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Problema con Dios?

“¿Por qué ha creado Dios un mundo con tantas catástrofes?”

 

Tenemos un problema con nuestro Dios. Quizá porque cuando decimos que es creador, no sabemos exactamente lo que decimos. Y lo mismo ocurre cuando decimos en el Credo “todopoderoso”. ¡Nuestras ideas del poder son tan raras!  La psicología lo confirma, pero el problema no se arregla. El todopoderoso nos evoca visiones de poder o de autoridad, en el sentido más estricto del término (etimológicamente, la autoridad va ligada a la idea de permitir crecer y ayudar al crecimiento).

De este modo, nuestro Dios está en nuestros pensamientos más o menos vaporosos o desdibujados, un poco mágicos o a veces incluso mucho más. El que lo puede todo, en un instante, de un vistazo, ha permitido que suceda lo que ha ocurrido en esos países asolados por el maremoto.

Se nos ocurre pensar que también él, como nosotros, podría ser caprichoso, decidir cosas erróneamente como un propietario caprichoso del mundo. He aquí cómo amontonamos en Dios, como consecuencia de generaciones enteras, ideas torcidas y demasiado semejantes a las nuestras. Ahora bien, la Biblia nos dice que esto no es tan simple.

La Revelación corrige poco a poco nuestras ideas sobre Dios.

La Biblia se presenta como una Revelación. Lo sabemos, pero no medimos por completo lo que todo eso significa. Nos hace falta pensar en la foto, que aparece poco a poco en un laboratorio de imágenes. Nos es preciso pensar en la garlopa del carpintero que corrige y da forma a una viga demasiado rugosa. Para nosotros, basta seguir el camino que abre el gran Libro.

¡Alabanza al Dios creador!

Este es el problema. Se abre toda una liturgia de alabanza a Dios, que crea el mundo con su palabra. Y lo crea en relación (en alianza) con él. Ahora bien, desde la segunda página de la Biblia, el hombre toma los caminos de maleza figurados en la serpiente, caminos que disfrazan a Dios con los colores de los caprichos humanos. Como si desde el principio, el hombre no tuviese nada claro respecto a esta noción de Dios creador.

Dios siente

Un Dios tan cercano a los hombres que éstos lo soportan mal. Por eso los profetas van a debatirse, día y noche, contra un pueblo que le da vueltas a su cabeza pensando que su Dios haga algo parecido a lo que ellos hacen. Les explican que cuando Dios hace alianza, él cuida de su pueblo y de los pobres y se queda impactado por lo que les sucede. Hablan de cólera, como para provocarlos al sobresalto de la humanidad. Pues él está extrañamente cercano al hombre. Y se puede ver en todo el Antiguo Testamento y en el Nuevo.

“Padre nuestro que estás en los cielos”

En el Nuevo Testamento, Jesús enseña a los discípulos a orar diciendo como él mismo lo hace: “Padre nuestro que estás en los cielos”. Ahora bien, no sabemos con exactitud lo que eso significa o quiere decir. Y como consecuencia, al igual que los grandes pintores del Renacimiento, pensamos con mucho gusto en términos de catástrofes por encima de las nubes, mientras que en la Biblia esta expresión designa el color propio de Dios, o lo que debemos contemplar para conocer o comprenderlo. Dios tan cercano al hombre y tan desconocido La Biblia no nos indica nunca la dirección de las nubes, sino la de los hombres.

Este es el problema.

Jesús está íntimamente cercano a los hombres. ¡Hasta el extremo! Y en el extremo, Dios tampoco es mágico, pues Jesús muere, como mueren terriblemente los hombres.

Pero a quien le sigue, a aquellos que de algún modo le dan la mano, les abre el camino del paso. Esta palabra en hebreo es la que se emplea para la Pascua: el paso de los hebreos por el Mar Rojo, la mar tumultuosa de la muerte. El silencio de los tres días que Jesús pasa en el vientre de la tierra. El paso a través de la muerte. Los que escriben los evangelios, nos dicen que ellos han tocado con el dedo esta vida más fuerte que la muerte (comienzo luminoso de la primera carta de Juan).

