Publicado en CONFIANZA, CORAZÓN, DIOS, DOMINGO, ESPERANZA, EVANGELIO, TERNURA, VIDA, Vocacion

15 tiempo ordinario – La tibieza

“Salió el sembrador a sembrar… Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio fruto: unos, ciento; otros, sesenta; otros treinta” (Mt 13, 3-8)

La tierra era la misma, la semilla la misma, el riego el mismo, ¿y por qué una dio cien y otra sesenta o treinta? La causa estaba en la disposición de la tierra. La tibieza es una enfermedad del alma por la que el corazón se vuelve tardo para las cosas de Dios, y en vez de darse del todo, se conforma con ir tirando, con cumplir, porque no se tiene puesto en Dios y en su servicio, sino en uno mismo: uno se ilusiona con sus cosas y está pronto para lo suyo; en cambio, el cumplimiento del deber se vuelve enojoso, se hace lo mínimo para no llamar la atención, y se torna en un cumplimiento externo, vacío. El resultado es la falta de fruto: la falta de fraternidad y de afán apostólico, y en el interior, un poso de tristeza, que contrasta con la alegría que se tuvo en horas de mayor entrega.

Triste cuadro para quien está llamado a que la vida divina circule por sus venas, para quien ha gustado el amor de Dios. Es una pena que la voz de Dios no dé fruto en tanta gente porque los cuidados del mundo incapacitan escucharla, pero más lamentable es todavía quien, habiendo entendido a Dios, se aleje de Él por tonterías, que al final –y en medio– no sacian. Tantos y tantas esclavos de la frivolidad, que no se deciden a entregarse del todo, a romper con pequeños hilos que les atan a la tierra.

Porque no es sólo su felicidad, sino que ¡dependen tantas cosas, tantas almas de su fidelidad!

¿Puedo decir con verdad que estoy contento? ¿Hay algo que me pide Dios y yo me resisto a darle? ¿Podría pedirme Dios algo más? ¿Qué frutos he dado desde hace un año? ¿Mi vida está sirviendo a Dios? ¿Dónde tengo el corazón? Señor, quiero arrancar con el dolor y la penitencia esos lazos que me ha tendido el diablo, quiero ofrecerme a Ti del todo.

Voy a poner los medios decididamente para que Tú seas la vida de mi vida, el norte y el impulso de mi corazón, para que puedas recoger todo lo que esperas de mí.

Jesús Martínez García

Publicado en AMOR, CONFIANZA, DIOS, ESPERANZA, EVANGELIO, LIBERTAD, VIDA, Vocacion

15º Domingo del Tiempo Ordinario – La parábola de la semilla

 

Hoy Jesús nos regala una gran parábola y clases de tierra para acoger esta semilla: la parábola de la semilla que cae en varios lugares y, o no tiene fruto o tiene fruto; o se muere, o tiene vida y florece. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículo 1 al 23:

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.

Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. 

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”. Mt 13,1-23

Hoy Jesús nos regala una gran parábola, la parábola de la semilla o la parábola del sembrador. Vemos cómo Jesús ha terminado esas disputas de los escribas y fariseos y se dirige hacia Cafarnaún rodeado de gente, rodeado de sus discípulos y Él con su infatigable deseo de predicar, comienza su enseñanza con la parábola del sembrador o la parábola de la semilla. Y conocedor de todo el terreno y habiendo visto sembrar un montón de veces —habría visitado todos estos lugares, sabía mucho de cómo era esta tierra, de sembrados, de rocas, de zarzas, de espinos, de laderas, de camino de viandantes—, les explica gráficamente cómo es el mensaje que quiere transmitirles. ¿Y qué pasa con ese mensaje? 

Salió un sembrador a sembrar y al sembrar, parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y comieron la semilla; otra parte de semilla cayó en terreno de piedras, pero como apenas tenía tierra, se secó; otra parte cayó entre zarzas y espinos, estas espinas crecieron y la ahogaron; pero otra parte cayó en tierra buena y dio fruto de ciento, de sesenta, etc. Y Jesús siempre termina sus enseñanzas: “El que tenga oídos, que oiga”. Y le dice mucho más a los discípulos: “A vosotros se os ha concedido todos los secretos del Reino”, y les explica claramente lo que es esta semilla y lo que es el sembrador. 

