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2º Domingo de Pascua -Vio y creyó-

 

El domingo pasado celebrábamos la resurrección del Señor. Era el día de la Pascua por excelencia, pero el tiempo de Pascua no se acaba con este domingo pasado. Hoy y los restantes domingos son grandes días del Señor, el día en que su resurrección nos reúne para celebrar este gran acontecimiento y compartir el gozo de nuestra fe. Es un día de acción de gracias, de regalos de la Pascua: la muerte y resurrección del Señor nos ha perdonado todo. Renovamos nuestro perdón, nuestro arrepentimiento y nos llenamos del gozo de la resurrección. Hoy tenemos la gran escena de Jesús: cómo se aparece a los discípulos y les da los grandes regalos —la paz, la fuerza, la fe, la alegría y el perdón—. Escuchemos con atención y con gozo el texto de san Juan, capítulo 20, versículo 19-31:  

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Jn 20,19-31

Querido amigo, hoy nos encontramos con una aparición de Jesús y nos situamos y vemos [cómo los discípulos de Emaús, que narran…] a los discípulos, todos, a los otros, que estaban reunidos en el Cenáculo, les narran todo lo que habían visto y oído. Era el mismo día de la resurrección y tenían miedo; y siendo ya tarde, muy tarde, y tenían las puertas cerradas, todos juntos, por ese miedo a los judíos, acababan de cenar, y aparece Jesús en medio. No se puede aguantar verlos tristes, solos. Ha estado años con ellos y quiere recuperarlos. Y lo primero que les dice: “Paz a vosotros”. Es la paz el gran regalo de la Pascua. 

“Yo soy. No temáis. ¿Por qué os turbáis? Yo soy. ¿Por qué tenéis lugar con esos pensamientos tan tristes? Ved mis manos, ved mis pies, que Yo soy”. Quiere que se convenzan, quiere que le vean, que le oigan. “Palpad y ved mi espíritu”.

Con todo amor les muestra las manos y los pies y les llena de alegría. Y además ellos dice el texto que “se llenaron de gozo al ver al Señor”. Pero Jesús les reprende por su incredulidad. ¡Cuántas veces se lo ha dicho! Pero les cuesta creer, les cuesta ver y les da esa fuerza: “Mirad, como el Padre me ha enviado, Yo también os envío”, y les da su soplo, su hálito, su fuerza vivificadora. “Recibid este Espíritu Santo y a todos los que veáis, perdonadlos, y a quienes los retuviereis, retenidos serán sus pecados”. Les quita ese miedo, ese temor. ¡La gran misericordia de Dios!

Y cómo siempre cuando se aparece… el regalo de la paz, el regalo de la paz. Y siempre a la misión.

Pero en este domingo se nos muestra otra escena aparte: Tomás no está.

Pero de pronto aparece también Tomás. No estaba cuando vino Jesús, pero cuando vuelve, otra vez Jesús le ve y ve a Tomás cómo le niega, cómo no quiere saber nada y cómo le dice que, si no viere en sus manos los clavos y no metiere el dedo en ese lugar, en el costado, no cree. Jesús no puede, quiere recuperarlo, quiere quitarle esa negación de fe, quiere quitarle esas condiciones de incredulidad y le muestra el gran milagro del amor: “Ven, apóstol incrédulo, ven, Tomás: mete aquí tu dedo y mira mis manos y trae tu mano y métela en mi costado. ¿Qué es lo que quieres?”. Con qué dulzura le reprendió… “No seas incrédulo sino fiel”. ¡Cómo me impresiona a mí esta palabra! Cuántas veces Jesús tendrá que decirme como a Tomás: “No seas incrédula sino fiel”. 