Y del maremoto tsunami, ¿qué?

Estoy desconcertado, derrotado por la desgracia que ha ocurrido con un maremoto terrible en todo el Sudeste asiático, con millares de muertos, con los pobres que veían la muerte ante sus ojos y con el vacío absoluto en su corazón. Mi primer movimiento es de repensar en Dios como un Dios todopoderoso. Ahora bien, sé que él no es así. Que las leyes del universo son lo que son. No sé, no estoy seguro de que Dios las sostenga en mano, sea como sea. El hace que la muerte pase, sostiene la mano de los pobres que pasan el corredor de la oscuridad.

Dios de la resurrección

Frente a la muerte, Jesús dice a la vez: “En tus manos, encomiendo mi espíritu” y “Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y Dios, el Padre creador está desprovisto de magia. Dios es compañero de camino, a pesar de todos estos horribles sucesos. Un Dios humilde y desconcertante. Hará falta continuar leyendo el mundo y leyendo la Biblia para aprender durante mucho tiempo todavía a conocer a Dios: al Dios creador humilde y amigo de los hombres.

Felipe Santos Campaña

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Necesidad del silencio

«Prestad oído y venid a mí; escuchad y vivirá vuestra alma» (Is 55,3)

Presentar el silencio no es fácil. Hablar es un sin sentido porque el silencio es una práctica. Hay que ir por este camino de las no palabras sin adelantos, sin previsiones. Se puede decir, incluso, con ingenuidad, con pereza.

Lo primero que hay que tener es una clara aceptación de la realidad del momento. Aceptar todo es lo importante para que aparezca la posibilidad del encuentro. Esto dará pie a que fluya lo que tiene que fluir. El silencio es una gran rebelión contra nuestro propio desorden. Es una rebelión contra el mundo interior. Se habla de rebeldía porque sospechamos que puede ser posible. Es una esperanza. Buscamos

nuestra propia transformación atendiendo a nuestra propia profundidad íntima porque si Dios está dentro el reencontrarlo es nuestra tarea, nuestro derecho, nuestro deber. En mi propia aventura puedo advertir cómo las cosas del exterior me hipnotizan. Es posible que descubra cómo me dejo absorber por la superficie dejando la fuente interior desatendida.

En el silencio se pueden romper los muros que nos separan de la vida. El silencio no es prisión. Es respirar libremente. Tengo que contactar con mi verdad interior porque todavía no sé lo que soy. En  el silencio se puede disfrutar de uno mismo y gustarse. Pero puede ser costoso estar en rebeldía porque lo cotidiano es el constante movimiento y estar inmóvil nos resulta insoportable.

Estamos llenos de gestos, de ruidos… Sólo el sospechar que se puede uno detener, sobresalta. Parar la actividad física y mental suele traer y crear un vacío insostenible. Cuando el silencio se hace presente se tiene la tentación de llenarlo cogiendo un libro, escuchando música… Todo con tal de no abrazar al silencio. Pero el silencio sólo es eso. Y es tan simple que aparece para vivirlo.

Por lo tanto, no es cuestión de leer ni de buscar soporte alguno que nos ayude a encontrarlo. Hay que enmudecer no solamente con la palabra. El reposo es absoluto. Una inmovilidad hasta celular. Nuestro cuerpo también tiene que permanecer quieto; así es como puede ocurrir lo impensable. Nuestro propio desorden ofrecerá resistencia al silencio. Tremenda resistencia. Ese sendero de nuestra agitación puede ser un camino precioso para el silencio. Es cuestión de saberlo de antemano y de no asustarse ante esta realidad porque desde ella misma encontraremos el camino. La mejor manera de pacificarse es dejar agotar nuestra agitación.

