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SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES

Celebramos hoy, conjuntamente, la fiesta de dos de los apóstoles que eligió Jesús para que vivieran junto a él y luego fueron a predicar: Felipe y Santiago.

Felipe fue uno de los primeros que siguieron a Jesús. Había sido discípulo del Bautista y era de Betsaida, como Pedro y Andrés. No sabemos dónde predicó después de la Ascensión y de la dispersión de los apóstoles. La tradición dice que, en el Asia Menor, y que murió mártir en Hierápolis, actual Turquía. Sus restos, junto con los de Santiago, fueron depositados, en el siglo VI, en la basílica de los Doce Apóstoles de Roma.

Santiago el Menor era hijo de Alfeo. Aunque existen dudas al respecto, se le identifica con Santiago el primo de Jesús que, luego, aparece como primer responsable -obispo- de la comunidad de Jerusalén, y también, con el autor de “la carta de Santiago”. La misa de hoy parece suponer que el Santiago que celebramos es el autor de la carta que lleva su nombre, porque en la oración sobre las ofrendas pide a Dios que sepamos “vivir en la práctica una religión pura y sincera”, una cita tomada precisamente de esa carta.

A él acude Pedro tras su liberación (Hch 12,17). De él habla también Pablo como punto de referencia en su viaje a Jerusalén, llamándole “columna” de la comunidad, junto con Pedro y Juan (Ga 1,19; 2,9). Sobre todo, aparece como persona decisiva en el llamado Concilio de Jerusalén (Hch 15). Murió hacia el 62 en Jerusalén, dando testimonio de su fe con el martirio.

Corintios 15,1-8: “El Señor se apareció a Santiago; después a todos los apóstoles ” Pablo da testimonio de la verdad básica de la fe cristiana: que Cristo Jesús resucitó. Y la expone a modo de credo breve: “que Cristo murió, que fue sepultado, que resucitó al tercer día, que se apareció…”.

Esta lectura ha sido elegida para la fiesta de hoy porque en la lista de personas favorecidas con las apariciones del Resucitado, está también Santiago, un personaje importante en la comunidad de Jerusalén.

Juan 14,6-14: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces?” En el evangelio se nos narran varias intervenciones de Felipe, como la que leemos hoy: “Señor, muéstranos al Padre”.

El camino de maduración en la fe de los apóstoles y discípulos de Jesús no fue instantáneo ni fácil. Tuvieron que pasar de una formación religiosa, y de la concepción mesiánica corriente, a la Buena Noticia tal como la proponía Jesús. Felipe tiene el mérito de expresar, en nombre de los demás, su búsqueda de la verdad y su deseo de conocer mejor a Cristo y a Dios.

Cada uno de nosotros nos debemos considerar “enviados” y, en un sentido amplio, sucesores de aquellos primeros apóstoles, para que su Buena Noticia llegue a todos los confines del mundo y a todas las generaciones que se suceden en la historia.

Así como aquellos primeros discípulos, desde su fuerte experiencia de la convivencia con Jesús y, sobre todo, de su resurrección, se lanzaron al mundo a dar testimonio del evangelio, nosotros, después de la Eucaristía que celebramos, debemos sentirnos enviados a transmitir a otros nuestra fe.

Las diversas intervenciones de Felipe en el evangelio pueden darnos una buena pista para nuestra tarea misionera y evangelizadora: apenas descubrió a Jesús, se lo comunicó a Natanael (Bartolomé):

-“Hemos encontrado al Mesías; ven y lo verás” (Jn 2); a él le preguntó Jesús dónde podían comprar pan para satisfacer el hambre de tanta gente como les seguía; Felipe no pareció muy convencido de que fuera posible: “Ni con doscientos denarios podríamos comprar el pan suficiente” (Jn 6);

– cuando unos griegos manifestaron el deseo de hablar con Jesús, fueron Felipe y Andrés los que facilitaron el encuentro (Jn 12); en un momento de entusiasmo, Felipe le pidió a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre”, como leemos en el evangelio de hoy; y recibió una suave reprimenda: “Felipe, tanto tiempo que estás conmigo y ¿no me conoces?