Querido amigo, oigamos estas palabras también, llenémonos de emoción, de arrepentimiento y respondamos: “¡Señor mío y Dios mío!”. Y oigamos que Jesús con amor nos dice: “Porque has visto, Tomás, ¿crees? Felices, bienaventurados los que no vieron y creyeron”. ¡Cuánta fe nos falta, cuánto miedo a la vida, cuánta desesperanza, cuánto temor! Si no veo, no creo… Qué bonito cuando dice el texto: “Vio y creyó”. Pero qué triste la queja del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Hoy, como los discípulos, nos reunimos también y Jesús aparece en nuestra vida, en este domingo aparece en nuestra vida y se ofrece, como nosotros, y nos dice: “Ven, ¡mete tu mano! Ven, ¡mírame!”. Vivimos en un mundo en que todo se mide, todo se palpa, todo se pesa, que se demuestre todo, si no lo vemos, no creemos. Y éste es el medidor de nuestra fe. Hace poco leí un texto que era y preguntaba: “¿Y cuál es el medidor de la fe? ¿Cómo sé yo que tengo fe?”. Y el único medidor es el agradecimiento. Si tú y yo sabemos agradecer todo, todo, toda esa hermandad, ese amor de Dios en el mundo, tendremos fe. Pero nos falta mucho… Pero el Señor nos da el ánimo, nos insufla, nos da su Espíritu.

Querido amigo, recojamos hoy los grandes dones de la resurrección: la paz, que tanta falta nos hace en nuestras manifestaciones, en nuestra vida; la fe, creer sin ver (¿puede decir Jesús de ti y de mí eso: “dichoso eres porque crees sin ver”?); la alegría de saber que Tú estás con nosotros. Esa postura de Tomás personal, ¡cuántas veces la tenemos! Nos olvidamos de Jesús y nos olvidamos de lo que dice: “Dichosos los que crean sin haber visto, porque tendrán vida en mi nombre”. Y nos tiene que confirmar y tenemos que pasar por esta experiencia pascual y no vivir en una vida fantástica, metódica, llena de mis ideas. Me tengo que dejar encontrar por Jesús, mi gran Maestro, mi gran Medidor de la fe.

Querido amigo, te invito y me invito a entrar en esta experiencia pascual de fe, a sentirme resucitado, a oír esa buena noticia de Jesús, a dejarme querer por Él y a saber aprovechar, vivir, los grandes regalos de la Pascua: la paz —“dichosos”—; el perdón —“a quienes perdonéis los pecados, quedan perdonados”—; la alegría —“se llenaron de alegría al ver al Señor”—. ¡Qué elenco de dones tiene Jesús! Qué dones más preciosos, ¡qué dones! Éste es el gran don de la Pascua. Vamos, te invito a hacer una oración a Jesús conmigo: Jesús, que tu amor jamás, nunca nos abandone, que tu amor esté siempre con nosotros, porque sé que Tú has venido para darme paz, amor y alegría. Concédeme el don de la fe, el don de la paz, el don del amor y ten compasión de mi poca fe, ayuda a mi incredulidad para que sea testimonio de ti en los demás, insúflame, dame tu aliento, dame tu Espíritu para que me vuelva a reanimar en la alegría de tu Pascua.

Te reconozco y te doy gracias por tu gran misericordia. Te lo pido por intercesión de tu Madre, la gran Maestra de la fe, la gran Maestra de la vida: ayúdanos, Madre mía, a llenarnos de fe y amor; que podamos decir: “Vio y creyó.

Dichosos los que creen sin haber visto”. Querido amigo, entremos en esta escena, dejemos entrar a Jesús y oír todo lo que le dice a Tomás y a los discípulos para llenarnos de la alegría de la Pascua. Es lo que mejor deseo en este encuentro.

¡Que así sea!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ

 

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22 de febrero. -LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO .-

La fiesta de hoy centra nuestra atención en la misión específica que recibió san Pedro en la Iglesia. Jesús se lo fue diciendo con diversas comparaciones e imágenes: “tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, “te daré las llaves del reino de los cielos”, “te haré pescador de hombres”, “confirma en la fe a tus hermanos”, “apacienta mis ovejas”…

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La cátedra es la silla del maestro (del “catedrático”) y la sede presidencial del obispo de una diócesis: por eso su iglesia central se llama “catedral”, la que contiene la cátedra del pastor supremo de la comunidad, símbolo de su autoridad y de su misión como maestro, liturgo y pastor de la diócesis.