Incorporar nuestro cuerpo al silencio es necesario porque nos llevará al reposo interior y a la paz. Muchas veces nuestro dolor físico se opondrá al silencio. Es bueno sentirlo porque este dolor puede ser el índice de nuestra falsedad, mentira, desasosiego, desamparo…El gesto hacia el silencio tiene que brotar cada día desde el corazón.

Sin tensión, sin obligación, sin esperar ni tender a nada. Sólo así podremos ver cómo el silencio es nuestra verdad y nuestra salud. Cuando uno se sumerge en el silencio lo primero que, a veces, nos ocurre es que vemos desfilar sin parar las inquietudes de nuestras angustias. Nuestras complejidades, agresiones, luchas, errores…; pero no pasa nada, porque más allá estamos nosotros a salvo, puros y sin contaminación. Mi propia verdad habrá que recuperarla dentro. Estará esperándome en mi corazón. No hay nada que asuste.

Todo es un sendero que se irá abriendo para llegar a nuestro corazón. Es necesario no dar marcha atrás en el silencio porque hay que llegar hasta el final. En esa tierra neutra se está bien, y ningún obstáculo me puede detener. Porque en realidad tengo que llegar a Dios y a mis propios y auténticos compromisos con la vida. Todo ello se consigue si labro mi propio corazón sin mirar atrás, sin pararme, sin detenerme.

Fray José Fernández Moratiel, OP

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13 tiempo ordinario / desprender el corazón

 

Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”.

“El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 10, 37-39)

«Debemos con plena conciencia ejercitar el espíritu de renuncia. A causa de una desenfrenada avidez de goce, el hombre puede destruirse a sí mismo y destruir su ambiente. ¡Aspirad a un estilo de vida sencilla! Haced que vuestra riqueza y vuestro bienestar se conviertan en una bendición para los otros, compartiéndolos con quienes están en necesidad. Podéis estar seguros: Dios recompensará con exceso vuestras renuncias» (Juan Pablo II, 8-IX-85).

Esa actitud de desprendimiento del corazón es fundamental para poder decir que sí a Dios cuando nos pida algo que nos pueda costar más: la salud, la entrega de un familiar, o la propia vida. ¿Por qué la queja a Dios –incluso la rabia– ante lo que cuesta, ante una desgracia o la vocación de un hijo? Porque hay algo que no va bien en ese corazón: avidez de posesión, amor desordenado o apego que no es recto.

A veces no entendemos porque no estamos dispuestos a entender, sufrimos y hacemos sufrir porque no queremos aceptar la voluntad de Dios, porque en el fondo no tenemos buena voluntad.

No debemos olvidar que Dios ha de ser el Señor de nuestra vida, y que debiera hacerse su voluntad así en la tierra como se hace en el cielo. Jesús mismo lo demostró con su obediencia al Padre hasta la muerte, aunque ello supusiera un gran dolor para su Madre. La resistencia a lo que Dios quiere nos hace sufrir. Dios no disfruta viéndonos sufrir, nos quiere bien, desea lo mejor para nosotros. Y lo que más desea es que nuestro corazón sea bueno, recto.

¿Cuándo aprenderé que Tú me quieres bien, mejor que yo mismo y que lo que me parece malo en cierto momento no es sino la medicina para curar las heridas de mi corazón? Te diré con san Agustín, pídeme lo que quieras, y dame tu gracia para poder cumplirlo. Estoy dispuesto a agarrar la cruz, a perder la vida para que se haga en mí según tu palabra.

Jesús Martínez García

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NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Hoy celebramos a uno de los santos más extraordinarios, el Precursor de Cristo, el Bautista, san Juan. Se puede decir que a este santo lo “canonizó” Jesús cuando le dedicó repetidas alabanzas: “Es profeta y más que profeta”, “es el mayor de los nacidos de mujer”…

A los demás santos los recordamos en el día de su muerte, su dies natalis.

Sólo de tres personas celebramos el nacimiento: de Jesús, de la Virgen María y de san Juan. También celebramos su muerte como mártir el 29 de agosto.