El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14).

Ojalá nosotros fuéramos buenos transmisores de la fe en el Mesías a nuestros hermanos y conocidos, y facilitáramos el encuentro de los no creyentes con Jesús. O sea, que fuéramos “misioneros”. Y tuviéramos creatividad para dar el pan necesario a tanta gente hambrienta, corporal y espiritualmente.

Pero, en la base de este espíritu apostólico, está el que nosotros mismos hayamos sabido descubrir a Jesús como camino, verdad y vida. Como Santiago que, según el testimonio de Pablo que hemos leído como primera lectura, tuvo la suerte de recibir una de las apariciones del Resucitado.

Nosotros no le vemos corporalmente, pero sí lo podemos experimentar en su Palabra y en sus Sacramentos. Ése es el motor y la fuente de todo lo que podemos hacer después para comunicarlo a los demás, siendo testigos de la resurrección, de modo que se vaya cumpliendo lo que decía el salmo: “A toda la tierra alcanza su pregón”.

“Conservad el evangelio que os proclamé” (lectura)

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (evangelio)

“Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (evangelio)

“Concédenos vivir en la práctica una religión pura y sincera” (ofrendas)

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A LA BELLEZA ETERNA!

¡Oh amadísimo Joven, oh Verbo encarnado! ¿Qué has hecho? Señor: así lo quiero yo.

Señor: cuando vuelves a mí tu mirada de benignidad, descubro tu imagen impresa y copiada en mí.

Me mandas que en esto haga como los hombres del mundo, que, al llegar la noche o al ir a descansar, se quitan los vestidos pomposos, llevados con fastuosidad durante todo el día.

Pero no quieres que en lo restante me adapte a sus costumbres, porque ellos por la mañana los toman de nuevo y con ellos se adornan con el mismo aire de vanidad.

Todo lo contrario, me mandas hacer a mí, es decir, que ya no busque más los vestidos que por la noche me quito para volvérmelos a poner a la mañana siguiente. Señor: no me pides cosas pequeñas; comprendo ser tu voluntad que sufra yo todos los trabajos que deberían sufrir mis hijos espirituales, de la misma manera que tú sufriste las penas y fatigas que nosotros merecimos.

Señor: enséñame un motivo tan eficaz y poderoso que mueva y obligue casi a mi alma a estar siempre unida a ti, sin que jamás pueda separarse.

Señor: te he prometido muchas veces amarte sin cesar, pero no es posible que te ame si no proviene de tu amor, que tan generoso se manifiesta para conmigo. Sin embargo, me esforzaré

y pondré todos los medios que mi espíritu y mi ingenio me proporcionen para hacer lo poco de que sea capaz.

Señor: te doy gracias infinitas porque he recibido de tu bondad todo lo que he deseado y pedido. ¿Quién te ha inducido y persuadido a mostrarte tan benigno conmigo, dándome tantas gracias, como si no advirtieses y conocieses lo que estabas haciendo y a quién dispensabas estos bienes? Porque ¿quién soy yo?

El que me favorezcas y me prevengas con la abundancia de tus gracias no se debe a mí, sino sólo a tu misericordia infinita.

Lo reconozco plenamente, porque todo lo que de ti recibo es puro y gratuito don tuyo; nada bueno encuentro en mí, ni posibilidad de hacer algo bueno o digno de alabanza si tú antes no me infundes la luz y no me enciendes con el ardor de la santa caridad.

SANTA CATALINA DE SIENA

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2º Domingo de Pascua -Vio y creyó-

 

El domingo pasado celebrábamos la resurrección del Señor. Era el día de la Pascua por excelencia, pero el tiempo de Pascua no se acaba con este domingo pasado. Hoy y los restantes domingos son grandes días del Señor, el día en que su resurrección nos reúne para celebrar este gran acontecimiento y compartir el gozo de nuestra fe. Es un día de acción de gracias, de regalos de la Pascua: la muerte y resurrección del Señor nos ha perdonado todo. Renovamos nuestro perdón, nuestro arrepentimiento y nos llenamos del gozo de la resurrección. Hoy tenemos la gran escena de Jesús: cómo se aparece a los discípulos y les da los grandes regalos —la paz, la fuerza, la fe, la alegría y el perdón—. Escuchemos con atención y con gozo el texto de san Juan, capítulo 20, versículo 19-31:  

