirituales, de la misma manera que tú sufriste las penas y fatigas que nosotros merecimos.

Señor: enséñame un motivo tan eficaz y poderoso que mueva y obligue casi a mi alma a estar siempre unida a ti, sin que jamás pueda separarse.

Señor: te he prometido muchas veces amarte sin cesar, pero no es posible que te ame si no proviene de tu amor, que tan generoso se manifiesta para conmigo. Sin embargo, me esforzaré

y pondré todos los medios que mi espíritu y mi ingenio me proporcionen para hacer lo poco de que sea capaz.

Señor: te doy gracias infinitas porque he recibido de tu bondad todo lo que he deseado y pedido. ¿Quién te ha inducido y persuadido a mostrarte tan benigno conmigo, dándome tantas gracias, como si no advirtieses y conocieses lo que estabas haciendo y a quién dispensabas estos bienes? Porque ¿quién soy yo?

El que me favorezcas y me prevengas con la abundancia de tus gracias no se debe a mí, sino sólo a tu misericordia infinita.

Lo reconozco plenamente, porque todo lo que de ti recibo es puro y gratuito don tuyo; nada bueno encuentro en mí, ni posibilidad de hacer algo bueno o digno de alabanza si tú antes no me infundes la luz y no me enciendes con el ardor de la santa caridad.

SANTA CATALINA DE SIENA

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2 de Pascua – Dar paz-

 

“Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros»” (Jn 20, 19-21)

Muchas veces no se valoran los bienes que se poseen hasta que se pierden y se echan en falta. Por ejemplo, no se valora un pañuelo hasta que uno está acatarrado y no dispone de él en ese momento. La paz social y la paz interior es un bien muy grande. Sólo quien sufre las consecuencias de la guerra valora y ansía la paz.

Evitar la guerra puede no estar en nuestra mano, pero sí el tener paz interior y dar la paz.

«Nada te turbe, nada te espante», porque nada hay que tenga tal importancia que nos deba quitar este bien. Si lo perdemos será porque nos hemos quedado en una visión meramente humana, porque «quien a Dios tiene, nada le falta». Quien cuenta con Dios las cosas no son exactamente tal y como nos las cuentan, las calibramos nosotros o lo aprecian nuestros sentimientos.

Dios sabe todo, y cuenta incluso con lo que nos hace daño.

«Paz y bien» es el saludo en la familia franciscana. Que ese lema de Navidad no sea un simple deseo, sino que demos realmente a los demás ese clima de confianza, de tranquilidad, de orden, de paz. Está en nuestra mano.

«La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias. Si queremos sembrar alegría en derredor nuestro, es preciso que toda familia viva feliz» (Teresa de Calcuta).

Si sufrimos o hacemos sufrir, tal vez sea por nuestra culpa. En cambio, bienaventurados los pacíficos, los que dan paz a su alrededor, seguridad, certeza, porque también ellos se beneficiarán de este don del Espíritu Santo.

Diré con san Francisco:

«Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que donde haya odio, ponga yo amor; que donde haya ofensa, ponga perdón. Que no busque ser consolado, sino consolar; que no busque ser comprendido, sino comprender; que no busque ser querido, sino amar, porque dando es como se recibe, perdonando es como Tú nos perdonas.»

Jesús Martínez García