Gráficamente, querido amigo, nos lleva a pensar en las actitudes que tenemos ante Jesús y ante su mensaje, el tipo de tierra que podemos ser: tierra espina que ahoga con juicios, con críticas esta palabra; tierra de piedras, que tampoco, como no hay nada no tenemos decisiones, falta de criterio, falta de voluntad, falta de amor, no tiene raíces y se seca; o también tierra-camino, donde pasa todo, donde humanamente todo ahí entra y sale de mi mente, de mi corazón y es imposible que la semilla crezca; o tierra en donde hay una acogida, donde hay una apertura y fructifica, porque mi actitud personal receptiva es una actitud de amor. 

Este encuentro es un encuentro de mucha reflexión y de mucho compromiso, querido amigo. Tenemos que pensar mucho qué hacemos con Jesús, con su palabra, qué agentes externos dominan nuestra vida —o los pájaros, que la comen, o las piedras o las zarzas— y cómo Jesús descubre esto a los pobres, a los sencillos y a los pecadores. ¿Cómo aceptamos a este Jesús? ¿Cómo? Jesús es ese sembrador, ese labrador que echa la semilla al voleo y puede caer en tantas situaciones mías: puedo ser piedra, puedo ser zarza que asfixio todo, puedo ser tierra buena. Nos lleva mucho a la reflexión personal, sobre todo a la actitud de cómo acogemos, qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos, cómo la defendemos. El riesgo que tenemos continuamente de asfixiar esta palabra… 

Hoy tenemos que elevar una oración de petición para que estemos abiertos a lo que Él quiera, a lo que quiera sembrarnos, que estemos pendientes de los labios de Jesús. Jesús, que yo esté pendiente de tus labios, que esté pendiente de tus enseñanzas, que sepa acoger tu palabra. ¡Quita la dureza de mi corazón, quita esas piedras duras, quita esos espinos, quita esas malas hierbas, quita esos caminos que no te gustan y que no son nunca queridos por ti! Siembra, siembra en mí esa palabra tuya y abre mi corazón, a pesar de las dificultades y preocupaciones, que yo comprenda tu vida, comprenda tu mensaje, comprenda tu amor. Cuatro clases de tierra: tierra-camino, tierra-piedra, tierra-zarza y tierra buena. Cómo tenemos que entrar en nuestra reflexión y ahí preguntarle a Jesús: Jesús, ¿qué clase de tierra soy para ti? ¿Qué es lo que impide que Tú no entres en mí?, ¿mi inconstancia?, ¿los afanes que tengo?, ¿la seducción de todo lo que tengo? ¡Entra, Sembrador divino, entra en mi campo y que fructifique en mí tu palabra! Hazme una tierra esponjosa, abonada, querida por ti.

Querido amigo, tú y yo vamos a preguntarnos claramente qué clase de tierra somos, vamos a pedirle al Señor que nos ayude a tener base, que no seamos borde del camino, terreno pedregoso, zarzas, sino tierra buena. Te preguntaré y me preguntaré: “Jesús, lo que siembras en mí, ¿en qué tipo de terreno cae?”.

Entremos en la reflexión, entremos en el encuentro, metidos en el corazón de Dios, pidámosle ser tierra buena, pidámosle empaparnos de su palabra, para que dé fruto, para que nuestra vida no sea vacía, sino que sea crecida, florezca y esté llena de fruto —un fruto de amor, fruto de alegría y fruto de esperanza—. Tú que riegas la tierra y la enriqueces sin medida, Tú que riegas los surcos, Tú que riegas todo, riega mi corazón para que escuche tu palabra y dé fruto a lo que Tú quieras de mí. 

Entremos en el encuentro, en el silencio, en la reflexión y llenemos estos momentos de petición, de alegría y de agradecimiento a un Jesús que siempre está sembrando y que siempre espera mucho de mí. Se lo vamos a pedir por intercesión de la Virgen —ella que acogió tan fuertemente la palabra—, que nos enseñe a abrir nuestro corazón y a acoger su palabra para que seamos tierra buena que dé un fruto del cien por cien.

¡Que así sea, mi querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

Publicado en AMOR, CONFIANZA, CORAZÓN, DIOS, DOMINGO, ESPERANZA, EVANGELIO, SOLEDAD, TERNURA, TRISTEZA, VIDA, Vocacion

13 tiempo ordinario / desprender el corazón

 

Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”.