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Jn 20,19-31

Querido amigo, hoy nos encontramos con una aparición de Jesús y nos situamos y vemos [cómo los discípulos de Emaús, que narran…] a los discípulos, todos, a los otros, que estaban reunidos en el Cenáculo, les narran todo lo que habían visto y oído. Era el mismo día de la resurrección y tenían miedo; y siendo ya tarde, muy tarde, y tenían las puertas cerradas, todos juntos, por ese miedo a los judíos, acababan de cenar, y aparece Jesús en medio. No se puede aguantar verlos tristes, solos. Ha estado años con ellos y quiere recuperarlos. Y lo primero que les dice: “Paz a vosotros”. Es la paz el gran regalo de la Pascua. 

“Yo soy. No temáis. ¿Por qué os turbáis? Yo soy. ¿Por qué tenéis lugar con esos pensamientos tan tristes? Ved mis manos, ved mis pies, que Yo soy”. Quiere que se convenzan, quiere que le vean, que le oigan. “Palpad y ved mi espíritu”.

Con todo amor les muestra las manos y los pies y les llena de alegría. Y además ellos dice el texto que “se llenaron de gozo al ver al Señor”. Pero Jesús les reprende por su incredulidad. ¡Cuántas veces se lo ha dicho! Pero les cuesta creer, les cuesta ver y les da esa fuerza: “Mirad, como el Padre me ha enviado, Yo también os envío”, y les da su soplo, su hálito, su fuerza vivificadora. “Recibid este Espíritu Santo y a todos los que veáis, perdonadlos, y a quienes los retuviereis, retenidos serán sus pecados”. Les quita ese miedo, ese temor. ¡La gran misericordia de Dios!

Y cómo siempre cuando se aparece… el regalo de la paz, el regalo de la paz. Y siempre a la misión.

Pero en este domingo se nos muestra otra escena aparte: Tomás no está.

Pero de pronto aparece también Tomás. No estaba cuando vino Jesús, pero cuando vuelve, otra vez Jesús le ve y ve a Tomás cómo le niega, cómo no quiere saber nada y cómo le dice que, si no viere en sus manos los clavos y no metiere el dedo en ese lugar, en el costado, no cree. Jesús no puede, quiere recuperarlo, quiere quitarle esa negación de fe, quiere quitarle esas condiciones de incredulidad y le muestra el gran milagro del amor: “Ven, apóstol incrédulo, ven, Tomás: mete aquí tu dedo y mira mis manos y trae tu mano y métela en mi costado. ¿Qué es lo que quieres?”. Con qué dulzura le reprendió… “No seas incrédulo sino fiel”. ¡Cómo me impresiona a mí esta palabra! Cuántas veces Jesús tendrá que decirme como a Tomás: “No seas incrédula sino fiel”. 

Querido amigo, oigamos estas palabras también, llenémonos de emoción, de arrepentimiento y respondamos: “¡Señor mío y Dios mío!”. Y oigamos que Jesús con amor nos dice: “Porque has visto, Tomás, ¿crees? Felices, bienaventurados los que no vieron y creyeron”. ¡Cuánta fe nos falta, cuánto miedo a la vida, cuánta desesperanza, cuánto temor! Si no veo, no creo… Qué bonito cuando dice el texto: “Vio y creyó”. Pero qué triste la queja del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Hoy, como los discípulos, nos reunimos también y Jesús aparece en nuestra vida, en este domingo aparece en nuestra vida y se ofrece, como nosotros, y nos dice: “Ven, ¡mete tu mano! Ven, ¡mírame!”. Vivimos en un mundo en que todo se mide, todo se palpa, todo se pesa, que se demuestre todo, si no lo vemos, no creemos. Y éste es el medidor de nuestra fe. Hace poco leí un texto que era y preguntaba: “¿Y cuál es el medidor de la fe? ¿Cómo sé yo que tengo fe?”. Y el único medidor es el agradecimiento. Si tú y yo sabemos agradecer todo, todo, toda esa hermandad, ese amor de Dios en el mundo, tendremos fe. Pero nos falta mucho… Pero el Señor nos da el ánimo, nos insufla, nos da su Espíritu.