Antes se celebraban dos fiestas, “la cátedra de san Pedro en Roma”, y otra, “en Antioquía”. Se ha conservado sólo la de hoy, que es la más antigua. Sin especificar dónde fue pastor san Pedro, sino resaltando la misión que recibió de Cristo. Ya en el siglo IV -en el calendario más antiguo que se conserva, el del año 354- aparece esta fiesta de la cátedra de Pedro, y precisamente en este mismo día. Si lo sabemos cantar, hoy sería bueno dedicarle el Tu es Petrus.

1a Pedro 5,1-4: “Presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo “. En esta carta, ya desde el título atribuida al apóstol san Pedro, el autor se presenta como presbítero en y para la comunidad, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe futuro de su gloria: ciertamente, una buena “carta de presentación”.

Exhorta a los responsables de la comunidad a que sean buenos pastores, no usando la fuerza, ni siendo ávidos de ganancia, ni déspotas.  Es bueno leer esta página en la fiesta de san Pedro como primer pastor de la Iglesia, quien tuvo que realizar todo un proceso de conversión y de cambio de mentalidad, desde un seguimiento interesado hasta una fe más gratuita y generosa, y desde una cobardía vergonzosa en el momento de la pasión de Jesús, hasta el supremo testimonio de su martirio en Roma. Toda su vida y, por tanto, también su misión, simbolizada por la “cátedra”, es vista desde la perspectiva de Cristo.

Mateo 16,13-19: “Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos”

En el evangelio aparece claramente que la misión de Pedro no fue debida a una decisión suya, ni de la comunidad, sino a la voluntad de Cristo. Pedro responde con decisión: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, y merece la alabanza de Cristo y la promesa de “la piedra” sobre la que piensa edificar su comunidad y de “las llaves” que le concederá en la nueva Iglesia que va a fundar. Esa es la misión que recibe: ser la “roca fundacional” de la comunidad y tener la responsabilidad de abrir y cerrar, de atar y desatar, aunque el fundamento de la Iglesia sea Cristo mismo y sea él quien, de verdad, abre y cierra y salva a todos.

Por una parte, hoy es un día en que los pastores de la comunidad deben examinarse acerca del estilo con que están ejerciendo su ministerio en nombre de Cristo y como sucesores de los apóstoles.

En la primera lectura hemos escuchado las consignas de Pedro: deben ser pastores y actuar de buena gana, con generosidad, como modelos de la comunidad. Todos -Pedro y los demás pastores- deben espejarse en Jesús, “el supremo Pastor”, que les premiará con la corona de la gloria. La misión de los pastores de la Iglesia se ve siempre desde Cristo: él ha orado por Pedro, y así podrá éste, a su vez, confirmar en la fe a sus hermanos.

El salmo también dibuja expresivamente lo que hace un buen pastor al servicio de su grey: conduce sus ovejas a buenos pastos, les ayuda a reparar sus fuerzas, las guía por senderos justos, prepara una mesa para todas, las unge y protege, siempre con bondad y misericordia. En el Oficio de Lecturas leemos la explicación que el mismo Pedro hace a la comunidad de Jerusalén de cómo, guiado por el Espíritu, tomó la decisión de admitir en la fe cristiana a la familia pagana de Cornelio: Hch 11.

Por otra parte, hoy es también un día en que todos debemos crecer en nuestro sentido de Iglesia, en nuestros lazos de comunión con el Papa, el sucesor de Pedro, y de los Obispos, sucesores del colegio apostólico convencidos de que su misión viene de la voluntad de Cristo, que es quien ha querido “afianzarnos sobre la roca de la fe apostólica”, como dice la oración de este día.

Estar unidos al Papa y al propio Obispo significa orar por ellos, sobre todo cuando los nombramos en la Plegaria Eucarística, seguir con interés y sinceridad sus orientaciones doctrinales o prácticas, aceptar su presencia y su magisterio, no sólo cuando nos gusta o cuando sigue “nuestra línea”, sino también cuando, por su cargo, ejercen el ministerio profético en direcciones que tal vez no sean de nuestro gusto.