La fecha del 24 de junio se debe a la distancia de seis meses antes de la Navidad del Señor (25 de diciembre) y de tres meses después de la anunciación a María (25 de marzo). La fiesta de hoy es antiquísima: lo demuestra el interesante sermón de san Agustín sobre el nacimiento de Juan, que leemos en el Oficio de Lectura.

Para la fiesta de hoy, el Leccionario nos ofrece unas lecturas propias para la misa vespertina de la vigilia: Jeremías 1,4-10, con la elección de este profeta como mensajero de Dios, ya antes de su nacimiento; 1 Pedro 1,8-12, donde se nos anuncia que en Jesús se han cumplido todas las profecías del Antiguo Testamento; y Lucas 1,5-17: el ángel anuncia a Zacarías que tendrán un hijo, que irá delante del Señor, preparándole un pueblo bien dispuesto.

Aquí sólo comentamos las lecturas de las misas del día.

 Isaías 49,1-6: “Te hago luz de las naciones”

Es el segundo canto del Siervo de Yahvé: ese personaje misterioso que ha sido elegido por Dios y a en el seno materno para que sea luego su mensajero, su “espada afilada”, su “flecha preferida”, que utilizará en el momento oportuno para hacer llegar su voz a todos.

Este canto ya prevé que el Siervo tendrá momentos difíciles y de crisis: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no pierde la confianza. Sabe que Dios le ayudará a cumplir esta difícil misión: reunir a Israel y ser luz de todas las naciones.

El Siervo auténtico es Cristo Jesús. Es bueno recordarlo en el día en que celebramos la memoria de Juan, que también ha sido predestinado por Dios para ser Precursor del Mesías.

El salmo 138 prolonga esta convicción: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente; cuando en lo oculto me iba formando, conocías hasta el fondo de mi alma”.

 Hechos 13,22-26: “Juan, antes de que llegara Cristo, predicó”

Leemos hoy parte de un discurso programático de Pablo, el que solía dedicar a los judíos, en las sinagogas de las ciudades que iba recorriendo: esta vez, en Antioquía de Pisidia, en la actual Turquía.

De la descendencia de David ha llegado el Mesías. Y ha habido un último profeta del Antiguo Testamento, Juan, que predicó un bautismo de conversión, preparando la llegada de Jesús, que es el Salvador de Israel.

Lucas 1,57-66.80: “Se va a llamar Juan”

Escuchamos la hermosa escena del nacimiento de Juan y la imposición de nombre el día de su circuncisión. Son páginas que leemos en el Adviento, poco antes de la Navidad, en una serie paralela de lecturas sobre el nacimiento de Juan y de Jesús.

El nombre “Juan” significa “Dios es misericordioso o compasivo”. No sólo lo es para aquella pareja de ancianos a los que les concede la alegría de la paternidad, sino para el pueblo de Israel y para toda la humanidad, porque Juan es el anticipo del Salvador, la aurora que anuncia el pleno día.

Ya se ve, en esta página, lo grande que va a ser Juan, no por sus propios méritos, sino por la elección de Dios: “¿Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él”.

La fiesta de hoy, con sus lecturas, nos ayuda a reflexionar en varias direcciones sobre nuestra identidad como cristianos y como testigos del evangelio en el mundo de hoy.

Es Dios quien elige a sus profetas. No se arrogan ellos la misión. Dios los llama ya desde el seno materno: como al Siervo de que habla Isaías, como a Jesús, como a Juan. No estamos celebrando tanto lo grande que fue Juan, sino cómo en él se mostró el plan salvador de Dios, correspondido, eso sí, por Juan con una actitud de fe y de firmeza. En el prefacio decimos a Dios: “Al celebrar hoy la gloria de Juan el Bautista, proclamamos tu grandeza”.

También a nosotros nos ha elegido Dios. Desde nuestro Bautismo y Confirmación, somos personas que tienen en este mundo no sólo la misión de ser fieles a Dios, sino de darlo a conocer y de preparar el camino a Jesús. La salvación no la conseguimos nosotros, sino que nos la da Dios.