Querido amigo, recojamos hoy los grandes dones de la resurrección: la paz, que tanta falta nos hace en nuestras manifestaciones, en nuestra vida; la fe, creer sin ver (¿puede decir Jesús de ti y de mí eso: “dichoso eres porque crees sin ver”?); la alegría de saber que Tú estás con nosotros. Esa postura de Tomás personal, ¡cuántas veces la tenemos! Nos olvidamos de Jesús y nos olvidamos de lo que dice: “Dichosos los que crean sin haber visto, porque tendrán vida en mi nombre”. Y nos tiene que confirmar y tenemos que pasar por esta experiencia pascual y no vivir en una vida fantástica, metódica, llena de mis ideas. Me tengo que dejar encontrar por Jesús, mi gran Maestro, mi gran Medidor de la fe.

Querido amigo, te invito y me invito a entrar en esta experiencia pascual de fe, a sentirme resucitado, a oír esa buena noticia de Jesús, a dejarme querer por Él y a saber aprovechar, vivir, los grandes regalos de la Pascua: la paz —“dichosos”—; el perdón —“a quienes perdonéis los pecados, quedan perdonados”—; la alegría —“se llenaron de alegría al ver al Señor”—. ¡Qué elenco de dones tiene Jesús! Qué dones más preciosos, ¡qué dones! Éste es el gran don de la Pascua. Vamos, te invito a hacer una oración a Jesús conmigo: Jesús, que tu amor jamás, nunca nos abandone, que tu amor esté siempre con nosotros, porque sé que Tú has venido para darme paz, amor y alegría. Concédeme el don de la fe, el don de la paz, el don del amor y ten compasión de mi poca fe, ayuda a mi incredulidad para que sea testimonio de ti en los demás, insúflame, dame tu aliento, dame tu Espíritu para que me vuelva a reanimar en la alegría de tu Pascua.

Te reconozco y te doy gracias por tu gran misericordia. Te lo pido por intercesión de tu Madre, la gran Maestra de la fe, la gran Maestra de la vida: ayúdanos, Madre mía, a llenarnos de fe y amor; que podamos decir: “Vio y creyó.

Dichosos los que creen sin haber visto”. Querido amigo, entremos en esta escena, dejemos entrar a Jesús y oír todo lo que le dice a Tomás y a los discípulos para llenarnos de la alegría de la Pascua. Es lo que mejor deseo en este encuentro.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

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22 de febrero. -LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO .-

La fiesta de hoy centra nuestra atención en la misión específica que recibió san Pedro en la Iglesia. Jesús se lo fue diciendo con diversas comparaciones e imágenes: “tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “te daré las llaves del reino de los cielos”, “te haré pescador de hombres”, “confirma en la fe a tus hermanos”, “apacienta mis ovejas”…

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La cátedra es la silla del maestro (del “catedrático”) y la sede presidencial del obispo de una diócesis: por eso su iglesia central se llama “catedral”, la que contiene la cátedra del pastor supremo de la comunidad, símbolo de su autoridad y de su misión como maestro, liturgo y pastor de la diócesis.

Antes se celebraban dos fiestas, “la cátedra de san Pedro en Roma”, y otra, “en Antioquía”. Se ha conservado sólo la de hoy, que es la más antigua. Sin especificar dónde fue pastor san Pedro, sino resaltando la misión que recibió de Cristo. Ya en el siglo IV -en el calendario más antiguo que se conserva, el del año 354- aparece esta fiesta de la cátedra de Pedro, y precisamente en este mismo día. Si lo sabemos cantar, hoy sería bueno dedicarle el Tu es Petrus.