Pertenecemos a una Iglesia “apostólica”, basada en los cimientos de los apóstoles, y ahora de sus sucesores, aunque la piedra angular y fundamental sea Cristo mismo. Siempre celebramos la Eucaristía en comunión con el Papa y los Obispos. Por eso los nombramos cada vez. En el Papa, en concreto, está el centro de la unidad y la coordinación de la comunión entre todas las comunidades cristianas, porque él preside en la caridad a toda la Iglesia de Cristo, como sucesor de Pedro.

 “Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo” (Ia lectura)

 “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (evangelio)

 “Tú nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica” (oración)

+José Aldazábal

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4º Domingo del Tiempo Ordinario.

El camino de la felicidad

Estamos ya en el 4º domingo de estas celebraciones ordinarias. Jesús ha elegido a sus discípulos y empieza su camino, pero empieza con una gran lección, un gran programa de vida, un gran programa de felicidad, y nos da la idea central de nuestra fe cristiana en lo que llamamos las bienaventuranzas. Vamos a escuchar con toda atención el texto de san Mateo, capítulo 5, versículo 1 al 12:

Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

“Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. Mt 5,1-12

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Querido amigo, aquí vemos a Jesús que está ya empezando su plena faena de misión y elige ese marco tan natural en el pueblo judío. Va camino de Cafarnaún y aprovecha que le sigue mucha gente y sube a un monte, no para huir de ella, sino para llevar a sus discípulos aparte; se sienta, como solían hacerlo los doctores, y así empieza a enseñarles. Dice el texto que “abriendo su boca les enseñaba” y les enseñaba la verdadera doctrina. Pero dándose cuenta de que había mucha gente, baja con ellos, se para en un llano donde había un grupo numeroso de gentes y de discípulos —y la gran muchedumbre que había venido de todos los sitios, viendo a este hombre como profeta que curaba de sus enfermedades— y aprovechando esto comienza a darles el gran programa de la felicidad:

“Felices los pobres en el espíritu —les dice—, felices los mansos, felices los que lloran, felices los que tienen hambre y sed de justicia, felices los que tienen el corazón limpio”. O más bien “dichosos”. ¡Cómo vemos a Jesús que empieza a querer que se convierta a todos! Ese “convertíos” lo hace desde un camino de felicidad; una palabra que se repite ocho veces: “dichosos”, “felices”, porque Él ha venido para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Querido amigo, yo te invito hoy a gustar, saborear cada una de las bienaventuranzas: dichoso, feliz, el que cuida al débil. Pero yo diría que todas se resumen en la primera bienaventuranza: “Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. ¿Y quién es pobre? El que necesita, el que depende de alguien, el que tiene que pedir, el que experimenta a alguien que le está amando y que le está queriendo. Ése es el pobre en el espíritu. Y si eres pobre, sabremos sufrir, sabremos ser misericordiosos, sabremos ser limpios, sabremos trabajar por la paz. 

Yo diría que Jesús dice: “Los candidatos de la felicidad son los pobres y los humildes, los pobres, los que tienen necesidad de Dios, los que se abren al don gratuito de su amor”. ¡Qué contenido, qué riqueza, qué programa de vida nos da Jesús en todo este texto! “Felices, dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra”, los que tienen paciencia, los que no se alteran, dichosos los que lloran, porque serán consolados; los que saben soportar todo; los que sufren, pero son consolados. Dichosos los que tienen hambre del Reino. Dichosos los misericordiosos, que socorren, que ayudan la miseria humana. Dichosos los limpios, los que tienen su corazón limpio para ver cara a cara la luz del amor de Dios. Dichosos los que son pacíficos. ¡Todos son dichosos!

¡Qué gran programa! Hoy quiero pedirle a Jesús y me uno —y quiero que estés conmigo, querido amigo— para pedirle que entienda yo estas bienaventuranzas, que me impresionen, que las haga mías, que crea en ellas, me acerque a ti pensando también: “Dichoso el que es invitado al banquete tuyo”. ¿Y quiénes son los pobres? Los que no tienen nada, los que necesitan urgentemente ayuda. Hoy no puedo seguir… y te invito, querido amigo a —despacio, muy despacio— saborear cada una de las bienaventuranzas. Es la página más importante, junto con las obras de misericordia, del Evangelio. Jesús lo afirma de forma categórica y quiere que aceptemos el camino de la felicidad. Ante todas estas gentes les da el camino para que se llenen de alegría, de esperanza, de todo. Había humildes, había pobres, había de todo, y Él dice: “Felices éstos, porque encuentran al Señor”.