La misión del profeta es hermosísima, como la de Juan: preparar al pueblo a la acogida del Mesías, señalarlo ya presente en medio de ellos y mostrar a todos quién es el Cordero que quita el pecado del mundo. O sea, preparar el camino a Jesús, ser su precursor y pregonero.

El prefacio de hoy enumera expresivamente las diversas facetas de san Juan que se deberían reflejar en nuestra vida, cada uno en su ambiente, desde el Papa hasta el último confirmado:

– “Juan el Bautista, precursor de tu Hijo

– y el mayor de los nacidos de mujer…

– El saltó de alegría en el vientre de su madre, al llegar el Salvador de los hombres, y su nacimiento fue motivo de gozo para muchos.

– Él fue escogido entre todos los profetas para mostrar a las gentes

al Cordero que quita el pecado del mundo.

– Él bautizó en el Jordán al autor del bautismo

– y el agua viva tiene, desde entonces, poder de salvación para los hombres.

– Y él dio, por fin, su sangre como supremo testimonio por el nombre de Cristo”.

 El profeta no sustituye a Dios. Juan no era la luz, sino testigo de la luz. No era la Palabra, sino el pregonero de la Palabra, a veces en la soledad del desierto. No era el Mesías, sino su “telonero” y preparador. “Yo no soy el que vosotros pensáis, sino que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatarle las sandalias”. Juan es “el amigo del Esposo”. Es el mayor de entre los nacidos de mujer, pero sólo es Precursor: el Salvador es otro. “Irás delante del Señor a preparar sus caminos”.

Juan supo estar en su sitio y apuntar claramente hacia Cristo. Vio cómo algunos de sus discípulos se pasaban al grupo de Jesús y se alegró. “Conviene que yo disminuya y que él crezca”.

Nosotros, profetas y testigos, no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo. Se puede decir de nosotros lo que uno de los himnos de la Liturgia de las Horas canta de Juan: “Pastor que, sin ser pastor, al buen Cordero muestras; precursor que, sin ser luz, nos dices por dónde llega…”.

Juan fue recio en su testimonio. Asceta en el desierto, humilde ante la aparición del Mesías, decidido y fuerte en el anuncio y en la denuncia cuando su palabra resultaba incómoda, mártir de la verdad que proclamaba.

Experimentamos dificultades en nuestro camino. Sin llegar a ser encarcelados y decapitados, pero sabemos lo que es la fatiga y el desánimo en nuestra misión evangelizadora de este mundo distraído. Podemos pensar como el Siervo del que habla Isaías: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Pero no puede ser esa nuestra última palabra. Debemos seguir adelante, con la confianza puesta en Dios, generosos y firmes, como el Siervo, como Juan, sobre todo como el mismo Jesús, que dio testimonio a lo largo de toda su vida y también en su muerte.

Una última consideración: el nacimiento de Juan fue motivo de alegría para todos. Varias veces las lecturas ponen de relieve esta alegría mesiánica, y lo repiten las oraciones de la misa y de la Liturgia de las Horas. El que parece profeta adusto, el hombre del desierto, el que predica una radical conversión, en el fondo está anunciando la alegría.

¿Somos personas que saben comunicar alegría, y no sólo exigencias y deberes? No se trata de la alegría externa, de la que la fiesta de san Juan está muy llena, por las verbenas y los fuegos del verano que empieza. Si no, sobre todo, de la alegría interior, hecha de fe y de esperanza. La alegría de sabernos salvados por Dios. La oración de este día pide a Dios: “Concede a tu familia el don de la alegría espiritual”.

Al acercarnos a la comunión en la Eucaristía de hoy, pondremos especial atención a las palabras de Juan el Bautista, que siempre se nos recuerdan en este momento, señalando al Jesús a quien vamos a recibir: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Y, después de comulgar, podríamos rezar serenamente el himno que Lucas pone en labios del padre de Juan, el Benedictus: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo…”.