1a Pedro 5,1-4: “Presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo “. En esta carta, ya desde el título atribuida al apóstol san Pedro, el autor se presenta como presbítero en y para la comunidad, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe futuro de su gloria: ciertamente, una buena “carta de presentación”.

Exhorta a los responsables de la comunidad a que sean buenos pastores, no usando la fuerza, ni siendo ávidos de ganancia, ni déspotas.  Es bueno leer esta página en la fiesta de san Pedro como primer pastor de la Iglesia, quien tuvo que realizar todo un proceso de conversión y de cambio de mentalidad, desde un seguimiento interesado hasta una fe más gratuita y generosa, y desde una cobardía vergonzosa en el momento de la pasión de Jesús, hasta el supremo testimonio de su martirio en Roma. Toda su vida y, por tanto, también su misión, simbolizada por la “cátedra”, es vista desde la perspectiva de Cristo.

Mateo 16,13-19: “Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos”

En el evangelio aparece claramente que la misión de Pedro no fue debida a una decisión suya, ni de la comunidad, sino a la voluntad de Cristo. Pedro responde con decisión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, y merece la alabanza de Cristo y la promesa de “la piedra” sobre la que piensa edificar su comunidad y de “las llaves” que le concederá en la nueva Iglesia que va a fundar. Esa es la misión que recibe: ser la “roca fundacional” de la comunidad y tener la responsabilidad de abrir y cerrar, de atar y desatar, aunque el fundamento de la Iglesia sea Cristo mismo y sea él quien, de verdad, abre y cierra y salva a todos.

Por una parte, hoy es un día en que los pastores de la comunidad deben examinarse acerca del estilo con que están ejerciendo su ministerio en nombre de Cristo y como sucesores de los apóstoles.

En la primera lectura hemos escuchado las consignas de Pedro: deben ser pastores y actuar de buena gana, con generosidad, como modelos de la comunidad. Todos -Pedro y los demás pastores- deben espejarse en Jesús, “el supremo Pastor”, que les premiará con la corona de la gloria. La misión de los pastores de la Iglesia se ve siempre desde Cristo: él ha orado por Pedro, y así podrá éste, a su vez, confirmar en la fe a sus hermanos.

El salmo también dibuja expresivamente lo que hace un buen pastor al servicio de su grey: conduce sus ovejas a buenos pastos, les ayuda a reparar sus fuerzas, las guía por senderos justos, prepara una mesa para todas, las unge y protege, siempre con bondad y misericordia. En el Oficio de Lecturas leemos la explicación que el mismo Pedro hace a la comunidad de Jerusalén de cómo, guiado por el Espíritu, tomó la decisión de admitir en la fe cristiana a la familia pagana de Cornelio: Hch 11.

Por otra parte, hoy es también un día en que todos debemos crecer en nuestro sentido de Iglesia, en nuestros lazos de comunión con el Papa, el sucesor de Pedro, y de los Obispos, sucesores del colegio apostólico convencidos de que su misión viene de la voluntad de Cristo, que es quien ha querido “afianzarnos sobre la roca de la fe apostólica”, como dice la oración de este día.

Estar unidos al Papa y al propio Obispo significa orar por ellos, sobre todo cuando los nombramos en la Plegaria Eucarística, seguir con interés y sinceridad sus orientaciones doctrinales o prácticas, aceptar su presencia y su magisterio, no sólo cuando nos gusta o cuando sigue “nuestra línea”, sino también cuando, por su cargo, ejercen el ministerio profético en direcciones que tal vez no sean de nuestro gusto.

Pertenecemos a una Iglesia “apostólica”, basada en los cimientos de los apóstoles, y ahora de sus sucesores, aunque la piedra angular y fundamental sea Cristo mismo. Siempre celebramos la Eucaristía en comunión con el Papa y los Obispos. Por eso los nombramos cada vez. En el Papa, en concreto, está el centro de la unidad y la coordinación de la comunión entre todas las comunidades cristianas, porque él preside en la caridad a toda la Iglesia de Cristo, como sucesor de Pedro.

 “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo” (Ia lectura)

 “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (evangelio)

 “Tú nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica” (oración)

+José Aldazábal