Vamos a pedirle, querido amigo, y a comprometernos y a pensar: ¿cómo es mi pobreza?, ¿cómo es mi mansedumbre?, ¿cómo es mi paciencia?, ¿cómo acepto la persecución?, ¿cómo tengo el corazón limpio? Así podremos entrar en el camino de la felicidad, así podremos… y no tendremos que oír: “¡Ay de vosotros, los ricos!”. No, sino entrar en ese camino. Jesús, yo te pido hoy que sepa descubrir, descifrar cada una de las bienaventuranzas, este camino de salvación, y que comience a avivar mi vida, a avivar mi fe, a entrar contigo en esta página donde me llenas de gozo y de alegría, y me ayudas a saber sufrir y a saber soportar todo lo que me hace… y no me lleva a ser feliz; todo lo que no me lleva a ser feliz.

Gracias, Jesús, por esta página tan bella, gracias por enseñarme a ser pobre, humilde y pacífico. Que yo aprenda este camino. Madre mía de la pobreza, de la esperanza, de la mansedumbre y de la paz, ayúdame a ser pobre, a saber, sufrir, a ser misericordioso; que admire hoy esta página. ¡Qué profundidad, qué belleza! Pero ayúdame a entenderla y a practicarla. Contigo me quedo en silencio, desgranando cada una de las bienaventuranzas, cada uno de los caminitos de la felicidad.  

¡Que así sea, querido amigo!

FRANCISCA SIERRA GÓMEZ 

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Santo Tomás de Aquino!

Queridos hermanos y hermanas:

Después de algunas catequesis sobre el sacerdocio y mis últimos viajes, volvemos hoy a nuestro tema principal, es decir, a la meditación de algunos grandes pensadores de la Edad Media. Últimamente habíamos visto la gran figura de san Buenaventura, franciscano, y hoy quiero hablar de aquel a quien la Iglesia llama el Doctor communis: se trata de santo Tomás de Aquino. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio recordó que «la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología» (n. 43). No sorprende que, después de san Agustín, entre los escritores eclesiásticos mencionados en el Catecismo de la Iglesia católica, se cite a santo Tomás más que a ningún otro, hasta sesenta y una veces. También se le ha llamado el Doctor Angelicus, quizá por sus virtudes, en particular la sublimidad del pensamiento y la pureza de la vida.

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Tomás nació entre 1224 y 1225 en el castillo que su familia, noble y rica, poseía en Roccasecca, en los alrededores de Aquino, cerca de la célebre abadía de Montecassino, donde sus padres lo enviaron para que recibiera los primeros elementos de su instrucción. Algunos años más tarde se trasladó a la capital del reino de Sicilia, Nápoles, donde Federico II había fundado una prestigiosa universidad. En ella se enseñaba, sin las limitaciones vigentes en otras partes, el pensamiento del filósofo griego Aristóteles, en quien el joven Tomás fue introducido y cuyo gran valor intuyó inmediatamente. Pero, sobre todo, en aquellos años trascurridos en Nápoles nació su vocación dominica. En efecto, Tomás quedó cautivado por el ideal de la Orden que santo Domingo había fundado pocos años antes. Sin embargo, cuando vistió el hábito dominico, su familia se opuso a esa elección, y se vio obligado a dejar el convento y a pasar algún tiempo con su familia.

En 1245, ya mayor de edad, pudo retomar su camino de respuesta a la llamada de Dios. Fue enviado a París para estudiar teología bajo la dirección de otro santo, Alberto Magno, del que hablé recientemente. Alberto y Tomás entablaron una verdadera y profunda amistad, y aprendieron a estimarse y a quererse, hasta tal punto que Alberto quiso que su discípulo lo siguiera también a Colonia, donde los superiores de la Orden lo habían enviado a fundar un estudio teológico. En ese tiempo Tomás entró en contacto con todas las obras de Aristóteles y de sus comentaristas árabes, que Alberto ilustraba y explicaba.