“El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 10, 37-39)

«Debemos con plena conciencia ejercitar el espíritu de renuncia. A causa de una desenfrenada avidez de goce, el hombre puede destruirse a sí mismo y destruir su ambiente. ¡Aspirad a un estilo de vida sencilla! Haced que vuestra riqueza y vuestro bienestar se conviertan en una bendición para los otros, compartiéndolos con quienes están en necesidad. Podéis estar seguros: Dios recompensará con exceso vuestras renuncias» (Juan Pablo II, 8-IX-85).

Esa actitud de desprendimiento del corazón es fundamental para poder decir que sí a Dios cuando nos pida algo que nos pueda costar más: la salud, la entrega de un familiar, o la propia vida. ¿Por qué la queja a Dios –incluso la rabia– ante lo que cuesta, ante una desgracia o la vocación de un hijo? Porque hay algo que no va bien en ese corazón: avidez de posesión, amor desordenado o apego que no es recto.

A veces no entendemos porque no estamos dispuestos a entender, sufrimos y hacemos sufrir porque no queremos aceptar la voluntad de Dios, porque en el fondo no tenemos buena voluntad.

No debemos olvidar que Dios ha de ser el Señor de nuestra vida, y que debiera hacerse su voluntad así en la tierra como se hace en el cielo. Jesús mismo lo demostró con su obediencia al Padre hasta la muerte, aunque ello supusiera un gran dolor para su Madre. La resistencia a lo que Dios quiere nos hace sufrir. Dios no disfruta viéndonos sufrir, nos quiere bien, desea lo mejor para nosotros. Y lo que más desea es que nuestro corazón sea bueno, recto.

¿Cuándo aprenderé que Tú me quieres bien, mejor que yo mismo y que lo que me parece malo en cierto momento no es sino la medicina para curar las heridas de mi corazón? Te diré con san Agustín, pídeme lo que quieras, y dame tu gracia para poder cumplirlo. Estoy dispuesto a agarrar la cruz, a perder la vida para que se haga en mí según tu palabra.

Jesús Martínez García

Publicado en AMOR, Comunicación, CONFIANZA, CORAZÓN, Cuaresma, DIOS, DOMINGO, VIDA, Vocacion

Corpus Christi// La unión del amor

“Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56)

Palabras de Jesús profundas, palabras sorprendentes, que algunos no aceptaron y se alejaron de él. Palabras impresionantes para quienes creen. Pero no son sólo palabras, no son sólo promesas que se lleva el viento. Jesús promete y hace. La Eucaristía es la realidad. Ahí, en esas dimensiones, en la rugosidad y dureza de lo que parece pan, y en la liquidez, color y olor de lo que parece vino está Él, Dios escondido, para alimento del que camina en la tierra hacia el cielo. Y de igual modo que si no se come ni se bebe, se desfallece y se puede morir de inanición, si no tomamos este alimento de la Eucaristía la vida espiritual languidece, si es que no está muerta.

Es el amor lo que le ha llevado a Dios a hacerse un trozo de cosa para que podamos comerle. Y es el amor lo que lleva a estar con Él y a comulgar. Te comería a besos, dice la madre al chiquitín, porque el amor lleva a la unión, incluso física; desea ser uno en el otro. Y lo que el amor humano es incapaz de realizar, Dios lo ha hecho a través de un prodigio: poder comer su carne, beber su sangre.

Cuerpo con cuerpo, alma con alma. Mayor unión que la unión (comunión) sacramental no se puede dar entre dos personas.

Sólo quien entienda de amor comprenderá qué significa esto, pues no son maneras de hablar. Son duras estas palabras, pero quien las entienda descubrirá cuánto nos ama Jesús y lo que espera de cada uno: amor.

Diré con el apóstol Pedro, que he creído y, por eso, he conocido la gran verdad que Cristo enseñó al mundo: cuánto nos quiere Dios. Reconozco que estás en la Eucaristía, te adoro, quiero recibirte cada vez con mayor pureza, humildad y devoción para ser digno de Ti, para que te encuentres a gusto.

Madre mía Inmaculada, Ángel de mi Guarda, ayudadme a no distraerme cuando esté conmigo el Amor de mi alma durante esos minutos en que permanece en mí – mientras duran las especies sacramentales– después de comulgar.

Jesús Martínez García