En ese período, la cultura del mundo latino se había visto profundamente estimulada por el encuentro con las obras de Aristóteles, que durante mucho tiempo permanecieron desconocidas. Se trataba de escritos sobre la naturaleza del conocimiento, sobre las ciencias naturales, sobre la metafísica, sobre el alma y sobre la ética, ricas en informaciones e intuiciones que parecían válidas y convincentes. Era una visión completa del mundo desarrollada sin Cristo y antes de Cristo, con la pura razón, y parecía imponerse a la razón como «la» visión misma; por tanto, a los jóvenes les resultaba sumamente atractivo ver y conocer esta filosofía. Muchos acogieron con entusiasmo, más bien, con entusiasmo acrítico, este enorme bagaje del saber antiguo, que parecía poder renovar provechosamente la cultura, abrir totalmente nuevos horizontes. Sin embargo, otros temían que el pensamiento pagano de Aristóteles estuviera en oposición a la fe cristiana, y se negaban a estudiarlo. Se confrontaron dos culturas: la cultura pre-cristiana de Aristóteles, con su racionalidad radical, y la cultura cristiana clásica. Ciertos ambientes se sentían inclinados a rechazar a Aristóteles por la presentación que de ese filósofo habían hecho los comentaristas árabes Avicena y Averroes. De hecho, fueron ellos quienes transmitieron al mundo latino la filosofía aristotélica. Por ejemplo, estos comentaristas habían enseñado que los hombres no disponen de una inteligencia personal, sino que existe un único intelecto universal, una sustancia espiritual común a todos, que actúa en todos como «única»: por tanto, una despersonalización del hombre. Otro punto discutible que transmitieron esos comentaristas árabes era que el mundo es eterno como Dios. Como es comprensible se desencadenaron un sinfín de disputas en el mundo universitario y en el eclesiástico. La filosofía aristotélica se iba difundiendo incluso entre la gente sencilla.

Tomás de Aquino, siguiendo la escuela de Alberto Magno, llevó a cabo una operación de fundamental importancia para la historia de la filosofía y de la teología; yo diría para la historia de la cultura: estudió a fondo a Aristóteles y a sus intérpretes, consiguiendo nuevas traducciones latinas de los textos originales en griego. Así ya no se apoyaba únicamente en los comentaristas árabes, sino que podía leer personalmente los textos originales; y comentó gran parte de las obras aristotélicas, distinguiendo en ellas lo que era válido de lo que era dudoso o de lo que se debía rechazar completamente, mostrando la consonancia con los datos de la Revelación cristiana y utilizando amplia y agudamente el pensamiento aristotélico en la exposición de los escritos teológicos que compuso. En definitiva, Tomás de Aquino mostró que entre fe cristiana y razón subsiste una armonía natural. Esta fue la gran obra de santo Tomás, que en ese momento de enfrentamiento entre dos culturas —un momento en que parecía que la fe debía rendirse ante la razón— mostró que van juntas, que lo que parecía razón incompatible con la fe no era razón, y que lo que se presentaba como fe no era fe, pues se oponía a la verdadera racionalidad; así, creó una nueva síntesis, que ha formado la cultura de los siglos sucesivos.

Por sus excelentes dotes intelectuales, Tomás fue llamado a París como profesor de teología en la cátedra dominicana. Allí comenzó también su producción literaria, que prosiguió hasta la muerte, y que tiene algo de prodigioso: comentarios a la Sagrada Escritura, porque el profesor de teología era sobre todo intérprete de la Escritura; comentarios a los escritos de Aristóteles; obras sistemáticas influyentes, entre las cuales destaca la Summa Theologiae; tratados y discursos sobre varios temas. Para la composición de sus escritos, cooperaban con él algunos secretarios, entre los cuales el hermano Reginaldo de Piperno, quien lo siguió fielmente y al cual lo unía una fraterna y sincera amistad, caracterizada por una gran familiaridad y confianza. Esta es una característica de los santos: cultivan la amistad, porque es una de las manifestaciones más nobles del corazón humano y tiene en sí algo de divino, como el propio santo Tomás explicó en algunas quaestiones de la Summa Theologiae, donde escribe: «La caridad es la amistad del hombre principalmente con Dios, y con los seres que pertenecen a Dios» (II, q. 23, a.1).

No permaneció mucho tiempo ni establemente en París. En 1259 participó en el capítulo general de los dominicos en Valenciennes, donde fue miembro de una comisión que estableció el programa de estudios en la Orden. De 1261 a 1265 Tomás estuvo en Orvieto. El Romano Pontífice Urbano IV, que lo tenía en gran estima, le encargó la composición de los textos litúrgicos para la fiesta del Corpus Christi, que celebraremos mañana, instituida a raíz del milagro eucarístico de Bolsena. Santo Tomás tuvo un alma exquisitamente eucarística. Los bellísimos himnos que la liturgia de la Iglesia canta para celebrar el misterio de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la Eucaristía se atribuyen a su fe y a su sabiduría teológica. Desde 1265 hasta 1268 Tomás residió en Roma, donde, probablemente, dirigía un Studium, es decir, una casa de estudios de la Orden, y donde comenzó a escribir su Summa Theologiae (cf. Jean-Pierre Torrell, Tommaso d’Aquino. L’uomo e il teologo, Casale Monferrato, 1994, pp. 118-184).

En 1269 lo llamaron de nuevo a París para un segundo ciclo de enseñanza. Los estudiantes, como se puede comprender, estaban entusiasmados con sus clases. Uno de sus ex alumnos declaró que era tan grande la multitud de estudiantes que seguía los cursos de Tomás, que a duras penas cabían en las aulas; y añadía, con una anotación personal, que «escucharlo era para él una felicidad profunda». No todos aceptaban la interpretación de Aristóteles que daba Tomás, pero incluso sus adversarios en el campo académico, como Godofredo de Fontaines, por ejemplo, admitían que la doctrina de fray Tomás era superior a otras por utilidad y valor, y servía como correctivo a las de todos los demás doctores. Quizá también por apartarlo de los vivos debates de entonces, sus superiores lo enviaron de nuevo a Nápoles, para que estuviera a disposición del rey Carlos I, que quería reorganizar los estudios universitarios.

Tomás no sólo se dedicó al estudio y a la enseñanza, sino también a la predicación al pueblo. Y el pueblo de buen grado iba a escucharle. Es verdaderamente una gran gracia cuando los teólogos saben hablar con sencillez y fervor a los fieles. El ministerio de la predicación, por otra parte, ayuda a los mismos estudiosos de teología a un sano realismo pastoral, y enriquece su investigación con fuertes estímulos.

Los últimos meses de la vida terrena de Tomás están rodeados por un clima especial, incluso diría misterioso. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle la decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la misa había comprendido, mediante una revelación sobrenatural, que lo que había escrito hasta entonces era sólo «un montón de paja». Se trata de un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo lo que logramos pensar y decir sobre la fe, por más elevado y puro que sea, es superado infinitamente por la grandeza y la belleza de Dios, que se nos revelará plenamente en el Paraíso. Unos meses después, cada vez más absorto en una profunda meditación, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, a donde se dirigía para participar en el concilio ecuménico convocado por el Papa Gregorio x. Se apagó en la abadía cisterciense de Fossanova, después de haber recibido el viático con sentimientos de gran piedad.

La vida y las enseñanzas de santo Tomás de Aquino se podrían resumir en un episodio transmitido por los antiguos biógrafos. Mientras el Santo, como acostumbraba, oraba ante el crucifijo por la mañana temprana en la capilla de San Nicolás, en Nápoles, Domenico da Caserta, el sacristán de la iglesia, oyó un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: «Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?». Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: «¡Nada más que tú, Señor!» (ib., p. 320).

BENEDICTO XVI

Audiencia del miércoles 2 de junio de 2010